Articles by "Padre Javier Sánchez Martínez"

01:23

Ese y no otro, es el fin de la Encarnación del Verbo: hacerse prójimo de esta humanidad maltrecha, y mediante su carne, curarnos.

Cristo es el Médico, la Medicina, la Salud y la Curación. Penetró en lo más profundo de la enfermedad de la naturaleza humana asumiendo nuestra carne; experimentó nuestras debilidades y enfermedades e introdujo la salvación.

"Efectivamente, nuestra naturaleza, enferma, tenía necesidad del médico; 

el hombre, caído, necesitaba de alguien que lo levantara; 

el que estaba sin vida necesitaba del que da la vida, 

el que había resbalado fuera de la participación del bien necesitaba de quien lo devolviera al bien... 

¿Es que esto era poca cosa y sin mérito para hacer que Dios se molestara en bajar a visitar a la naturaleza humana, pues en tal estado de miseria y desgracia se hallaba la humanidad?" (S. Gregorio de Nisa, La Gran Catequesis, XV, 3).

Ahora bien, el Verbo tardó en encarnarse para que afloraran todas las enfermedades del alma humana y así poderlas curar todas con su fuerza salvadora. Ya nada había oculto para la acción del Médico de los cuerpos y las almas.

"El retraso de nuestro beneficio se debió a la sabiduría y a la providencia del que es benéfico por naturaleza. Y un humor corrupto se desliza por los conductos internos, antes que el elemento intruso contrario a la naturaleza esté del todo al descubierto en la superficie, los que son competentes en la técnica al tratar las dolencias no atiborran el cuerpo de drogas astringentes, sino que esperan a que salga fuera todo lo que se ocultaba en el interior, y así aplican la cura directamente a la afección. Pues bien después que la enfermedad de la maldad se abatió de una vez por todas sobre la naturaleza humana, el médico del universo esperó a que ninguna forma de maldad quedase escondida en la naturaleza" (Id., XXIX, 2).

Hoy comienza nuestra salvación.

Hoy se encarna el Médico, poderoso en obras y palabras, que viene a redimir, salvar, sanar y curar.

Hoy es día de gozo y esperanza.

01:44

La tercera y última parte del Credo está dirigida a la profesión de fe en el Espíritu Santo, Persona divina.

Su acción es real y eficaz -no es mera 'fuerza del universo', 'energía cósmica' o simple sentimiento-: vive y actúa y diviniza porque Él mismo es Dios.

Esta acción del Espíritu Santo tiene lugar, como ámbito privilegiadísimo, la santa Iglesia Católica: en ella el Espíritu Santo nos aglutina en una Comunión relacionándonos a unos con otros, formando la Comunión de los santos.

Por el Espíritu Santo se nos da el perdón de los pecados -la blasfemia sería pensar que Él no puede ni perdonarnos ni obrar la redención, cerrándonos a Él-; Él nos resucitará porque es Espíritu de vida y nuestra carne está llamada a la resurrección cuando el Espíritu Santo sople y nos resucite; por Él, con su impulso, se nos da la vida eterna.

Decimos en el Credo:

Creo en el Espíritu Santo,

la santa Iglesia Católica,

la comunión de los santos,

el perdón de los pecados,

la resurrección de la carne

y la vida eterna. Amén.

Al llegar a la santa Vigilia pascual, meta de la Cuaresma, profesaremos públicamente la fe, renovando la gracia bautismal. Ahora, durante la Cuaresma, atendamos a la instrucción, a la enseñanza de la Iglesia sobre el Credo, profundizando en nuestra fe, repensándola, comprendiéndola mejor para creer más firmemente.

"n. 8. Creamos también en el Espíritu Santo. Es Dios ciertamente, pues está escrito: El Espíritu es Dios. Mediante él hemos recibido el perdón de los pecados; por él creemos en la resurrección de la carne y por él esperamos la vida eterna. Pero estad atentos a no cometer un error de numeración y penséis que yo he hablado de tres dioses por haber nombrado al único Dios tres veces.

Única es la sustancia de la divinidad en la Trinidad, único el poder, única la potestad, única la majestad, único el término "divinidad". Como él mismo dijo a sus discípulos: Id, bautizad a los pueblos; no en muchos nombres, sino en el único nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Creyendo en la divina Trinidad y en la Unidad trina, tened cuidado, amadísimos,que nadie os aparte de la fe y verdad de la Iglesia católica. Quien os anunciare otra cosa distinta de la que habéis recibido, sea anatema.

n. 9. Veis ciertamente, queridísimos, cómo hasta en las mismas palabras del santo símbolo, cual conclusión de toda norma que se refiere al misterio de la fe, se añade una especie de suplemento, es decir, "por la santa Iglesia". Huid, pues, en la medida en que os sea posible, de los distintos y variados impostores, cuyas sectas y nombres sería demasiado largo enumerar ahora debido a su multitud.

Muchas cosas tendríamos que deciros al respecto, pero no podéis soportarlas ahora. Una sola cosa recomiendo a vuestros corazones: alejad, por todos los modos, vuestro espíritu y vuestro oído de todo el que no es católico, para que podáis alcanzar la remisión de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna mediante la Iglesia una, verdadera, santa y católica, que es aquella en la que se conoce al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, un único Dios, a quien corresponde el honor y la gloria por los siglos de los siglos".

(S. Agustín, Serm. 215, 8-9).

02:18

            La ofrenda real de los fieles con Cristo, asociados a su sacrificio, como verdadera participación se prolongará luego en la vida cotidiana, convirtiéndola en “sacrificio espiritual”, en una “liturgia existencial” de continua santificación y ofrenda. 

En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda” (CAT 1368). 

            Ya decía el Concilio Vaticano II que “los hombres son invitados y llevados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo” (PO 5) y, antes, Pío XII: “Y no se olviden los fieles cristianos de ofrecer, juntamente con su divina Cabeza clavada en la cruz, a sí propios, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades” (Mediator Dei, n. 127).

            Esta participación de los fieles en el sacrificio de Cristo, lo que se busca pastoralmente cuando se quiere participar, es la unión con Cristo en su ofrenda, una unión tan íntima, que inaugura un culto vivo, existencial, en lo cotidiano:

            El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. De aquí toma forma la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana. La Eucaristía, al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios (cf. Rm 8,29s). Todo lo que hay de auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. Aparece aquí todo el valor antropológico de la novedad radical traída por Cristo con la Eucaristía: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar todos los aspectos de la realidad del individuo. El culto agradable a Dios se convierte así en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 71).

            Esta incorporación a Cristo en su sacrificio, ofreciéndose los fieles junto con Él, es una participación plena en la liturgia que corresponde al sacerdocio bautismal y que se prolonga en la liturgia de lo cotidiano, en el culto espiritual de la propia existencia:

            "Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cf 1P 2, 5), que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios" (LG 34).

            Al ver en la iglesia el altar, hemos de pensar también en aquel altar interior, el propio corazón, que debe ofrecer sacrificios y holocaustos de alabanza al Señor.

            La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto” (Mt 6, 6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf IGLH  9) (CAT 2655).

            Así como en la Iglesia se ofrece la Víctima santa en el altar, en el altar de nuestro corazón hemos de ofrecernos nosotros a Dios. Así como en la Iglesia se eleva la súplica al Padre en el altar, en el altar de nuestro corazón hemos de elevar nuestras súplicas constantes a Dios. Así como en la Iglesia el altar es incensado con suave olor para que la alabanza llegue al cielo, en el altar de nuestro corazón hemos de ofrecer siempre el incienso de nuestra alabanza a Dios.

            Comentando el libro de los Números, predicaba Orígenes: 

“Los dos altares, esto es, el interior y el exterior, puesto que el altar es símbolo de la oración, considero que significan aquello que dice el Apóstol: "Oraré con el espíritu, oraré también con la mente". Cuando, pues, 'quisiere orar en el corazón', entraré en el altar interior, y eso considero que es también lo que el Señor dice en los Evangelios: 'tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto y cierra tu puerta y ora a tu Padre en lo escondido'. Quien, pues, así ora, como dije, entra en el altar del incienso, que está en el interior".

            "Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Rm 12,1).

            En el altar del corazón ofrecemos sacrificios vivos, los de la vida cotidiana, los sacrificios interiores, espirituales, la lucha contra el pecado y las mortificaciones, la vida teologal que crece, el trabajo, la actividad, el descanso. Todo es ofrecido en el altar del corazón.

            "Para salir de Egipto no basta con la mano de Moisés, se busca también la mano de Aarón. Moisés indica la ciencia de la ley; Aarón, la pericia de sacrificar e inmolar a Dios. Es, pues, necesario que los que salgamos de Egipto no sólo tengamos la ciencia de la ley y de la fe, sino los frutos de las obras, por los cuales se agrada a Dios. Por ello se mencionan las manos de Moisés y de Aarón, para que por las manos entiendas las obras.

