Articles by "Padre José María Iraburu"

06:02

Cristo resucitado - Passignano, 1600

–Encomiendo a la Virgen María la serie que usted comienza.

–Ella es el trono de la Sabiduría, la que nos dijo: «haced lo que Él os diga» (Jn 2,5).

Entre los 618 artículos que hasta ahora he publicado en este blog están ya tratados bastantes temas concretos de espiritualidad. Pero quedan por exponer muchos otros de «Espiritualidad católica», que, sin mayores pretensiones de orden sistemático, iré añadiendo en esta serie que inicio a los ya expuestos.

–Nombre

El estudio de los caminos del Espíritu ha recibido en la Iglesia al paso de los siglos nombres diversos: mística, ascética, teología ascético-mística, teología de la perfección cristiana. Actualmente se habla sobre todo de Espiritualidad y de Teología Espiritual.

Mística es palabra de origen griego, cuya etimología sugiere lo misterioso, secreto, arcano. Ya en el s. V-VI el Pseudo Dionisio habla de Theologia Mystica. En el XVI, San Juan de la Cruz entiende la teología mística como una sabiduría secreta, infundida en el alma por el Espíritu, a oscuras del entendimiento y de las otras potencias naturales (Subida, II Noche 17,2).

Ascética es también palabra griega, que significa el esfuerzo metódico para adiestrarse física o espiritualmente (+1Cor 9,24-27; Flp 3,14; 2 Tim 4,7).

Teología espirituales el término más empleado actualmente: por ejemplo, en el concilio Vaticano II (SC 16) y en otros documentos académicos y escritos teológicos.

 

Naturaleza

   Recordemos en primer lugar que la teología es una, es decir, es una ciencia, y como tal tiene una unidad formal (STh II-II,1,1). Al lado de la cristología, la gracia, la eclesiología y los demás tratados dogmáticos o morales, la teología espiritual es una parte más del árbol único de la teología.  Podemos definir, pues, la teología espiritual como una parte de la teología, que estudia el dinamismo de la vida sobrenatural cristiana, con especial atención a su desarrollo perfectivo y a sus connotaciones psicológicas y metodológicas.

   Al estudiar en teología, por ejemplo, la oración, la dogmática estudiará su posibilidad y naturaleza, la moral su conveniencia y necesidad, pero será la teología espiritual la que considere y describa la dinámica propia de la oración cristiana, las fases típicas de su desarrollo, las connotaciones psicológicas de la misma, y los métodos para ejercitarse en ella.

Principios doctrinales y datos experimentales

   Según esto, la teología espiritual se deduce no solo de los principios doctrinales –Biblia, Tradición, Magisterio, teología especulativa–, sino también de los datos experimentalesatesorados por las generaciones cristianas, y muy especialmente por los santos –hagiografía–. En efecto, los santos de Cristo son testigos sumamente fidedignos del verdadero «camino del Señor» (Hch 18,25), y nos indican por dónde va y cómo hay que andarlo. Si queremos, pues, conocer cómo obra normalmente el Espíritu Santo en los cristianos, estudiemos con atención las vidas y escritos de los santos, pues ellos fueron hombres perfectamente dóciles a la acción divina de la gracia.

Ahora bien, ¿en la teología espiritual deben prevalecer los principios doctrinales o los datos experimentales? Es evidente que la espiritualidad siempre debe considerar juntamente doctrina teológica y experiencia cristiana. Si la teología espiritual optara por la experiencia, dejando un tanto de lado la doctrina teológica, quedaría reducida a un fideismo experiencial sujeto a las modas cambiantes y a los subjetivismos personales arbitrarios; es decir, quedaría sujeta al error. La verdadera espiritualidad cristiana cuida bien de integrar el ontologismo de las ideas con el psicologismo de la experiencia, y concede siempre el primado a los principios doctrinales.

Así procedieron los grandes maestros espirituales, como Santa Teresa de Jesús; ella en las cosas espirituales daba a la experiencia una gran importancia: «No diré cosa que no la haya experimentado mucho» (Vida 18,7 +Camino, prólogo 3). Pero valoraba también mucho el saber teológico, y no acababa de dar crédito a la experiencia –ni siquiera a la suya propia–, en tanto no se viera autorizada por la doctrina. «No hacía cosa que no fuese con parecer de letrados» (Vida 36,5). Y decía: «Es gran cosa letras, porque éstas nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz, y allegados a verdades de la Sagrada Escritura hacemos lo que debemos; de devociones a bobas líbrenos Dios» (13,16).

Espiritualidad cristiana verdadera es por tanto aquella que está promovida en la Iglesia por el Espíritu Santo, y que en la práctica hace santos a quienes la siguen. Camino cierto de perfección cristiana es aquel que de hecho conduce a ser perfecto como el Padre celestial es perfecto. Por el contrario, son falsas aquellas espiritualidades que no conducen a la perfecta santidad, sino que producen confusión, mediocridad, dudas, cansancio, amargura, egoísmo, infecundidad apostólica. «Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. Por los frutos, pues, los conoceréis» (Mt 7,17.20).

 

–Ciencia difícil, ignorada y preciosa

   +Difícil. La teología espiritual es difícil por varias razones:

   1ª, por la multiplicidad de sus fuentes naturales sobrenaturales –Escritura, magisterio, dogmática, moral, liturgia, hagiografía, etc., y de otras fuentes naturales, que también la ayudan –psicología, pedagogía, etc.

   2ª, por la inefable sublimidad de su objeto: la acción del Espíritu sobre el hombre.

3ª, porque los caminos de Dios son misteriosos, y distan tanto de los pensamiento y caminos de los hombres como el cielo de la tierra (Is 54,8-9);

   3ª, porque, consiguientemente, la santidad personal del teólogo y del que la estudia influje mucho en la calidad de la teología espiritual elaborada y entendida. Es difícil llegar al conocimiento de los pensamientos y caminos espirituales si no se tiene de ellos experiencia, aunque solo sea inicial. Solo el que obra el bien viene a la luz; pues el que obra el mal la huye (Jn 3,20-21). En esta parte de la teología, aún más que en otras, son los limpios de corazón los que logran ver a Dios (Mt 5,8).

   4ª, por la particular dificultad que hay para expresar con palabras humanas las obras del Espíritu divino en las personas. Santa Teresa advierte que, a veces, «consiste en la experiencia el saberlo decir» (Camino Perf. 8,1); pero no siempre basta la experiencia de los caminos del Espíritu para saber describirlos. Esto en ocasiones no es posible sin una gracia especial de Dios, que ni siquiera todos los santos han recibido, como es obvio (18,7).

   +Ignorada. Por todo ello, la verdadera espiritualidad cristiana es frecuentemente ignorada; más aún, es falsa.

La ciencia y la experiencia dan conocimiento, y cuando de los caminos del Espíritu no se tiene ciencia ni tampoco experiencia –supuesto no infrecuente–, se padece ignorancia. Ciencia y experiencia en esto –como en todo– no pueden ser suplidas por el empeño de actitudes arbitrarias, meramente voluntaristas. El que aspira a transfigurarse con Cristo en la cima del monte de la perfección evangélica, para llegar allá arriba, necesita procurarse buenos planos –doctrina verdadera– y guías experimentados –maestros espirituales–. Sin plano y sin guía, no llegará a la cima, o llegará pero más tarde, con más rodeos, con más esfuerzos de los verdaderamente necesarios.

+Y preciosa. En el orden de los conocimientos, ninguno hay tan precioso para los hombres como el conocimiento de los pensamientos y caminos de Dios, que Él mismo nos revela en los patriarcas y profetas del Antiguo testamento; y con plenitud total en Jesucristo, en sus apóstoles y sus santos. Por no alargarme, remito a la lectura de los 176 versículos del salmo 118…

«La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma. El precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandamientos del Señor son rectos y alegran el corazón»… (Sal 18). Y en la plenitud de los tiempos dice el Verbo Encarnado, nuestro Señor y Salvador Jesucristo: «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida» (Jn 6,63).

 

Errores y peligros

+La ignorancia de la verdadera espiritualidad cristiana es muy frecuente, y da frutos pésimos. Abunda sobre todo porque quienes la ignoran suelen creer que la conocen.

La ignorancia en temas de ascética y mística con frecuencia no se reconoce. Laicos y sacerdotes, llegado el caso, reconocen sin dificultad que no conocen bien la exégesis bíblica, o ciertas cuestiones dogmáticas, morales, históricas, litúrgicas o canónicas. Y si es necesario, consultan los libros o acuden a los expertos.

Sin embargo, cuando surge una cuestión de espiritualidad la mayoría suele confiar en su propio criterio, como si siempre tuviera acerca de ella ciencia o experiencia, lo que muchas veces no es cierto. Se suele dar por supuesto que la conciencia está siempre bien formada, y sabe muy bien discernir lo bueno y lo malo. «Conozco bien la doctrina cristiana, y distingo la verdad de la mentira, el bien de el mal. Lo que me falla es la voluntad»… La voluntad, desde luego, le falla a quien así habla (Rom 7,14-25); pero aún más y antes le falla el pensamiento.

Los que ignoran los caminos del Señor y creen que los conocen, no creen que la verdad está en Dios y en su enviado Jesucristo, sino en sus propias mentes. Atribuyen normal­mente sus males y flaquezas a la voluntad, sin sospechar que muchas veces obran mal porque la ignorancia o el error les tiene ciegos. Hay en esto sin duda un desprecio del conocimiento y de la verdad. Ignoran que el camino de la salvación comienza en una meta-noia, en una transformación de la mente. El principio de la santidad es una luz que «el Padre de las luces» (Sant 1,17) envía de lo alto por su Hijo Jescristo, «para iluminar a los que están sentados en tinieblas y sombras de muerte, para enderezar nuestros pies por el camino de la paz» (Lc 1,19). Por eso no ponen ningún empeño en estudiar las Escrituras y los buenos libros o consultar a buenos guías espirituales. Prefieren no detenerse a pensar, y seguir, aunque sea malamen­te, seguir caminando hacia adelante. Pero ¿van adelante?… Estos son los que corren «como a la ventura» y luchan –si es que luchan– en su vida espiritual «como quien azota el aire» (1Cor 9,26).

+La doctrina falsa o mediocre es frecuente en temas espirituales, probablemente más que en otros campos de la teología. Ya he indicado que, por varias razones, es ésta una ciencia difícil. Y para el hombre viejo, el de Adán, no es fácil conocer bien lo que es difícil.

Basta repasar una biblioteca de varios siglos para comprobar cómo en todas las épocas la calidadse ha visto muchas veces abrumadoramente cubierta por la cantidadmediocre. En Burgos, trabajando en la biblioteca de la Facultad, pude comprobar que libros como «Reloj despertador de conciencias dormidas» o «Alfalfa espiritual para las ovejas de Cristo» (cito de memoria) habían tenido más ediciones y más larga difusión que las obras ascético-místicas, por ejemplo,  de San Juan de la Cruz. El horror a lo más excelente hace estragos.

