El Papa, Elías, la brisa y un cardenal anónimo


Es cíclico. Cada tanto en Roma y otros países de Europa suelen publicarse libros “escabrosos” sobre El Vaticano. Muchos de ellos son firmados por personajes anónimos, por ejemplo “los milenarios". Dichos textos parecen esconder siempre el mismo objetivo: sacar a relucir los “trapos sucios” de la Curia Romana, la corte del papado. Para los “vaticanistas” el comprar y leer estos volúmenes resulta obligatorio. La mayoría sólo aportan chismes de temporda. Pero en 2009 uno de ellos llamó poderosamente mi atención. Su contenido era distinto, sugerente. Por eso lo guardé entre mis libros de consulta. No me equivoqué. Al leer algunas recientes declaraciones del Papa Francisco ese texto regresó a mi mente, como un flash. Lo volví a hojear y decubrí impresionantes coincidencias. Frases que hoy asumen rasgos casi proféticos.


En su primera edición italiana, que salió al mercado en 2009 bajo el sello de Piemme, el volumen lleva por nombre “Orgullo y prejuicio en El Vaticano. Las confesiones de un cardenal sobre la Iglesia de ayer y de hoy: el poder, la política, los escándalos, las cruzadas contra la modernidad". Largo y rimbombante título. Defecto de italianidad. La versión original editada en Francia en 2007 fue bautizada con mucho más misericordia como: “Confession d’un cardinal".


Cuatro palabras que resumen el contenido: las confesiones de un cardenal anónimo sobre muy diversos temas de la Iglesia católica. Un diálogo apasionante con un no muy conocido periodista francés, Olivier Le Grende. A lo largo del coloquio el purpurado se describe a sí mismo, aunque las claves que ofrece son contradictorias. Ningún cardenal engloba en sí todos los cargos y los lugares en los cuales el protagonista dice haber estado. En su momento esto llevó a varios vaticanistas a pensar que no se trataba de la confesión de un solo cardenal, sino las opiniones de varios “príncipes de la Iglesia".


En sus especulaciones algunos pensaron en el activo cardenal italiano Achille Silvestrini, prefecto emérito de la Congregación para las Iglesias Orientales, o en el francés Roger Etchegaray, actual vice decano del Colegio Cardenalicio y presidente emérito del Pontificio Consejo Justicia y Paz, como los posibles protagonistas del relato. Aunque ninguno de los perfiles coincide plenamente.



Más allá de la curiosidad periodística, un par de cosas surgen del texto: el entrevistado es un profundo conocedor del Vaticano y tiene clara su concepción de Iglesia. El segundo de esos puntos es el motivo de este post, porque ahí descubrí una sorpendente coincidencia entre el cardenal anónimo y el Papa actual. No digo que Jorge Mario Bergoglio haya sido el responsable de la confesión con Le Grende. Es más, estoy casi seguro que él no fue. Sólo quiero hacer notar algunos conceptos cuya convergencia resulta casi inquietante.


He aquí el botón de muestra que despertó mi curiosidad. En la entrevista con la publicación jesuita “La Civiltà Cattolica", entre otras cosas Francisco dijo:


“Encontrar a Dios en todas las cosas no es un eureka empírico. En el fondo, cuando deseamos encontrar a Dios nos gustaría constatarlo inmediatamente por medios empíricos. Pero así no se encuentra a Dios. Se le encuentra en la brisa ligera de Elías. Los sentidos capaces de percibir a Dios son los que Ignacio llama ‘sentidos espirituales’. Ignacio quiere que abramos la sensibilidad espiritual y así encontremos a Dios más allá de un contacto puramente empírico. Se necesita una actitud contemplativa: es el sentimiento del que va por el camino bueno de la comprensión y del afecto frente a las cosas y las situaciones. Señales de que estamos en ese buen camino son la paz profunda, la consolación espiritual, el amor de Dios y de todas las cosas en Dios".