            De hecho, si, saliendo de Egipto y 'volviendo a Dios', rechazo la soberbia, habré sacrificado un toro al Señor por las manos de Aarón. Si elimino el desenfreno y la lujuria, creeré haber matado un chivo para el Señor por las manos de Aarón. Si venzo la pasión cruel, un ternero; si la necedad, parecerá que he inmolado una oveja" (Orígenes, Hom. in Num, XXVII, 6, 2).

            La participación de los fieles en la liturgia conduce a ofrecer todo lo que antes, día a día, hemos ido ofreciendo a Dios en el altar del corazón; y al participar en la liturgia –con este recto sentido de participación- viviremos lo cotidiano ofreciendo y glorificando a Dios. Por Cristo, con él y en él.

01:43

La Cuaresma tiene su origen en el catecumenado, en aquella preparación más intensiva de los catecúmenos para recibir los sacramentos de la Iniciación cristiana en la Vigilia pascual.

La primera y más antigua dimensión de la Cuaresma es su dimensión bautismal, catecumenal, a la que se le sumará mucho más adelante la dimensión penitencial, en expiación por los pecados de los fieles, cuando ya el catecumenado y el bautismo en Pascua hayan prácticamente desaparecido.

Durante la Cuaresma, en un rito litúrgico, se les entregaba el Credo a los catecúmenos para que lo devolvieran recitándolo poco antes del Bautismo de Pascua. Al entregarles el Credo, era normalmente el obispo quien les dirigía una serie de catequesis explicándoles el contenido del Credo, frase por frase.

Los catecúmenos eran acompañados por los fieles que así, año tras año, eran también instruidos y se preparaban para vivir la noche santísima de la Pascua.

Nosotros nos unimos a ello y profundizamos en el Credo de la mano de san Agustín.

Creo en Dios, Padre todopoderoso.

"n. 1. El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez, y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra Madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. Nadie puede poner otra base fuera de la que ya está puesta, que es Cristo Jesús. 

Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estéis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón. 

Renunciando al diablo y sustrayendo la mente y el alma a las pompas del mismo y a sus ángeles, es preciso olvidarse de lo pasado y, despreciada la vetustez de la vida anterior, renovar con el nuevo hombre una nueva vida mediante las santas costumbres. Como dice el Apóstol, hay que olvidar las cosas de atrás y, con la mirada puesta en lo que está delante, perseguir la palma de la suprema vocación de Dios; hay que creer lo que aún no se ve precisamente, para poder llegar a lo que se ha creído. Quien algo ve, ¿cómo lo espera? Pero, si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos.

n. 2. Esta fe es también la norma de nuestra salvación, a saber, creer en Dios Padre todopoderoso, creador del universo, rey de los siglos, inmortal e invisible. El es, en efecto, el Dios todopoderoso que al comienzo del mundo creó todo de la nada, el que existe antes de los siglos, que también él hizo y gobierna.

No crece con el tiempo ni se extiende por el espacio, ni materia alguna le pone fin o término, sino que permanece junto a sí mismo y en sí mismo como eternidad plena y perfecta, que ni la mente humana puede comprender ni la lengua describir. pues si el don que tiene prometido a los santos ni ojo alguno lo vio, ni oído lo oyó, ni ha llegado al corazón del hombre, ¿cómo podrá la mente concebir, el corazón pensar o la lengua describir a quien promete ese don?"

(S. Agustín, Serm. 215, 1-2).

02:56

Una formación de adultos debe, sin lugar a dudas, poner a todos en contacto con las fuentes originales, con el Magisterio de la Iglesia, de manera que todos lean y tengan acceso a documentos, homilías y discursos. Un blog, en este caso, debe también difundir esa doctrina magisterial.

El Magisterio pontificio contemporáneo, como vamos viendo, ha sido y sigue siendo fecundo en lo referente a la evangelización y la nueva evangelización. Son palabras luminosas por su claridad, pero vinculantes para todos; no entra en lo optativo, sino en las directrices básicas que a todos incumben.

Prestamos un asentimiento racional al Magisterio y recibimos su enseñanza como una orientación clara para nuestras acciones, apostolados, compromisos y misión.

Con ese tono, y con el deseo de formación, vamos a trabajar el discurso de Benedicto XVI a los nuevos evangelizadores.

"Habéis elegido como lema para vuestra reflexión de hoy la expresión: «La Palabra de Dios crece y se multiplica». Varias veces el evangelista Lucas utiliza esta fórmula en el libro de los Hechos de los Apóstoles; en distintas situaciones afirma, de hecho, que «la Palabra de Dios crecía y se multiplicaba» (cf. Hch 6, 7; 12, 24). Pero en el tema de esta jornada habéis modificado el tiempo de los dos verbos para evidenciar un aspecto importante de la fe: la certeza consciente de que la Palabra de Dios está siempre viva, en todos los momentos de la historia, hasta nuestros días, porque la Iglesia la actualiza a través de su fiel transmisión, la celebración de los sacramentos y el testimonio de los creyentes. Por esto nuestra historia está en plena continuidad con la de la primera comunidad cristiana, vive de la misma savia vital. 

¿Pero qué terreno encuentra la Palabra de Dios? Como entonces, también hoy puede encontrar cerrazón y rechazo, modos de pensar y de vivir que están lejos de la búsqueda de Dios y de la verdad. El hombre contemporáneo a menudo está confundido y no consigue hallar respuestas a tantos interrogantes que agitan su mente con respecto al sentido de la vida y a las cuestiones que alberga en lo profundo de su corazón. El hombre no puede eludir estos interrogantes que afectan al significado de sí mismo y de la realidad, ¡no puede vivir en una sola dimensión! En cambio, no raramente, es alejado de la búsqueda de lo esencial en la vida, mientras se le propone una felicidad efímera, que satisface un instante, pero enseguida deja tristeza e insatisfacción.

Sin embargo, a pesar de esta condición del hombre contemporáneo, podemos todavía afirmar con certeza, como en los comienzos del cristianismo, que la Palabra de Dios sigue creciendo y multiplicándose. ¿Por qué? Quiero destacar, al menos, tres motivos. 

El primero es que la fuerza de la Palabra no depende, en primer lugar, de nuestra acción, de nuestros medios, de nuestro «hacer», sino de Dios, que esconde su poder bajo los signos de la debilidad, que se hace presente en la brisa suave de la mañana (cf. 1 R 19, 12), que se revela en el árbol de la cruz. Debemos creer siempre en el humilde poder de la Palabra de Dios y dejar que Dios actúe. 

El segundo motivo es que la semilla de la Palabra, como narra la parábola evangélica del Sembrador, cae también hoy en un terreno bueno que la acoge y produce fruto (cf. Mt 13, 3-9). Y los nuevos evangelizadores forman parte de este campo que permite al Evangelio crecer en abundancia y transformar la propia vida y la de los demás. En el mundo, aunque el mal hace más ruido, sigue existiendo un terreno bueno. 

El tercer motivo es que el anuncio del Evangelio ha llegado efectivamente hasta los confines del mundo e, incluso en medio de la indiferencia, la incomprensión y la persecución, muchos siguen abriendo con valentía, aún hoy, el corazón y la mente para acoger la invitación de Cristo a encontrarse con él y convertirse en sus discípulos. No hacen ruido, pero son como el grano de mostaza que se convierte en árbol, la levadura que fermenta la masa, el grano de trigo que se rompe para dar origen a la espiga. Todo esto, si por una parte infunde consuelo y esperanza porque muestra el incesante fermento misionero que anima a la Iglesia, por otra debe llenar a todos de un renovado sentido de responsabilidad hacia la Palabra de Dios y la difusión del Evangelio.

El Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización, que instituí el año pasado, es un instrumento valioso para identificar las grandes cuestiones que se agitan en los distintos sectores de la sociedad y de la cultura contemporánea. Está llamado a ofrecer una ayuda especial a la Iglesia en su misión, sobre todo en los países de antigua tradición cristiana que parecen ser indiferentes, si no hostiles, a la Palabra de Dios. El mundo de hoy necesita personas que anuncien y testimonien que es Cristo quien nos enseña el arte de vivir, el camino de la verdadera felicidad, porque él mismo es el camino de la vida; personas que tengan ante todo ellas mismas la mirada fija en Jesús, el Hijo de Dios: la palabra del anuncio siempre debe estar inmersa en una relación intensa con él, en un profunda vida de oración. El mundo de hoy necesita personas que hablen a Dios para poder hablar de Dios. Y también debemos recordar siempre que Jesús no redimió al mundo con palabras bellas o medios vistosos, sino con el sufrimiento y la muerte. La ley del grano de trigo que muere en la tierra es válida también hoy; no podemos dar vida a los demás, sin dar nuestra vida: «el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará», nos dice el Señor (Mc 8, 35). Viéndoos a todos vosotros y conociendo el gran compromiso que cada uno pone al servicio de la misión, estoy convencido de que los nuevos evangelizadores se multiplicarán cada vez más para dar vida a una verdadera transformación que el mundo actual necesita. Sólo a través de hombres y mujeres moldeados por la presencia de Dios, la Palabra de Dios continuará su camino en el mundo dando sus frutos.

