Articles by "Padre Eduardo Mangiarotti"

05:44



Apenas empiezo a escribir me doy cuenta que un texto escrito por un cura para el día de San Valentín es como si Kim Jong-Un diera una conferencia sobre la democracia o la libertad de prensa. Con todo, la verdad el día de hoy me parece de lo más simpático. Independientemente de la furiosa comercialización sufrida por la jornada, me gusta que haya un día para festejar el amor de pareja. No deja de ser cierto que, como con prácticamente todas las festividades, el evento suscita sentimientos encontrados. No todo el mundo tiene con quién celebrar. Está toda la movida en contra de San Valentín que celebra la soltería y la independencia, o quienes no quieren celebrar lo que llaman una “fiesta Hallmark” (por la famosa marca de tarjetas). Pero la fiesta ahí, nos guste o no, y es una oportunidad para tomar conciencia de alguna que otra cosa.




Hace unos días vimos, con mis compañeros de casa, Her, de Spike Jonze, con Joaquin Phoenix y Scarlett Johannson. Peliculón por donde se lo mire, el film es una fábula contemporánea sobre las relaciones amorosas (y en menor medida, sobre los vínculos en general). El bueno de Theodore, protagonista principal, se debate entre el enorme anhelo por entrar en relación con alguien y todos los temores que eso suscita, sobre todo cuando hay una experiencia previa (como en su caso) de fracaso. “A veces pienso que ya he sentido todo lo que voy a sentir. Y de ahora en más, no voy a sentir nada más. Sólo versiones reducidas de lo que ya sentí”. Un sistema operativo de inteligencia artificial, Samantha, se vuelve la oportunidad para empezar a reconectarse (perdón por el juego de palabras) consigo mismo, con la vida… y con otro, por electrónico que este “otro” sea. Y empieza una vez más la montaña rusa emocional de sentimientos, inquietudes, diálogos y decisiones que constituyen el entramado de una relación.



No voy a entrar en detalles para no develar la trama de la película. Solamente me quedo con una idea que la película retrata tan bien: ¡es tan difícil entrar en comunión, verdadera, sincera con otro! ¡Es tan difícil amar! Tal vez por eso vivimos siempre oscilando entre el miedo a salir del cascarón y el deseo de encontrar ese lazo que nos salve del anonimato y la soledad. “Todos queremos ser alguien en el corazón de alguien”, nos decía un profesor del seminario. Y es así. Todos necesitamos esa experiencia.



Quizás hoy más que nunca, cuando estamos asaltados por el temor al anonimato. En un mundo que crece cada vez más, la percepción de nuestra pequeñez se puede volver aplastante. La experiencia de un vínculo significativo nos saca de esa trampa y nos revela una verdad más profunda sobre nosotros mismos.

¿Es difícil? Lo es. No hay aventura más grande. Ni menos edulcorada. En cierto sentido, vivir el amor es lo menos romántico que hay. “El amor hace salir el niño herido que todos llevamos dentro”, afirma el psiquiatra Jack Dominian. Pero la alternativa es mucho peor: es quedarse en un mundo ideal, donde no hay peligros pero tampoco encuentro. Como dice el maestro, Timothy Radcliffe: “Aprender a amar es un asunto difícil. No sabemos a dónde nos llevará. Nos encontraremos nuestra vida vuelta del revés. Seguramente a veces nos haremos daño. Sería más fácil tener corazones de piedra que corazones de carne, ¡pero entonces estaríamos muertos!”.



Por eso, me gusta que tengamos esta fiesta. Debajo de los corazoncitos, las tarjetas y los chocolates, late una intuición profunda: vale la pena arriesgarse, vale la pena salir al encuentro de otro y construir una historia común, con todos los riesgos que esto conlleva.



Así que feliz día para todos los enamorados, para todos los que, de una manera u otra, se animan a decir que sí a construir un proyecto tomados de la mano. Es un gran desafío, pero sobre todo es una fuente de esperanza. Cada vez que dos personas se animan a quererse de verdad, algo de Dios se hace presente en este mundo y eso nos permite a todos seguir caminando. ¡Feliz día de San Valentín! Y para que la cosa no termine tan homilética, dejo un texto muy apropiado para hoy, “Estar enamorado”, de Francisco Luis Bernárdez:





Estar enamorado, amigos, es encontrar

el nombre justo a la vida.

Es dar al fin con las palabras que para hacer

frente a la muerte se precisa.

Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel

en que el alma está cautiva.

Es levantarse de la tierra con una fuerza que

reclama desde arriba.

Es respirar el ancho viento que por encima de

la carne respira.

