Articles by "Padre Enrique Monasterio"

03:42


Metelefonea Pablo, uno de los pocos lectores que aún me quedan, para preguntarme qué voy a escribir este mes. Se lo digo y me responde:
—No me gusta el título; parece una broma y tiene poca gracia. El virus se llevó a miles de personas,  quizá el año próximo hablemos de millones, de todas las razas, clases, ideologías y credos. Ya sé que están en las manos de Dios, que es sabio y misericordioso, pero la pandemia ha dejado un reguero de dolor que durará décadas. Y se ha llevado también los sueños de los pobres, de los enfermos, de los marginados; las ilusiones sencillas de unos soñadores que solo aspiraban a sufrir un poco menos cada día.
—Tienes razón —le contesto—, pero quizá no todo ha sido malo. También ha servido para ahuyentar a otros virus igualmente perniciosos.
—¿De qué hablas?
—Por ejemplo, de la "fe en el futuro", esa religión idolátrica que impusieron los gurús de la corrección política. Nos hicieron creer, con fe casi teologal, que vivíamos en un mundo domesticado por nuestra especie donde todo sería posible gracias a las nuevas tecnologías. Predicaban  el progreso indefinido, el feliz advenimiento de un superhombre robotizado que superaría los mismos límites de la naturaleza humana e incluso alcanzaría la inmortalidad... Ahora ese optimismo  —"transhumanismo" lo llaman— ha regresado al mundo de los comics, de donde nunca debía haber salido.
Pablo reflexiona un momento:
—Sí; pero también se llevó los bares y restaurantes de barrio, los negocios familiares. La autonomía de los autónomos, los ahorros de los pequeños…
—Tienes razón. Y, para colmo, se llevó la primavera. Volverán las oscuras golondrinas, pero este año hasta las aves que vienen del sur han pasado sin pena ni gloria. Me pregunto si las flores nos habrán echado de menos. Dios las pintó de colores para ser contempladas, y si nadie las mira quizá lloren nuestra ausencia.
—Claro que también se ha llevado el miedo a pensar en Dios y en la otra vida…
—Así es. Podríamos decir que hemos pasado de un optimismo tonto a la Esperanza. Nos aguarda un tiempo duro, y quizá lo que llaman "nueva normalidad" sea solo el período de prueba que necesitamos para volver a repasar algunas verdades elementales. La primera, que el mundo está en las manos de Dios, y nosotros somos solo administradores.  La segunda, que la vida pasa volando y lo que cuenta es llegar preparados a la meta. La tercera, que todo lo que el Señor envía tiene un sentido. La cuarta, que hay que vivir el momento presente —carpe diem!, decían los clásicos—, pero no para consumir desaforadamente las chuches de cada día, sino para tocar la eternidad en cada instante, teniendo hoy la maleta preparada para el último viaje.
—¿Y crees, de verdad, que el virus tiene algo que ver?
—Hace algo más de un mes fui a la peluquería para que me arreglaran el desaguisado capilar que yo mismo perpetré durante el confinamiento. Había tres peluqueros trabajando, y nada más entrar por la puerta, el primero declaró en voz bien alta: "yo necesitaría confesarme. Ni sé cuánto tiempo hace…" El segundo, un rumano muy simpático, dijo que ya había quedado con el cura. El tercero me miró de reojo y se puso en la cola. Los clientes guardaban silencio.
No me cabe duda de que el virus se ha llevado también la vergüenza.  

06:08
Me pedís noticias sobre mi salud.
De momento, todo bien. El virus no me ha alcanzado.
Si copiáis este enlace  en vuestro navegador espero que podáis oír la breve meditación que he grabado para las personas de la Obra de mi centro:
 https://soundcloud.com/user-173440816-945141691/solemnidad-anunciacion-del-senor/s-fekniM4vY4u

02:16

Me preguntan por la Novena de la Inmaculada que colgué hace diez años en el globo.
Poco después la edité en Amazon y tuvo cierto éxito. Todavía se vende al precio de  0.95 euritos. Ya comprendo que el gasto es excesivo, pero mi codicia no tiene límites. Espero ganar este años al menos un par de euros para gastármelos en pastillas Juanola.
Si os interesa, podréis descargarla haciendo clic aquí:
Novena de la Inmaculada
Mis presuntos amigos de Ediciones Cobel hicieron una edición en papel: cambiaron el título y suprimieron la mitad del librito. Todo sin consultarme. Desde entonces no me llevo muy bien con ellos.