Queridos amigos, ser evangelizadores no es un privilegio, sino un compromiso que deriva de la fe. A la pregunta que el Señor dirige a los cristianos: «¿A quién enviaré y quién irá por mí?» responded con la misma valentía y la misma confianza que el Profeta: «Aquí estoy, mándame» (Is 6, 8). Os pido que os dejéis moldear por la gracia de Dios y que correspondáis dócilmente a la acción del Espíritu del Resucitado. Sed signos de esperanza, capaces de mirar al futuro con la certeza que proviene del Señor Jesús, que ha vencido la muerte y nos ha dado la vida eterna. Comunicad a todos la alegría de la fe con el entusiasmo que proviene de estar movidos por el Espíritu Santo, porque él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5), confiando en la promesa hecha por Jesús a la Iglesia: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20).

Al concluir esta jornada pedimos también la protección de la Virgen María, Estrella de la nueva evangelización, mientras de corazón os acompaño a cada uno de vosotros y vuestro compromiso con la bendición apostólica. Gracias".

(Benedicto XVI, Disc. al Congreso sobre nueva evangelización, 15-octubre-2011)

01:56

                Los salmos han sido empleados por muchas generaciones que los han hecho suyos mediante la oración  o para ser saboreados mediante el canto, pues son letras de cantos. Generaciones del pueblo de Israel antes de Cristo ha orado con los salmos; Cristo oró con los salmos, según le habían enseñado, como prescribía la ley judía, su padre José y su madre María; por tanto la familia de Nazaret, oraba con los salmos. Los Apóstoles en el libro de los Hechos  cantaban salmos y recitaban himnos. Y toda la Iglesia los ha tenido en gran estima y en gran consideración porque expresan muy bien la fe cristiana bajo la forma de la poesía; expresan el misterio de Cristo, de la Iglesia, de la salvación. Esa tradición orante en torno a los salmos es lo que vamos recibiendo mediante la catequesis que desde aquí hacemos sobre los salmos.

               

                Vamos viendo que hay salmos de muchos tipos. Vimos que hay salmos penitenciales, como el salmo 50, que expresan la situación del hombre pecador que pide el perdón al Señor; existen salmos históricos donde se van narrando las proezas de Dios a lo largo de la historia, salmos que suelen ser más largos; existen salmos sapienciales, que son meditaciones sobre la vida, sobre la sabiduría, sobre el tiempo, por ejemplo el salmo 89: “Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna”.

                Así llegamos a otro grupo de salmos; el salmo 96 entra dentro del grupo de salmos “reales” o salmos “mesiánicos” que también se les llama, donde se aclama a Yahvé, a Dios, como Rey. Eso para nosotros, tiene una lectura cristiana muy fácil y muy próxima, porque para nosotros Cristo es el Rey, el Señor de cielo y tierra, como celebramos en el último domingo del año litúrgico. La Iglesia, desde el principio, cuando en los salmos aparece la figura del Rey, de “Yahvé, Señor de los ejércitos” inmediatamente lo sustituye mentalmente y lo traduce y ve en él a “Cristo Jesús”. “Cristo Jesús es el Señor”. Por eso San Pablo hablará tantas veces de “Cristo Señor”, del “Señor Jesús”, pensando en Cristo y atribuyéndole todas las características reales de poder que aparecen en los salmos.

                Así en este salmo 96 la Iglesia le está cantando a Cristo. 

 El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodea,
justicia y derecho sostienen su trono.

Delante de él avanza el fuego, 


abrasando en torno a los enemigos;
sus relámpagos deslumbran el orbe,
y, viéndolos, la tierra se estremece.

Los montes se derriten como cera 


ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.

Los que adoran estatuas se sonrojan, 


los que ponen su orgullo en los ídolos;
ante él se postran todos los dioses.
Lo oye Sión, y se alegra, 
se regocijan las ciudades de Judá
por tus sentencias, Señor;

porque Tú eres, Señor, 


altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses.

El Señor ama al que aborrece el mal, 


protege la vida de sus fieles
y los libra de los malvados.

Amanece la luz para el justo, 


y la alegría para los rectos de corazón.
Alegraos, justos, con el Señor,
celebrad su santo nombre.

              “El Señor reina”. Reina en el trono de la cruz, reina sentado a la derecha del Padre por su Ascensión. “El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables”. Todo el universo se alegra contemplando a Cristo como Cabeza sobre todo, que dice San Pablo. “Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono”. Matiza así de qué modo es la realeza de Jesucristo; no asienta su gloria en una voluntad arbitraria o en los modos caprichosos de ejercer el poder. ¿Dónde asienta su trono el Señor? En la justicia y en el derecho. Hoy que tanto se habla del “Estado de Derecho y del Estado de bienestar”, la justicia y el derecho verdaderos son los que forman el cimiento del trono de Jesucristo.

                “Delante de él avanza fuego, abrasando en torno a los enemigos”. Enemigos de Cristo: el demonio, el pecado, la muerte. Con el fuego del Espíritu Santo, desaparecen sus enemigos.  

              “Sus relámpagos deslumbran el orbe, y viéndolos la tierra se estremece”. Utilizando una imagen tan cercana como puede ser una tormenta, se expresa el poder de Dios. ¡Qué grande es Dios!. “Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra”. Lo que a nosotros nos parece gigantesco, como son los montes y montañas y el hombre tan pequeño en comparación, eso ante el Señor se derrite como cera. Se derriten inmediatamente ante el poder del Señor, no hay nada que sea más grande que Cristo Rey.  

                 “Los cielos pregonan su justicia, todos los pueblos contemplan su gloria”. Y la reacción de los hombres: “los que adoran estatuas se sonrojan”. Viendo el poder del Señor, de Cristo Rey que está vivo, “los que adoran estatuas se sonrojan, los que ponen su orgullo”, su confianza, “en los ídolos”,  en las imágenes que no pueden salvar, en los pequeños dioses, en los pequeños placeres, porque “ante él se postran todos los dioses”. No hay ídolo que resista, sólo el Señor está vivo, sólo el Señor es el Rey de cielo y tierra. 

                 Por eso la invitación que repetíamos en el estribillo: “Alegraos justos en el Señor”, alegraos vosotros que por el bautismo estáis justificados; alegraos vosotros, que por el bautismo habéis sido hechos santos para desarrollar esa santidad; alegraos en el Señor porque no hay nadie más grande que el Señor, no hay nadie más potente ni más poderoso que el Señor.

                Sea este salmo 96, que le canta la Iglesia a Cristo con toda la Tradición, nuestro canto de alabanza en este día: que nos alegremos en el Señor, que gobierna cielo y tierra.

02:14

"La Trinidad suscita toda creación sin salir de sí misma. Del mismo modo, con respecto al alma contemplativa, sin salir de su reposo y de su silencio, se le comunicará a su alrededor la Trinidad. En este sentido no se da en Dios contradicción entre el reposo infinito en el que se halla inalterablemente y la infinita fecundidad de su amor. Dígase lo mismo respecto del silencio y de la paz de un alma perfectamente en reposo, puesto que posee la plenitud.


Pero, sin embargo, ese Dios del que propendemos a saciarnos, es al mismo tiempo el que proporciona a nuestras vidas su misteriosa fecundidad.

No se trata, en tal caso, de ninguna necesidad. En realidad, Dios nos basta; no tenemos necesidad de nada más. Pero esa vida divina no puede darse fuera de nosotros. Este salir de nosotros mismos no puede comprenderse en el sentido de que nos enajene de nosotros mismos, sería la expresión de una inquietud, significaría el sentimiento de la ausencia de algo. Porque la contemplación significa que Dios solo nos basta y que la acción procede del activismo, es la manifestación de una mala inquietud, de una necesidad de cambio, cuando es la expresión de algo que buscamos por nosotros mismos.

Es preciso, pues, que de esta plentiud de la vida de Dios que entonces redunda de nosotros, como de la Trinidad bienventurada que en nosotros mora, emane esa misteriosa fecundidad que haga que otros puedan sacar algún bien para su alma de aquello que existirá originariamente en nosotros bajo la forma de una unión profunda con Dios.

Por ello, esa unión profunda con Dios es la condición misma de toda irradiación efectiva, puesto que esa irradiación no tiene otro objeto que aquello que anterioremente fue vivido interiormente como unión y como recibido. Así la vida de la Trinidad, simultáneamente como suficiencia en sí misma y como fecundidad infinita, queda como un incomparable ejemplar y arquetipo de lo que es toda participación de la vida trinitaria, y particularmente esa participación que es la vida de las almas más especialmente consagradas a la Trinidad"

(DANIELOU, J., La Trinidad y el misterio de la existencia, Madrid 1969, pp. 70-71).