Es contemplar, desde la cumbre de la persona,

la razón de las heridas.

Es advertir en unos ojos una mirada verdadera

que nos mira.

Es escuchar en una boca la propia voz

profundamente repetida.

Es sorprender en unas manos ese calor de la

perfecta compañía.

Es sospechar que, para siempre, la soledad

de nuestra sombra está vencida.



Estar enamorado amigos, es descubrir dónde

se juntan cuerpo y alma.

Es percibir en el desierto la cristalina voz de

un río que nos llama.

Es ver el mar desde la torre donde ha quedado

prisionera nuestra infancia.

Es apoyar los ojos tristes en un paisaje de

cigüeñas y campanas.

Es ocupar un territorio donde conviven los

perfumes y las armas.

Es dar la ley a cada rosa y al mismo tiempo

recibirla de su espada.

Es confundir el sentimiento con una hoguera

que del pecho se levanta.

Es gobernar la luz del fuego y al mismo tiempo

ser esclavo de la llama.

Es entender la pensativa conversación del

corazón y la distancia.

Es encontrar el derrotero que lleva al reino de

la música sin tasa.



Estar enamorado, amigos, es adueñarse de

las noches y los días.

Es olvidar entre los dedos emocionados la

cabeza distraída.

Es recordar a Garcilaso cuando se siente la

canción de una herrería.

Es ir leyendo lo que escriben en el espacio las

primeras golondrinas.

Es ver la estrella de la tarde por la ventana de

una casa campesina.

Es contemplar un tren que pasa por la montaña

con las luces encendidas.

Es comprender perfectamente que no hay

fronteras entre el sueño y la vigilia.

Es ignorar en qué consiste la diferencia entre

la pena y la alegría.

Es escuchar a medianoche la vagabunda

confesión de la llovizna.

Es divisar en las tinieblas del corazón una

pequeña lucecita.



Estar enamorado, amigos, es padecer espacio

y tiempo con dulzura.

Es despertarse una mañana con el secreto de

las flores y las frutas.

Es libertarse de sí mismo y estar unido con

las otras criaturas.

Es no saber si son ajenas o son propias las

lejanas amarguras.

Es remontar hasta la fuente las aguas turbias

del torrente de la angustia.

Es compartir la luz del mundo y al mismo

tiempo compartir su noche obscura.

Es asombrarse y alegrarse de que la luna

todavía sea luna.

Es comprobar en cuerpo y alma que la tarea

de ser hombre es menos dura.

Es empezar a decir siempre, y en adelante no

volver a decir nunca.

Y es, además, amigos míos, estar seguro de

tener las manos puras.



No es fácil para nuestra sensibilidad democrática celebrar la fiesta de Cristo Rey. Probablemente no ayude tampoco saber que nace en un tiempo donde la Iglesia estaba a la defensiva frente al mundo y la cultura que la rodeaban . Con todo, la solemnidad tiene muchos filones ricos para la reflexión. Es una celebración que recuerda la centralidad de Jesús en la vida de la Iglesia y del mundo: "todo fue hecho por él y para él". Y con una gran sabiduría, los textos bíblicos propuestos ayudan a meditar sobre cómo Jesús es Rey.



El Evangelio nos muestra el momento de máxima pobreza e impotencia de Jesús. Es la hora del poder de las tinieblas, como ha afirmado antes al comenzar la pasión. Las invectivas de los que están en torno a la cruz ponen en duda la realeza del Señor. Recuerdan las tentaciones del desierto: salvarse a sí mismo, poner el poder de Dios a su propio servicio.



Pero Jesús no entra en el juego de la tentación. En la cruz se estrellan todos los criterios de revancha, autoreferencia, egoísmo y violencia. El Reino del Padre que Jesús anuncia, presenta y encarna no puede construirse sobre ellos. "Salvarse a sí mismo" iría en contra de esta novedosa lógica, la lógica del Reino. La cruz es el gesto definitivo de fidelidad a este Reino y su proyecto. Es Jesús viviendo hasta las últimas consecuencias el amor que se derramó en cada gesto y palabra de su vida pública. Es la coronación del Rey, y la cruz es su trono, como dicen tantos autores. El Reino de Dios, el poder de su Reinado, no se apoya sino en la confianza y el amor vulnerable de Jesús. Él no salva imponiendo sino exponiéndose (B. G. Buelta).