(Ahora veo que cliqueando el enlace que he puesto no parece posible descargar el librito. Habrá que buscarlo directamente en Amazon.)

10:04


Quince o veinte adolescentes ríen a carcajadas en el pequeño parterre que hay treinta metros debajo de mi ventana. Sobre el césped veo algunas latas de cerveza vacías y varias botellas de ginebra. Hace mucho frío, pero el alcohol mantiene caldeados a los borrachines. El búho, que ha abierto sus ojos enormes para atrapar las últimas luces del crepúsculo, se lamenta de qué esos chicos y chicas no sepan disfrutar de la noche. Para ellos la oscuridad es sólo su escondite y su cómplice. La buscan para ofenderse a sí mismo y a su Creador. —"Son gente sin Esperanza", concluye el búho.
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El búho exagera; todos vivimos de Esperanza. Conscientes o no, en cada uno de nuestros actos buscamos siempre ese "tesoro escondido" del que habló Jesús en la Parábola.
Lo malo es que algunos no saben soñar quizá porque nadie les ha explicado cómo se hace. Hay chavales de quince, veinte o treinta años que parecen haber renunciado definitivamente al tesoro. Si acaso aspiran a encontrar un sucedáneo, una felicidad mezquina que apenas dura un finde y además deja resaca. Sí, pienso en los chicos del botellón y en los adictos al sexo light, al alcohol, a la droga; pero también en el viejo hedonista que se ha moderado un poco con los años (a la fuerza ahorcan) para paladear mejor los distintos venenos que ofrece el mercado.
Lo siento; he comenzado mal esta página. Sólo quería recordar que llega el mes de diciembre y la Iglesia nos invita a salir de ese bucle tedioso y a vivir de Esperanza con mayúscula. Es el Adviento. Es la hora de levantar la vista y mirar a la meta con los ojos bien abiertos y descubrir al Hijo del Hombre que llegará pronto sobre las nubes del Cielo. Él es el tesoro que dará sentido a toda nuestra vida y nos poseerá por completo si somos fieles, si no nos dejamos corromper por unos sueños mezquinos que siempre terminan como una pesadilla diabólica.
El Adviento es también una invitación a meditar sobre nuestro pequeño "fin del mundo", sobre el último día de este valle de lágrimas y de risas, de amores y desamores, de ilusiones y desencantos. No es una experiencia triste ni un juego macabro. Sabemos que la vida es una carrera, y no tendría sentido recorrerla sin calcular cómo llegaremos a la meta. Y si esa meta es el Amor con mayúscula, la Esperanza de alcanzarlo nos hace correr con mayor alegría, incluso con una chispa de felicidad.
La Esperanza no nos lleva a suponer que "todo irá bien", que el gobierno acabará con la pobreza, que subirán la bolsa y las pensiones, que creceremos sanos como cervatillos, que ganaremos la Champions y se llenarán los embalses con la lluvia del invierno. Uno puede permitirse el lujo de ser pesimista (yo tiendo a serlo, por desgracia); pero mi Esperanza permanece intacta porque sé que las catástrofes que mi imaginación presiente, tendrán sentido para Dios.
—Entonces, ¿tampoco ganaremos la liga este año?
Me temo que no, colega; pero no trates de ahogar tu pena en calimocho. Busca la gran Esperanza cada mañana, agárrala de la mano y salta de la cama, que la Navidad está cerca. Este año, de nuevo, oirás el anuncio del Ángel a los pastores y el primer villancico del Portal.
Te sugiero que comiences el Adviento con otra espera: la de la Novena de la Inmaculada, que es una cuenta atrás de 9 días en compañía de la Virgen. Con Ella es más sencillo alcanzar la meta.