La contemplación cristiana no es el nirvana ni el vacío, sino el amor que mira y se deja mirar por el amor de Dios. Es un movimiento de toda la persona, que corrigiendo el activismo y el deseo de querer abarcarlo todo y hacerlo todo, deja a Dios que se done por completo a la persona.

Tal contemplación es un desbordamiento de la Trinidad, en acto de amor, y la respuesta es acallar el mundo interior, serenar las potencias del alma (la memoria, la inteligencia, la voluntad) y disponerse a recibir humildemente aquello que Dios quiere otorgar.

¿Acaso para unos pocos elegidos y exclusivos? La contemplación cristiana, sencilla, es para todos. Sólo hay que decidirse firmemente a situarse, cada día, ante el Misterio de manera mariana, es decir, con disponibilidad y receptividad a las comunicaciones y dones de Dios.

01:47

Una formación de adultos debe, sin lugar a dudas, poner a todos en contacto con las fuentes originales, con el Magisterio de la Iglesia, de manera que todos lean y tengan acceso a documentos, homilías y discursos. Un blog, en este caso, debe también difundir esa doctrina magisterial.

El Magisterio pontificio contemporáneo, como vamos viendo, ha sido y sigue siendo fecundo en lo referente a la evangelización y la nueva evangelización. Son palabras luminosas por su claridad, pero vinculantes para todos; no entra en lo optativo, sino en las directrices básicas que a todos incumben.

Prestamos un asentimiento racional al Magisterio y recibimos su enseñanza como una orientación clara para nuestras acciones, apostolados, compromisos y misión.

Con ese tono, y con el deseo de formación, vamos a trabajar el discurso de Benedicto XVI a los nuevos evangelizadores.

"Habéis elegido como lema para vuestra reflexión de hoy la expresión: «La Palabra de Dios crece y se multiplica». Varias veces el evangelista Lucas utiliza esta fórmula en el libro de los Hechos de los Apóstoles; en distintas situaciones afirma, de hecho, que «la Palabra de Dios crecía y se multiplicaba» (cf. Hch 6, 7; 12, 24). Pero en el tema de esta jornada habéis modificado el tiempo de los dos verbos para evidenciar un aspecto importante de la fe: la certeza consciente de que la Palabra de Dios está siempre viva, en todos los momentos de la historia, hasta nuestros días, porque la Iglesia la actualiza a través de su fiel transmisión, la celebración de los sacramentos y el testimonio de los creyentes. Por esto nuestra historia está en plena continuidad con la de la primera comunidad cristiana, vive de la misma savia vital. 

¿Pero qué terreno encuentra la Palabra de Dios? Como entonces, también hoy puede encontrar cerrazón y rechazo, modos de pensar y de vivir que están lejos de la búsqueda de Dios y de la verdad. El hombre contemporáneo a menudo está confundido y no consigue hallar respuestas a tantos interrogantes que agitan su mente con respecto al sentido de la vida y a las cuestiones que alberga en lo profundo de su corazón. El hombre no puede eludir estos interrogantes que afectan al significado de sí mismo y de la realidad, ¡no puede vivir en una sola dimensión! En cambio, no raramente, es alejado de la búsqueda de lo esencial en la vida, mientras se le propone una felicidad efímera, que satisface un instante, pero enseguida deja tristeza e insatisfacción.

Sin embargo, a pesar de esta condición del hombre contemporáneo, podemos todavía afirmar con certeza, como en los comienzos del cristianismo, que la Palabra de Dios sigue creciendo y multiplicándose. ¿Por qué? Quiero destacar, al menos, tres motivos. 

El primero es que la fuerza de la Palabra no depende, en primer lugar, de nuestra acción, de nuestros medios, de nuestro «hacer», sino de Dios, que esconde su poder bajo los signos de la debilidad, que se hace presente en la brisa suave de la mañana (cf. 1 R 19, 12), que se revela en el árbol de la cruz. Debemos creer siempre en el humilde poder de la Palabra de Dios y dejar que Dios actúe. 

El segundo motivo es que la semilla de la Palabra, como narra la parábola evangélica del Sembrador, cae también hoy en un terreno bueno que la acoge y produce fruto (cf. Mt 13, 3-9). Y los nuevos evangelizadores forman parte de este campo que permite al Evangelio crecer en abundancia y transformar la propia vida y la de los demás. En el mundo, aunque el mal hace más ruido, sigue existiendo un terreno bueno. 

El tercer motivo es que el anuncio del Evangelio ha llegado efectivamente hasta los confines del mundo e, incluso en medio de la indiferencia, la incomprensión y la persecución, muchos siguen abriendo con valentía, aún hoy, el corazón y la mente para acoger la invitación de Cristo a encontrarse con él y convertirse en sus discípulos. No hacen ruido, pero son como el grano de mostaza que se convierte en árbol, la levadura que fermenta la masa, el grano de trigo que se rompe para dar origen a la espiga. Todo esto, si por una parte infunde consuelo y esperanza porque muestra el incesante fermento misionero que anima a la Iglesia, por otra debe llenar a todos de un renovado sentido de responsabilidad hacia la Palabra de Dios y la difusión del Evangelio.

El Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización, que instituí el año pasado, es un instrumento valioso para identificar las grandes cuestiones que se agitan en los distintos sectores de la sociedad y de la cultura contemporánea. Está llamado a ofrecer una ayuda especial a la Iglesia en su misión, sobre todo en los países de antigua tradición cristiana que parecen ser indiferentes, si no hostiles, a la Palabra de Dios. El mundo de hoy necesita personas que anuncien y testimonien que es Cristo quien nos enseña el arte de vivir, el camino de la verdadera felicidad, porque él mismo es el camino de la vida; personas que tengan ante todo ellas mismas la mirada fija en Jesús, el Hijo de Dios: la palabra del anuncio siempre debe estar inmersa en una relación intensa con él, en un profunda vida de oración. El mundo de hoy necesita personas que hablen a Dios para poder hablar de Dios. Y también debemos recordar siempre que Jesús no redimió al mundo con palabras bellas o medios vistosos, sino con el sufrimiento y la muerte. La ley del grano de trigo que muere en la tierra es válida también hoy; no podemos dar vida a los demás, sin dar nuestra vida: «el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará», nos dice el Señor (Mc 8, 35). Viéndoos a todos vosotros y conociendo el gran compromiso que cada uno pone al servicio de la misión, estoy convencido de que los nuevos evangelizadores se multiplicarán cada vez más para dar vida a una verdadera transformación que el mundo actual necesita. Sólo a través de hombres y mujeres moldeados por la presencia de Dios, la Palabra de Dios continuará su camino en el mundo dando sus frutos.

Queridos amigos, ser evangelizadores no es un privilegio, sino un compromiso que deriva de la fe. A la pregunta que el Señor dirige a los cristianos: «¿A quién enviaré y quién irá por mí?» responded con la misma valentía y la misma confianza que el Profeta: «Aquí estoy, mándame» (Is 6, 8). Os pido que os dejéis moldear por la gracia de Dios y que correspondáis dócilmente a la acción del Espíritu del Resucitado. Sed signos de esperanza, capaces de mirar al futuro con la certeza que proviene del Señor Jesús, que ha vencido la muerte y nos ha dado la vida eterna. Comunicad a todos la alegría de la fe con el entusiasmo que proviene de estar movidos por el Espíritu Santo, porque él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5), confiando en la promesa hecha por Jesús a la Iglesia: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20).

Al concluir esta jornada pedimos también la protección de la Virgen María, Estrella de la nueva evangelización, mientras de corazón os acompaño a cada uno de vosotros y vuestro compromiso con la bendición apostólica. Gracias".

(Benedicto XVI, Disc. al Congreso sobre nueva evangelización, 15-octubre-2011)

02:17

Hemos de entender, valorar y situar el Concilio Vaticano II atendiendo a la voz de la Iglesia y, en este caso, de uno de sus protagonistas, Cabeza del Concilio, el Papa Pablo VI.

Aunque surjan corrientes con poderosos altavoces que niegan validez y hasta legitimidad a dicho Concilio, pidiendo su revisión, nadie en su sano juicio dejará de reconocer que es un Concilio más en la lista de Concilios de la Iglesia, sancionado y promulgado por un Papa.

¿Qué pretendía el Concilio? ¿Qué hizo la Iglesia durante él, qué se propuso?

Una presentación, breve, pero con visión panorámica, dio Pablo VI a un mes de su clausura en un discurso. En este discurso, Pablo VI expresaba aquello que movió el ánimo de los padres conciliares y lo que reflejan los documentos del Concilio. La segunda parte de dicho discurso -que otro día veremos- centra la relación de la Iglesia con el mundo moderno.

Veamos pues qué es el Concilio y cuál fue su interés, su objeto, su fin. 

