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¿Cómo comulgamos? Una excelente pastoral del Obispo de Jaén
Hace unos años, al iniciar un nuevo curso pastoral, un compañero sacerdote me preguntaba cuáles eran mis objetivos prioritarios. Le dije que me alegraría si pudiera obtener dos cosas: Que se redescubriera el inmenso valor del sacramento de la Penitencia y que comulgáramos bien. Si nos confesáramos bien y comulgáramos bien seríamos muy pronto santos.
Hoy quisiera reflexionar sobre el segundo aspecto. El motivo de esta reflexión ha sido propiciado por la carta pastoral que ha escrito el Obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez. El simple hecho de plantear el tema me parece muy conveniente y oportuno. Quisiera ofrecer algunos comentarios a lo que ha expuesto este obispo.
Me admira que Mons. Amadeo constate que son muchos los gestos y las actitudes que tiene la oportunidad de observar en sus comunidades, especialmente el sentido de adoración que se manifiesta en el momento de la Consagración, cuando “una mayoría de fieles se hincan de rodillas ante el Santísimo Sacramento”. Me congratulo por tan gratificante experiencia que, por desgracia, en otras latitudes brilla por su ausencia. La genuflectofobia y la artrosis espiritual han hecho estragos, pues la eliminación sistemática de los gestos tradicionales de adoración ha comportado la pérdida del sentido del Sagrado, como tantas veces insistía el Papa Benedicto. Dejar de arrodillarse durante la Consagración cuando es posible hacerlo no es un gesto insignificante. Comulgar con cualquier gesto no es anodino. La mejor antropología nos enseña la coordinación y armonías necesarias entre el cuerpo y el espíritu.
Con todo, Mons. Amadeo confiesa que le disgusta cómo algunos se acercan a comulgar y cómo vuelven a sus asientos los que han recibido el Cuerpo del Señor. Reconoce una especie de desconcierto en el templo. Yo me preguntaría si tiene algo que ver con este desconcierto el jolgorio en que a menudo degenera una praxis aberrante del rito de la paz. Creo que no hace mucho tiempo la Sede Apostólica dio unas normas precisas sobre cómo practicar correctamente el rito de la paz. Por mi experiencia puedo afirmar que estas normas han caído en saco vacío y que nadie hace el más mínimo caso. A menudo los mismos presbíteros que concelebran Misa son los primeros en manifestar la mayor ignorancia sobre las disposiciones de la Santa Sede sobre este tema. Considero que una buena preparación para la Comunión sería observar lo que la Iglesia dispone para el rito de la paz. Sobrio y esencial.
Oportunas son las reflexiones de Mons. Amadeo sobre el modo de comulgar y gran verdad es lo que afirma: “No siempre en las manos que reciben al Señor se percibe aquello de que la mano izquierda ha de ser un trono para la mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey”, citando a San Juan Crisóstomo. Es evidente que Mons. Amadeo da por supuesta la fe y la adoración sin las cuales ningún sentido tendría la Comunión. Ya San Agustín decía que “pecaríamos si comiéramos sin adorar”. Es innegable en ciertas actitudes externas un profundo oscurecimiento del sentido de la fe. Se impone pues una catequesis litúrgica y doctrinal simultáneamente. La liturgia es escuela de la fe y el principio lex orandi, lex credendi sigue siendo fundamental. Hay que explicarlo todo muy bien y muchas veces y no dar nada por supuesto por elemental que parezca. No estaría de más insistir en la comunión en la boca, bien hecha, por supuesto y en la posibilidad de facilitar la comunión de rodillas a los fieles que lo prefieran y que tienen todo el derecho a recibirla.
Una observación muy atinada de esta pastoral de obligada lectura del Obispo de Jaén, es la importancia que tiene la actitud y los gestos del sacerdote que celebra la Santa Misa. La piedad sacerdotal siempre ha sido profundamente educadora de la piedad de todo el pueblo de Dios. No hay mejor catequesis de la Santa Misa que la celebración de la misma por parte del sacerdote. El pueblo de Dios intuye rápidamente cuando ve la piedad y reverencia en sus ministros. En esta perspectiva el Papa Francisco nos decía hace muy poco que los sacerdotes debemos favorecer el silencio en la celebración. Este silencio que brota de la adoración y de la conciencia de estar ante Dios.
Este silencio, como bien observa Mons. Amadeo, debe fomentarse especialmente en el momento de acción de gracias habiendo recibido la Sagrada Comunión. Por desgracia este es un tema bastante desdeñada actualmente y sin embargo, grandes teólogos como Rahner y Galot le dedicaron estudios específicos. Hay que invitar a los fieles a adorar, alabar, bendecir en profundo recogimiento, sin cantos estrepitosos ni otra distracción. Tal vez una música de órgano suave y íntima que nos ayude a unirnos profundamente al Señor, eso es, a vivir la communio. Sabias palabras las de Mons. Amadeo: “Yo propongo a que se eduque con unas buenas catequesis mistagógicas a cómo encontrarse con el Señor tras comulgar. Es importante que se recuerde que es tiempo de rezar…”. Todo un reto para teólogos y pastores. Los fieles de antaño tenían en sus misalitos preciosas plegarias para este dulce momento. Siempre recordaré la primera vez que participé en la Misa matutina de San Juan Pablo II en su capilla privada y contemplé cómo el Papa, después de comulgar se arrodillaba en su reclinatorio para una larga acción de gracias. Por cierto, proveer los bancos de cómodos reclinatorios ayudaría mucho al respecto.
Hay otros y ricos aspectos en la carta pastoral del Obispo de Jaén. Insisto, hay que leerla y, sobre todo, vivirla. Comulgar bien es una cuestión fundamental en la vida cristiana. Por supuesto, hay que priorizar los aspectos internos fundamentales como son la fe y la gracia y que ya consideramos en otra ocasión en este mismo blog y que Mons. Amadeo trata muy bien en la misma pastoral.
¿Cómo comulgamos? Una excelente pastoral del Obispo de Jaén
Hace unos años, al iniciar un nuevo curso pastoral, un compañero sacerdote me preguntaba cuáles eran mis objetivos prioritarios. Le dije que me alegraría si pudiera obtener dos cosas: Que se redescubriera el inmenso valor del sacramento de la Penitencia y que comulgáramos bien. Si nos confesáramos bien y comulgáramos bien seríamos muy pronto santos.
Hoy quisiera reflexionar sobre el segundo aspecto. El motivo de esta reflexión ha sido propiciado por la carta pastoral que ha escrito el Obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez. El simple hecho de plantear el tema me parece muy conveniente y oportuno. Quisiera ofrecer algunos comentarios a lo que ha expuesto este obispo.
Me admira que Mons. Amadeo constate que son muchos los gestos y las actitudes que tiene la oportunidad de observar en sus comunidades, especialmente el sentido de adoración que se manifiesta en el momento de la Consagración, cuando “una mayoría de fieles se hincan de rodillas ante el Santísimo Sacramento”. Me congratulo por tan gratificante experiencia que, por desgracia, en otras latitudes brilla por su ausencia. La genuflectofobia y la artrosis espiritual han hecho estragos, pues la eliminación sistemática de los gestos tradicionales de adoración ha comportado la pérdida del sentido del Sagrado, como tantas veces insistía el Papa Benedicto. Dejar de arrodillarse durante la Consagración cuando es posible hacerlo no es un gesto insignificante. Comulgar con cualquier gesto no es anodino. La mejor antropología nos enseña la coordinación y armonías necesarias entre el cuerpo y el espíritu.
Con todo, Mons. Amadeo confiesa que le disgusta cómo algunos se acercan a comulgar y cómo vuelven a sus asientos los que han recibido el Cuerpo del Señor. Reconoce una especie de desconcierto en el templo. Yo me preguntaría si tiene algo que ver con este desconcierto el jolgorio en que a menudo degenera una praxis aberrante del rito de la paz. Creo que no hace mucho tiempo la Sede Apostólica dio unas normas precisas sobre cómo practicar correctamente el rito de la paz. Por mi experiencia puedo afirmar que estas normas han caído en saco vacío y que nadie hace el más mínimo caso. A menudo los mismos presbíteros que concelebran Misa son los primeros en manifestar la mayor ignorancia sobre las disposiciones de la Santa Sede sobre este tema. Considero que una buena preparación para la Comunión sería observar lo que la Iglesia dispone para el rito de la paz. Sobrio y esencial.
Oportunas son las reflexiones de Mons. Amadeo sobre el modo de comulgar y gran verdad es lo que afirma: “No siempre en las manos que reciben al Señor se percibe aquello de que la mano izquierda ha de ser un trono para la mano derecha, puesto que ésta debe recibir al Rey”, citando a San Juan Crisóstomo. Es evidente que Mons. Amadeo da por supuesta la fe y la adoración sin las cuales ningún sentido tendría la Comunión. Ya San Agustín decía que “pecaríamos si comiéramos sin adorar”. Es innegable en ciertas actitudes externas un profundo oscurecimiento del sentido de la fe. Se impone pues una catequesis litúrgica y doctrinal simultáneamente. La liturgia es escuela de la fe y el principio lex orandi, lex credendi sigue siendo fundamental. Hay que explicarlo todo muy bien y muchas veces y no dar nada por supuesto por elemental que parezca. No estaría de más insistir en la comunión en la boca, bien hecha, por supuesto y en la posibilidad de facilitar la comunión de rodillas a los fieles que lo prefieran y que tienen todo el derecho a recibirla.