Los caminos anchos, andados por muchos, se reco­miendan más que aquellos estrechos que llevan a la perfección- Éstos son conocidos por pocos, y caminados por menos (Mt 7,13-14). No es raro en temas de espiritualidad un subjetivismo arbitrario, que no se interesa por la Revelación, el Magisterio, la teología o la enseñanza de los santos. Un voluntarismo en la referente a la gracia que viene a ser pelagiano o semipelagiano. Tratando, por ejemplo, de oración, uno dirá: «Para mí toda actividad buena es oración». Otro dirá: «Para mí la verdadera oración es aquietar perfectamente el cuerpo y dejar la mente en total vacío». Otro dirá… lo que sea. En todo caso, unos y otros coinciden en que no estudian seriamente la espiritualidad cristiana, ni consultan a los que la conocen. Se contentan con seguir sus propios gustos y opiniones o las ideologías de moda. «No soportan la doctrina sana; sino que, según sus caprichos, se rodean de maestros que les halagan el oído» (2Tim 4,3).

+No abundan los buenos guías espirituales. El maestro que da unas enseñanzas verdaderas, pero muy generales, ayuda poco al que busca la perfección. Pero el peligro mayor está en los guías ignorantes o de mala doctrina. «Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo» (Mt 15,14). San Juan de la Cruz recomienda mucho «mirar en qué manos se pone, porque cual fuere el maestro, tal será el discípulo» (Llama 3,30-31). Y Santa Teresa confiesa que «siempre fui amiga de letras, aunque gran daño hicieron a mi alma confesores medio letrados, porque no los tenía de tan buenas letras como yo quisiera. He visto por experiencia que es mejor –si son virtuosos y de santas costumbres­– que no tengan ningunas, porque ni ellos se fían de sí mismos, sin preguntar a quien las tenga buenas, ni yo me fiara de ellos. Buen letrado nunca me engañó» (Vida 5,3).

 John Nava - Catedral de los Ángeles, EE.UU.

–Espiritualidad y espiritualidades

La Espiritualidad estudia cómo el Espíritu Santo actúa normalmente sobre los cristianos. Ahora bien, así como en todos ellos hay algo común–la naturaleza– y hay ciertas variedades–diferencias de sexo, temperamento, educación, época, circunstancia, etc.–, así podemos distinguir en la acción del Espíritu divino que reciben los cristianos una espiritualidad común y unas espiritualidades peculiares.

1.–La espiritualidad cristiana es una sola si consideramos su substancia, la santidad, la participación en la vida divina trinitaria, así como los medios fundamentales para crecer en ella: oración, sacramentos, abnegación, ejercicio de las virtudes, todas bajo el imperio de la caridad. En este sentido, como dice el concilio Vaticano II, «una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios» (LG 41a). Padres de familia, obispos y sacerdotes, comerciantes, religiosos, médicos, administradores, técnicos, ricos y pobres, sanos y enfermos, etc. «todos los fieles, de cualquier estado y condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (40b). Y en el cielo, una misma será la santidad de todos los bienaventurados, aunque habrá grados diversos.

2.–Las modalidades de la santidad son múltiples, y también las espiritualidades diversas que a ella conducen. Podemos distinguir espiritualidades de época –primitiva, patrística, medieval, etc.–, de estados de vida –laical, sacerdotal, religiosa; es la diversidad que tiene más importante fundamento–, según las dedicaciones principales –contemplativa, misionera, familiar, asistencial, etc.–, o según características de escuela –benedictina, franciscana, ignaciana, etc.–

   La infinita riqueza del Creador se manifiesta en la variedad inmensa de criaturas: no diez o cien, sino miles y miles de especies de plantas, de animales, de peces, de astros, y de materiales, de insectos, … También las infinitas riquezas del Salvador se expresan en innumerables modalidades de vida evangélica. El cristiano, sin una espiritualidad concreta, podría encontrarse un tanto perdido dentro del ámbito inmenso de la espiritualidad católica; se hallaría como a la intemperie. Cuando por don de Dios encuentra dentro del marco de la Iglesia una espiritualidad que le es adecuada, halla una casa espiritual donde vivir, halla un camino por el que andar con más facilidad, seguridad y rapidez. Halla en fin la compañía estimulante de aquellos hermanos que han sido llamados por Dios a esa misma casa y a ese mismo camino.

3.–Hoy se da en la Iglesia un doble movimiento: por un lado, una tendencia unitaria hace converger las diversas espiritualidades en sus fuentes comunes, Biblia, liturgia, grandes maestros. Por otra, una tendencia diversificadora acentúa los caracteres peculiares de la espiritualidad propia según los distintos estados de vida, o el modo de ciertos movimientos y asociaciones. La primera ha logrado aproximar espiritualidades antes quizá demasiado distantes, centrándolas en lo central. La segunda ha estimulado el carisma propio de cada vocación, evitando mimetismos inconvenientes. Ciertos radicalismos deben ser indicados en este punto:

Un exceso unificador lleva en ocasiones a difuminar las espiritualidades particulares, ignorando los diversos carismas, rompiendo tradiciones valiosas, desvirtuando la fisonomía propia de las diversas familias, regiones, escuelas y culturas. Así se llega a una espiritualidad única para adolescentes, cartujos, madres de familia, párrocos o jesuitas. Es un empobrecimiento.

Un exceso diversificador radicaliza hasta la caricatura los perfiles peculiares de una espiritualidad concreta; se apega demasiado a sus propios métodos, en lenguaje, modos y maneras; absolutiza lo accidental y relativiza quizá lo absoluto; pierde armonía evangélica y plenitud de valores; divide al pueblo cristiano. Así se produce un ambiente espiritual cerrado, aislado, con terminología propia, que para unos es muy gratificante, y para otros asfixiante. En tal ambiente, las eventuales iniciativas del Espíritu, si no se ajustan al modelo vigente en esa espiritualidad altamente diversificada y concretada, quedarán silenciosamente sofocadas. Y los integrantes de círculos tan cerrados y peculiares se mostrarán incapaces de colaborar con otros fieles o grupos cristianos, pues éstos son extraños para ellos. Es un empobre­cimiento.

4.–Sola es universal la Espiritualidad de la Iglesia, que tiene en la sagrada liturgia su principal escuela, abierta a todos los cristianos. Todas las demás espiritualidades, por santas que sean acentúan más ciertos valores cristianos y menos otros: una es metódica y reglamentada, otra tiene pocas reglas; una insiste en la oración litúrgica, otra es más adicta a las devociones populares…

San Juan de la Cruz advierte que «a cada uno lleva Dios por diferentes caminos; que apenas se hallará un espíritu que en la mitad del modo que lleva convenga con el modo de otro» (Llama 3,59).

Ninguna espiritualidad o devoción concreta puede presentarse como necesaria para todos los cristianos. Únicamente la Espiritualidad de la Iglesia Católica, y su principal exponente, la liturgia, debe ser asimilada y vivida por todos los fieles católicos.

5.–La Teología Espiritual sistemática estudia la espiritualidad cristiana común, y ofrece su luz a todos los cristianos, sea cual fuere su condición o carisma propio. En ese campo se han producido obras como las de Garrigou-Lagrange, Bouyer, Roberto Moretti, De Guibert, Jiménez Duque, Royo Marín… o Rivera-Iraburu, que han servido y sirven a cristianos de distintas vocaciones, países, culturas y escuelas.

 

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

09:01

–¿Qué pasó, que no publicó nada en más de dos semanas? ¿El virus?

–No, gracias a Dios. Sucedió que después de publicar cien artículos sobre la evangelización de América, me gané un descanso. ¿Pasa algo?

 

Doy gracias a Dios, que me ha concedido escribir en este blog 100 artículos sobre la «Evangelización de América». En esta serie he reescrito, en publicación corregida y aumentada, mi libro Hechos de los Apóstoles de América. Añado ahora, ya terminada la serie, algunas reflexiones.

+En el siglo XVI, España, la Iglesia local que fue elegida por Dios como principal evangelizadora de América, estaba fuerte en santidad y en celo misionero. He recordado esta realidad histórica en no pocos artículos de la serie aludida, especialmente en el artículo (461), América hispana fue evangelizada en el XVI por «un pueblo con record de santos». La población de España era entonces de unos 8,5 millones. Y en ese siglo floreció en ella un gran número de santos y beatos declarados por la Iglesia:

Cito sólo los más conocidos. San Juan de Dios (+1550), San Francisco de Javier (+1552), Santo Tomás de Villanueva (+1555), San Ignacio de Loyola (+1556), San Pedro de Alcántara (+1562), San Juan de Avila (+1569), San Francisco de Borja (+1572), San Luis Bertrán (+1581), Santa Teresa de Jesús (+1582), San Juan de la Cruz (+1591), San Pascual Bailón (+1592), Beatos mártires de Nagasaki (+1597), Beato José de Anchieta (+1597), Santo Toribio de Mogrovejo (+1606), San Francisco Solano (+1610), San Juan de Ribera (+1611), San Alonso Rodríguez (+1617), San Simón de Rojas (+1624)… Y otros tantos santos y beatos que no cito ahora.

+El amor a los padres, mandamiento de Dios, y el don de piedad, don del Espíritu Santo, impulsan el amor a los progenitores, activan su conocimiento, su veneración y recuerdo, y la fidelidad y obediencia a sus principios. El árbol debe crecer, pero siempre fiel a sus raíces.  

 De modo semejante, el concilio Vaticano II esperaba la renovación de los institutos religiosos –en primer lugar, por supuesto– de un mejor seguimiento del Evangelio; pero también de una renovada fidelidad al carisma original de cada familia religiosa: «Reconózcanse y manténganse fielmente el espíritu y propósitos propios de los fundadores, así como las sanas tradiciones» (1965, Perfectae caritatis 2).

Pues bien, esa misma norma vale sin duda para la renovación de las Iglesias locales, concretamente las de Hispanoamérica. Por eso en las páginas de este blog en las que he reescrito el libro los Hechos de los apóstoles de América, no pretendo sino mostrar el espíritu de los fundadores de la Iglesia en América, ese espíritu que hoy debe ser conocido y mantenido en aquellas tierras como condición imprescindible para todo crecimiento en el Espíritu. «Los dones y la vocación de Dios son irrevocables»  (Rm 11,29).

Veamos esta verdad en tres partes.

 

1. La verdadera tradición de una Iglesia local está escrita sobre todo por sus santos. También por los Concilios locales y otros actos decisivos, pero sobre todo por el pueblo realmente fiel  a Jesucristo, y más precisamente aún por sus santos. Son los santos los que dieron y dan a cada Iglesia local un «aire» propio, que procede sin duda del Espíritu Santo, y no del espíritu del mundo.