"La experiencia de los años pasados ha venido ha confirmar con claridad que esta respuesta de la Iglesia no cae hoy en la indiferencia; es, en amplios sectores, esperada y escuchada. Queremos mostrar como prueba de ello el amplio eco suscitado, en el pasado otoño, por Nuestro discurso a las Naciones Unidas y, más recientemente aún, por Nuestras intervenciones a favor de la paz en Vietnam. Más significativa aún, quizás, -y es sobre esto en lo que querríamos os detengáis hoy- es la atención con la cual la opinión pública, durante más de tres años, ha seguido los debates y las decisiones del Segundo Concilio Ecuménico del Vaticano. ¿Qué tenía de particular este Concilio? ¿Y en qué medida sus resultados interesan a la vida de los pueblos que representáis?

Los Concilios, como sabéis, son por definición hechos esencialmente religiosos y que conciernen primero a la renovación interna de la vida de la Iglesia. La Iglesia hace, si se puede decir así, su examen de conciencia, en función a la vez de los principios de conducta inmutables que tiene de su divino Fundador, y de “los signos de los tiempos” que discierne como otras tantas manifestaciones significativas de este mundo al que ella recibió la misión de llevar el mensaje de la salvación.

El Concilio que acaba de terminar ha tenido, a este respecto, esto de particular, que, gracias al progreso de las técnicas y al vasto desarrollo de las comunicaciones sociales, la Iglesia ha procedido en público y por así decir ante los ojos del mundo a esta puesta en orden, a esta “revisión de vida”, a este “aggiornamento”, por retomar el término que expresa tan bien la feliz intuición que tuvo Nuestro Predecesor, el llorado Papa Juan XXIII.


El mundo pudo así percibir muy directamente esta especie de “despertar” de la Iglesia, al tomar nota, al seguir las fases sucesivas, al calcular las consecuencias posibles. Una comunión de pensamiento y de interés recíproco se estableció poco a poco entre el Concilio y la opinión pública, y pudo resultarse de esto algunos inconvenientes menores. No dudamos en afirmar sin embargo que este hecho, muy nuevo para una asamblea eclesiástica, fue en conjunto feliz y beneficioso.

Si consideramos con una mirada de conjunto los trabajos del Concilio, se percibe otro rasgo característico: es que se desarrollaron en torno a un tema central, el de la Iglesia. La Iglesia apareció en ellos cuidadosa ante todo de definirse, de delimitar sus estructuras, de precisar los poderes y los deberes de sus miembros: Obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, y codificar en sus textos su actitud frente a otros grupos religiosos, cristianos y no cristianos, y frente al mundo en general.

La Iglesia así definida en ella misma, y situada respecto a lo que no es, aparece con otra característica que no siempre se puso de relieve en los siglos pasados: se muestra completamente libre de todo interés temporal. Un largo trabajo interno, una toma de conciencia progresiva, en armonía con la evolución de las circunstancias históricas, la impulsaron a concentrarse en su misión. Hoy su independencia es total frente a las competiciones de este mundo, para su gran bien, y Nos podemos también añadir, para el de las soberanías temporales.


¿Esto es decir que la Iglesia se retira al desierto y abandona al mundo a su suerte, feliz o desgraciada? Es todo lo contrario. No se aparta de los intereses de este mundo sino para mejor capacitarse para penetrar la sociedad, ponerse al servicio del bien común, ofrecer a todos su ayuda y sus medios de salvación. Pero lo hace hoy –y esta es una nueva característica de este Concilio, que ha sido con frecuencia destacada- ello lo hace de una manera que contrasta en parte con la actitud que marcó ciertas páginas de su historia.

Con su deseo de ir al encuentro de los hombres y de responder a su espera, la Iglesia hoy adopta preferentemente el lenguaje de la amistad, de la invitación al diálogo. Es lo que expresaba tan bien, en la apertura del Concilio, Nuestro inolvidable Predecesor el Papa Juan XXIII, cuyas palabras están quizás aún presentes en la memoria de muchos de vosotros. “Hoy –decía él- la esposa de Cristo prefiere recurrir a la medicina de la misericordia antes que blandir las armas de la severidad; piensa que, en lugar de condenar, responde mejor a las necesidades de nuestra época, dando más valor a las riquezas de su doctrina” (Discurso de apertura del Concilio, 11-octubre-1962).

Por Nuestra parte, Nos nos hemos esforzado por ser fiel a este programa, y el asentimiento casi unánime de Nuestro hermanos del Episcopado del mundo entero Nos ha hecho más fácil mantener esta orientación.

Esto no quiere decir ciertamente que la Iglesia sea ya indiferente a los errores y que ignore la ambigüedad de los valores del mundo moderno. Sabe todo lo que éstas puede contener de equívoco, de amenazas y de peligros; pero detiene más gustosamente su consideración sobre los aspectos positivos de estos valores, sobre lo que contienen de precioso para la construcción de una sociedad mejor y más justa. Querría ayudar a la concentración de todas las buenas voluntades para resolver los inmensos problemas que nuestro siglo debe afrontar. Y es por esto por lo que el Concilio no ha pronunciado anatemas. Sus decretos, como sus “mensajes”, han sido, se puede decir, otras tantas “declaraciones de paz” y de amistad al mundo moderno. Algunos se han extrañado, la mayor parte se han sentido contentos y felices. Pensamos que no Nos equivocamos al situaros entre estos últimos.


Sois en efecto los representantes de estos poderes temporales que son las más directamente interesados en la solución de los grandes problemas humanos hoy. Cualquiera que se ofrezca a ayudaros es sin duda bienvenido. Ahora bien, la Iglesia os propone su ayuda, se presenta a vosotros como una amiga y una aliada. Lo que aquí debe retener vuestra atención, como con frecuencia es el objeto de Nuestras propias reflexiones, es la naturaleza de la ayuda que la Iglesia puede y quiere aportar a vuestras tareas temporales.

La Iglesia no aborda los problemas –es evidente- bajo el mismo ángulo que las potencias de este mundo. No tiene soluciones técnicas –económicas, políticas o militares- que proponer; y es esto lo que a menudo ha podido hacer que se considere su aportación a la edificación de la sociedad como menos importante.

Su acción se ejerce, en realidad, en un plano diferente y más profundo: el de las exigencias morales fundamentales sobre las que descansa todo el edificio de la vida en sociedad" (Pablo VI, Discurso al cuerpo diplomático, 8-enero-1966).

Creo que deberíamos volver a mirar al Concilio, serenamente, pero también de manera agradecida a Dios. Ha permitido que con un lenguaje nuevo y un ímpetu evangelizador la Iglesia mire a Cristo, luz de los pueblos, y refleje su luz más nítidamente.

No es poco logro conseguir abandonar el lenguaje de la condena para emplear la medicina de la misericordia, aun sin renunciar a la Verdad y a la exposición plena del mensaje de la salvación y sus consecuencias. Algunos desean anatemas constantemente; tal vez es mejor el lenguaje amable y expositivo de la Verdad para que persuada internamente con la evidencia de sí misma.

02:17

Realmente es diabólica la tentación del pelagianismo, y sin embargo se ha extendido ampliamente.

¿Pelagianismo? ¡Sí! Creer que el hombre es bueno, que todo el mundo es bueno, y que si el hombre se lo propone, él tiene las fuerzas y los recursos para todo, para arreglar su vida y arreglar el mundo, para salvar su alma y ser santo. Dios sobra, más aún, estorba. Es un hombre poderoso.

El pelagianismo incluso puede nacer hasta de una buena intención: hacerlo todo por Dios, pero acaba haciéndolo "sin Dios". Es el momento en que el hombre se erige en pequeño dios, confía ciegamente en su razón -el racionalismo es su último extremo-, en su técnica y en su planificación. Cree que cambiará el mundo él solo, basta un poco de buena voluntad, estrategia y planificación.

Esta es la tentación hecha ya pecado en la forma de situarse el hombre en el mundo y en la forma también de situarse en la Iglesia ante Dios.

La Encarnación ya deja de ser el método divino y la salvación que lo regenera todo, para ser un ideal de transformación exterior a la persona. Cristo ya no es gracia, es un ideal y un impulso, un panfleto revolucionario que estimula a este hombre 'poderoso' a cambiar el mundo. Porque el mundo ya no lo cambia Cristo con su Encarnación, lo cambia este nuevo hombre confiado de sí.

"Los que dicen, como objeción al cristianismo, que la Encarnación no ha hecho el mundo mejor deberían reconocer, al menos, que ha permitido que llegara a ser peor. La historia se ha acelerado, la Buena Noticia ha hecho posibles, para los que la rechazan o se la incautan, noticias cada vez más insidiosas y cada vez más odiosas, un crecimiento colosal de la cizaña que aprovecha la tierra abonada para el trigo bueno. El Apocalipsis da testimonio de ello: se trata de la victoria misma del Cordero que arroja a la tierra al gran Dragón, el seductor delmundo entero, y a sus ángeles con él (Ap 12,9). Despechado contra la Mujer, dice San Juan, se fue a hacer la guerra al resto de sus hermanos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús (Ap 12,17). Por medio de la Bestia, se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos; se le concedió poderío sobre toda raza, pueblo, lengua y nación (Ap 13,7), es decir, el mismo ámbito que a la redención operada por el Cordero, que compró para Dios con su sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación (Ap 5,9).