Una observación muy atinada de esta pastoral de obligada lectura del Obispo de Jaén, es la importancia que tiene la actitud y los gestos del sacerdote que celebra la Santa Misa. La piedad sacerdotal siempre ha sido profundamente educadora de la piedad de todo el pueblo de Dios. No hay mejor catequesis de la Santa Misa que la celebración de la misma por parte del sacerdote. El pueblo de Dios intuye rápidamente cuando ve la piedad y reverencia en sus ministros. En esta perspectiva el Papa Francisco nos decía hace muy poco que los sacerdotes debemos favorecer el silencio en la celebración. Este silencio que brota de la adoración y de la conciencia de estar ante Dios.
Este silencio, como bien observa Mons. Amadeo, debe fomentarse especialmente en el momento de acción de gracias habiendo recibido la Sagrada Comunión. Por desgracia este es un tema bastante desdeñada actualmente y sin embargo, grandes teólogos como Rahner y Galot le dedicaron estudios específicos. Hay que invitar a los fieles a adorar, alabar, bendecir en profundo recogimiento, sin cantos estrepitosos ni otra distracción. Tal vez una música de órgano suave y íntima que nos ayude a unirnos profundamente al Señor, eso es, a vivir la communio. Sabias palabras las de Mons. Amadeo: “Yo propongo a que se eduque con unas buenas catequesis mistagógicas a cómo encontrarse con el Señor tras comulgar. Es importante que se recuerde que es tiempo de rezar…”. Todo un reto para teólogos y pastores. Los fieles de antaño tenían en sus misalitos preciosas plegarias para este dulce momento. Siempre recordaré la primera vez que participé en la Misa matutina de San Juan Pablo II en su capilla privada y contemplé cómo el Papa, después de comulgar se arrodillaba en su reclinatorio para una larga acción de gracias. Por cierto, proveer los bancos de cómodos reclinatorios ayudaría mucho al respecto.
Hay otros y ricos aspectos en la carta pastoral del Obispo de Jaén. Insisto, hay que leerla y, sobre todo, vivirla. Comulgar bien es una cuestión fundamental en la vida cristiana. Por supuesto, hay que priorizar los aspectos internos fundamentales como son la fe y la gracia y que ya consideramos en otra ocasión en este mismo blog y que Mons. Amadeo trata muy bien en la misma pastoral.
Me preguntaban hace poco por la adoración eucarística y cuándo debe realizarse en una parroquia. Cada vez que celebramos la Santa Misa debemos adorar. A menudo se confunde la adoración debida a la Santísima Eucaristía y el culto eucarístico fuera de la Misa. La Santa Misa es el acto por excelencia de adoración a Dios y sería incomprensible sin la adoración de Jesucristo realmente presente en el Sacramento.
Participando de manera correcta a la Misa tributamos la debida adoración a la Eucaristía. San Agustín, hablando de la comunión eucaristica afirmaba que “pecaríamos si la comiéramos sin adorar”. La adoración brota de la fe ante la presencia de Dios a quien debemos y queremos darle el primer lugar, por encima de todo.
El Código de Derecho Canónico establece: “… el sacramento más augusto, en el que se contiene, se ofrece y se recibe al mismo Cristo Nuestro Señor, es la santísima Eucaristía, por la que la Iglesia vive y crece continuamente. El Sacrificio Eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana, por el que se significa y realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a término la edificación del cuerpo de Cristo. Así, pues, los demás sacramentos y todas las obras eclesiásticas de apostolado se unen estrechamente a la santísima Eucaristía y a ella se ordenan. Tributen los fieles la máxima veneración a la santísima Eucaristía, tomando parte activa en la celebración del Sacrificio augustísimo, recibiendo este sacramento frecuentemente y con mucha devoción, y dándole culto con suma adoración; los pastores de almas, al exponer la doctrina sobre este sacramento, inculquen diligentemente a los fieles esta obligación”.
La Adoración Eucarística debe considerarse unida siempre a la Santa Misa, como prolongación de ella, y constituye una de las formas de culto más importantes de la vida de la Iglesia. El culto eucarístico fuera de la Misa contribuye poderosamente a vivir mejor la misma Misa. Desde los inicios hay una conciencia clara de la presencia de Cristo en las especies eucarísticas, pero fue desde el siglo XI cuando comenzó la adoración eucarística tal y como la vivimos hoy.
Podemos participar también con la “comunión-adoración espiritual” y prolongando un poco la adoración y acción de gracias después de comulgar. Recuperar la vista al Santísimo. También es bueno recordar que es posible la adoración eucarística desde casa, especialmente por parte de ancianos y enfermos, cuando no podamos hacerlo presencialmente. Y no olvidemos los gestos corporales de adoración cuando la salud nos permita hacerlos, en especial el noble gesto de arrodillarnos durante la consagración. Como decía Saint Exupery, el autor de Le Petit Prince, el hombre nunca es tan grande como cuando se arrodilla ante Dios.
Me preguntaban hace poco por la adoración eucarística y cuándo debe realizarse en una parroquia. Cada vez que celebramos la Santa Misa debemos adorar. A menudo se confunde la adoración debida a la Santísima Eucaristía y el culto eucarístico fuera de la Misa. La Santa Misa es el acto por excelencia de adoración a Dios y sería incomprensible sin la adoración de Jesucristo realmente presente en el Sacramento.
Participando de manera correcta a la Misa tributamos la debida adoración a la Eucaristía. San Agustín, hablando de la comunión eucaristica afirmaba que “pecaríamos si la comiéramos sin adorar”. La adoración brota de la fe ante la presencia de Dios a quien debemos y queremos darle el primer lugar, por encima de todo.
El Código de Derecho Canónico establece: “… el sacramento más augusto, en el que se contiene, se ofrece y se recibe al mismo Cristo Nuestro Señor, es la santísima Eucaristía, por la que la Iglesia vive y crece continuamente. El Sacrificio Eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana, por el que se significa y realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a término la edificación del cuerpo de Cristo. Así, pues, los demás sacramentos y todas las obras eclesiásticas de apostolado se unen estrechamente a la santísima Eucaristía y a ella se ordenan. Tributen los fieles la máxima veneración a la santísima Eucaristía, tomando parte activa en la celebración del Sacrificio augustísimo, recibiendo este sacramento frecuentemente y con mucha devoción, y dándole culto con suma adoración; los pastores de almas, al exponer la doctrina sobre este sacramento, inculquen diligentemente a los fieles esta obligación”.
La Adoración Eucarística debe considerarse unida siempre a la Santa Misa, como prolongación de ella, y constituye una de las formas de culto más importantes de la vida de la Iglesia. El culto eucarístico fuera de la Misa contribuye poderosamente a vivir mejor la misma Misa. Desde los inicios hay una conciencia clara de la presencia de Cristo en las especies eucarísticas, pero fue desde el siglo XI cuando comenzó la adoración eucarística tal y como la vivimos hoy.
Podemos participar también con la “comunión-adoración espiritual” y prolongando un poco la adoración y acción de gracias después de comulgar. Recuperar la vista al Santísimo. También es bueno recordar que es posible la adoración eucarística desde casa, especialmente por parte de ancianos y enfermos, cuando no podamos hacerlo presencialmente. Y no olvidemos los gestos corporales de adoración cuando la salud nos permita hacerlos, en especial el noble gesto de arrodillarnos durante la consagración. Como decía Saint Exupery, el autor de Le Petit Prince, el hombre nunca es tan grande como cuando se arrodilla ante Dios.
Comparto con los lectores del blog esta consulta que recibí hace poco y su respuesta. Por si sirve…
Incrédulos y escépticos
¿Qué me recomendaría para vencer a incrédulos y escépticos? Tengo muchos amigos que no creen y que me dicen que la fe está superada. Incluso algunos, me parece, me miran con lástima y burla…
Su consulta me recuerda una anécdota que viví hace años. En aquellos momentos me dedicaba a impartir clase de Religión a chicos y chicas de Bachillerato. En el instituto había un personaje curioso que ejercía como profesor de Filosofía y que venía a ser una versión degenerada de la escuela de los cínicos. Un día, en la sala de profesores, yo estaba con otros compañeros trabajando y entró él un poco alterado. Sin ningún preámbulo se dirigió a mí y me dijo: «¡Qué lástima Joan! Piensa que cuando te mueras y veas que no existe Dios ni nada, considerarás que te has perdido tantas cosas buenas…».
Algunos se echaron a reír. Otros que le conocían, me miraron como diciendo que no le hiciera ni caso. Yo le dije: «Me sorprende que seas tan incompetente en filosofía que, entre otras cosas, se supone que debe enseñar a la gente a pensar con rigor.» Puso una cara indescriptible y, antes de que pudiera abrir la boca le dije: «Sí, hombre. Si no existe Dios ni hay nada después de esta vida, yo no me daré cuenta de nada, ni nada me preocupará, ni haré ninguna consideración ni lamentación, ni nada de nada, porque, simplemente, ya no existiré. Y si no existo, no pienso ni soy, como diría Descartes”.