2. El crecimiento de una Iglesia es siempre tradicional. Un manzano crece siempre, biológicamente, en cuanto manzano, y para él cualquier crecimiento en otro sentido –como naranjo, por ejemplo–­ sería una falsificación, que sólo le conduciría a la esterilidad o incluso a la muerte. Y partiendo de la misma imagen, puede decirse que un árbol insuficientemente unido a sus raíces, puede verse muy disminuido en su vitalidad y crecimiento. Y en su capacidad de dar flores y frutos. 

Pues bien, Dios nuestro Señor es el único que da crecimiento a su Iglesia (1Cor 3,7), y Él es siempre fiel a sus propios dones (+Rm 11,29). Es, pues, impensable que Él quiera renovar una Iglesia local según una inspiración diversa y aun contraria a la de sus fundadores y a la de su propia tradición genuina.

3. Por eso la renovación perfectiva de una Iglesia exige conocimiento de su tradición y de sus santos, y fidelidad a ellos. Lo exige absolutamente. Es inútil pretender crecimientos si se ignora o no se aprecia suficientemente la propia tradición, es decir, si se cede al atractivo de otras tradiciones o, peor aún, de simples ideologías. La experiencia histórica confirma ampliamente esta doctrina. Y volvemos a lo ya dicho: el único que puede dar el crecimiento a una Iglesia local es el Espíritu Santo, y él es siempre fiel, obstinadamente fiel, a sus propios dones y carismas. No piensa cambiarlos.

Dice el Apóstol: “Aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo, pero no muchos padres, que quien os engendró el Cristo por el Evangelio fui yo. Os exhorto, pues, a ser imitadores míos” (1Cor 4,15-16). “Acordaos de vuestros pastores, que os predicaron la palabra de Dios, y considerando el fin de su vida, imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos. No os dejéis llevar de doctrinas extrañas” (Heb 13,7-9).

* * *

Doy muchas gracias a Dios por esta obra, que Él, por una providencia especial, me ha concedido escribir. Nunca hubiera yo pensado que podría escribirla, pues no soy historiador. En los 30 años de mi docencia en Burgos, en la Facultad de Teología (1972-2002), me dediqué sobre todo a la Teología espiritual. Pero mi interés por el conocimiento de los orígenes de la Iglesia en la América hispana se despertó antes, de seminarista en Salamanca, donde cursé en la Universidad Pontificia los cuatro años de teología residiendo en el Colegio Mayor hispanoamericano «nuestra Señora de Guadalupe» (1960-1963), interdiocesano, perteneciente a la Conferencia Episcopal Española, en su «Obra para la Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana» (OCSHA). Ese interés profundo se desarrolló, ya ordenado sacerdote, en mis años al servicio en la diócesis chilena de Talca (1964-1069). Y continuó vivo y creciente, ya regresado a Navarra, con ocasión de mis 24 viajes a Chile, México, Argentina y Puerto Rico, el primero en 1974 y el último en 2008. También la Fundación GRATIS DATE (1988–) y la Fundación InfoCatólica (2009–) han colaborado sin duda a mantener ese vínculo de amor y de servicio sacerdotal a los católicos de Hispanoamérica.

(N. B.- Podría ser que algún médico, a una de éstas, me diagnosticara insuficiencia cardíaca, al tener yo funcionando en España medio corazón y medio corazón en Hispanoamérica. Sea lo que Dios quiera).

* * *

Virgen de Guadalupe, bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Que tus hijos de América, cada vez más, conozcan y reconozcan sus grandiosos orígenes misioneros y que, fieles a su tradición histórica y a sus santos, florezcan siempre en el Evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos..

Amén.

 José María Iraburu, sacerdote

Post post.- La Sala de Comentarios está abierta.

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

 

 

09:01

–No sé si habrá usted advertido que en esta historia de la Evangelización de América “hemos” llegado al número (100).

–¡Ah caramba! Es verdad… Gracias por avisármelo. Habiendo llegado a número tan solemne, aprovecharé la ocasión para terminar la serie…  Ya vale. Doy gracias al Señor que en todo momento me ha dado luz y fuerza para poder escribir historia tan grandiosa. Gloria tibi, Domine!

El espíritu de los cristeros

Volvamos nuestra atención a la misma condición personal de los cristeros, aquellos católicos que se alzaron en armas echándose al monte, «para defender a su Dios, a su Religión, a su Madre, que es la Santa Iglesia». Traeremos sobre ellos algunos datos y observaciones, siguiendo principalmente a Jean Meyer, que estudió largamente la Cristiada, y entrevistó durante cuatro años a muchos antiguos cristeros. Dos avisos previos:

1.-Ya la Iglesia perseguida en México desde mediados del XIX

Nótese que el pueblo mexicano, para cuando se alza la Cristiada, llevaba muchos decenios sufriendo una persecución religiosa; ya desde poco después de la independencia de España; especialmente, desde la presidencia de Juárez (1855-1872). Por ese camino siniestro se llega en 1917 a la Constitución que impone la educación laicista. En 1934 se sujeta al pueblo a la educación socialista. Y el presidente Calles (1924-1929) proclama indispensable que la Revolución se apodere «de las conciencias de la niñez y de la juventud», porque ambas «deben pertenecer» a la Revolución», liberal y socialista.

Y aún después de la Cristiada, en 1946, se vuelve a la educación areligiosa. Siempre y en todo caso «ha sido constante la actitud que supone que es el Estado el que tiene el derecho de educar, derecho negado expresamente a la Iglesia y no reconocido a los padres de familia» (Acevedo 357).

2.-Simples campesinos católicos

Adviértase que la gran mayoría de los cristeros eran rancheros modestos, gente de pueblo, aunque también se unieron a ella algunos estudiantes, licenciados o profesionales. Los ricos católicos, dicho sea de paso, apenas les ayudaron nunca, aunque lo necesitaban siempre, sobre todo para comprar armas y municiones. La investigación histórica muestra que entre los cristeros «cerca del 60 % no habían ido jamás a la escuela», aunque no todos ellos eran analfabetos, pues bastantes habían aprendido a leer en su casa (Meyer III,272).

Son, sin embargo, campesinos de una sorprendente cultura, y más concretamente, de una profunda cultura cristiana. Ya conocemos, por ejemplo, la voz de Ezequiel Mendoza Barragán, campesino michoacano de Coalcomán, que nunca fue a la escuela, y que llegó a ser coronel famoso de cristeros. Jean Meyer, que conoció a Mendoza cuando éste tenía ya 75 años, confiesa: «quedé deslumbrado, fascinado, por la misteriosa energía que irradiaba de él» (pról. Testimonio). Y en otro lugar dice que «todas las entrevistas confirman el carácter representativo de Ezequiel Mendoza», aunque es cierto que su lengua era «especialmente clara y bella» (III,289).

3.-Fieles a la voluntad de Dios providente

En entrevistas, crónicas y cartas de cristeros causa admiración comprobar la calidad doctrinal, bíblica y poética de sus expresiones. Todo lo cual contradice abiertamente el menosprecio de algunos pedantes acerca de la veracidad del cristianismo entre los indígenas de América. Los cristeros, concretamente, tenían en sí toda la fuerza de quien sabe estar haciendo la voluntad de Dios. «Conscientes de hacer la voluntad de Dios, dice Meyer, los cristeros podían resistir todos los descalabros militares, todas las desdichas espirituales y hasta la más terrible de todas: los arreglos y el poco apoyo clerical» (289). Esa fidelidad a la voluntad providente de Dios les hacía inquebrantables.

Ezequiel Mendoza, por ejemplo, decía a su gente: «No, muchachos, acuérdense que aquí pedimos a Dios lo que más nos conviniera y por eso no digamos desatinados “ya ven que las cosas cambian de un momento a otro"; “la hoja del árbol no se mueve sin la gran voluntad de Dios", paciencia y resignación» (289). En cierta ocasión, según él mismo refiere, arengaba así a los suyos: «No queremos compañeros que traigan fines torcidos, queremos hombres que de todo corazón quieran agradar a Dios en todo, sin otro interés que defender a su Iglesia nuestra Madre; ya que sus feroces enemigos la quieren exterminar, aunque no lo conseguirán, porque fue dicho por Nuestro Señor Jesucristo que “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella"; y lo que Cristo ofreció lo cumple; también dijo que “pasarán los cielos y la tierra, pero sus palabras no pasarán". Además tenemos nuestra Reina y Madre la Virgen de Guadalupe, ella nos recomendará con su Padre, con su Hijo, y con su esposo, el Espíritu Santo. Todavía más contamos con todos los santos y santas del Cielo y de la tierra para que ellos rueguen a Dios por nosotros en todo tiempo y lugar, y si Dios está con nosotros no tengamos miedo de morir en defensa de la Iglesia y de la Patria, seremos mártires e iremos al cielo para siempre» (Testimonio 31).

Por su parte, Aurelio Acevedo, un simple ranchero de Zacatecas, animaba así a su tropa: «Vosotros, valientes sin tacha, siempre pensad que vais en camino del Calvario; pensad que vais al martirio cumbre donde se entra al Cielo de la Paz y eterno regocijo. Todo redentor debe ser crucificado para fin de que triunfe y sea glorificado. No olvidéis que esta lección es más clara que el sol que nos alumbra: ¡recordad a Jesús!» (Meyer III,275).

Y otro jefe, Pedro Quintanar, decía a sus tropas: «Todo lo bueno que en vosotros hay es sólo de Dios y… todo lo malo que en vuestro regimiento hay es vuestro. A Dios hay que atribuir todo lo bueno y toda la gloria y todo triunfo, pues vosotros sois instrumentos viles» (289).

–Prácticas religiosas

La guerra fue para muchos cristeros como unos ejercicios espirituales continuados. La misa sobre todo era, cuando había sacerdote, lo más apreciado por los cristeros, el centro de todo, lo mejor de cada día. Más aún, «en los campamentos cristeros, cuando esto era posible, el Santísimo Sacramento estaba expuesto, y los soldados, por grupos de quince o veinte, practicaban la adoración perpetua. La comunión frecuente era la regla… Los sacerdotes que permanecían con los cristeros se pasaban el tiempo confesando, bautizando, casando, organizando ejercicios espirituales y haciendo misiones» (III,278).

Pero «era frecuente que no hubiese ya sacerdote, y entonces un seglar tomaba la dirección de la vida religiosa, como Cecilio Valtierra, el cual todas las mañanas leía el Oficio de la Iglesia, en presencia de los fieles, y todas las tardes llevaba el Rosario. Estas misas blancas iban acompañadas de otras innovaciones» (III,277). «Los cánticos y el Rosario acompañaban todos los instantes de la vida, en la marcha o en el campamento. Los cristeros oraban y cantaban a altas horas de la noche, rezando colectivamente el Rosario, de rodillas, y cantando los laudes a la Virgen o a Cristo, entre las decenas» (III,279).

Es indudable que de su fe cristiana sacaban los cristeros toda su abnegación y valor para la guerra. No eran unos valientes a pesar de ser unos hombres piadosos, sino que más bien porque eran piadosos eran valientes.