Este artículo de fe ya no está de moda, ni siquiera en la Iglesia. Las Luces de la industria lo han mandado al diablo. Baudelaire lo adivinó bien: esa forma de 'agradecerlo' sólo podía tener basamentos infernales. El mejor satanismo no está siempre allí donde se hace más visible, entre adolescentes de cuero negro con pentáculos y calaveras: su sátiro rojo con cuernos no pasa nunca de ser un Papá Noel de la rebelión. Cuando ya no se cree en un Dios con barba, hay que esperarse diablos sin rabo. Escribe el poeta en su diario íntimo: 'La mejor astucia del Diablo es persuadirnos de que no existe'. Igualmente, la posesión más diabólica no es la histérica, sino la sentimental: 'Fijaos en George Stand. Sobre todo y más que cualquier otra cosa es una gran bonachona; pero está poseída. El Diablo la ha persuadido de fiarse de su buen corazón y su buen sentido, para que ella persuada a los demás de fiarse de sus buenos corazones y sus buenos sentidos'. No se podría interpretar mejor el pecado de Eva. En cuanto al de Adán, no lo entiende peor Baudelaire: en este caso, la posesión más diabólica no es la medieval, sino la progresista: '¿En qué consiste entregarse a Satán? ¿Qué hay más absurdo que el Progreso, puesto que el hombre, como demuestra la vida diaria, es siempre semejante e igual al hombre, es decir, siempre está en estado salvaje? ¿Qué son los peligros de la selva y de la pradera al lado de los choques y conflictos cotidianos de la civilización?'

Entregarse a Satán, según Baudelaire, es creer que se ha acabado con él y que uno se las arreglará solo gracias a sus buenos sentimientos y a sus potentes máquinas: 'Pereceremos por aquello por lo que hemso creído vivir. La mecánica nos habrá americanizado de tal forma, el progreso habrá atrofiado en nosotros de tal forma la parte espiritual, que ninguna de las ensoñaciones sanguinarias, sacrílegas o antinaturales de los utopistas podrá compararse con sus resultados positivos'.

La ambición de extirpar por nosotros mismos todo el mal de aquí abajo es una ambición maléfica en sí. Después de haber olvidado al diablo (la mejor manera de interesarlo), desprecia tanto la libertad humana como la divina, ignora la realidad de la concupiscencia y de la gracia, rechaza lo trágico de nuestra condición. Sus 'resultados positivos' implican pues un achatamiento de nuestra vocación espiritual y carnal. Proceden de ese deseo que hemos visto constituía la esencia del pecado demoníaco: hacer el bien por las propias fuerzas, planificar una dicha sin sorpresas". 

(HADJADJ, Fabrice, La fe de los demonios (o el ateísmo superado), Nuevo Inicio, Granada 2010, pp. 118-119)

01:24

La catequesis es una realidad viva e importantísima en la Iglesia porque es la transmisión de la fe eclesial. Lo recibido se transmite para que los demás tengan vida abundante. Es una educación en la fe, acompañando en una vida cristiana que vaya progresando, perfeccionándose, tomando la forma de Cristo Jesús, para que cada uno, al participar en la catequesis, se parezca más a Cristo, pensando como Él, sintiendo como Él, amando, entregándose, viviendo como Él.

La catequesis es una acción pastoral de la Iglesia que incluye a todos: niños y jóvenes, pero también adultos, matrimonios, familias, y probablemente estos adultos con más urgencia aún, como una propuesta habitual, normal, en la vida de una parroquia.

Pero la catequesis no es cuestión simplemente de un libro y de una pedagogía didáctica, o con las modas actuales, de unas dinámicas interactivas de grupo; la cuestión no es cambiar el libro por otro renovado, ni la preocupación por hacer entretenida la sesión catequética. Miremos cómo el centro de toda catequesis es la transmisión íntegra del tesoro de la fe y el acompañamiento de los catequizandos para su inserción cada día más vital en el seno de la Iglesia. Esto no lo hace un libro u otro, sino un catequista verdadero, que responda a ese nombre y misión eclesial: "La formación de los catequistas, analizada en el segundo capítulo, es elemento decisivo en la acción catequizadora. Si es importante dotar a la catequesis de buenos instrumentos de trabajo, más importante es aún preparar buenos catequistas" (Directorio General de Catequesis, 216).
De la vitalidad espiritual del catequista, de su formación sólida, razonable, de su vida eclesial y experiencia cristiana depende el impacto educativo en las almas de los catequizandos. Sin esto, la catequesis será una mera reunión más en torno a un libro o unas fotocopias o el discurso ideologizado a partir de las propias opiniones y de las opiniones del grupo. Pensemos que un catequista es un enviado con una misión eclesial para edificar la Iglesia mediante la enseñanza, educación y transmisión de la fe.

"La constante preocupación de todo catequista, cualquiera que sea su responsabilidad en la Iglesia, debe ser la de comunicar, a través de su enseñanza y su comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús. No tratará de fijar en sí mismo, en sus opiniones y actitudes personales, la atención y la adhesión de aquel a quien catequiza; no tratará de inculcar sus opiniones y opciones personales como si éstas expresaran la doctrina y las lecciones de vida de Cristo. Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa frase de Jesús: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado». Es lo que hace san Pablo al tratar una cuestión de primordial importancia: «Yo he recibido del Señor lo que os he transmitido». ¡Qué contacto asiduo con la Palabra de Dios transmitida por el Magisterio de la Iglesia, qué familiaridad profunda con Cristo y con el Padre, qué espíritu de oración, qué despego de sí mismo ha de tener el catequista para poder decir: «Mi doctrina no es mía»!" (Juan Pablo II, Catechesi tradendae, 6).

Una de las grandes y mejores inversiones en la pastoral parroquial es la escuela de catequistas, la formación de los catequistas, sólida, firme, con rigor, con el Catecismo, el Directorio General de Catequesis y los documentos de la Iglesia y de los Papas. Hay encíclicas y exhortaciones apostólicas que merecen ser estudiadas en la formación de catequistas.

"Ante todo, es menester preparar buenos catequistas —catequistas parroquiales, instructores, padres— deseosos de perfeccionarse en este arte superior, indispensable y exigente que es la enseñanza religiosa" (Pablo VI, Exh. Evangelii Nuntiandi, 44).

Es una inversión a largo plazo, y tarea prioritaria, la preparación adecuada de catequistas de niños, jóvenes y sobre todo de adultos, con los documentos eclesiales y un plan de formación íntegro, amplio, bien preparado. Esta inversión debe comenzar por las propias parroquias, como un ministerio delicadísimo de formación, así como en otras realidades diocesanas que generalmente sí se dan. Es tarea del ministerio ordenado en una parroquia "fomentar y discernir vocaciones para el servicio catequético y, como catequista de catequistas, cuidar la formación de éstos, dedicando a esta tarea sus mejores desvelos" (Directorio General de Catequesis, 225).

Pensemos que uno de los desafíos de la catequesis para expresar su vitalidad y eficacia es "la preparación y formación de catequistas dotados de una profunda fe" (Directorio General de Catequesis, 33) y, por tanto, 

"Todos estos quehaceres nacen de la convicción de que cualquier actividad pastoral que no cuente para su realización con personas verdaderamente formadas y preparadas, pone en peligro su calidad. Los instrumentos de trabajo no pueden ser verdaderamente eficaces si no son utilizados por catequistas bien formados. Por tanto, la adecuada formación de los catequistas no puede ser descuidada en favor de la renovación de los textos y de una mejor organización de la catequesis. En consecuencia, la pastoral catequética diocesana debe dar absoluta prioridad a la formación de los catequistas laicos" (DGC, 234). 


Los siguientes números del Directorio amplían la formación de los catequistas señalando métodos, objetivos, etc., y son una referencia para la vitalidad de la catequesis, de los propios catequistas y para la vida parroquial.

Una buena escuela de catequistas y una formación de catequistas parroquial, seria, cuidada, de nivel, serán garantía de eclesialidad, de integridad en la transmisión de la fe y no hemos de ahorrar esfuerzos por conseguir esa adecuada formación, ni los catequistas pueden renunciar a ella, sino exigirla.

Ésta, la formación seria de los catequistas, viene hoy a ser un reto para afrontar el crecimiento de la vida eclesial y la nueva evangelización.