Se puso de un color entre rojo y amarillo y su cara era todo un poema. Todos nos miraron. Y yo seguí impertérrito: «Sin embargo, piensa que quizás sí existe Dios y que después de esta vida hay cielo e infierno y tendremos que rendir cuentas del bien o del mal que hayamos hecho. Y entonces, la sorpresa puede ser desagrada- ble.» Se escapó diciendo que tenía trabajo y que ya conversaríamos en otro momento. Años después todavía espero esta conversación.
Él quería sembrar dudas sin demasiados razonamientos y yo las sembré de manera más fundamentada. En el fondo utilicé la vieja argumentación de Pascal que siempre es buena en estos casos.
Vencer a escépticos, burlones e incrédulos es complicado, por no decir imposible. Quizás lo que tendríamos que hacer es intentar «convencer», implicando al otro a superar el obstáculo de la incredulidad, aportando argumentos y testimonio de vida.
A mí, a aquellos que presumen de incredulidad y ateísmo, me gusta decirles: «Y esta forma de pensar cerrada a la trascendencia, ¿te hace más feliz?, ¿te ayuda a vivir? A mí, al menos, la fe me da alegría y esperanza…» Sé, por experiencia, que estas reflexiones muchas veces ayudan a remover actitudes cerradas y a abrir rendijas a la luz. Poco más se puede hacer. Rezar, sobre todo. Finalmente, le diría que seleccione bien a sus amigos. Un buen amigo siempre respeta y no mira con “lástima”.
Comparto con los lectores del blog esta consulta que recibí hace poco y su respuesta. Por si sirve…
Incrédulos y escépticos
¿Qué me recomendaría para vencer a incrédulos y escépticos? Tengo muchos amigos que no creen y que me dicen que la fe está superada. Incluso algunos, me parece, me miran con lástima y burla…
Su consulta me recuerda una anécdota que viví hace años. En aquellos momentos me dedicaba a impartir clase de Religión a chicos y chicas de Bachillerato. En el instituto había un personaje curioso que ejercía como profesor de Filosofía y que venía a ser una versión degenerada de la escuela de los cínicos. Un día, en la sala de profesores, yo estaba con otros compañeros trabajando y entró él un poco alterado. Sin ningún preámbulo se dirigió a mí y me dijo: «¡Qué lástima Joan! Piensa que cuando te mueras y veas que no existe Dios ni nada, considerarás que te has perdido tantas cosas buenas…».
Algunos se echaron a reír. Otros que le conocían, me miraron como diciendo que no le hiciera ni caso. Yo le dije: «Me sorprende que seas tan incompetente en filosofía que, entre otras cosas, se supone que debe enseñar a la gente a pensar con rigor.» Puso una cara indescriptible y, antes de que pudiera abrir la boca le dije: «Sí, hombre. Si no existe Dios ni hay nada después de esta vida, yo no me daré cuenta de nada, ni nada me preocupará, ni haré ninguna consideración ni lamentación, ni nada de nada, porque, simplemente, ya no existiré. Y si no existo, no pienso ni soy, como diría Descartes”.
Se puso de un color entre rojo y amarillo y su cara era todo un poema. Todos nos miraron. Y yo seguí impertérrito: «Sin embargo, piensa que quizás sí existe Dios y que después de esta vida hay cielo e infierno y tendremos que rendir cuentas del bien o del mal que hayamos hecho. Y entonces, la sorpresa puede ser desagrada- ble.» Se escapó diciendo que tenía trabajo y que ya conversaríamos en otro momento. Años después todavía espero esta conversación.
Él quería sembrar dudas sin demasiados razonamientos y yo las sembré de manera más fundamentada. En el fondo utilicé la vieja argumentación de Pascal que siempre es buena en estos casos.
Vencer a escépticos, burlones e incrédulos es complicado, por no decir imposible. Quizás lo que tendríamos que hacer es intentar «convencer», implicando al otro a superar el obstáculo de la incredulidad, aportando argumentos y testimonio de vida.
A mí, a aquellos que presumen de incredulidad y ateísmo, me gusta decirles: «Y esta forma de pensar cerrada a la trascendencia, ¿te hace más feliz?, ¿te ayuda a vivir? A mí, al menos, la fe me da alegría y esperanza…» Sé, por experiencia, que estas reflexiones muchas veces ayudan a remover actitudes cerradas y a abrir rendijas a la luz. Poco más se puede hacer. Rezar, sobre todo. Finalmente, le diría que seleccione bien a sus amigos. Un buen amigo siempre respeta y no mira con “lástima”.
LA TENTACIÓN DEL SILENCIO
¿Es posible hablar de moral sexual en clave cristiana sin ser lapidado?
Me comentaba hace poco una maestra de religión sobre la dificultad de hablar a adolescentes y jóvenes sobre la sexualidad en clave cristiana. Lo sucedido al Obispo de Solsona es un buen ejemplo. Esta maestra me refería el caso de un profesor de filosofía que se encuentra en situación de baja y depresión por la reacción suscitada ante una opinión suya. La maestra concluía que tal vez era mejor callar y que los padres se ocuparan de estos asuntos. Mi respuesta fue la siguiente:
Plantea usted un tema denso e importante. En primer lugar y atendiendo su misión educadora, le recomiendo que lea con mucha atención el apartado que el Papa Francisco dedica en la educación afectiva y sexual de niños, adolescentes y jóvenes. Los primeros protagonistas son, tendrían que ser, los padres, y con ellos la escuela católica y la catequesis. La doctrina católica reivindica la función de los padres como los primeros educadores en este delicado terreno. También hay que tener en cuenta la situación real de los padres y las acciones u omisiones de los mismos en su misión educadora. Y, en la medida de lo posible, suplir las negligencias.
Hay que hablar y, sobre todo, hay que hablar con acierto. No es trata de expresar simples opiniones, más bien se trata de proyectar la luz del Evangelio, la visión cristiana del ser humano, sobre esta importante dimensión de la persona. Muchos querrían que calláramos para llevar a cabo más cómodamente su tarea des-educadora.
No hay duda, en una visión sensata y realista de la vida, que ciertas opciones y decisiones que se toman en la adolescencia y primera juventud, afectarán a toda la vida de la persona. Para poner ejemplos muy entendedores y elementales: hábitos de vida saludables o insanos, estudios que se eligen, compañías y amistades, relaciones afectivas, experiencias sexuales…. Todo esto tiene más importancia del que pensamos y pueden marcar de por vida nuestros jóvenes.
Constatamos una situación curiosa: nuestros jóvenes reciben “informaciones” y propuestas en cuanto a su vida afectiva y sexual desde tantas instancias. Hay que ser muy incauto para no darse cuenta que está en marcha toda una ingeniería social para inculcar una visión de la vida que está en los antípodas del Evangelio. Estudios recientes resaltan el impacto que reciben en este campo de las redes sociales. Y no se piense que se limitan a la teoría…
Y nos tenemos que preguntar: ¿Quién los da una buena formación humana?, ¿Quién los desintioxica? Y como cristianos, ¿quién los presenta la visión que nace del Evangelio? Resulta que, muchas veces, todo el mundo les habla de sexo y afectividad menos los padres, la escuela católica y la catequesis. Y luego nos maravillamos de los resultados.
A mí me parece que en este punto los hijos del mundo son más astutos y diligentes que los hijos de la luz. En la clase de religión de secundaria, para poner un ejemplo, hay un temario establecido por los Obispos que hay que desarrollar y que contiene, entre otras cosas, la visión cristiana de la afectividad y sexualidad. Hay que hablar a los chicos y chicas con claridad y hacerlos razonar que, en este aspecto tanto importante, cualquier opción y cualquier estilo de vida no los harán felices.
Hay que practicar una misericordia hoy muy olvidada: la misericordia de la verdad. Pasar por alto la verdad nunca es positivo. Un planteamiento oscuro, dudoso o laxo en cuestiones importantes siempre dará lugar a conductas sesgadas. Hay que distinguir la exposición sistemática del tema con la formación más personal.
En el contexto de una clase de religión y en la catequesis no se tiene que entrar en temas muy particulares y personalizados. Hay que exponer los principios fundamentales de la antropología cristiana: la bondad de la creación, del cuerpo y del sexo, la profunda alteración que introduce el pecado original, el combate espiritual, el discernimiento y los medios para vencer la tentación, la necesidad de integrar la sexualidad en un proyecto de auténtico amor y de superar planteamientos hedonistas y sentimentalistas, el valor del autodominio como requisito fundamental para autodonación y el compromiso. Hay que estar muy atentos a las falsificaciones del amor y la sexualidad que reciben nuestros jóvenes desde tantas instancias y ayudarlos a razonar por discernir.
Creo que es particularmente importante que entren en contacto con otras personas y jóvenes que los puedan dar un testigo de una vida afectiva y sexual exitosa desde planteamientos cristianos y invitarles desde la experiencia de vida a la lucha por la castidad. Esto les impacta mucho. Y a nivel más personal estar dispuestos a orientarlos con caridad y firmeza. No os podéis imaginar el bien que le puede hacer a un adolescente o joven una palabra dicha con oportunidad y caridad por una persona que el joven percibe que le quiere y se interesa por él. Recordemos a Don Bosco. Quizás parecerá que no escuchen, pero aquella palabra dicha con amor y verdad hará reflexionar.