Sólo un ejemplo: en cierta ocasión en que los cristeros habían sufrido varias bajas y estaban tristes, el general «Degollado les hizo rezar el rosario, tras de lo cual los arengó: “Porque Cristo Rey se llevó a los nuestros ya ustedes se acobardaron, ¿ya se les olvidó que al enlistarse en las filas de Su ejército le ofrecieron sus servicios y sus vidas?… Dios, sin necesidad de usar de combates, dispone de nuestras vidas cuando a Él le place… Dejen sus armas al pie del altar, que yo nunca seré jefe de cobardes". Las tropas lloraban y gritaban: “¡No, mi general! Seguiremos siendo los valientes de Cristo Rey, y si no, pónganos a prueba"» (Meyer I,232).

–Doctrina del gobierno y de la guerra.

-Los cristeros tenían de la guerra, y de la persecución que la causó, una idea mucho más teológica que política. En las entrevistas, algunas veces también, se refleja una cierta visión política del conflicto. Por ejemplo, «para los cristeros, el turco Calles, vendido a la masonería internacional, representaba al extranjero yanki y protestante, deseoso de terminar su obra destructora (la anexión de 1848 es conocida de todos, y la situación de subhombres de los chicanos de Texas y Nuevo México…), descatolizando el país» (III,285).

Sin embargo, prevalecía con mucho la visión teológica de la guerra. Conocían bien, en primer lugar, el deber moral de obedecer a las autoridades civiles, pues «toda autoridad procede de Dios», pero también sabían que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres», cuando éstos hacen la guerra a Dios. Veían claramente en la persecución del gobierno una acción poderosa del Maligno.

Ezequiel Mendoza, por ejemplo, consideraba a los gobernantes de su patria «endiablados callistas, masones y protestantes malos, que sólo buscan las comodidades del cuerpo y la satisfacción de sus caprichos en este mundo engañador y no creen que los espera un infierno de tormentos eternos, pobres murciélagos que se creen aves y son ratones» (III,283).

Y decía, «¡ay de los tiranos que persiguen a Cristo Rey, bestias rumanas de las que nos habla el Apocalipsis! Todos debemos tener muy presentes las bienaventuranzas de que nos habla Nuestro Señor Jesucristo: pobreza de espíritu, lágrimas de contrición, justa mansedumbre, hambre y sed de justicia, misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores, los buenos cuando son perseguidos por los malos, como nos aprietan los Calles ahora, dizque porque somos muy malos, que andamos tercos queriendo defender la honra y gloria de Aquel que murió desnudo en la cruz más alta y en medio de dos ladrones, por ser Él el más malo de todos los humanos, que no quiso someterse al supremo de la tierra. Es lo que dicen ellos, porque les falta un domingo y los redobles de tambor, pero nosotros se los daremos con ayuda de quien resucitó de los muertos el tercer día y que, porque nos ama, nos dejó por Madre su propia Madre» (III,287).

–Predominio constante de la Sagrada Escritura

Es la visión del Apocalipsis: Satán, el dragón infernal, la antigua serpiente, da su fuerza a la Bestia, poder maligno intramundano, que hace la guerra a los santos y a cuantos guardan el testimonio de Jesús. En este sentido, los cristeros estaban indeciblemente más cerca del Apocalipsis del apóstol San Juan que de «la teología de la liberación» moderna.

Con toda razón el Cardenal Ratzinger afirmaba que «la teología de la liberación, en sus formas conexas con el marxismo, no es ciertamente un producto autóctono, indígena, de América Latina o de otras zonas subdesarrolladas, en las que habría nacido y crecido casi espontáneamente, por obra del pueblo. Se trata en realidad, al menos en su origen, de una creación de intelectuales; y de intelectuales nacidos o formados en el Occidente opulento» (Informe sobre la fe, 207). La verdadera espiritualidad popular, nacida realmente del pueblo, es la de Ezequiel Mendoza y sus compañeros, llena de resonancias de la Biblia y del catecismo.

–El martirio

La teología del martirio en los cristeros es la misma de las Passiones de los primeros siglos. En Sahuayo asesinaron uno a uno a veintisiete cristeros, que uno a uno murieron dando vivas a Cristo Rey, pero perdonaron la vida a Claudio Becerra, por ser muy jovencito. Más tarde, con gran tristeza, iba a pedir junto al sepulcro de sus compañeros martirizados: «Compañeros, pídanle a Dios me vaya al cielo a acompañarlos». Bebía entonces demasiado, y cuando el cura le reprochó, él dijo: «Me emborracho, padre, porque me da sentimiento que Dios no me quiso para mártir» (Lpz. Beltrán 66-70)…

Una vez más la voz del patriarca Mendoza: «Ustedes y yo lamentamos de corazón el fallecimiento de esos hombres que de buena fe ofrendaron sus vidas, familia y demás intereses terrenales, derramaron su sangre por Dios y por nuestra querida patria, como lo hacen los verdaderos mártires cristianos; pues su sangre, unida con la de Nuestro Señor Jesucristo y con la de todos los mártires del Espíritu Santo, nos alcanzará de Dios Padre los bienes que esperamos en la tierra y en el Cielo. [Pero] Dichosos los que mueren por el amor al Dios que hizo los cielos y la tierra, y en todo está por esencia, presencia y potencia, no como los dioses falsos de Plutarco Elías Calles y de otros locos desviados por Satanás, que les ofrece los bueyes y la carreta de esta vida y después los hace birria caliente y gorda en el infierno de los tormentos» (Meyer III,299).

La muerte serena de los cristeros, con frecuencia después de terribles tormentos, impresionaba siempre a los federales. Morían perdonando y gritando ¡Viva Cristo Rey! Y el pueblo guardaba sus palabras, recogía su sangre, enterraba sus cuerpos, acudía en masa a sus funerales, cuando eran posibles, en protesta silenciosa y confesión de fe.

 

Alegría

Tengase en cuenta al ver la imagen anterior que la gente a comienzos del siglo XX, para ser fotografiada, se ponía siempre muy seria. En nuestro tiempo, en cambio, casi siempre sonríe.

La alegría estaba también siempre presente, como es lógico, en estos hombres que se estaban jugando la vida por Cristo, pasando indecibles miserias y penalidades. Siempre en las crónicas y escritos sobre los mártires, ya desde los primeros siglos de la Iglesia, hay frecuentes manifestaciones de alegría y de victoria. Pero en el caso de los mártires de la Cristiada hay con frecuencia no solo alegría sino incluso sentido del humor. Y éste es un rasgo muy característico del martirologio mexicano. No es fácil hallarlo en las Actas de los Mártires de otras naciones. Van algunos ejemplos.

Cuenta Ezequiel Mendoza que + su papá, en una ocasión, jugándose la vida, se quedó sosteniendo una puerta de campo, para que escapara un grupo de cristeros. Los federales le disparaban una y otra vez, sin atinarle. Así que él, sin soltar la puerta, «como enojado, volvió su cara y regañó al enemigo, dijo: “Pendejos, tirar para acá, parece que no ven gente"» (Testimonio 37). De éstas hay innumerables anécdotas cristeras… +  El joven Honorio Lamas, que fue ejecutado con su padre, le decía a su madre: «Hay que ganar el cielo ahora que está barato» ( (III,299). +  Norberto López, que rechazó el perdón que le ofrecían si se alistaba con los federales, antes de ser fusilado, dijo: «Desde que tomé las armas hice el propósito de dar la vida por Cristo. No voy a perder el ayuno al cuarto para las doce» (302)… Martirios plenamente cristianos… y mexicanos.

–Espiritualidad bíblica y tradicional

Siendo la Biblia y la Tradición eclesial las fuentes permanentes de la espiritualidad cristiana, el calificativo de tradicional, en su sentido más genuino, es tan precioso como el de bíblico. Pues bien, la espiritualidad de los cristeros es netamente bíblica y tradicional. Jean Meyer subraya con fuerza ambas notas: «Hemos quedado asombrados por el número y la exactitud de las citas bíblicas. La idea de un pueblo católico ignorante de la Biblia no es válida para el campesino mexicano de esta época. En los caseríos lejanos de la parroquia se la leía de pie, o más bien se formaba círculo en torno de aquel que sabía leer» (307).

No hay, tampoco, mariolatría en la devoción a la Virgen: «El culto de la Virgen guadalupana no es distinto del que recibe en Rusia (¡800 lugares de peregrinación marianos!), en Polonia o en Francia» (309). Meyer afirma una y otra vez «la indiscutible catolicidad de la fe mexicana» (309).

«La religión de los cristeros era, salvo excepción, la religión católica romana tradicional, fuertemente enraizada en la Edad Media hispánica. El catecismo del P. Ripalda, sabido de memoria, y la práctica del Rosario, notable pedagogía que enseña a meditar diariamente sobre todos los misterios de la religión, de la cual suministra así un conocimiento global, dotaron a ese pueblo de un conocimiento teológico fundamental asombrosamente vivo. A Cristo conocido en su vida humana y en sus dolores, con los cuales puede el fiel identificarse con frecuencia, amado en el grupo humano que lo rodea: la Virgen, el patriarca San José, patrono de la Buena Muerte, y todos los santos que ocupan un lugar muy grande, completamente ortodoxo, en la vida común, se le adora en el misterio de la Trinidad. Esta religión próxima al fiel la califican de superstición los misioneros norteamericanos (protestantes y católicos) y los católicos europeos no la juzgan de manera distinta» (307). Sin embargo, «el cristianismo mexicano, lejos de estar deformado o ser superficial, está sólida y exactamente fundamentado en Cristo, es mariológico a causa de Cristo, y sacramental por consiguiente, orientado hacia la salvación, la vida eterna y el Reino. Durante la guerra, los santos se retraen notablemente hasta su propio lugar, mientras se manifiesta el deseo ardiente del cielo» (310).

–México católico

La profundidad de la evangelización realizada en México durante siglos quedó absolutamente probada cuando, después de un siglo de continuas persecuciones liberales, socialistas y revolucionarias, los cristeros ofrecieron al mundo este testimonio formidable de espiritualidad y de martirio.

Volvamos, pues, al principio, y oigamos la voz franciscana de uno de los primeros evangelizadores, Fray Toribio de Benavente, Motolinía (1490-1569). Lo que él dice de México, donde vivió casi toda su vida (1524-1569), lo traigo aquí para terminar nuestra historia de la Evangelización de América, pues vale para todas aquellas Iglesias hermanas de la América hispana:

«¡Oh, México que tales montes te cercan y coronan! ¡Ahora con razón volará tu fama, porque en ti resplandece la fe y evangelio de Jesucristo! Tú que antes eras maestra de pecados, ahora eres enseñadora de verdad; y tú que antes estabas en tinieblas y oscuridad, ahora das resplandor de doctrina y cristiandad» (Hª de los indios III,6, 339). «Pues concluyendo, digo: ¿quién no se espantará viendo las nuevas maravillas y misericordias que Dios hace con esta gente?… Estos conquistadores y todos los cristianos amigos de Dios se deben mucho alegrar de ver una cristiandad tan cumplida en tan poco tiempo, e inclinada a toda virtud y bondad. Por tanto ruego a todos los que esto leyeren que alaben y glorifiquen a Dios con lo íntimo de sus entrañas; digan estas alabanzas que se siguen, según San Buenaventura: “Alabanza y bendiciones, engrandecimientos y confesiones, gracias y glorificaciones, sobrealzamientos, adoraciones y satisfacciones sean a vos, Altísimo Señor Dios Nuestro, por las misericordias hechas con estos indios nuevos convertidos a vuestra santa fe. Amén, Amén, Amén"» (II,11, 283).