"Estos encuentros y procesos de evangelización, personales o con grupos, con niños y jóvenes o con adultos, con personas bautizadas o con cristianos alejados que quieren renovar su fe y su vida cristiana, necesitan la intervención de unos catequistas evangelizadores de intensa vida espiritual y eclesial, verdaderos testigos de la fe, bien formados en el conocimiento del Nuevo Testamento, capaces de guiar las lecturas bíblicas de los catecúmenos de manera luminosa e interpelante, que conozcan suficientemente el itinerario interior de las personas, de cada uno de sus catecúmenos, desde la duda o la ignorancia hasta la afirmación de la fe, y necesitan sobre todo un amor ardiente a Jesucristo como Salvador y un amor no menos eficiente hacia los catecúmenos con el deseo sincero y efectivo de ayudarles a encontrar o recuperar el tesoro del Reino, al final de ese camino de fe y de iluminación. 

Este catequista evangelizador tiene que ser en primer lugar el obispo, en sus predicaciones y escritos, tienen que ser los párrocos y sacerdotes y serán también religiosos o seglares, los educadores cristianos, bien preparados intelectual y espiritualmente, todos ellos con la ardiente caridad de los verdaderos apóstoles y los conocimientos que se necesitan para anunciar en estos momentos de manera convincente, con autoridad y credibilidad, la salvación de Dios que está en Cristo.

Los catequistas necesitan la ayuda cercana del sacerdote. La catequesis la hacen los catequistas, no los libros. hemos trabajado mucho en preparar catecismos y materiales complementarios confiando no sé si demasiado en los métodos y las pedagogías. Hemos de tener en cuenta que la verdadera garantía de la catequesis está en la vida espiritual y en la buena preparación intelectual, bíblica, teológica y antropológica, de los catequistas" (SEBASTIÁN, F., Evangelizar, Encuentro, Madrid 2010, pp. 274-275).

01:49

 “Instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí” (SC 48). 

          Los fieles participan de verdad (plena, consciente, activa, interior, fructuosamente) cuando se ofrecen juntamente con la hostia inmaculada. Ya Pío XII, ampliamente, lo expuso en la encíclica Mediator Dei. Trataba de la “participación, en cuanto que deben ofrecerse también a sí mismos como víctimas”, señalando la ofrenda de cada uno junto con Cristo: “Mas para que la oblación con la cual en este sacrificio los fieles ofrecen al Padre celestial la víctima divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa: es preciso que se inmolen a sí mismos como hostias” (Mediator Dei, n. 120).

            Tratemos de comprender este grado de la participación real de los fieles en la Misa: ofrecerse con Cristo. 

 La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una participación fructuosa, es necesario esforzarse por corresponder personalmente al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 64).

            A Dios ofrecemos y nos ofrecemos nosotros mismos. De lo material, de los bienes materiales y el propio trabajo, ofrecemos el pan y el vino, que reúnen en síntesis, toda la creación, todo el trabajo y todo lo que es nuestro. Pero es nuestro en cierta medida, porque, realmente, cuanto tenemos viene de Él, de su generosidad y prodigalidad con nosotros. “Te ofrecemos –dice el Canon romano- de los mismos bienes que nos has dado”, “de tuis donis ac datis”, y ya san Pablo, refiriéndose a dones y gracias, preguntaba: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1Co 4,7).

            Al altar se lleva pan y vino, ofrecido por los fieles, recapitulando toda ofrenda, todo don y todo bien recibido. “Nadie ofrece a Dios algo suyo, sino que lo que ofrece es del Señor y no tanto ofrece uno las cosas suyas, cuanto le devuelve las que son de Él… En primer lugar Dios enseña al hombre, para que sepa que, cualquier cosa que ofrezca a Dios, es devolvérselo a Él, más que bien que ofrecérsela” (Orígenes, Hom. in Num, XXIII, 2, 1).

            Ya no se trata de llevar cualquier cosa al altar, simbólica, superficialmente añadida, para que sean muchos los que intervengan, sino que en el pan y vino ofrecidos se incluye la ofrenda viva de cada uno de los participantes.

            Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15), fruto "del trabajo del hombre", pero antes, "fruto de la tierra" y "de la vid", dones del Creador (CAT 1333).

            Somos nosotros mismos ofrecidos en el altar con aquello que hemos entregado. Lo más importante es el ofrecimiento de sí mismo junto con Cristo. “Que Él nos transforme en ofrenda permanente”; y también: “te ofrecemos su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo... y concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que… seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria”. Son palabras que no deben pasar desapercibidas cuando, solemnemente, el sacerdote las proclama orando.
            La Iglesia entera se asocia –se une, es partícipe- del sacrificio de su Señor. No, no es un sacrificio que no cuesta nada –en palabras del teólogo Von Balthasar- sino que tiene su precio: no asistimos, sino que nos implicamos como Iglesia, ofreciéndonos. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente” (CAT 1368). La Eucaristía es el sacrificio de Cristo y sacrificio de la Iglesia, a la vez e inseparablemente; en palabras de san Agustín: “La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del altar, que los fieles conocen bien, y en el que se les muestra claramente que en lo que se ofrece ella misma es ofrecida”.

            La ofrenda del sacrificio eucarístico nos convierte a nosotros en una ofrenda permanente, expropiados de nosotros mismos, para el servicio de Dios; somos transformados en víctimas vivas para alabanza de su gloria. Es una transformación de los oferentes –de todos los participantes- en Cristo, para ser siervos de Dios, santos en el mundo, consagrados a Él. 

“La doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y por tanto de los fieles. La insistencia sobre el sacrificio —«hacer sagrado»— expresa aquí toda la densidad existencial que se encuentra implicada en la transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo (cf. Flp 3,12)” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 70).

            La ofrenda del sacrificio y la verdad de la participación en la liturgia se realizan cuando se da esa unión real, profunda, misteriosa, mística, con Cristo. La doxología apunta bien la dirección: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo…”

01:59

La evangelización, la vida pastoral cotidiana de nuestras mismas parroquias, sólo cobrarán impulso y eficacia sobrenatural, si es llevada adelante por santos, por personas -laicos, sacerdotes, religiosos- que vivan en santidad y tengan deseos de santidad.

La mediocridad es estéril. La tibieza jamás hace nada bueno. La rutina mata el Espíritu y el celo apostólico. Solamente la santidad puede dar algún fruto digno de Dios y que sirva a los hombres.

Recordemos a este respecto las palabras de Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris missio:

La solución, la clave, es abrirse a la Gracia, a la acción de Dios y al impulso del Espíritu Santo que, purificando, nos une a Cristo y nos transforma para luego enviarnos.

Hemos de cuestionarnos, personal pero también eclesialmente, el tono y el vigor de nuestras parroquias y comunidades cristianas -y lo que cada cual aporta, con santidad de vida-.

"Un tiempo de evangelización tiene que ser también tiempo de conversión. No puede evangelizar cualquiera. La evangelización tiene que ser obra de discípulos fieles, entusiasmados con la persona y el mensaje de Jesús, desprendidos del mundo, libres de toda consideración humana, arrebatados por el Espíritu de Jesús, movidos por el amor a Jesucristo y a los hermanos, con el corazón puesto en la vida eterna, dispuestos literalmente a dar la vida por la difusión del Evangelio y el reconocimiento de la gracia y de la bondad de Dios.

La evangelización es obra de santos y de mártires. Sería interesante estudiar la vida de los evangelizadores en las distintas partes del mundo. Primero los apóstoles, luego los varones apostólicos, los grandes obispos evangelizadores de Europa, de América, de Asia y África, la muchedumbre de sacerdotes y religiosos desconocidos que han entregado y siguen entregando la vida por la difusión del Evangelio.

Para entrar en nuevos tiempos de evangelización, para poner nuestras iglesias en trance de evangelización, necesitamos renunciar a nuestras comodidades, sacudir nuestras rutinas, alcanzar el fervor, el espíritu y la santidad de los grandes evangelizadores.

Es preciso que nuestras comunidades parroquiales y religiosas salgan del conformismo y de la espiritualidad de mínimos, hay que vivir con la tensión del fervor, de la impaciencia evangélica, aguijoneados por el deseo de iluminar la vida del mundo con el Evangelio de Jesús y la esperanza de la salvación de Dios. Tenemos que acabar con el comodismo y los personalismos exhibicionistas. Tiene que soplar el Espíritu, necesitamos levantar una ola de fervor y de entusiasmo evangélico. Las Iglesias tibias, conformistas, afectadas por los aires de la secularización, no serán nunca Iglesias misioneras" (SEBASTIÁN, F., Evangelizar, Encuentro, Madrid 2010, pp. 186-187).

02:03

La acción del Espíritu Santo es eficaz en las almas. Lo sabemos y vivimos de esta acción invisible a la par que real.

Ya san Pablo en Gal 5,22s señala los frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, bondad, afabilidad, dominio de sí... No nacen sin más del sentimiento humano ni de su mundo afectivo, sino que provienen del Espíritu como frutos sobreanturales de su presencia inhabitadora en nosotros.