08:05




Nuestros amados líderes nos piden que reflexionemos. Ignoro si es obligatorio, pero, por si acaso, yo ya he empezado esta misma mañana. He reflexionado sobre la reflexión misma, y, al comprobar que nuestros queridos guías han cerrado el pico para no perturbar el fluir de las reflexiones ciudadanas, he sentido una paz inefable, un bienestar espiritual y corporal cercano a la bienaventuranza eterna.
¿No sería posible alargar la jornada reflexiva un par de días más? ¿Y por qué no una semana, o un mes? Estoy seguro de que, si se implantara por decreto esta medida, mejoraría el tráfico urbano, caería en picado la siniestralidad vial y el consumo de ansiolíticos se reduciría al mínimo.
Hoy en Madrid celebramos la solemnidad de la Santa María de la Almudena, patrona de esta Villa y Corte. Hace treinta años los pasteleros de la ciudad organizaron un concurso para crear un dulce que emulara a las rosquillas de San Isidro o los panecillos de San Antón. Triunfó la "corona de la Almudena", que es una especie de roscón de reyes con crema en su interior.
Esta mañana nos han sacado esa corona en el desayuno y se me han endulzado las reflexiones de la jornada. También he pedido a nuestra Patrona y a San Zacarías, el marido de Santa Isabel, que fue mudo durante 9 meses, que los elegidos mañana para el Parlamento, hablen más bajito, trabajen juntos y nos dejen reflexionar al menos hasta Navidad.

02:34




Lo estáis viendo. Ya no es lo que era. Este globero a duras penas consigue mantenerlo en el aire. En primavera traté de darle nueva vida y empecé con entusiasmo adolescente; pero ahora constato que, por mucho que sople, mis pulmones no tienen fuerza suficiente para hinchar este artefacto y hacer que vuele como en sus buenos tiempos.
Reconozcámoslo: tuvimos un pasado memorable y me siento orgulloso de haber capitaneado la nave durante doce años, pero debo abandonar ahora que estoy a tiempo. La decrepitud avanza, y a mi globo le empiezan a salir arrugas. 
Hablando en serio: la jubilación me ha traído un incremento notable de trabajo y también una pérdida evidente de reflejos. No puedo quejarme: siempre quise llegar a viejo y, gracias a Dios, lo he conseguido sin demasiado esfuerzo. No me respondáis que estoy joven: sería un insulto. Me gusta la vejez y que me traten de usted hasta las aves del cielo. Sólo me tutean los niños de primaria, con los que abueleocada día en el cole.
Por tanto, de ahora en adelante quizá cuelgue un post cada semana. Aprovecharé el finde para reflexionar y para escribir con calma, gota a gota, sin prisas de reportero.
Ayer enterramos a José María Pérez Herrero, un hombre santo de 94 años, al que atendí hasta el último día de su vida. Fue probablemente la persona con más ímpetu apostólico que he conocido en estos últimos tiempos. Acercó a Dios a centenares de hombres y mujeres. Dio catequesis a niños, a adolescentes y a adultos; españoles e inmigrantes. Tuvo amigos de todas las clases, y sabía escuchar, sonreír, alentar y contagiar su fe y su amor a Dios.
Además fue un profesional de primera fila. Recibió la medalla al mérito civil, y trabajó al servicio de la administración del Estado durante muchos años.
Hoy llueve sobre Madrid. Otoño llora por fin. Es una buena noticia.