Y, sobre todo, animarlos siempre con la misericordia de Dios. Cómo dice bien el Catecismo, la castidad es una lucha, una conquista. Y en este camino siempre hay derrotas y caídas. El recurso al sacramento de la misericordia es fundamental en estas edades y siempre.
Finalmente dos consejos: Miramos de implicar los padres facilitándolos personas y recursos que los ayuden y no dudamos de regalar a nuestros adolescentes y jóvenes libros y materiales buenos, que los hay, sobre una temática de qué van hambrientos no sólo de información, sino de formación por una vida virtuosa y feliz.
¿Callar? Nunca. Es la peor tentación. La catequesis del Mal es más activa que nunca y no dudo en afirmar que uno de los mayores logros del Enemigo es acabar con la inocencia de nuestros niños y jóvenes cuanto antes mejor.
LA TENTACIÓN DEL SILENCIO
¿Es posible hablar de moral sexual en clave cristiana sin ser lapidado?
Me comentaba hace poco una maestra de religión sobre la dificultad de hablar a adolescentes y jóvenes sobre la sexualidad en clave cristiana. Lo sucedido al Obispo de Solsona es un buen ejemplo. Esta maestra me refería el caso de un profesor de filosofía que se encuentra en situación de baja y depresión por la reacción suscitada ante una opinión suya. La maestra concluía que tal vez era mejor callar y que los padres se ocuparan de estos asuntos. Mi respuesta fue la siguiente:
Plantea usted un tema denso e importante. En primer lugar y atendiendo su misión educadora, le recomiendo que lea con mucha atención el apartado que el Papa Francisco dedica en la educación afectiva y sexual de niños, adolescentes y jóvenes. Los primeros protagonistas son, tendrían que ser, los padres, y con ellos la escuela católica y la catequesis. La doctrina católica reivindica la función de los padres como los primeros educadores en este delicado terreno. También hay que tener en cuenta la situación real de los padres y las acciones u omisiones de los mismos en su misión educadora. Y, en la medida de lo posible, suplir las negligencias.
Hay que hablar y, sobre todo, hay que hablar con acierto. No es trata de expresar simples opiniones, más bien se trata de proyectar la luz del Evangelio, la visión cristiana del ser humano, sobre esta importante dimensión de la persona. Muchos querrían que calláramos para llevar a cabo más cómodamente su tarea des-educadora.
No hay duda, en una visión sensata y realista de la vida, que ciertas opciones y decisiones que se toman en la adolescencia y primera juventud, afectarán a toda la vida de la persona. Para poner ejemplos muy entendedores y elementales: hábitos de vida saludables o insanos, estudios que se eligen, compañías y amistades, relaciones afectivas, experiencias sexuales…. Todo esto tiene más importancia del que pensamos y pueden marcar de por vida nuestros jóvenes.
Constatamos una situación curiosa: nuestros jóvenes reciben “informaciones” y propuestas en cuanto a su vida afectiva y sexual desde tantas instancias. Hay que ser muy incauto para no darse cuenta que está en marcha toda una ingeniería social para inculcar una visión de la vida que está en los antípodas del Evangelio. Estudios recientes resaltan el impacto que reciben en este campo de las redes sociales. Y no se piense que se limitan a la teoría…
Y nos tenemos que preguntar: ¿Quién los da una buena formación humana?, ¿Quién los desintioxica? Y como cristianos, ¿quién los presenta la visión que nace del Evangelio? Resulta que, muchas veces, todo el mundo les habla de sexo y afectividad menos los padres, la escuela católica y la catequesis. Y luego nos maravillamos de los resultados.
A mí me parece que en este punto los hijos del mundo son más astutos y diligentes que los hijos de la luz. En la clase de religión de secundaria, para poner un ejemplo, hay un temario establecido por los Obispos que hay que desarrollar y que contiene, entre otras cosas, la visión cristiana de la afectividad y sexualidad. Hay que hablar a los chicos y chicas con claridad y hacerlos razonar que, en este aspecto tanto importante, cualquier opción y cualquier estilo de vida no los harán felices.
Hay que practicar una misericordia hoy muy olvidada: la misericordia de la verdad. Pasar por alto la verdad nunca es positivo. Un planteamiento oscuro, dudoso o laxo en cuestiones importantes siempre dará lugar a conductas sesgadas. Hay que distinguir la exposición sistemática del tema con la formación más personal.
En el contexto de una clase de religión y en la catequesis no se tiene que entrar en temas muy particulares y personalizados. Hay que exponer los principios fundamentales de la antropología cristiana: la bondad de la creación, del cuerpo y del sexo, la profunda alteración que introduce el pecado original, el combate espiritual, el discernimiento y los medios para vencer la tentación, la necesidad de integrar la sexualidad en un proyecto de auténtico amor y de superar planteamientos hedonistas y sentimentalistas, el valor del autodominio como requisito fundamental para autodonación y el compromiso. Hay que estar muy atentos a las falsificaciones del amor y la sexualidad que reciben nuestros jóvenes desde tantas instancias y ayudarlos a razonar por discernir.
Creo que es particularmente importante que entren en contacto con otras personas y jóvenes que los puedan dar un testigo de una vida afectiva y sexual exitosa desde planteamientos cristianos y invitarles desde la experiencia de vida a la lucha por la castidad. Esto les impacta mucho. Y a nivel más personal estar dispuestos a orientarlos con caridad y firmeza. No os podéis imaginar el bien que le puede hacer a un adolescente o joven una palabra dicha con oportunidad y caridad por una persona que el joven percibe que le quiere y se interesa por él. Recordemos a Don Bosco. Quizás parecerá que no escuchen, pero aquella palabra dicha con amor y verdad hará reflexionar.
Y, sobre todo, animarlos siempre con la misericordia de Dios. Cómo dice bien el Catecismo, la castidad es una lucha, una conquista. Y en este camino siempre hay derrotas y caídas. El recurso al sacramento de la misericordia es fundamental en estas edades y siempre.
Finalmente dos consejos: Miramos de implicar los padres facilitándolos personas y recursos que los ayuden y no dudamos de regalar a nuestros adolescentes y jóvenes libros y materiales buenos, que los hay, sobre una temática de qué van hambrientos no sólo de información, sino de formación por una vida virtuosa y feliz.
¿Callar? Nunca. Es la peor tentación. La catequesis del Mal es más activa que nunca y no dudo en afirmar que uno de los mayores logros del Enemigo es acabar con la inocencia de nuestros niños y jóvenes cuanto antes mejor.
Ofrezco hoy a los lectores del blog unas reflexiones sobre el Mensaje de Fátima a la luz de algunas enseñanzas de San Juan Pablo II. Este artículo será publicado en la revista Cristiandad y es el primero de algunos que quiero dedicar al tema cuando se cumplen los 100 años de las apariciones.
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Fátima: Profecía esencial para nuestro tiempo
Aportaciones de San Juan Pablo II
Dr. Juan Antonio Mateo García
Sociedad Mariológica Española
1. Al cumplirse los cien años de los acontecimientos de Fátima queremos acudir a uno de los pontífices que más se han involucrado en la recepción y difusión del mensaje que no dudamos en calificar como “profecía esencial” para nuestro tiempo. San Juan Pablo II cuyo lema pontificio tiene una clara resonancia de devoción y entrega a la Virgen María, vio la mano providente y maternal de María en el atentado que sufrió un trece de mayo. Poco después de recuperarse, el santo Pontífice quiso leer el texto del mensaje que se custodiaba en los archivos de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, como sabemos, pensó inmediatamente en la gestión de la consagración pedida por la Virgen.
Juan Pablo II hizo tres viajes apostólicos a Fátima. Por su contenido doctrinal queremos resaltar el primero de ellos, y concretamente su magisterio expresado en la homilía del 13 de mayo de 1982. La enseñanza allí expuesta continua teniendo una gran actualidad para una correcta hermenéutica de Fátima y su mensaje.
Juan Pablo II constataba que la maternidad que, por designio divino, se confirió a María, su maternidad espiritual para con todos los hombres y particularmente para los bautizados, se manifiesta de modo particular en los lugares donde ella se encuentra con sus hijos, las casas donde ella habita y se siente una especial presencia de la Virgen. Lugares particularmente privilegiados “donde los hombres sienten particularmente viva la presencia de la Madre” son los santuarios marianos, como Fátima y otros queridos explícitamente por la Virgen. Éste es un fenómeno muy importante en la renovación de la Iglesia. Lourdes, Fátima y otros muchos santuarios de toda la geografía mundial son como un imán poderoso que, por la mediación materna de María, atraen a millones de personas a Dios y las sustraen del mal y del pecado. Por esto, un servicio inestimable de Juan Pablo II al mensaje de la Virgen en Fátima ha sido su reiterada presencia en este importante santuario. El Cardenal Schonborn, en unas inspiradas reflexiones que hacía algunos años atrás constataba que los santuarios marianos del mundo son como el último puerto de salvación para la Iglesia. Juan Pablo II, peregrinando a Fátima, enseñaba con su ejemplo que estos lugares irradian luz, atraen a gente de todas partes y en ellos se realiza de manera admirable aquel singular testamento del Señor crucificado por el que “el hombre se siente entregado y confiado a María y allí acude para estar con Ella como la propia Madre.