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

23:01

 Mártires Crristiada canonizados

–¿Cómo pudo darse una solución tan pésima a la guerra de los cristeros?

–Porque “la Iglesia” que negoció con el Estado mexicano fue un par de Obispos engañados..

 

–Los «Arreglos» entre la Iglesia y el Estado mexicano

La historia de los Arreglos alcanzados en junio de 1929 es tan dura y tan gloriosa como lo es el martirio. Daremos en forma breve su relato, ateniéndonos sobre todo a la documentada información que López Beltrán ha dado recientemente del asunto. Mons. Ruiz y Flores, Delegado Apostólico ad referendum, escogió como secretario para negociar a Mons. Pascual Díaz y Barreto, el «único Obispo que había mostrado decidido empeño en lograr una transacción con los callistas» (Lpz. Beltrán 499).

Ambos fueron traídos de los Estados Unidos a México, incomunicados en un vagón de tren, por el embajador norteamericano Dwight Whitney Morrow, banquero y diplomático, protestante y masón, cómplice de Calles y del presidente Portes Gil. Ya en la ciudad de México continuaron incomunicados en la lujosa residencia del banquero Agustín Legorreta. No recibieron ni a los Obispos mexicanos ni a un enviado de la Liga. Tampoco quisieron recibir al Obispo Miguel de la Mora, secretario del Subcomité Episcopal, que mandó aviso a Mons. Flores de que «tenía grandes y urgentes cosas que comunicarle, y que no fuera a pactar nada sin antes oírlo». Las puertas de aquella casa, en esos días, sólo estuvieron abiertas «para Morrow, para los sacerdotes extranjeros: Wilfrid y Parsons y Edmundo Walsh, S.J. [experto en política internacional de la universidad de Georgetown], para Cruchaga Tocornal, el embajador de Chile, y para otros extranjeros. Para los extraños. No para los mexicanos» (Lpz. Beltrán 516).

Puede afirmarse, pues, que los dos Obispos de los Arreglos con Portes Gil no cumplieron las Normas escritas que Pío XI les había dado, pues no tuvieron en cuenta el juicio de los Obispos, ni el de los cristeros o la Liga Nacional; tampoco consiguieron, ni de lejos, la derogación de las leyes persecutorias de la Iglesia; y menos aún obtuvieron garantías escritas que protegieran la suerte de los cristeros una vez depuestas las armas.

Solamente consiguieron del Presidente unas palabras de conciliación y buena voluntad, y unas Declaraciones escritas en las que, sin derogar ley alguna, se afirmaba el propósito de aplicarlas «sin tendencia sectaria y sin perjuicio alguno». Así las cosas, los dos Obispos, convencidos por el embajador norteamericano Morrow de que no era posible conseguir del Presidente más que tales Declaraciones, y aconsejados por Cruchaga y el padre Walsh, que las «creían suficientes», aceptaron este documento redactado personalmente en inglés por el mismo Morrow:

«El Obispo Díaz y yo hemos tenido varias conferencias con el C. Presidente de la República… Me satisface manifestar que todas las conversaciones se han significado por un espíritu de mutua buena voluntad y respeto. Como consecuencia de dichas Declaraciones hechas por el C. Presidente, el clero mexicano reanudará los servicios religiosos de acuerdo con las leyes vigentes. Yo abrigo la esperanza de que la reanudación de los servicios religiosos [expresión protestante, propia de Morrow, su redactor] pueda conducir al Pueblo Mexicano, animado por un espíritu de buena voluntad, a cooperar en todos los esfuerzos morales que se hagan para beneficio de todos los de la tierra de nuestros mayores. México, D.F. Junio 21 de 1929.-Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Morelia y Delegado Apostólico» (Lpz. Beltrán 527).

Las leyes vigentes, por supuesto, eran aquéllas que habían desencadenado la Cristiada. ¿Para derogar aquellas leyes vigentes habían muerto inútilmente veinte o treinta mil cristeros?…

 

–¿Inútil la Cristiada?

¿En vano lucharon, con tan grandes pérdidas y sufrimientos, los cristeros y sus familias? 

En 1929 el jesuita Eduardo Iglesias, bajo el pseudónimo Aquiles P. Moctezuma, en El conflicto religioso de 1926, escribía relativamente satisfecho: «Terminadas felizmente las conferencias entre el Estado y la Iglesia»… (441). Felizmente: No es ésa la interpretación hoy más común; ni tampoco entonces. Pero también hay actualmente quienes estiman que los Arreglos «fueron los menos malos posibles dentro de las circunstancias». Así lo cree, por ejemplo, Juan Landerreche Obregón, quien además insiste en que los Arreglos

«de ninguna manera significaron que el esfuerzo, el sacrificio y la sangre de los cristeros hayan sido inútiles para la libertad de la Iglesia Católica y el respeto a la religión y a los fieles. Por el contrario, los cristeros demostraron al gobierno con sus sacrificios, sus esfuerzos y sus vidas, que en México no se puede atacar impunemente a la religión católica ni a la Iglesia… Y todo esto se demostró en forma tan convincente a los tiranos, que los obligó no sólo a desistir de la persecución religiosa, sino los ha obligado también a respetar la religión y la práctica y el desarrollo de la misma, a pesar de todas las disposiciones de la Constitución [de 1917] que se oponen a ello, y que no se cumplen, porque no se pueden cumplir, porque el pueblo las rechaza… Los frutos [de la Cristiada] se han recogido y se siguen recogiendo sesenta años después de su lucha y seguramente culminarán a su tiempo en la realización plena por la que lucharon quienes dieron ese testimonio» (Prólogo a E. Mendoza, Testimonio 4,7-8).

En 1993 el gobierno de México concedió a la Iglesia un precario reconocimiento legal como asociación religiosa, y restableció sus relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

 

–Un triunfo de la masonería

Unos días después de los Arreglos logrados sobre todo por los masones Morrow y Portes Gil, el 27 de junio de 1929, los masones dieron un gran banquete al presidente Portes Gil, el cual a los postres habló «a sus reverendos hermanos»:

«Mientras el clero fue rebelde a las Instituciones y a las Leyes, el Gobierno de la República estuvo en el deber de combatirlo… Ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado. Y ha declarado sin tapujos: que se somete estrictamente a las Leyes (aplausos). Y yo no podía negar a los católicos el derecho que tienen de someterse a las Leyes… La lucha [sin embargo] es eterna. La lucha se inició hace veinte siglos. Yo protesto ante la masonería que, mientras yo esté en el Gobierno, se cumplirá estrictamente con esa legislación (aplausos).

«En México, el Estado y la masonería, en los últimos años, han sido una misma cosa: dos entidades que marchan aparejadas, porque los hombres que en los últimos años han estado en el poder, han sabido siempre solidarizarse con los principios revolucionarios de la masonería» (+Lpz. Beltrán 540-541).

Alude a la misma revolución que asesinó a García Moreno, y que tantas victorias ha logrado en los siglos XIX y XX en la América hispana con el apoyo de la masonería local y norteamericana. Portes Gil más tarde, en su libro La lucha entre el Poder Civil y el Clero, dejó bien claro que «su aparente capitulación [de los Obispos] a la que dieron el nombre de un arreglo con el Gobierno, no fue otra cosa que someterse incondicionalmente a la ley» (547). En 1958, ajeno a la Iglesia, murió en Mixcoac, y en la esquela publicada por «la Muy Respetable Gran Logia Valle de México» se le citaba como «Miembro Activo y Gran Capitán de Guardias de este Supremo Consejo del Grado 33» (546).

 

–Licenciamiento de los cristeros

El Jefe supremo de la Guardia Nacional, general Jesús Degollado Guízar, dirigió a todos los cristeros, «a pesar de que se nos desgarra el alma», un patético mensaje de licenciamiento, del que entresacamos el último párrafo:

«La Guardia Nacional desaparece, no vencida por nuestros enemigos, sino, en realidad, abandonada por aquellos que debían recibir, los primeros, el fruto valioso de sus sacrificios y abnegación. ¡AVE, CRISTO! Los que por Ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a la muerte gloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos y, una vez más, te aclamamos.

REY DE NUESTRA PATRIA.

¡VIVA CRISTO REY!

¡VIVA SANTA MARIA DE GUADALUPE!

Dios, Patria y Libertad».

«Tal vez a la muerte gloriosa...» En efecto, poco después de los Arreglos, el Gobierno, mostrando «el espíritu de buena voluntad y respeto» asegurado a los Obispos negociadores, comenzó a través de siniestros agentes «el asesinato sistemático y premeditado» de los cristeros que habían depuesto sus armas, «con el fin de impedir cualquier reanudación del movimiento… La caza del hombre fue eficaz y seria, ya que se puede aventurar, apoyándose en pruebas, la cifra de 1.500 víctimas, de las cuales 500 jefes, desde el grado de teniente al de general».

También «hay que decir, y esto honra a aquellos hombres, que más de un general federal advirtió a los cristeros del peligro que los amenazaba» (Meyer I, 344-346). De todos modos, aún con esto, más jefes cristeros fueron muertos después de los Arreglos que durante la guerra.

Esto supuso una larga y durísima prueba para la fe de los cristeros, que sin embargo se mantuvieron fieles a la Iglesia con la ayuda sobre todo de los mismos sacerdotes que durante la guerra les habían asistido.

 

–Después de los Arreglos

El capellán de los cristeros de Colima, padre Enrique de Jesús Ochoa, en Los cristeros del volcán de Colima, cuenta que «lloró de verdad el mismo Señor Ruiz y Flores cuando se vió burlado, cuando miró el fracaso de aquellos Arreglos, “si arreglos pueden llamarse", según él mismo dijo, escribiendo de su puño y letra (el 1º de agosto de 1929)».

Y añade: «Yo mismo he visto llorar al Papa [Pío XI] cuando trata el asunto de los arreglos de México: L’ho veduto piàngere, decía el Cardenal Boggiani al vicepresidente de la Liga Nacional, don Miguel Palomar y Vizcarra; y al que esto escribe, en Roma el año 1930» (+Lpz. Beltrán 517).

La verdad es que los dos obispos de los Arreglos, y especialmente Mons. Pascual Díaz, sufrieron mucho en los años posteriores, y al menos por parte de algunos sectores, padecieron un verdadero linchamiento moral.