Incluso en circunstancias adversas, donde humanamente podría reinar la tristeza, el Espíritu ofrece paz y alegría; en momentos de sufrimiento, Él ofrece consuelo... y así se podrían seguir enumerando sus frutos que dependen, en exclusividad de Él.

El Espíritu Santo consuela con su dulzura y suavidad. Es el Consolador y así los que lloran son consolados, y así los corazones quebrantados experimentan su dulzura y sanación.

"Por esta última y beatificante gracia, cumple uno de sus cometidos más bellos, el de la consolación. La Iglesia, que pide 'gozar siempre de consuelo' es escuchada sobre todo a la hora de la muerte. El creado para la relación, se encuentra vacío de sí y camino de la desesperación en el momento en que está solo. Sin la comunión del Espíritu, el sufrimiento es una prisión, la muerte es la soledad absoluta. El Espíritu es el consolador supremo, cambia la muerte en la más inconcebible de las comuniones. Es así como el Padre ha consolado al Hijo en su muerte, glorificándolo en el Espíritu Santo" (DURRWELL, F.X., El Espíritu Santo en la Iglesia, Salamanca 1990, 2ª ed., pp. 153-154).

La alegría es otro fruto del Espíritu Santo en las almas. No es simple exaltación de la psicología, una emotividad desbordante en un momento dado, sino una alegría honda y serena, la de quien se sabe amado por Dios incluso en los momentos de mayor oscuridad.

La alegría en el alma permanece incluso cuando humanamente no queda ya nada, porque se vive en la paz de Cristo y abandonado a su amor. Entonces se es capaz de sonreír serena, pacíficamente.

"Existe también una alegría según el mundo (Jn 16,20), lo mismo que existe una trsiteza del muno (2Co 7,10) que está relacionado con aquella. La alegría del Espíritu es de otro orden, puede florecer donde podría haber motivos para afligirse. Jesús promete que la tristeza de su marcha se convertirá en alegría (Jn 16,20), lo mismo que su propia muerte se transformará en vida del Espíritu...

Esta alegría no tiene las mismas raíces que la alegría de este mundo; es parecida a la fuerza y a la vida tan distintas que se despliegan en la debilidad y en la muerte" (Ibíd., p. 154).

¡Ven, fuente del mayor consuelo! 

¡Gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos!

01:56

Tan relacionadas están la teología y la santidad, que son inseparables, y con este criterio podríamos discernir cualquier obra y cualquier presunta santidad.

La teología será buena, verdadera, hermosa, cuando su autor ha renunciado al academicismo y a las categorías ideológicas y elabora su teología con una santidad de vida personal grande y firme. Escribe, piensa, enseña, delante de Dios, ante Dios y para la gloria de Dios.

La santidad es verdadera, y no moralismo o apariencia de compromiso ético, cuando piensa a Dios y ora a Dios y vive de Dios; entonces sus palabras no serán soflamas ideológicas de hombres "comprometidos", sino palabras llenas de sabiduría, fe y Espíritu Santo.

La conjunción siempre es teología y santidad. Los grandes teólogos siempre serán los que intenten vivir la santidad y su conjunto doctrinal tendrá una belleza que hiere el alma; los grandes santos siempre son teólogos que saben hablarnos de Dios y llevarnos a Dios.

No tenemos que olvidar que cuando se produce un fallo en la coherencia personal, la verdad siempre pierde algo. Decía Rosmini: "La ciencia es común a todos, buenos y malos, pero la verdad del Evangelio, viva, puesta en práctica, sólo pertenece a los buenos". Un "maestro de teología" debe ser también, sobre todo, ante todo, partiendo de su propia experiencia, un "maestro de santidad" porque si no, habría que dudar de la naturaleza de su teología, de su peso específico cristiano.

La santidad está en el corazón de la teología. Si ésta es una escucha obediente de la Palabra que luego se expresa y se desmenuza, se razona y se desentraña, el teólogo será el primero oyente que obedece y está disponible con una escucha que se encarna en su vida y que compromete.

Así ya no será sólo lo que hemos escuchado, sino esa Palabra de vida que también hemos visto y que la estamos tocando, dándole cuerpo con nuestra vida (cf. 1Jn 1,1). Hay, así pues, una experiencia y un contacto personal, intransferible, del teólogo con la Palabra que modelará su vida y lo impulsará al seguimiento de Cristo. Su teología ya no brotará del intelectualismo árido, como si fuera una ciencia humana más, sino que lleva las huellas de su propio camino de santidad, de su compromiso en vivir aquello que contempla e incluso esa misma experiencia de santidad dará tonos nuevos a su teología.

Digámoslo de otra manera: la teología es un diálogo esponsal entre Cristo y la Iglesia, donde la razón y la fe unidas, contemplan con amor y dialogan con el Esposo Jesucristo. Quien esté inserto dentro de ese misterio nupcial podrá "oír" esas palabras inefables y pronunciar palabras de amor, pero quien no lo esté fabricará una teología que es más bien ideología, ética, o el cúmulo de citas a pie de página para mostrar erudición y preocuparse de la parte formal-metodológica de la ciencia teológica. Por mucho que escriba y que publique, o lo que lo publiciten en editoriales o webs, no sería teología verdadera.

Concretémoslo de algún modo:

-el teólogo participará de ese diálogo esponsal si dedica horas a estar ante el Señor expuesto, adorando;

-participará de ese diálogo si vive la liturgia con un espíritu de adoración;

-podrá hablar de los misterios de la redención y el pecado si se confiesa con frecuencia y, si es sacerdote, dedica tiempo cada día al confesionario palpando el mysterium iniquitatis y el mysterium pietatis;

-entrará en el diálogo esponsal si cada jornada la santifica con la Liturgia de las Horas, cantando a Dios y ante Dios, dejándose empapar de la Palabra celebrada...

Esta santidad que debe hacerse carne en la reflexión teológica, que la determina, es el fruto maduro de la santidad de toda la Iglesia, de la conciencia eclesial de todo el pueblo cristiano. El teólogo que quiera escapar de estos vínculos ya no será un teólogo cristiano: contradeciría por completo el objeto de su estudio y de su enseñanza.

La santidad determina la validez y veracidad de la teología. Basta, por ejemplo, entregar un artículo de un teólogo sobre la contemplación a una carmelita y nos dirá si ese teólogo contempla o no el Misterio con una vida interior purificada... ¡o sólo teoriza! O entregar una reflexión sobre la naturaleza humana a un buen sacerdote confesor -con horas de confesionario y penitentes- para saber si conoce o no el alma humana o sólo hace una ideología de ensueño.


Tres signos nos permitirán descubrir si una teología -un libro de teología, un autor- participa de esa vida de santidad o no, independientemente de otros criterios (fama, número de libros vendidos, etc.).

a) El primero es la posición del autor respecto a la Persona de Jesucristo, si conoce al Hijo, si reconoce y confiesa su divinidad, o la silencia para plantear un nuevo e insulso humanismo, o presenta sólo aspectos éticos de Jesús (normalmente, sólo llamado "Jesús de Nazaret"), reduciendo el Misterio de la encarnación o vaciándolo por completo de contenido.

b) El segundo criterio es su relación con la Iglesia. Cuando a ésta se la considera un mal menor, incluso un estorbo, y sólo se trata de su aspecto institucional para reclamar reformas y adaptación, entonces el teólogo es que está alejado del Misterio de la Iglesia, Esposa, Sierva, Templo del Espíritu, Pueblo de Dios. Olerá, sin duda, a un evangelismo que sólo quiere ética y da un salto mortal hacia una relectura del evangelio con libre interpretación. Será un teólogo que se aparta del corazón de la Iglesia, en contraposición a los santos y verdaderos teólogos, que han amado a la Iglesia, la han sentido en sus almas, la han obedecido con amor, aunque vieran los pecados y errores de los miembros de la Iglesia.

c) El tercer y último criterio es espiritual-moral: la humildad verdadera del teólogo. Se trata de verificar que en su enseñanza no hay atisbo de vanidad personal, ni busca sólo su propia autoglorificación tratando con desprecio lo demás y a los demás, sino que ofrece una enseñanza sólida abierta al Misterio. Es lo opuesto a las actitudes de quienes pueden aparecer en prensa, se complacen en que los llamen "profetas", y critiquen abiertamente al Papa, al Magisterio y a la Iglesia.

SacerdotesCatolicos

{facebook#https://www.facebook.com/pg/sacerdotes.catolicos.evangelizando} {twitter#https://twitter.com/ofsmexico} {google-plus#https://plus.google.com/+SacerdotesCatolicos} {pinterest#} {youtube#https://www.youtube.com/channel/UCfnrkUkpqrCpGFluxeM6-LA} {instagram#}

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Con tecnología de Blogger.
Javascript DesactivadoPor favor, active Javascript para ver todos los Widgets