2. En Fátima se expresa de modo intensa la maternidad espiritual de María. Según San Juan Pablo II, “maternidad expresa solicitud hacía la vida del hijo” y por esta solicitud, “María abraza a todos con una solicitud particular en el Espíritu Santo”. Es muy importante esta observación del Papa. En la economía de la salvación, es decir, en la realización histórica y concreta como Dios lleva adelante su designio de salvación, María tiene un lugar en la misión del Espíritu Santo acontecida en Pentecostés. En este sentido, Juan pablo II formuló una magistral aportación mariológica en Fátima: “La maternidad espiritual de María es una participación al poder del Espíritu Santo, de Aquél que da la vida”.
Así pues, María, en sus intervenciones, sean ordinarias o extraordinarias, siempre se hace presente para nuestra salvación, para nuestra vida en el sentido más pleno. Así lo expresa Juan Pablo II: “La solicitud de la Madre del Salvador es la solicitud para la obra de la salvación, la obra de su Hijo. Es solicitud para la salvación, para la eterna salvación de todos los hombres”. Y observaba que no es difícil constatar este amor salvífico de la Madre abraza con su rayo de manera particular “nuestro siglo”.
Otro principio hermenéutico fundamental de Fátima es expresado magistralmente así por San Juan Pablo II: “A la luz del amor materno comprendemos todo el mensaje de la Señora de Fátima. Aquello que más directamente se opone al camino del hombre hacia Dios es el pecado, el perseverar en el pecado y, finalmente, la negación de Dios”. No es casualidad que la intervención salvífica de María el año 1917 acontezca precisamente en unos momentos oscuros de la humanidad cuando por primera vez el pensamiento humano ha formulado una ateísmo teórico que trata de implantar en unos proyectos de construcción del mundo sin Dios y, hay que decirlo, en contra de Dios. Proyectos que sólo generarán y generan desolación y ruina. A esta realidad se refiere Juan Pablo II al decir: “La programada eliminación de Dios del mundo del pensamiento humano. El apartar de El toda la actividad terrena del hombre. El rechazo de Dios por parte del hombre”. Ya Pío XII había señalado como mal supremo la pérdida del sentido de Dios y del pecado.
3. La Virgen en Fátima viene una vez más en nuestra ayuda contra la serpiente infernal y su ilusorio proyecto de “ser como Dioses”. Juan Pablo II, recordó solemnemente en este primer viaje a Fátima que “en realidad la eterna salvación del hombre sólo se da en Dios y que el rechazo de Dios por parte del hombre, si deviene definitivo, guía lógicamente al rechazo del hombre por parte de Dios, a la eterna condenación.
¿Cómo no va a intervenir la Madre ante un panorama tan peligroso y pavoroso para los hijos que le han sido confiados? El Papa lo formulaba así: “¿Puede la Madre, que con toda la potencia de su amor que nutre en el Espíritu Santo desea la salvación de todo hombre, callar ante aquello que amenaza las bases mismas de esta salvación? ¡Claro que no puede!”. Como tampoco la Iglesia puede callar con una falsa misericordia ante el mal y el pecado que amenazan la ruina de sus hijos. La incomprensión hacia estas manifestaciones de María, como Fátima, por parte de los fieles resulta incomprensible en una lógica de fe pues estas intervenciones expresan la solicitud salvífica de Dios y que se realiza en la mediación de María.
La intervención extraordinaria de Fátima responde a una situación de grave peligro para la humanidad, del peligro mayor que siempre consiste en la muerte espiritual y en la frustración definitiva de nuestro destino eterno. Por esto, recuerda Juan Pablo II, el mensaje de la Señora de Fátima, tan materno, al mismo tiempo es fuerte y decidido, casi pareciendo severo. Este mensaje, continuaba exponiendo Juan Pablo II en aquella homilía del primer viaje, se dirige a todos los hombres pues el amor de la Madre del Salvador alcanza hasta donde llega la obra de la salvación. En el espacio y en el tiempo, y por esto el mensaje de Fátima es actual, profecía para nuestro tiempo. Añade el Santo Pontífice que objeto de la premura materna son todos los hombres de nuestra época, y al mismo tiempo, las sociedades, las naciones y los pueblos. Las naciones amenazadas por la apostasía y por la degradación moral, precisaba en santo Pontífice con palabras que, a casi cuatro decenios después de ser pronunciadas, evidencian su alcance profético. Y Juan pablo II aseveraba: “El hundimiento de la moralidad conlleva el hundimiento de la sociedad”. Deberíamos prestar también atención a unas palabras que san Juan Pablo II utilizó el año 1991 en una fórmula de consagración realizada en su segundo viaje a Fátima: “Muestra que eres Madre, Sí, continua a mostrarte Madre para todos, porque el mundo te necesita. Las nuevas situaciones de los pueblos y de la Iglesia son todavía precarias e inestables. Existe el peligro de sustituir el marxismo con otra forma de ateísmo que, adulando la libertad tiende a destruir las raíces de la moral humana y cristiana…”. Hoy nosotros pondríamos nombres muy concretos a este nuevo ateísmo que ya no es un peligro sino una realidad y que está arruinado nuestras sociedades.
4. ¿Y cuál es el verdadero remedio? La Virgen propone la consagración a su Corazón Inmaculado. La última parte de la histórica homilía de Juan Pablo II en Fátima el día 13 de mayo de 1982 nos ayudará a comprender el verdadero significado de esta importante petición de María en Fátima.
Para San Juan Pablo II, consagrar el mundo al Corazón Inmaculado de María, significa acercarse, mediante la intercesión de la Madre, a la misma “Fuente de la Vida”. ¿Cómo no darse cuenta de la similitud de esta expresión de Juan Pablo II con otra que hemos vivido hace muy poco? Me refiero obviamente al hilo conductor del Año Santo de la Misericordia y expresada así: “Corazón de Jesús, Fuente de Misericordia”. Para Juan Pablo II, esta Fuente brotó en el Gólgota y de manera ininterrumpida brota con la redención y con la gracia. En ella se realiza ininterrumpidamente la reparación por los pecados del mundo y de manera incesante es fuente de vida nueva y de santidad.
Hace algunos años, en un opúsculo breve pero profundo, un buen mariólogo español, el P. Joaquín María Alonso, explicaba que la Consagración es un acto de la virtud de la religión perfectísimo, por el que se entrega a Dios, por medio de la Virgen, la persona humana con todo lo que es y tiene. Añadiríamos en perspectiva cristocéntrica que sólo existe una Consagración perfectísima y que es la que Cristo hizo de sí mismo al Padre por todos nosotros. A ésta consagración nosotros, por medio de María, estamos llamados a incorporarnos de la manera más perfecta posible. San Juan Pablo II lo explicitó claramente en una de las fórmulas de consagración que formuló acogiendo el pedido de Fátima. Dijo: “He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que, por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando dijo Yo por ellos me consagro, para que ellos sean consagrados en la verdad…Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y de procurar la reparación”. Ésta es la fuente de todo consagración por parte nuestra. En la misma fórmula de consagración, San Juan Pablo II advertía que “el poder de esta consagración dura por siempre, abarca a todos los hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que, de hecho, ha sembrado en nuestro tiempo”. Cristo puede hacer, el único, esta consagración en representación de toda la humanidad, pues El es por derecho propio cabeza de la humanidad, Adán definitivo. Y unida indisolublemente a Cristo, María, nueva Eva, asociada a la Redención a título del todo singular.
5. En esta perspectiva, entendemos mejor la enseñanza de Juan Pablo II en la homilía de su primer viaje a Fátima. El Santo Pontífice insiste en que consagrar el mundo al Inmaculado Corazón de María significa retornar al pie de la Cruz del Hijo, quiere decir consagrar este mundo al Corazón traspasado del Salvador, situarlo de nuevo en la fuente misma de su Redención. Juan Pablo II recuerda una vez más que “la Redención es siempre mayor que el pecado del hombre y el pecado del mundo y que el poder de la Redención supera siempre y de manera infinita toda la gama del mal que hay en el hombre y en el mundo”. La Consagración al Corazón Inmaculado de María, instrumento del Espíritu Santo, podemos decir, nos conduce perfectamente a la acción salvífica de Cristo y por ella al Padre.
María, explica San Juan Pablo II, nos llama no sólo a la conversión necesaria para acoger la Redención, sino que nos llama a dejarnos ayudar por Ella, Madre, para retornar a la fuente de la Redención. Así, consagrarse a María significa dejarse ayudar por ella para ofrecernos nosotros mismos y la humanidad a Aquel que es Santo, infinitamente Santo. Y dejarse ayudar por Ella, recorriendo a su Corazón de Madre, abierto al pie de la cruz al amor hacia todo hombre y hacia todo el mundo, para ofrecer el mundo, el hombre, la humanidad y todas las naciones a Aquel que es infinitamente Santo y cuya santidad se ha manifestado en la Redención realizada por el Sacrificio de la Cruz. Y Juan Pablo II vuelve al texto de Jn 17, 19 donde Cristo mismo nos da la clave de comprensión: “Por ellos yo me consagro a mí mismo”. De esta forma, concluye, Juan Pablo II, es imposible no ver que el contenido de la llamada de la Señora de Fátima no esté enraizado de la forma más profunda en el Evangelio y en toda la Tradición, y, por esto, la Iglesia se siente comprometida con este mensaje.