Lo sorprendente es que es este acto y no otro, el que pone el mundo patas para arriba. El que transforma todo. Esta ofrenda de sí, este entregarse ha sido el que ha cambiado la realidad. Y no es un momento de la vida de Jesús, como si fuera una etapa a ser superada: el Cristo resucitado sigue siendo humilde y pobre. Muestra las llagas, transfiguradas por el soplo del Espíritu, pero que siguen estando allí. Las únicas joyas del Rey, si se me permite la alegoría (que en general no me gustan, pero quizás aquí se aplican). Es el Cordero de pie pero degollado. El que revela el sentido de la historia. El universo entero no está sostenido simplemente por las fuerzas de la naturaleza. Por debajo de todo hay un amor inocente que corre como un río escondido y nos sostiene.



Esta revelación de la realeza del Señor tiene profundas consecuencias para nuestra vida cristiana. Si cada discípulo de Jesús es rey por el bautismo, esto dice algo de la manera en que él o ella debe encarar su misión, su relación con sus hermanos y su mundo.



El Reinado de Dios se hace presente hoy de la misma manera que siempre. Hay una cierta manera de amar, una caridad "al estilo del Reino" que es nuestro modelo. Si bien obviamente el amor del cristiano reviste numerosas características, la fiesta de hoy nos invita a recordar especialmente el despojo de todo anhelo de poder, autoreferencialidad y dominio que muestra Jesús en el Evangelio. Pero no simplemente por convicción moral, porque es "lo que hay que hacer". Sino porque además esta es la manera de evangelizar. Es el único amor que transforma en serio, desde adentro.



Creo que puede ser un buen parámetro de revisión de nuestras relaciones. Tenemos tan metido adentro el deseo de dominar, de ganar, de imponernos... Jean Vanier, un profeta de la fragilidad lanzaba esa pregunta inquietante: "'¿Qué queremos, realmente? ¿Queremos ganar, o queremos entrar en comunión?". El amor del Reino, del Rey, elige la comunión. Esa manera de relacionarse que porque no se impone hace lugar para todos. Son los gestos que, como el de Jesús con el buen ladrón, abren el cielo una y otra vez. Esos que nuestra sociedad necesita, especialmente con nuestros hermanos excluidos.



Pienso en nuestra Iglesia, y en la necesidad urgente de seguir sacudiéndonos de encima tanta lógica de poder que rige más de una actitud y una estructura. "Entre ustedes no debe ser así", decía el Señor a los apóstoles. Creo que hoy hay pocos testimonios tan importantes como el que la Iglesia puede dar de cara a su manera de entender, presentar y vivir su relación con el poder y la autoridad.



Es en la Eucaristía, como siempre, donde se nos regala este amor que nos convierte y nos lleva por el camino del Reino. El Rey Cordero, el Crucificado y Resucitado, pone la mesa y se acerca para hacernos entrar en comunión con él y entre nosotros. En este gesto de servicio supremo, su Pascua renovada, se hace presente otro mundo, el definitivo, que se anticipa en cada celebración. Así, intuimos que las cosas pueden ser de otra manera. Pero sobre todo, renovamos nuestro entusiasmo en trabajar para que así sea. Para que nuestro mundo, nuestra tierra, nuestra Iglesia, sean más parecidas al Reino, más según el Evangelio... según el corazón de Jesús, nuestro Rey.

Muchas veces me he preguntado si estoy en este mundo para dar todo de mí en un instante preciso. Una palabra justa, un gesto necesario, un "sí" o un "no" que de alguna manera aporten algo significativo. Y nada más. Por supuesto, yo no sé cuándo o cómo se dará esto. Tal vez lo perciba cuando llegue. En todo caso, este interrogante me ayuda cada tanto a desempolvar el entusiasmo y el asombro. Me permite estar alerta. En espera.




Lo más probable es que no sea así. Sería una visión demasiado mezquina y pobre de la vida. Con todo, sí es cierto que hay momentos, lugares, situaciones especiales. Encuentros donde parece jugarse el todo por el todo. O mejor, lo que el Nuevo Testamento llama un "kairós". Un tiempo oportuno, favorable, pleno porque Dios se manifiesta en él. Y cuando él se hace presente, trae consigo toda novedad y barre a fondo con nuestras certezas. Lo imprevisible se vuelve el pan de cada día.




¿Habrá sido eso lo que vivimos con unos amigos hace algunas semanas? Un matrimonio muy cercano y amigo pasó por Roma. Rezamos juntos, caminamos la Ciudad Eterna y aprovechamos para disfrutar de la historia, el arte y la vida que se respira a cada paso por sus calles infinitas.