La brisa de Elías. Ese concepto quedó rondando en mi cabeza. Al leer la entrevista al Papa recordé que esa lectura tan peculiar de la cita bíblica (Primer libro de los reyes 19, 8-13) la había visto en otra parte. Y efectivamente era así. Tomé el libro de Le Grende y encontré que el telón de fondo del mismo estaba construido justamente sobre ese pasaje del antiguo testamento. En las páginas 155 y 156 se puede leer:


“El problema es que nuestra Iglesia, cuando se deja encerrar en sus mismas contradicciones -algo que puede verificarse al interior de cualquier institución- encuentra muchas dificultades a salir de ellas mediante una reforma lanzada por iniciativa propia. A partir del siglo XVI ha visto siempre cómo se le ha arrancado desde el exterior los atributos de su poder temporal, los privilegios por los cuales había combatido duramente, sus riquezas.


“Quizás estaría bien recordar que esa tentación de poder, de fuerza, de riqueza, estaba ya inscrita siglos antes en la conciencia religiosa. Elías vivió hace cerca de tres mil años. Era un místico que buscaba a Dios. Un día subió a una montaña y transcurrió la noche en una gruta. Sentía una voz que lo llamaba. A un cierto punto se levantó un viento impetuoso, que destrozaba la roca y quebraba las montañas, pero Dios no estaba en el viento. Después hubo un terremoto, pero Dios no estaba en el terremoto. Después un incendio, pero Dios no estaba tampoco ahí. Finalmente vino una brisa ligera, y Dios estaba en la brisa.


“Aquel día Elías hizo una experiencia profunda, fundamental. Dios no se revela en la potencia del huracán, sino en la debilidad de una brisa. Los cristianos tienen la misma experiencia. Su Dios no se manifiesta bajo las vestiduras del César, sino en un pesebre y en una cruz. Se que esto no será agradable para algunos de mis hermanos cardenales, a lo cuales no les gusta que se critique lo que somos o lo que fuimos, pero la honestidad nos obliga a reconocer que muchos Papas no tuvieron la misma experiencia de Elías".


Todo el libro presenta la diatriba entre una Iglesia autorreferencial, política y poderosa versus una Iglesia evangélica, cercana y capaz de curar las heridas de quienes sufren. He ahí la contraposición entre el huracán y la brisa. Por eso, al final, en la página 408 el autor escribe:


“¿Qué diría de intitular el libro ‘la brisa y el huracán?". El cardenal anónimo cuestionó: “¿Por qué esta decisión?". Respondió el periodista: “Porque hemos hecho muchas veces alusión a ese texto de la Biblia en nuestras conversaciones. Y la primera vez lo ha citado justamente para explicar la necesidad de cambiar nuestro modo de pensar. (.) Dios no está siempre donde nosotros pensamos, eminencia, estoy de acuerdo con usted. Cada uno de nosoros tiene necesidad de purificarse la mirada para poder distinguirlo. Nuestra Iglesia - es decir todos nosotros, colectivamente, a través de los siglos- a veces ha dejado creer que Dios estaba dentro del huracán, pero él no estaba ahí. No está en el furor de las ambiciones, ni en el huracán de las condenas, ni en el fuego de las conquistas. No estaba en la tempestad levantada por los caballos de los cruzados y de los conquistadores. En realidad estaba junto a Poo (enfermo terminal cuidado por monjas de la Caridad en Calcuta, ndr) cuando usted estaba en su cabecera y no hacía mucho ruido. Justo una brisa ligera, en un miserable e infeliz ángulo del Continente Asiático. La misericordia de Dios como una brisa sobre un cuerpo diezmado".


Recorriendo, una tras otra, las hojas del libro se pueden encontrar muchos sorprendentes pasajes. ¿Casualidad? ¿Providencia? ¿Profecía? Imposible saberlo. Claro, resulta sugerente volverlos a leer a la luz la aceleración de la historia que parece significar la llegada de Francisco al papado.



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