Publicó la revista «30 días» (1993, n.66) una entrevista con la pintora mexicana Dolores Ortega, de 85 años, que vivió de cerca la Cristiada con su marido, Carlos Díez de Sollano, uno de los responsables de la Liga Nacional. A la pregunta ¿por qué los obispos firmaron los acuerdos?, responde: «Estaban confundidos y los engañaron. Después de los arreglos, convidamos a cenar a monseñor Díaz, arzobispo de México. Estábamos comiendo y mi esposo le dice: “Oigame, Ilustrísima, ¿qué me dice usted de los arreglos?” Bajó los ojos, casi se le saltaron las lágrimas y le dice: “Mira Carlitos, ese asunto no me lo toques, me causa mucho dolor. Nos engañaron"». Y continúa el periodista: También ustedes cayeron en el engaño. A lo que contesta la señora Ortega: “No, de ningún modo. Nosotros sabíamos que era una trampa, que el Gobierno no respetaría nunca los arreglos. Lo sabíamos todos, los de la Liga y los cristeros". Sabían ustedes que era un engaño, que entregando las armas y dejando la clandestinidad la muerte era segura. ¿Por qué lo hicieron, entonces? “Porque lo mandaba la Iglesia. Por fidelidad, por obediencia a la Iglesia"».

Así fue. Y aún hoy el pueblo católico mexicano se distingue por el afecto y respeto que siente por sus Obispos y sacerdotes. Pero hagamos crónica de los mártires, lo más importante de todo cuanto ocurrió en torno a la Cristiada.

 

–Los beatos mártires de México

Una vez suspendido el culto en México el 31 de julio de 1937, la inmensa mayoría del clero, unos 3.500, obedeciendo a sus Obispos, se fue recogiendo en las grandes ciudades, controladas por el gobierno, con lo que los civiles y combatientes del campo quedaban sin pastores. Estos sacerdotes, aunque sujetos a estricta vigilancia y en ocasiones a vejaciones, no corrieron normalmente peligro de muerte.

Por el contrario, los sacerdotes que permanecieron en el campo, lo hicieron con gravísimo riesgo, conscientes de que si eran apresados, serían ejecutados, muchas veces con sadismo, ya que el gobierno pensaba que «fusilando sin compasión a todo sacerdote cogido en el campo, obligaba a los demás, aterrorizados, a refugiarse en la ciudad», y esperaba así que «dejando a los campesinos sin sacerdotes, sofocaría rápidamente la rebelión» (Meyer I,40).

Se calcula que cien o doscientos permanecieron en el campo, escondidos con la protección de los fieles, que en muchos casos fueron también ejecutados por darles cobijo. López Beltrán, considerando los años 1926-29, da los nombres de 39 sacerdotes asesinados, más los de 1 diácono, 1 minorista y 6 religiosos (343-4). Guillermo Mª Havers recoge los nombres de 46 sacerdotes diocesanos ejecutados en el mismo período de tiempo (Testigos de Cristo en México 205-8). Muchos de estos curas pertenecían a la archidiócesis de Guadalajara (Jalisco, Zacatecas, Guanajuato) o a la diócesis de Colima, pues sus prelados, Mons. Orozco y Jiménez y Mons. Velasco, permanecieron en sus puestos, con buena parte de su clero.

 

–Beatificación de los mártires

El 22 de noviembre de 1992, San Juan Pablo II beatificó a veintidós de estos sacerdotes diocesanos, y a tres seglares. Y dijo de los curas mártires que «su entrega al Señor y a la Iglesia era tan firme que, aun teniendo la posibilidad de ausentarse de sus comunidades durante el conflicto armado, decidieron, a ejemplo del Buen Pastor, permanecer entre los suyos para no privarlos de la Eucaristía, de la palabra de Dios y del cuidado pastoral. Lejos de todos ellos encender o avivar sentimientos que enfrentaran a hermanos contra hermanos. Al contrario, en la medida de sus posibilidades procuraron ser agentes de perdón y de reconciliación».

La Conferencia del Episcopado Mexicano, en el libro ¡Viva Cristo Rey! publicó breves reseñas biográficas de los mártires que han sido beatificados, y también de otros muchos (+Lpz. Beltrán 243-487; Havers, Testigos de Cristo en México). Recuerdo aqui los santos nombres de los 22 sacerdotes y de los 3 seglares, con las fechas de su martirio.

En 1915: David Galván Bermúdez, en la persecución de Carranza (30-1).

En 1926: Luis Batis Sainz, y con él fueron beatificados tres feligreses de la Acción Católica, Manuel Morales, casado, Salvador Lara Puente, y su primo David Roldán Lara (15-8).

En 1927: Mateo Correa Magallanes (6-2); Jenaro Sánchez (18-2); Julio Alvarez Mendoza (30-3); David Uribe Velasco (12-4); Sabas Reyes Salazar (13-4); Cristóbal Magallanes, con su coadjutor Agustín Sánchez Caloca (25-5); José Isabel Flores (21-6); José María Robles (26-6); Miguel de la Mora (7-8); Margarito Flores García (12-11); Pedro Esqueda Ramírez (22-11).

En 1928: Jesús Méndez Montoya (5-2); Toribio Romo González (25-2); Justino Orona Madrigal (1-7); Atilano Cruz Alvarado (1-7); Tranquilino Ubiarco (5-10);

En 1937: Pedro de Jesús Maldonado (11-2), en una persecución desatada en Chihuahua, en tiempo del presidente Lázaro Cárdenas (1934-40).

 

–Canonización de los mártires

Juan Pablo II canonizó a estos santos mártires el 21de mayo de 2000.

 

* * *

–Varios mártires más notables

Recordemos, al menos en breve, la vida y muerte de algunos mártires de la Cristiada.

 Arzob. Orozco y Bto. Anacleto González

+Anacleto González Flores (1888-1927)

Nació en Tepatitlán, Jalisco, entró en el Seminario de San Juan de los Lagos, Jalisco, pero pasó a la Escuela de Leyes, siguiendo una vocación claramente laical. Él organizó la Unión Popular en Jalisco, impulsó la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, y se distinguió como profesor muy culto, orador y escritor católico. El Maistro Cleto, como solían decirle con respeto y afecto, era un cristiano muy piadoso, como lo expresa el siguiente dato:

«Al final del Rosario, los cristeros de Jalisco añadían esta oración compuesta por Anacleto González Flores: “¡Jesús misericordioso! Mis pecados son más que las gotas de sangre que derramaste por mí. No merezco pertenecer al ejército que defiende los derechos de tu Iglesia y que lucha por ti. Quisiera nunca haber pecado para que mi vida fuera una ofrenda agradable a tus ojos. Lávame de mis iniquidades y límpiame de mis pecados. Por tu santa Cruz, por mi Madre Santísima de Guadalupe, perdóname, no he sabido hacer penitencia de mis pecados; por eso quiero recibir la muerte como un castigo merecido por ellos. No quiero pelear, ni vivir ni morir, sino por ti y por tu Iglesia. ¡Madre Santa de Guadalupe!, acompaña en su agonía a este pobre pecador. Concédeme que mi último grito en la tierra y mi primer cántico en el cielo sea ¡Viva Cristo Rey!“» (Meyer III,280).

Pues bien, el 1 de abril de 1927 fue apresado con tres muchachos colaboradores suyos, los hermanos Vargas, Ramón, Jorge y Florentino. «Si me buscan, dijo, aquí estoy; pero dejen en paz a los demás». Fue inútil su petición, y los cuatro, con Luis Padilla Gómez, presidente local de la A.C.J.M., fueron internados en un cuartel de Guadalajara. Allá interrogaron sobre todo al Maestro Cleto, pidiéndole nombres y datos de la Liga y de los cristeros, así como el lugar donde se escondía el valiente arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez. Como nada obtenían de él, lo desnudaron, lo suspendieron de los dedos pulgares, lo flagelaron y le sangraron los pies y el cuerpo con hojas de afeitar. Él les dijo:

«Una sola cosa diré y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Ustedes me matarán, pero sepan que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto, desde el Cielo, el triunfo de la Religión y de mi Patria».

Atormentaron entonces frente a él a los hermanos Vargas, y él protestó: «¡No se ensañen con niños; si quieren sangre de hombre aquí estoy yo!». Y a Luis Padilla, que pedía confesión le dijo: «No, hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar. Es un Padre, no un Juez, el que nos espera. Tu misma sangre te purificará». Le atravesaron entonces el costado de un bayonetazo, y como sangraba mucho, el general que mandaba dispuso la ejecución, pero los soldados elegidos se negaban a disparar, y hubo que formar otro pelotón. Antes de recibir catorce balas, aún alcanzó el buen maestro Anacleto a decir: «¡Yo muero, pero Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!».

Y en seguida fusilaron a Padilla y los hermanos Vargas (+Rivero 131-133).

 

+El padre Cristóbal Magallanes (1869-1927)

Es el primer citado en la canonización de los 25 mártires ya referida, lo cual es significativo en las canonizaciones colectivas. Al comienzo de las persecuciones, cerrado el gran Seminario de Guadalajara (1916), fundó un Seminario en su propia parroquia. Los soldados del gobierno lo capturaron el 21 de mayo de 1927 y el general Francisco Goñi lo encontró culpable por el simple hecho de ser sacerdote. Le fusilaron cuatro días después.

Ejeccutaron junto a él al padre Agustín Caloca, más joven que él. Poco antes del fusilamiento, el padre Magallanes le confortó diciéndole: «Debes estar tranquilo, hijito, solo un momento y luego, el Cielo». Y a quienes les iban a fusilar les dijo: «Yo muero inocente, y le pido a Dios que mi sangre sirva para la unión de mis hermanos mexicanos».

 

+El padre Miguel Agustín Pro Juárez, SJ (1891-1927)

El P. Pro, beatificado por el papa Juan Pablo II (25-09-1988), a diferencia de los sacerdotes asistentas de los cristeros en el campo, estaba en la ciudad de México por orden de sus superiores, dedicándose ocultamente al apostolado. Con ocasión de un atentado contra el presidente Obregón, fueron apresados y ejecutados los autores, y con ellos fueron también eliminados el padre Pro y su hermano Humberto, que eran inocentes (23-11-1927) (+Rafael Ramírez Torres, Miguel Agustín Pro; y Luis Butera, Un mártir alegre. Vida del P. Miguel Pro).

 

+El adolescente José Sánchez del Río (1913-1928)

San José Sánchez del RioNacido en Sahuayo, Michoacán, siguió el ejemplo de su hermano Miguel, y a sus 13 años quiso él también alistarse con los cristeros para defender la fe y la Iglesia. Consiguió el permiso de su madre diciéndol: «Mamá, nunca había sido tan fácil ganarse el cielo como ahora, y no quiero perder la ocasión». Aquel adolescente, incorporado a su grupo de cristeros, fue para ellos modelo de alegría y piedad, confianza y valor en las luchas.