Una de las paradas de nuestro recorrido fue una visita a las Catacumbas de Priscilla, la "Reina" de estas necrópolis subterráneas, según los expertos. Hoy ya sabemos que no eran refugio de los cristianos perseguidos. Pero siguen siendo lugar de culto. Aquí los cristianos depositaban a sus mártires y venían a rezar, o a enterrar a sus familiares cerca de los primeros testigos de la fe. Además, en ellas encontramos algunos de los primeros testimonios de arte cristiano.




Llegando a la entrada, nos encontramos con dos sacerdotes y un diácono de Granada que iban también a participar del recorrido guiado. Cuando se enteraron de que habíamos pedido celebrar la misa allí, pidieron sumarse para poder rezar al final de la visita. Además iban en el tour dos turistas norteamericanos y dos chicas francesas que no decían ni palabra.




Al llegar a la capilla, la guía nos dio las indicaciones necesarias para organizarnos e invitó a los que no participarían de la misa a emprender el regreso con ella. Para nuestra sorpresa, las francesas pidieron quedarse a misa con nosotros. El asombro creció cuando descubrimos que hablaban muy bien en español. Al comenzar la celebración invité a que nos presentáramos. Y entonces las chicas aclararon que en realidad, ninguna era cristiana. "Yo soy musulmana", dijo una. "Y yo... bueno, en realidad yo no soy nada", dijo la otra. Cada uno fue pidiendo por alguna intención para la misa. Y esta última dijo que pedía por el futuro. Por lo que estaba viniendo.




La misa no podría haber estado más despojada. Sin cantos, ni instrumentos, ni presencia de una multitud fervorosa. Hasta los ornamentos que usábamos eran simples y casi deshilachados. Pero creo que todos percibimos que ese era un kairós. Había una densidad especial en el aire. Algo estaba pasando. Por lo menos así lo sentía. Creo que todos teníamos la certeza de una presencia, tal vez más palpable aún porque desde lo exterior no había mucho que ayudara. Por otro lado, era un lugar de fe. Un lugar santo, donde todavía se tocan las raíces de fe de Roma y de nuestra Iglesia.




Puede parecer paradójico decir esto, pero creo que pocas veces viví la misa con tanta alegría como ahí, a varios metros bajo la tierra, con 13 grados de temperatura. El gozo de lo esencial, de estar muy cerca del Corazón de todo en lo humildad tan típica de los sacramentos.




La misa terminó y todos estábamos muy alegres y conmovidos. Nadie, creo, como nuestras nuevas amigas. La que había dicho que no creía en nada lloraba a mares. Y nuestra hermana del Islam resplandecía en una sonrisa blanquísima. Mientras regresábamos, le pregunté si se había sentido incómoda en la misa. "¿Incómoda? No, para nada. Emocionada. Impresionada. Pero no incómoda". Su compañera contaba cómo le había gustado la celebración, y que ahora, después de bastante tiempo viviendo en Roma, se lanzaba a un nuevo proyecto. Que la llevaba nada menos... que a Buenos Aires. El colofón final de un día de gracia.




Ahora estamos todos nuevamente desperdigamos por el mundo. Francisco, uno de los curas de Granada, y yo, seguimos estudiando aquí en Roma. Mis amigos volvieron a Buenos Aires. Una de las chicas ya ha vuelto a París y la otra prepara su ida a la Argentina. Los otros curas están en España, ejerciendo el ministerio (¡y el diácono da sus primeros pasos como sacerdote!). Pero todos nos llevamos en el corazón la certeza de haber compartido algo único. Alguien nos llevó hasta allí y nos ha devuelto a nuestras realidades cotidianas pero con alguna certeza, alguna pregunta, alguna alegría.




No creo que estemos aquí solamente para un momento o un gesto. Pero sí así fuera, esta horita juntos en la Catacumbas valió la pena.





P.D.: Gracias a Dios hoy existe el mail, el Facebook y el Skype. Ya nos hemos escrito entre varios y estamos en contacto. Así que la gracia de ese tiempo se ha prolongado en un lazo.






A mi mamá y mi papá: ustedes son mi fuente





En una clase de antropología teológica (¡suena tan aburrido el contexto, pero nada más lejos de la realidad!), el profesor, hombre apasionado y brillante, desgranaba consecuencias de nuestro ser imagen y semejanza de Dios. Que no era ser reflejo de un Dios "genérico", sino de la Trinidad: del Padre, el Hijo y el Espíritu.



Hablando del Padre, se detuvo en la imagen de la fuente. El Padre es vertiente de vida. Y por eso mismo, en cada uno de nosotros está la posibilidad, el llamado, la responsabilidad de serlo también. Tenemos la capacidad de comunicar vida, de generar algo que nos trasciende, nos supera y al mismo tiempo nos prolonga y acerca.