6. San Juan Pablo II recuerda que se presentaba a Fátima movido por una urgencia trepidante, se presentaba ante la Virgen releyendo con inquietud la llamada materna a la penitencia y a la conversión porque “ve cuántos hombres y cuántas sociedades, cuántos cristianos, han recorrido un camino en dirección opuesta a la indicada por el mensaje de Fátima”. Y constataba que “el pecado ha ganado un fuerte derecho de ciudanía en el mundo y que la negación de Dios se ha difundido ampliamente en las ideologías, en las representaciones del mundo y en los programas de los hombres”. Por esto recordaba que la llamada evangélica a la penitencia y a la conversión hecha por la Virgen es siempre actual, y en aquel momento, sesenta y cinco años después de 1917, era todavía más urgente. ¿No lo será todavía más ahora cuando se cumple los 100 años?
Finalizamos con una consideración muy importante de San Juan Pablo II. Se refiere a la actualidad constante de Fátima, a lo que nosotros hemos llamado “profecía esencial”. El Papa, al final de esta histórica homilía que hemos glosado, nos decía que “la llamada de María no es puntual, sólo para una ocasión. Está siempre dirigida a las nuevas generaciones, según los siempre nuevos signos de los tiempos. Se debe por esto volver incesantemente a esta llamada y acogerla siempre de nuevo”. Y en esta perspectiva, hay que renovar una y otra vez la espiritualidad de la consagración y la práctica diligente de los pedidos de la Señora de Fátima. San Juan Pablo II prestó un inestimable servicio al mensaje de Fátima acudiendo al Santuario, difundiendo el mensaje en su totalidad, realizando la consagración pedida y promoviendo los medios para la constante vivencia del llamado de Fátima. Al final de su pontificado nos dejo, en esta perspectiva, tres perlas preciosas: la carta apostólica sobre el Rosario, la encíclica sobre la Eucaristía y la carta en forma de motu propio, Misericordia Dei, sobre la Penitencia. Tres caminos imprescindible para transitar el camino que Dios, en Fátima, y por medio de la Virgen, nos ha dado para acoger su Salvación.
Benedicto XVI, el 13 de mayo de 2010, nos recordaba que “se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada”.
Ofrezco hoy a los lectores del blog unas reflexiones sobre el Mensaje de Fátima a la luz de algunas enseñanzas de San Juan Pablo II. Este artículo será publicado en la revista Cristiandad y es el primero de algunos que quiero dedicar al tema cuando se cumplen los 100 años de las apariciones.
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Fátima: Profecía esencial para nuestro tiempo
Aportaciones de San Juan Pablo II
Dr. Juan Antonio Mateo García
Sociedad Mariológica Española
1. Al cumplirse los cien años de los acontecimientos de Fátima queremos acudir a uno de los pontífices que más se han involucrado en la recepción y difusión del mensaje que no dudamos en calificar como “profecía esencial” para nuestro tiempo. San Juan Pablo II cuyo lema pontificio tiene una clara resonancia de devoción y entrega a la Virgen María, vio la mano providente y maternal de María en el atentado que sufrió un trece de mayo. Poco después de recuperarse, el santo Pontífice quiso leer el texto del mensaje que se custodiaba en los archivos de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, como sabemos, pensó inmediatamente en la gestión de la consagración pedida por la Virgen.
Juan Pablo II hizo tres viajes apostólicos a Fátima. Por su contenido doctrinal queremos resaltar el primero de ellos, y concretamente su magisterio expresado en la homilía del 13 de mayo de 1982. La enseñanza allí expuesta continua teniendo una gran actualidad para una correcta hermenéutica de Fátima y su mensaje.
Juan Pablo II constataba que la maternidad que, por designio divino, se confirió a María, su maternidad espiritual para con todos los hombres y particularmente para los bautizados, se manifiesta de modo particular en los lugares donde ella se encuentra con sus hijos, las casas donde ella habita y se siente una especial presencia de la Virgen. Lugares particularmente privilegiados “donde los hombres sienten particularmente viva la presencia de la Madre” son los santuarios marianos, como Fátima y otros queridos explícitamente por la Virgen. Éste es un fenómeno muy importante en la renovación de la Iglesia. Lourdes, Fátima y otros muchos santuarios de toda la geografía mundial son como un imán poderoso que, por la mediación materna de María, atraen a millones de personas a Dios y las sustraen del mal y del pecado. Por esto, un servicio inestimable de Juan Pablo II al mensaje de la Virgen en Fátima ha sido su reiterada presencia en este importante santuario. El Cardenal Schonborn, en unas inspiradas reflexiones que hacía algunos años atrás constataba que los santuarios marianos del mundo son como el último puerto de salvación para la Iglesia. Juan Pablo II, peregrinando a Fátima, enseñaba con su ejemplo que estos lugares irradian luz, atraen a gente de todas partes y en ellos se realiza de manera admirable aquel singular testamento del Señor crucificado por el que “el hombre se siente entregado y confiado a María y allí acude para estar con Ella como la propia Madre.
2. En Fátima se expresa de modo intensa la maternidad espiritual de María. Según San Juan Pablo II, “maternidad expresa solicitud hacía la vida del hijo” y por esta solicitud, “María abraza a todos con una solicitud particular en el Espíritu Santo”. Es muy importante esta observación del Papa. En la economía de la salvación, es decir, en la realización histórica y concreta como Dios lleva adelante su designio de salvación, María tiene un lugar en la misión del Espíritu Santo acontecida en Pentecostés. En este sentido, Juan pablo II formuló una magistral aportación mariológica en Fátima: “La maternidad espiritual de María es una participación al poder del Espíritu Santo, de Aquél que da la vida”.
Así pues, María, en sus intervenciones, sean ordinarias o extraordinarias, siempre se hace presente para nuestra salvación, para nuestra vida en el sentido más pleno. Así lo expresa Juan Pablo II: “La solicitud de la Madre del Salvador es la solicitud para la obra de la salvación, la obra de su Hijo. Es solicitud para la salvación, para la eterna salvación de todos los hombres”. Y observaba que no es difícil constatar este amor salvífico de la Madre abraza con su rayo de manera particular “nuestro siglo”.
Otro principio hermenéutico fundamental de Fátima es expresado magistralmente así por San Juan Pablo II: “A la luz del amor materno comprendemos todo el mensaje de la Señora de Fátima. Aquello que más directamente se opone al camino del hombre hacia Dios es el pecado, el perseverar en el pecado y, finalmente, la negación de Dios”. No es casualidad que la intervención salvífica de María el año 1917 acontezca precisamente en unos momentos oscuros de la humanidad cuando por primera vez el pensamiento humano ha formulado una ateísmo teórico que trata de implantar en unos proyectos de construcción del mundo sin Dios y, hay que decirlo, en contra de Dios. Proyectos que sólo generarán y generan desolación y ruina. A esta realidad se refiere Juan Pablo II al decir: “La programada eliminación de Dios del mundo del pensamiento humano. El apartar de El toda la actividad terrena del hombre. El rechazo de Dios por parte del hombre”. Ya Pío XII había señalado como mal supremo la pérdida del sentido de Dios y del pecado.
3. La Virgen en Fátima viene una vez más en nuestra ayuda contra la serpiente infernal y su ilusorio proyecto de “ser como Dioses”. Juan Pablo II, recordó solemnemente en este primer viaje a Fátima que “en realidad la eterna salvación del hombre sólo se da en Dios y que el rechazo de Dios por parte del hombre, si deviene definitivo, guía lógicamente al rechazo del hombre por parte de Dios, a la eterna condenación.
¿Cómo no va a intervenir la Madre ante un panorama tan peligroso y pavoroso para los hijos que le han sido confiados? El Papa lo formulaba así: “¿Puede la Madre, que con toda la potencia de su amor que nutre en el Espíritu Santo desea la salvación de todo hombre, callar ante aquello que amenaza las bases mismas de esta salvación? ¡Claro que no puede!”. Como tampoco la Iglesia puede callar con una falsa misericordia ante el mal y el pecado que amenazan la ruina de sus hijos. La incomprensión hacia estas manifestaciones de María, como Fátima, por parte de los fieles resulta incomprensible en una lógica de fe pues estas intervenciones expresan la solicitud salvífica de Dios y que se realiza en la mediación de María.