Apresado en un combate cerca de Cotija, fue encarcelado, y resistió al general callista, que quiso persuadirle para que se integrara en sus fuerzas. El 10 de febrero de 1928, después de atormentarlo, sin conseguir su apostasía, lo llevaron al cementerio. Y a cada puñalada que recibía, gritaba «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!». Beatificado por Juan Pablo II (20-11-2005), fue canonizado por el papa Francisco (16-10-2016).

–Los frutos inmensos de la Cristiada

La epopeya martirial de la Cristiada en México –y en toda la Iglesia, concretamente en la persecución religiosa padecida poco después en España (1936-1939)– dio muchos y preciosos frutos espirituales, como señaló Juan Pablo II en la canonización referida de los mártires:

«Tras las duras pruebas que la Iglesia pasó en México en aquellos convulsos años, hoy los cristianos mexicanos, alentados por el testimonio de estos testigos de la fe, pueden vivir en paz y armonía, aportando a la sociedad la riqueza de los valores evangélicos. La Iglesia crece y progresa, siendo crisol donde nacen abundantes vocaciones sacerdotales y religiosas, donde se forman familias según el plan de Dios y donde los jóvenes, parte notable del pueblo mexicano, puede crecer con la esperanza de un futuro mejor» (Homilía 21-V-2000).

La Iglesia Madre es fecunda en hijos y vocaciones en la medida en que es martirial. Y se hace infecunda en la medida en que se concilia con el mundo, tratando de rehuir sistemáticamente el martirio. Pero en tales casos no consigue evitarlo, y por el contrario lo aumenta, porque el mundo, viendo a la Iglesia más débil y temerosa, se atreve a combatirla con más fuerza.

«Acordaos de la palabra que os digo: “No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán”» (Jn 15,20).

José María Iraburu, sacerdote

 

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

 

08:03

San Ezequiel Moreno

–¿Qué es eso de «derrotado vencedor»

–Todos los mártires vencieron al mundo muriendo por la fe en Cristo.

 

–El modo pastoral de combatir el liberalismo

A finales de 1901 pudo leer fray Ezequiel un libro publicado por el Vicario Obispo de Casanare, su querido paisano fray Nicolás Casas, Enseñanzas de la Iglesia sobre el liberalismo. Y en una carta privada lo comentaba diciendo: «Es una belleza en la parte teórica, pero una verdadera calamidad en la parte práctica. ¡Dios nos salve!» (12-8-1902).

Para refutar este libro escribe unas Instrucciones al clero de su diócesis sobre la conducta que ha de observar con los liberales en el púlpito y en algunas cuestiones de confesonario (1902). Estas Instrucciones fueron apoyadas y difundidas por los tres Pastores de su provincia eclesiástica, los obispos de Popayán, Garzón e Ibagué. Es quizá uno de los documentos más significativos de San Ezequiel Moreno. En él se perfila la figura clásica de aquellos santos obispos de la Iglesia, que se estrellaban contra el mal del mundo, y que con frecuencia acababan en la cárcel, la deposición o el exilio.

A diferencia de Mons. Casas, enseñaba el santo obispo de Pasto que no sólo el liberalismo en abstracto, sino también el partido liberal, que le da su concreta fuerza histórica maligna, deben ser abiertamente denunciados e impugnados por la Iglesia. El liberalismo está haciendo estragos en el pueblo cristiano, y «por desgracia, se le ataca de un modo deficiente… Creen unos que a ese monstruo se le puede matar con abrazos y cariños; otros creen que hay que tratarle como a enemigo que es, pero este enemigo se lo forjan puramente ideal». Pues bien, «no es posible que muera ese monstruo ni con abrazos, ni dando golpes al aire, o a solas las ideas». Es preciso impugnarlo en sus encarnaciones históricas concretas, como es el partido liberal, y cuando lo exija el bien de los fieles, dando incluso los nombres de los liberales más peligrosos. «Jesucristo llamó raposa al rey Herodes, así, nominatim [Lc 13,31-32]. San Juan, el apóstol de la caridad, habla contra Diotrephes [3Jn 1,10-14]. Y si San Pablo pudo encararse con Elimas el mago, y decirle lo que le dijo [Hech 13,8-12], ¿no podremos nosotros hacer lo que es menos que eso?»…

Mons. Vico, el Delegado apostólico, tenía a Mons. Moreno en mucho aprecio, pero, de todos modos, en este caso «no se pronunció. Tuvo alabanzas para los dos libros, y los dos los envió a Roma» (Mtz. Cuesta ib.). Por su parte, el Gobierno ecuatoriano, en 1903, envió a Bogotá a su vicepresidente para que gestionara la deposición del obispo de Pasto.

Conviene notar en todo esto que, como obispo, el padre Ezequiel seguía la misma norma para enfrentar todo género de males, tratáranse éstos del liberalismo o de otros abusos diversos, siempre que amenazaran la salvación de los hombres. Así le vemos actuar, por ejemplo, cuando en Sibundoy se produjo un grave conflicto entre los indígenas y algunos colonos blancos, que habían ocupado parte de sus tierras. Los capuchinos apoyaron a los indígenas, y los colonos se revolvieron contra los frailes. Inmediatamente el señor obispo de Pasto apoyó a frailes e indígenas. Tomó la pluma «y denunció los atropellos y abusos de algunos colonos, a quienes no dudó en citar con nombres y apellidos. Ellos eran los verdaderos culpables. Eran ladrones, porque se habían apropiado de cosas ajenas» (21-4-1903); +Mtz. Cuesta 457).

–Paz y concordia

Tras los sufrimientos de la guerra, eran tiempos, así llamados, de paz, especialmente aptos para las concesiones más lamentables. El padre Ezequiel no las tenía todas consigo: «Ahora sí estamos ya en paz, o sin tiros, que no es lo mismo… Hemos estado ya de fiesta por la paz, pero no me ha calentado esta paz, y veo venir, no tardando mucho, un liberalismo moderado, peor que el violento» (13–1-1903). Ante esta situación de peligrosa ambigüedad, el obispo de Pasto se ocupó en mostrar claramente a los fieles la fisonomía de la engañosa paz del mundo, nacida de la cesión y la complicidad, al mismo tiempo que les animaba a procurar la paz verdadera, aquella que descansa en un orden verdadero, que sólo en Cristo se puede establecer (+Carta pastoral cuaresma 1903; Circular 25-11-1904).

Efectivamente, en estos años se avecinaba el arreglo político entre católicos y liberales con la renuncia a la confesionalidad del Estado. Es decir, la concordia nacional, procurada en Colombia por los liberales y por los católicos afectos a ellos, venía a reconocer que el bien común de la nación, en sus concretas circunstancias históricas, había de conseguirse mejor dejando a un lado la confesionalidad del Estado (hipótesis).

Por el contrario, el santo obispo de Pasto estaba convencido de que la confesionalidad cristiana del Estado, en un pueblo de inmensa mayoría católica, aunque pudiera dar ocasión a ciertos males, que podían y debían ser evitados, era sin duda preferible a la secularización del Estado, de la que ciertamente iban a seguirse males mayores (tesis). Por eso se oponía abiertamente a la concordia propugnada por los liberales.

Y «conste, decía, que no queremos ni pedimos guerra, al no querer la unión con los liberales para gobernar la nación. Sólo queremos que no se haga esa unión, porque es en perjuicio de la religión nacional, que es la católica, apostólica, romana… Eso no es querer guerra. Es hacer que la nación sea gobernada con los principios del catolicismo, a lo que tiene derecho la inmensa mayoría de los ciudadanos de la nación, que se precian de ser católicos» (Circular 14-9-1904). El veía claramente que la coalición de cristianos y liberales, de hecho, solamente era posible aceptando sin reservas, aunque sea poco a poco, todos los planteamientos de los liberales.

En setiembre de 1904, el obispo de Pasto publica una Circular en la que extiende a sus diocesanos la prohibición de leer el diario Mefistófeles, dictada por el arzobispo de Bogotá, Primado de Colombia. En esa Circular fray Ezequiel impugna de nuevo el concepto liberal de concordia y de paz, que no significan sino división, retroceso y perjuicio de los católicos. La alianza de tal concordia «debe llamarse cesión de los católicos por flojedad en su fe, o, lo que es más probable en algunos, por afición a la nueva vida de las sociedades, a las ideas modernas, al derecho nuevo condenado por los pontífices romanos… La concordia, tal como se está entendiendo y practicando, es una verdadera calamidad para la fe y la religión, y por eso clamamos contra ella desde un principio».

El santo obispo de Pasto, viviendo en un pueblo de amplia mayoría católica, condena la secularización del Estado desde un principio, esto es, decenios antes de que esta secularización se impusiera como elemento desintegrador de Colombia y de tantas naciones de la América hispana…

–Linchamiento moral del obispo de Pasto

Los liberales colombianos, que habiendo perdido en la guerra estaban a punto de ganar en la paz, comprendieron en seguida que la concordia por ellos propugnada no era posible sin el previo aplastamiento del obispo de Pasto y de sus seguidores. Era necesario acabar de una vez con aquellas cartas pastorales y circulares que suscitaban el entusiasmo de los católicos, y eran publicadas y reimpresas aquí y allá, con el apoyo de un buen número de obispos.

La prensa liberal, dada la urgencia del caso, se aprestó con toda solicitud al linchamiento de fray Ezequiel. El primer biógrafo de éste, el padre Toribio Minguella, obispo de Sigüenza, recoge en su libro algunas muestras de la prensa agresiva. «Desde El Espectador, de Medellín, al parecer formal, y literariamente bien escrito, hasta el chocarrero Mefistófeles, la descaradísima Fusión, y tantos otros de igual o parecida estofa, apenas hubo periódico liberal, o con vista al liberalismo, que no clavase el diente de la calumnia en el Ilmo. señor Moreno».

El obispo Moreno era un fraile ignorante, incapaz de comprender las libertades modernas, y que para «firmar los mil disparates que publica en sus cartillas pastorales necesita de mano extraña». El pobre obispo de Pasto pertenece «a esa cáfila de frailes importados de España y rechazados hoy de allá y de todas las naciones civilizadas». Puede decirse que «su cerebro es la Montaña Pelada, en que el odio brilla con siniestros fulgores y las pasiones gruñen como gatos monteses encorvados»… (Biografía 340-345; +Mtz. Cuesta 517).

Por esas fechas, en conspiraciones de Bogotá, se intrigó cuanto se pudo en el Gobierno y en ambientes eclesiásticos para conseguir la deposición del obispo de Pasto, llegando a formarse una terna de candidatos a la sustitución. De Tulcán llegaban amenazas más claras: «Si no retiran de Pasto al fraile Moreno, ya sabremos nosotros cómo retirarlo». La eliminación física del padre Ezequiel era una posibilidad que sus enemigos no descartaban.

De hecho, en el Proceso apostólico de Tarazona, testificó el padre Julián Moreno que en una ocasión, al abrir la puerta de la habitación del obispo, encontró al padre Ezequiel y a un frustrado asesino que, arrodillado y todavía con el cuchillo en la mano, le pedía perdón (+Mtz. Cuesta 521).