10:36



Hoy, tercer domingo de mes, tenemos retiro en mi casa y, como es habitual,  me toca predicar dos de las tres meditaciones.  No me supone un gran esfuerzo. Con el paso del tiempo, hacer la oración en voz alta —en eso consiste dar una meditación— resulta cada día más fácil. Ya no me queda nada que aquella timidez de mis primeros años de sacerdote.
Hay sólo seis personas en el oratorio y todos nos conocemos bien. Ellos saben de memoria mis defectos; son testigos habituales de mis miserias y de los "triunfos" que uno se adjudica estúpidamente olvidando que el único vencedor de esas batallas es el Señor.
Los temarios de las meditaciones han cambiado muy poco en estos años. En el mes de octubre toca hablar de "Recomenzar", un título ambiguo que puede sonar estimulante cuando uno es joven o desalentador cuando se encamina hacia el final.
Ayer, mientras preparaba la meditación, pensé en esos cientos de miles de personas que huyen de la guerra, de la persecución o de la pobreza y desembarcan en pateras en nuestras costas o tratan de llegar a los países ricos de América del norte en busca de una nueva vida. Con frecuencia llegan sin nada. Han dejado atrás hasta su identidad. No quieren ser reconocidos para evitar que los devuelvan a su país de origen. Su documentación es el hambre, la miseria y quizá también la esperanza. Ellos sí que sueñan con "volver a empezar".
Me digo a mí mismo que "recomenzar" es una palabra tramposa, porque sólo se empieza una vez. Si tratamos de volver al punto de partida comprobamos que nada es como entonces. El paisaje de nuestros recuerdos ya no existe; la capacidad de entusiasmo se nos ha atrofiado; ya no tenemos la energía de entonces; y las ilusiones primeras se nos antojan quiméricas. Todo parece conducirnos al escepticismo, incluso al cinismo.
Y, sin embargo, en la vida espiritual siempre es posible recomenzar. San Juan, en el Apocalipsis, lo proclama con claridad:
—Yo hago nuevas todas las cosas.
Habla el Apóstol de los nuevos Cielos y la nueva tierra que Dios nos prepara al final de los tiempos; pero también ahora podemos experimentar esa renovación total de la que habla la Escritura. En el Sacramento de la Penitencia no sólo se nos perdonan los pecados; también se curan las heridas, se rejuvenece el alma y la Gracia Santificante nos regala una nueva vida. Volvemos, de verdad, al kilómetro cero, y podemos decir al Señor:
—¡Ahora empiezo! Estoy dispuesto a luchar como el primer día. Ayúdame a recordar mis viejas caídas sólo para pedirte perdón otra vez, no para angustiarme pensando que no tengo remedio.
(Así he comenzado el retiro. El resto fue más fácil)
 

04:37

"Y, después de este destierro, 
muéstranos a Jesús el Fruto bendito de tu vientre."



Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exilium ostende. 

Todas las plegarias marianas nos llevan al Señor, son cristocéntricas. A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María, dice un punto de Camino. Los chiquillos comienzan así su viaje hacia el Cielo; descubren enseguida a nuestra Madre y aprenden a rezar con Ella. Luego la Virgen extiende los brazos y les muestra al Niño, que siempre está en su regazo envuelto en pañales.
¿Y los adultos? Los que cargamos con la triste experiencia del pecado, hacemos lo mismo; regresamos a casa, abatidos y sucios, porque el destierro es triste. "Volvemos" como si fuera la primera vez, y María Santísima nos recibe en sus brazos con una sonrisa; nos allana el camino de la penitencia, limpia la suciedad acumulada en nuestra alma, nos perfuma con "esos sus ojos misericordiosos" y nos invita a entrar en el refugio de su regazo para que descubramos de nuevo al Niño Jesús, que es el Fruto bendito de su vientre.
La Salve termina con tres "Oes". O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria, y entonces la oración se convierte en música, en himno de gloria. Os confieso que no soy capaz de rezar la Salve en latín sin tararearla por dentro. Sencillamente, "no me sale".
Hoy termino aquí este breve comentario de la Salve pidiendo perdón a mi Madre por no haber sabido expresar con palabras toda la belleza de esta oración con la que tantos enamorados a la han cortejado a lo largo de los siglos.

05:27


En las clases de tercero de primaria, las intervenciones de los alumnos son siempre sorprendentes.
—A que tú conoces a mi bisabuela.
—A lo mejor. ¿Cómo se llama?
—Carmen.
—Carmen… ¿qué más?
—No sé.
—¿Y cuántos años tiene?
—Ciento dos.
—No está mal. ¿Y yo, cuantos años tengo?
El chaval contrae las cejas en un gesto de profunda reflexión.
—¿Ciento…, veinte?
Los demás alumnos me miran con atención para ver qué cara pongo, pero nadie parece sorprendido por la cifra.
—O sea, que soy más viejo que tu bisabuela…
—Sí, pero no se te nota nada.
Es un consuelo. Abandono el aula al borde mismo de la melancolía.