La intervención extraordinaria de Fátima responde a una situación de grave peligro para la humanidad, del peligro mayor que siempre consiste en la muerte espiritual y en la frustración definitiva de nuestro destino eterno. Por esto, recuerda Juan Pablo II, el mensaje de la Señora de Fátima, tan materno, al mismo tiempo es fuerte y decidido, casi pareciendo severo. Este mensaje, continuaba exponiendo Juan Pablo II en aquella homilía del primer viaje, se dirige a todos los hombres pues el amor de la Madre del Salvador alcanza hasta donde llega la obra de la salvación. En el espacio y en el tiempo, y por esto el mensaje de Fátima es actual, profecía para nuestro tiempo. Añade el Santo Pontífice que objeto de la premura materna son todos los hombres de nuestra época, y al mismo tiempo, las sociedades, las naciones y los pueblos. Las naciones amenazadas por la apostasía y por la degradación moral, precisaba en santo Pontífice con palabras que, a casi cuatro decenios después de ser pronunciadas, evidencian su alcance profético. Y Juan pablo II aseveraba: “El hundimiento de la moralidad conlleva el hundimiento de la sociedad”. Deberíamos prestar también atención a unas palabras que san Juan Pablo II utilizó el año 1991 en una fórmula de consagración realizada en su segundo viaje a Fátima: “Muestra que eres Madre, Sí, continua a mostrarte Madre para todos, porque el mundo te necesita. Las nuevas situaciones de los pueblos y de la Iglesia son todavía precarias e inestables. Existe el peligro de sustituir el marxismo con otra forma de ateísmo que, adulando la libertad tiende a destruir las raíces de la moral humana y cristiana…”. Hoy nosotros pondríamos nombres muy concretos a este nuevo ateísmo que ya no es un peligro sino una realidad y que está arruinado nuestras sociedades.
4. ¿Y cuál es el verdadero remedio? La Virgen propone la consagración a su Corazón Inmaculado. La última parte de la histórica homilía de Juan Pablo II en Fátima el día 13 de mayo de 1982 nos ayudará a comprender el verdadero significado de esta importante petición de María en Fátima.
Para San Juan Pablo II, consagrar el mundo al Corazón Inmaculado de María, significa acercarse, mediante la intercesión de la Madre, a la misma “Fuente de la Vida”. ¿Cómo no darse cuenta de la similitud de esta expresión de Juan Pablo II con otra que hemos vivido hace muy poco? Me refiero obviamente al hilo conductor del Año Santo de la Misericordia y expresada así: “Corazón de Jesús, Fuente de Misericordia”. Para Juan Pablo II, esta Fuente brotó en el Gólgota y de manera ininterrumpida brota con la redención y con la gracia. En ella se realiza ininterrumpidamente la reparación por los pecados del mundo y de manera incesante es fuente de vida nueva y de santidad.
Hace algunos años, en un opúsculo breve pero profundo, un buen mariólogo español, el P. Joaquín María Alonso, explicaba que la Consagración es un acto de la virtud de la religión perfectísimo, por el que se entrega a Dios, por medio de la Virgen, la persona humana con todo lo que es y tiene. Añadiríamos en perspectiva cristocéntrica que sólo existe una Consagración perfectísima y que es la que Cristo hizo de sí mismo al Padre por todos nosotros. A ésta consagración nosotros, por medio de María, estamos llamados a incorporarnos de la manera más perfecta posible. San Juan Pablo II lo explicitó claramente en una de las fórmulas de consagración que formuló acogiendo el pedido de Fátima. Dijo: “He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que, por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando dijo Yo por ellos me consagro, para que ellos sean consagrados en la verdad…Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y de procurar la reparación”. Ésta es la fuente de todo consagración por parte nuestra. En la misma fórmula de consagración, San Juan Pablo II advertía que “el poder de esta consagración dura por siempre, abarca a todos los hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que, de hecho, ha sembrado en nuestro tiempo”. Cristo puede hacer, el único, esta consagración en representación de toda la humanidad, pues El es por derecho propio cabeza de la humanidad, Adán definitivo. Y unida indisolublemente a Cristo, María, nueva Eva, asociada a la Redención a título del todo singular.
5. En esta perspectiva, entendemos mejor la enseñanza de Juan Pablo II en la homilía de su primer viaje a Fátima. El Santo Pontífice insiste en que consagrar el mundo al Inmaculado Corazón de María significa retornar al pie de la Cruz del Hijo, quiere decir consagrar este mundo al Corazón traspasado del Salvador, situarlo de nuevo en la fuente misma de su Redención. Juan Pablo II recuerda una vez más que “la Redención es siempre mayor que el pecado del hombre y el pecado del mundo y que el poder de la Redención supera siempre y de manera infinita toda la gama del mal que hay en el hombre y en el mundo”. La Consagración al Corazón Inmaculado de María, instrumento del Espíritu Santo, podemos decir, nos conduce perfectamente a la acción salvífica de Cristo y por ella al Padre.
María, explica San Juan Pablo II, nos llama no sólo a la conversión necesaria para acoger la Redención, sino que nos llama a dejarnos ayudar por Ella, Madre, para retornar a la fuente de la Redención. Así, consagrarse a María significa dejarse ayudar por ella para ofrecernos nosotros mismos y la humanidad a Aquel que es Santo, infinitamente Santo. Y dejarse ayudar por Ella, recorriendo a su Corazón de Madre, abierto al pie de la cruz al amor hacia todo hombre y hacia todo el mundo, para ofrecer el mundo, el hombre, la humanidad y todas las naciones a Aquel que es infinitamente Santo y cuya santidad se ha manifestado en la Redención realizada por el Sacrificio de la Cruz. Y Juan Pablo II vuelve al texto de Jn 17, 19 donde Cristo mismo nos da la clave de comprensión: “Por ellos yo me consagro a mí mismo”. De esta forma, concluye, Juan Pablo II, es imposible no ver que el contenido de la llamada de la Señora de Fátima no esté enraizado de la forma más profunda en el Evangelio y en toda la Tradición, y, por esto, la Iglesia se siente comprometida con este mensaje.
6. San Juan Pablo II recuerda que se presentaba a Fátima movido por una urgencia trepidante, se presentaba ante la Virgen releyendo con inquietud la llamada materna a la penitencia y a la conversión porque “ve cuántos hombres y cuántas sociedades, cuántos cristianos, han recorrido un camino en dirección opuesta a la indicada por el mensaje de Fátima”. Y constataba que “el pecado ha ganado un fuerte derecho de ciudanía en el mundo y que la negación de Dios se ha difundido ampliamente en las ideologías, en las representaciones del mundo y en los programas de los hombres”. Por esto recordaba que la llamada evangélica a la penitencia y a la conversión hecha por la Virgen es siempre actual, y en aquel momento, sesenta y cinco años después de 1917, era todavía más urgente. ¿No lo será todavía más ahora cuando se cumple los 100 años?
Finalizamos con una consideración muy importante de San Juan Pablo II. Se refiere a la actualidad constante de Fátima, a lo que nosotros hemos llamado “profecía esencial”. El Papa, al final de esta histórica homilía que hemos glosado, nos decía que “la llamada de María no es puntual, sólo para una ocasión. Está siempre dirigida a las nuevas generaciones, según los siempre nuevos signos de los tiempos. Se debe por esto volver incesantemente a esta llamada y acogerla siempre de nuevo”. Y en esta perspectiva, hay que renovar una y otra vez la espiritualidad de la consagración y la práctica diligente de los pedidos de la Señora de Fátima. San Juan Pablo II prestó un inestimable servicio al mensaje de Fátima acudiendo al Santuario, difundiendo el mensaje en su totalidad, realizando la consagración pedida y promoviendo los medios para la constante vivencia del llamado de Fátima. Al final de su pontificado nos dejo, en esta perspectiva, tres perlas preciosas: la carta apostólica sobre el Rosario, la encíclica sobre la Eucaristía y la carta en forma de motu propio, Misericordia Dei, sobre la Penitencia. Tres caminos imprescindible para transitar el camino que Dios, en Fátima, y por medio de la Virgen, nos ha dado para acoger su Salvación.
Benedicto XVI, el 13 de mayo de 2010, nos recordaba que “se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada”.
El impacto que puede llegar a tener una afirmación errónea lanzada desde un programa televisivo de gran audiencia es realmente increíble. Es evidente que para un católico bien formado y que conoce su fe no es un problema, pero para la inmensa mayoría que vive en una gran ignorancia religiosa, la confusión y el desconcierto pueden ser enormes. Recuerdo hace más de un año una chica que se preparaba para la confirmación, en una catequesis donde yo presentaba la importancia capital que tiene la Santa Misa para un cristiano, al final me dijo: “Pero Sor… ha dicho que podemos ser muy buenos cristianos sin ir a Misa…". Al día siguiente de aquellas desgraciadas palabras sobre la Virgen y San José recibía un montón de correos. Se ha generado mucha confusión y la labor de combatirla ha de ser paciente y prolongada. Ofrezco hoy a los lectores del blog la consulta y respuesta que he publicado en mi columna del semanario Cataluña Cristiana.
MARIA Y JOSÉ
¿Es compatible con la fe de la Iglesia afirmar que la Virgen y San José mantuvieron relaciones y engendraron hijos? ¿Tuvo Jesús hermanos y hermanas carnales? ¿Es verdad que la Iglesia nunca ha definido como dogma la virginidad de María?….
Confieso que quedé perplejo al abrir mi correo y encontrar de golpe más de diez consultas sobre el tema. Poco después descubrí la causa: unas imprudentes y atolondradas palabras expresadas en un medio televisivo por alguien que debería expresarse con más competencia y acierto.
Una consideración previa: no confundamos la fe con las opiniones personales. Como católicos nos encontramos en la fe de la Iglesia que por gracia profesamos y no precisamente en nuestros gustos y opiniones. Después de esta unidad en la fe, hay cuestiones que en la Iglesia son opinables y cada uno puede tener un criterio formado.