Ser fuente... Un símbolo de lo más sugerente. La fuente, dice San Alberto Magno, es imagen de la plenitud del don. El vaso retiene y no da. Un canal da pero no retiene. Una fuente crea, retiene y da. Nunca se agota. La vida genera vida. Aún cuando aparentemente se desgaste. Una persona plena transmite eso. Si tenemos suerte, al menos arañamos en algún instante un poco de esa experiencia: cuando nos cansamos pero no nos agotamos, cuando experimentamos que estamos centrados aún en medio de muchas exigencias y tareas, cuando estamos presentes a aquello que estamos haciendo, cuando hay paz y alegría profundas... son signos de que algo está brotando de nuestro interior y se reparte generosamente.



Hoy celebramos el día del Padre. Más allá de la ineludible dimensión comercial, es una gran oportunidad. Para agradecer. Si estamos acá, es porque alguien, al menos por un momento, fue fuente para nosotros. Brotamos de alguien, desde alguien. ¿No es eso sorprendente? Lo más nuestro, nuestra vida, es un regalo de otros. Es el surgir de un amor. Pero lo mejor es que este milagro no se da una sola vez: continuamente se nos está dando a luz. Siempre hay alguien que nos ayuda a seguir adelante, que nos ayuda a dar un paso. Aún si los que dieron ese primer sí a nuestra vida no pudieron o no supieron, o no quisieron estar. Siempre hay alguien. Siempre hay Alguien.



Estoy convencido de que a mayor conciencia de este don, mayor deseo y capacidad de entrega. De hacernos regalo para los demás. Podremos tal vez perder algo de ese miedo que nos hace vasos cerrados, o de la angustia de ser canales que un día se agotarán. Hay un amor dentro nuestro que nadie nos puede quitar. Es nuestra raíz, nuestra identidad más profunda.



Y tal vez, tal vez, en algún momento podremos tener la certeza de que podemos ser lo mismo para otros.





04:51
Hace algunos años había salido a almorzar con mi mamá. En la comida intercambiábamos opiniones sobre las cosas típicas que pueden conversar una madre y su hijo: novedades de la familia, de los amigos, de la vida personal de cada uno. Algunas situaciones que se ponían sobre la mesa eran especialmente duras o difíciles. Tal vez por eso, por un momento mamá se quedó pensativa y de golpe me dijo:



- Qué complicado, ¿no?



- ¿Qué cosa?



- Vivir. Vivir es complicado. La vida no se pone menos complicada a medida que uno avanza.



Poco después, en la reunión mensual que tengo con unos amigos del colegio, hablamos exactamente sobre la misma cuestión: esa sensación que uno tiene (supongo que es parte del momento que uno atraviesa a los treinta y pico) de estar siempre a las corridas, no llegar nunca del todo… En todo caso, la frase me ha quedado siempre repicando, y nunca me ha abandonado del todo.



Tengo treinta y cuatro años. No es la edad de las certezas ni de la estabilidad. Tal vez por eso hoy este diálogo con mi madre se me hace especialmente presente. Probablemente se deba también a que, como sacerdote, la vida me ha puesto constantemente en esos lugares donde grita con más fuerza su desmesurada intensidad. O porque, para colmo de males, tengo encargo y vocación de estudioso, y eso siempre te hace buscar intríngulis y preguntas (a veces donde no hay o no hacen falta, es cierto).



En todo caso, y sin querer hacer de esta frase de mi vieja un apotegma, no deja de ser algo que se me presenta increíblemente certero para navegar este tramo de la vida. Sobre todo porque me libera de una tentación que parece cundir en el ambiente de la gente religiosa: la de la simplificación. Reducir las cosas a blanco o negro, a bueno o malo, y (lo que es peor) hacer lo mismo con las personas y con uno mismo.



No estoy haciendo una apología del relativismo. No estoy hablando de moral. Hablo simplemente de dar un paso para aceptar la simultáneamente encantadora y lacerante condición de la existencia. Animarse a bajar al llano, donde no todo es claro y distinto, y donde los días se suceden en una vertiginosa sucesión que sólo se vuelve nítida con el tiempo. Sólo entonces uno puede ver más claro. Pero mientras tanto, caminamos tanteando. Creo que cuando aceptamos que a la vida y su rumbo, más que saberla, la vamos auscultando en el día a día para pescarle el pulso, nos hacemos más humildes. Y lo que es aún más importante, más compasivos.



Hay un gozo en ese abrazar los grises y matices. La vida se vuelve más colorida. Más insegura. Pero más libre. En última instancia, más vida. Cada día un poco más complicada. Cada día un poco más fascinante.

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