06:03



Gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. 

¿También lloran las flores?
Gementes et flentes in hac lacrimarum valle. 
Cabe pensar que el autor de la Salve exagera, que este "valle" también está lleno de alegrías, de consuelos y de esperanza. Es verdad, pero no podemos ocultar las lágrimas de millones de personas que sufren.
Hay lágrimas de soledad; lágrimas causadas por un dolor físico que parece no tener fin; lágrimas enfermizas que son el desahogo de una tristeza negra, de un puño que nos golpea el pecho sin que entendamos por qué. Hay lágrimas culpables y lágrimas inocentes; lágrimas de viejos solitarios y de niños abandonados. Hay lágrimas secas de los que ya no tienen lágrimas, y lágrimas histéricas que solo buscan llamar la  atención. Hay lágrimas que se esconden detrás de una sonrisa y lágrimas escandalosas que ofenden a quien las ve. Hay lágrimas de payasos tristes y lágrimas hipócritas; lágrimas de amores y de desamores. Lágrimas generosas de quien llora por los demás, y lloreras nacidas del orgullo del que se siente humillado. Hay lágrimas humildes de arrepentimiento sincero  que sirven para bañar los pies de Jesús, y lágrimas  de alegría, explosivas, que se presentan como un preludio de la felicidad.
Yo no sé si en el Paraíso terrenal hubo lágrimas. Tiendo a pensar que sí. Cuando el amor es grande lloramos. Y no hay más amor que el Amor.
—¿Y en el Cielo; lloraremos en el Cielo?
Por supuesto. La felicidad que Dios nos promete no es fría; tiene corazón. El Señor no nos ha preparado una burbuja de color de rosa llena de chuches y de pequeños o grandes placeres para tenernos anestesiados. Jesús, que lloró en la tierra por su amigo Lázaro, nos acompañará en el llanto por los que hemos dejado en este mundo. Lloraremos por ellos y con ellos.  Que nadie me arrebate mi derecho a ese sufrimiento, que es parte de la felicidad.
En la Salve se habla de nuestro llanto por haber perdido el Paraíso. E invocamos a la Virgen María, porque es Madre y las madres se conmueven siempre con las lágrimas de sus hijos.

04:03

Sólo saqué una foto, y no es muy buena
He tenido un sábado complicado. Quizá no era para tanto, pero yo he acabado reventado. Cosas de la vejez, supongo.
Resulta que Perico González-Aller celebraba su primera Misa solemne en Tajamar y me ha invitado a predicar la homilía. No he podido ni he querido negarme. Conozco a esa familia desde hace muchos años y sé que me aprecian de  forma especial. El problema es que, en 50 años de cura, sólo he asistido a una primera Misa, la mía, y entonces estuve tan nervioso que no me enteré de lo que dijo don Jesús Urteaga, que era el predicador.
Ayer fue distinto. Perico se ha ordenado sacerdote con más de 40 años y sin un solo pelo  en la azotea, pero es un chaval lleno de vitalidad. Seguro que llegará a las bodas de oro en plena forma. Esta mañana he pedido al Señor que sea muy fiel, que no cambié, que no envejezca por dentro y que contagie a muchos su alegría.
Por primera vez en 50 años no me he limitado a hacer un guión para predicar; he escrito de punta a cabo todo lo que quería decir. Calculé que diez minutos, pero, con un par de morcillas, me salieron 13. Yo veía a la gente muy atenta. Al final de la ceremonia, el besamanos se prolongó demasiado. Perico se volcó con cada uno de los que se le acercaban y les hablaba con entusiasmo y extensión. Tuve que acercarme para decirle:
─Aligera, Perico, que hay doscientos en la cola y algunos quieren ver el partido del Madrid.
 


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