Hay que decir que abunda una mentalidad racionalista que quiere reconducir la fe en los limites de la pura razón. La opinión según la cual María y José tuvieron relaciones y engendraron hijos es incompatible con la fe católica. La concepción virginal de Jesús ha sido constantemente profesada por la fe de la Iglesia y está claramente atestiguada en la Sagrada Escritura. El Papa Pablo IV condenaba solemnemente a aquellos que atentaban contra “los fundamentos de la fe", entre los cuales incluía la Virginidad perpetua de María.
Si bien la virginidad perpetua de María no ha precisado una definición dogmática explícita hay que decir que se contiene plenamente incluida en definiciones dogmáticas como las de la Asunción y de la Inmaculada, y en fórmulas cristológicas fundamentales. Por tanto, la negación consciente y pertinaz constituye una clara herejía. Hay que decir que en muchos casos se trata de crasa ignorancia de la fe y tremenda superficialidad por parte del sujeto que debe ser reconducido con misericordia y firmeza a la profesión de la verdadera fe; y esto es un acto de caridad también para los oyentes confusos o escandalizados. Se requiere una retractación explicita y pública.
La Virginidad de María expresa su perfecta entrega al designio de Dios y expresa perfectamente la filiación eterna de Cristo. No supone ningún desprecio a la sexualidad humana. El tema de los “hermanos” de Jesús es bien conocido: Se trata de parientes y no hermanos carnales. Para formarse y profundizar recomiendo un libro de San Juan Pablo II: “La Virgen María". Formarnos constantemente en la fe es una tarea de lo más urgentes.
P. D. En el programa de Radio María “Aquí tienes a tu Madre” que se emitirá el próximo sábado dia 18 de febrero he profundizado en el tema. También estará disponible en la web de Radio María.
El impacto que puede llegar a tener una afirmación errónea lanzada desde un programa televisivo de gran audiencia es realmente increíble. Es evidente que para un católico bien formado y que conoce su fe no es un problema, pero para la inmensa mayoría que vive en una gran ignorancia religiosa, la confusión y el desconcierto pueden ser enormes. Recuerdo hace más de un año una chica que se preparaba para la confirmación, en una catequesis donde yo presentaba la importancia capital que tiene la Santa Misa para un cristiano, al final me dijo: “Pero Sor… ha dicho que podemos ser muy buenos cristianos sin ir a Misa…". Al día siguiente de aquellas desgraciadas palabras sobre la Virgen y San José recibía un montón de correos. Se ha generado mucha confusión y la labor de combatirla ha de ser paciente y prolongada. Ofrezco hoy a los lectores del blog la consulta y respuesta que he publicado en mi columna del semanario Cataluña Cristiana.
MARIA Y JOSÉ
¿Es compatible con la fe de la Iglesia afirmar que la Virgen y San José mantuvieron relaciones y engendraron hijos? ¿Tuvo Jesús hermanos y hermanas carnales? ¿Es verdad que la Iglesia nunca ha definido como dogma la virginidad de María?….
Confieso que quedé perplejo al abrir mi correo y encontrar de golpe más de diez consultas sobre el tema. Poco después descubrí la causa: unas imprudentes y atolondradas palabras expresadas en un medio televisivo por alguien que debería expresarse con más competencia y acierto.
Una consideración previa: no confundamos la fe con las opiniones personales. Como católicos nos encontramos en la fe de la Iglesia que por gracia profesamos y no precisamente en nuestros gustos y opiniones. Después de esta unidad en la fe, hay cuestiones que en la Iglesia son opinables y cada uno puede tener un criterio formado.
Hay que decir que abunda una mentalidad racionalista que quiere reconducir la fe en los limites de la pura razón. La opinión según la cual María y José tuvieron relaciones y engendraron hijos es incompatible con la fe católica. La concepción virginal de Jesús ha sido constantemente profesada por la fe de la Iglesia y está claramente atestiguada en la Sagrada Escritura. El Papa Pablo IV condenaba solemnemente a aquellos que atentaban contra “los fundamentos de la fe", entre los cuales incluía la Virginidad perpetua de María.
Si bien la virginidad perpetua de María no ha precisado una definición dogmática explícita hay que decir que se contiene plenamente incluida en definiciones dogmáticas como las de la Asunción y de la Inmaculada, y en fórmulas cristológicas fundamentales. Por tanto, la negación consciente y pertinaz constituye una clara herejía. Hay que decir que en muchos casos se trata de crasa ignorancia de la fe y tremenda superficialidad por parte del sujeto que debe ser reconducido con misericordia y firmeza a la profesión de la verdadera fe; y esto es un acto de caridad también para los oyentes confusos o escandalizados. Se requiere una retractación explicita y pública.
La Virginidad de María expresa su perfecta entrega al designio de Dios y expresa perfectamente la filiación eterna de Cristo. No supone ningún desprecio a la sexualidad humana. El tema de los “hermanos” de Jesús es bien conocido: Se trata de parientes y no hermanos carnales. Para formarse y profundizar recomiendo un libro de San Juan Pablo II: “La Virgen María". Formarnos constantemente en la fe es una tarea de lo más urgentes.
P. D. En el programa de Radio María “Aquí tienes a tu Madre” que se emitirá el próximo sábado dia 18 de febrero he profundizado en el tema. También estará disponible en la web de Radio María.
Hace pocos días recibí una consulta de un estudiante de bachillerato. Un joven cristiano y celoso por la defensa de su fe y muy activo defensor de la vida. Tuvo una discusión con su profesor de ciencias sobre el tema del aborto y se planteaba la cuestión crucial: ¿Se trata de una persona? En más de una ocasión he escrito sobre el tema y merece la mena hacerlo una y otra vez y creo que no hace falta explicitar los motivos. Ofrezco hoy en el blog la consulta y mi respuesta por si pueden ser de utilidad.
Estimado P. Mateo, hace unos días, discutiendo sobre el problema del aborto con un profesor de ciencias me dijo si podía considerarse persona un conjunto de células, refiriéndose al embrión humano en sus primeros estadios. Yo le respondí que este “conjunto de células”, si no es eliminado, en pocos meses se convertirá en un niño. No sé si mi respuesta fue la correcta y me gustaría tener más argumentos. Gracias.
La cuestión de fondo es lo que entendemos bajo el concepto de “persona”. Para muchos es una cuestión puramente funcional y no una realidad profunda, subyacente; filosóficamente hablando, diríamos una realidad ontológica, algo que debe ser reconocido. Así, para cierta corriente de pensamiento cuando un ser humano pierde sus facultades cognitivas, deja de ser persona. Algunos incluso, por poner un ejemplo, llegan a llamar “vegetal” a alguien que ha quedado en un como profundo e irreversible. En estas perspectivas, la realidad y dignidad de la persona, más que ser reconocidas y respetadas, son atribuidas y quitadas arbitrariamente en función de una ideología profundamente deshumanizadora. ¿El ser humano es persona porque lo decidimos nosotros o bien, porque en sí mismo es persona, nosotros debemos reconocerlo como tal?
Esta forma de pensar es contraria a la fe y a la razón. Hace unos años, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó un importante documento que le ayudará a afrontar estas cuestiones. Se trata de la instrucción “Dignitas personae” que considera algunas cuestiones de bioética. Se publicó el año 2008 y sigue siendo de rabiosa actualidad.
Sobre el punto que usted me consulta dice textualmente este documento que expone la posición de la Iglesia: “El cuerpo de un ser humano, desde los primeros estadios de su existencia, no se puede reducir al conjunto de sus células. El cuerpo embrionario se desarrolla progresivamente según un “programa” bien definido y con un fin propio, que se manifiesta con el nacimiento de cada niño”.
Como puede usted ver, su razonamiento no difiere mucho de esta enseñanza de la Iglesia asequible a la pura razón. Por lo que respecta al concepto de persona le comento un razonamiento muy simple que escuche hace años en una conferencia de Julián Marías: “Todos intuitivamente y sin esfuerzo diferenciamos el ser personal del ser impersonal. Si durante esta conferencia alguien llamara a la puerta todos preguntaríamos “quién” llama y no “qué” llama. Y este ser personal tiene una dignidad única que debe ser respetada”. Cuando nos referimos al ser humano nunca estamos ante un amasijo amorfo de células. Hay una presencia, una persona creada por Dios a su imagen y semejanza y con un destino de eternidad. Estamos ante tierra sagrada que nunca se puede pisotear impunemente. Sobre esta cuestión afirma la mencionada instrucción: “El fruto de la generación humana desde el primer momento de su existencia, es decir, desde la constitución del cigoto, exige el respeto incondicionado que es moralmente debido al ser humano en su totalidad corporal y espiritual. El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción”.
Establecer un momento en que el ser humano no sería “persona” conduce teóricamente a un callejón sin salida y, prácticamente, a las más brutales agresiones. Los que afirman que el ser humano en un momento dado no es persona y poco después lo es deben explicar, si pueden, en virtud de qué irrumpe el ser personal y desde qué criterios. No lo harán, porque su explicación si fuera honesta nos presentaría una concepción de la persona de una pobreza impresionante y unas perspectivas para la humanidad realmente aterradores e inquietantes…
Lea el documento. Le ayudará mucho. Y esta es la cuestión de fondo que subyace en tantos debates de bioética y si no la tenemos clara nos perdemos en un laberinto sin salida.