–Tercera intervención de Roma (1904)

En noviembre de 1904 un telegrama anunció a los obispos colombianos la llegada de Mons. Francesco Ragonesi, nuevo Delegado apostólico, en el que, además de comunicar la felicitación del Papa al presidente Reyes, se decía también: «Tiene también el encargo de asociarse al ilustre clero colombiano para trabajar en el sentido de ayudar y facilitar al jefe de la Nación colombiana sus esfuerzos en favor de la paz, del orden y de la Concordia, a cuya sombra la Iglesia gozará de libertad y garantías».

El padre Ezequiel leyó tal mensaje con alarma harto justificada, previendo la suerte que se le avecinaba a Colombia. Y en cuanto a la suerte suya personal, expresa en una carta privada sus previsiones: «Recibí una carta, en que me dicen que el Excmo. señor Encargado de Negocios de la Santa Sede me escribía sobre el asunto de mi separación de aquí, que llevan los sectarios entre manos» (10-11-1904)…

Tal separación llega a serle intimada, pero en todo caso, Mons. Ragonesi, a las tres semanas de su llegada a Colombia, y sin oirle previamente, envía al obispo de Pasto unas instrucciones precisas, que, favoreciendo de hecho a los liberales, implican una censura de su conducta pastoral. Según ellas, debía abstenerse de toda intervención en temas de política y, atendiendo a los deseos del Papa, había de apoyar con todos sus medios, con los demás obispos, al presidente General Reyes (+Mtz. Cuesta 526-529).

En ese tiempo, tanto el cardenal Merry del Val, Secretario de Estado, como el Delegado apostólico, apoyan decididamente al General Reyes, presidente de la concordia. Como escribe el padre Ezequiel acerca del Delegado, «éste sigue con su concordia, apoyando a Reyes, y ya estamos viendo lo que da la Concordia: representantes, Ministros y empleados liberales» (3-3-1905).

Así las cosas, la instrumentalización política del telegrama antes aludido produjo gran confusión en los medios católicos. Varios obispos lo advirtieron y lo lamentaron, pero el obispo de Pasto, a 900 kilómetros de la capital, hizo algo más que lamentarse, y envió un telegrama al Señor Presidente de la República, precisando el sentido de la palabra concordia, y asegurándole que en modo alguno el Papa se reconciliaba con el liberalismo moderno.

El dicho telegrama cayó en Bogotá como una bomba, y el Gobierno, después de protestar ante el Delegado apostólico, envió un diplomático a Roma para que obtuviera la deposición del obispo de Pasto, que estaba en «completa rebelión contra la autoridad civil en su política concordista». Mons. Ragonesi se alineó rápidamente con el Gobierno, y envió un elocuente telegrama al lejano obispo de Pasto, blanco de las iras generalizadas: «¿Para la diócesis de Pasto no existe el orden jerárquico sabiamente establecido por los Romanos Pontífices, al enviar sus representantes cerca del Gobierno? Piense si con este sistema favorece los intereses socio-religiosos, y tenga la bondad de responderme» (9-4-1905).

Convocado el obispo de Pasto a Bogotá, Mons. Ragonesi le aplicó una «requisitoria detallada y severa». Como dirá aquél en una carta privada, el Delegado encontró un pecado en cada una de las palabras del telegrama (+Mtz. Cuesta 546). Así las cosas, por exigencia del presidente Reyes presentada por el Delegado apostólico, Mons. Moreno hubo de escribir una explicación pública de su nefando telegrama. Así lo hizo humilde y pacientemente, después de laboriosas redacciones y correcciones, y sin contrariar su propia conciencia.

Hagamos notar que en todas estas luchas tan enojosas el señor obispo de Pasto contó siempre con el apoyo de varios obispos, y sobre todo con la adhesión entusiasta de su clero y de sus feligreses diocesanos. En conjunto puede decirse que recibió aún más alabanzas que insultos, y por otra parte que éstos no le hacían mella alguna.

En uno de sus últimos documentos públicos, dedicado a su amado y venerado clero, fray Ezequiel, comentando unos ataques de El Grito del pueblo, diario de Guayaquil, escribe: «Considero como elogios los insultos que lanza contra mí ese periódico que insulta al papado y ensalza a los enemigos de la Iglesia, y declaro que, si en vez de insultarme, me hubiera ensalzado, hubiera protestado en el momento contra lo que hubiese dicho en mi favor» (14-10-1905).

Sepulcro de San Ezequiel Moreno–Santidad personal

Contando las aventuras del santo obispo de Pasto, apenas nos han quedado páginas para dar cuenta de su diaria actividad pastoral, tan intensa y fecunda. No hemos podido acompañarle en sus visitas a las parroquias, cuando animaba a los curas o se entretenía en las catequesis de los niños, sentado a veces con ellos en el suelo. No le hemos visto introducir la Adoración Nocturna, el Mes de Mayo dedicado a la santísima Virgen, los días 19 en honor de San José, ni hemos escuchado sus frecuentes homilías e instrucciones, con ocasión de retiros o reuniones. Tampoco le hemos seguido en sus visitas a los enfermos y a los pobres, que fueron siempre su amor predilecto… Esta vida pastoral ordinaria, y no su actividad pública más notoria, es lo que empeñó la mayor parte de sus días y de sus fuerzas.

Tampoco nos hemos asomado apenas al mundo maravilloso de su vida interior. Y aunque sea brevemente, hemos de subsanar ahora tan imperdonable omisión. Conocemos varias relaciones concretas de sus horarios acostumbrados (+Mtz. Cuesta 234, 301, 425), y por ellas sabemos que dormía, a menudo en el suelo, unas cinco horas, y que dedicaba diariamente a la oración unas seis horas, distribuidas desde las cinco de la mañana en diversos momentos del día. Durante la oración, como él mismo atestigua, el Señor le dejaba normalmente en el desierto de la aridez:

«Es lo ordinario que nuestro buen Dios me tenga amándole sólo con la voluntad, sin que este corazón sienta lo que la voluntad quiere. ¡Él sea bendito! No sé el tiempo que tendrá señalado para que yo le ame sólo a puro esfuerzo de voluntad, sin experimentar esos consuelos que tanto facilitan los caminos del sacrificio y que hacen de la tierra un cielo. Este cielo en la tierra no lo tengo» (Minguella, Biografía 446; +Mtz. Cuesta 447-448).

El amor del santo obispo de Pasto estuvo siempre centrado en el sagrado Corazón de Jesús, y fomentó siempre en los demás esta devoción, acentuando sobre todo la solidaridad de amor debida a los dolores internos de ese Corazón sagrado. Las duras y sangrientas penitencias con que afligía su cuerpo –cuando el padre Minguella las describe, tiene sobre su mesa los terribles cilicios y disciplinas que el santo usaba (+Mtz. Cuesta 448)– han de entenderse, antes que nada, como un modo de participar en los dolores del Corazón de Cristo, en los que se realizó la expiación suprema por el pecado del mundo.

«Yo quiero sufrir en tu compañía, con tu divina gracia. Yo me compadezco de tus agonías, y te las agradezco con toda mi alma y os amo, Jesús mío, os amo con todo mi corazón»… «Yo, Amado de mi alma, para imitaros, abrazo con el más tierno afecto los dolores, las enfermedades, la pobreza y las humillaciones, y las considero como hermosas partecitas de tu Cruz. Como Vos, oh amor mío, quiero vivir pobre, ultrajado, menospreciado, adolorido, llagado de pies a cabeza, clavado con Vos en la Cruz. Y si os place, llegar en ella, como Vos, hasta el extremo de ser abandonado y privado de la sensible asistencia del Padre Celestial» (+Mtz. Cuesta 446-447).

Este amor al Crucificado es lo que explica en San Ezequiel Moreno, obispo, el atrevimiento sin límites de su acción pastoral, únicamente finalizada en el honor de Dios y el bien de los hombres. Y ese enamoramiento de Cristo es lo que da razón, igualmente, de la extremada pobreza personal de fray Ezequiel: pobreza, miseria casi, en sus ropas personales, escasas, viejas y remendadas; frugalidad en sus comidas; austeridad absoluta en sus viajes –absteniéndose a veces de visitar santuarios o familiares, o de acudir a restaurantes, alojándose en conventos pobres, o de socorrer a sus propios parientes pobres–. Su norma era: gastos mínimos en sí mismo para máximas limosnas a los pobres…

Él había hallado en Cristo su tesoro, y para adquirirlo, se desprendió de todo (Mt 13,44). Con tal de gozar del amor de Cristo, todo lo demás le parecía nada y estiércol (Flp 3,8). Él, en medio de tantas persecuciones y miserias del mundo, e incluso a veces del mundo eclesiástico, hacía suyo el convencimiento absoluto del Apóstol: «Nuestras penalidades, que son momentáneas y ligeras, nos producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa desmesuradamente; y nosotros no ponemos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; porque las visibles son temporales; las invisibles, eternas» (2Cor 4,17-18).

–Enfermedad y muerte

Se terminan ya las luchas del servidor de Cristo. A finales de 1905 una llaguita del paladar, que no se le quitaba nunca, fue el primer anuncio de un cáncer mortal. Muchos cristianos y comunidades religiosas piden al Señor por la salud del santo obispo de Pasto. «Yo no la deseo, escribe él, aunque tampoco la rechazo. Estoy muy conforme con lo que Dios nuestro Señor quiera, y, puesto que tanto se le pide, hay que descansar en lo que él quiera hacer. ¡Qué consolador es todo esto!» (27-10-1905).

Los tratamientos de su enfermedad son notoriamente insuficientes, y una comisión del clero diocesano –dos jesuitas, dos capuchinos, dos filipenses, el Vicario y otro sacerdote secular– vienen un día a exigirle que se vaya a Europa para recibir la atención médica precisa. El les atiende y parte el 13 de enero de 1906. Es operado en Madrid el 14 de febrero, y otra vez el 29 de marzo.

El doctor Compaired declaraba: «Me causó admiración extraordinaria la fortaleza de ánimo, el valor cristiano, la paciencia sin límites, la resignación placentera, la sumisión y obediencia admirables y la resistencia al dolor hasta el heroísmo santo, heroísmo de santo y de bienaventurado» que mostró el obispo de Pasto. A pesar de los muchos dolores, no perdía su humor de siempre, y así, cuando perdió casi completamente el oído, y el padre Minguella vino con otros a visitarle, les dijo: “Pueden murmurar de mí a mansalva, porque no oigo nada"» (+Mtz. Cuesta 568).

El 1 de junio es trasladado a Monteagudo, a morir en el convento donde había iniciado su vida de agustino recoleto, y allí escoge una habitación pequeña, con tribuna a la iglesia. Sus dolores son atroces, pero como declaraba su fiel acompañante, el padre Alberto Fernández, «en esta enfermedad es donde ha probado su virtud acrisolada… En todo el tiempo de la enfermedad no he observado un acto de impaciencia, y ni perder un momento su dulzura habitual y su modo de ser» (23-7-1906).

El 18 de agosto de 1906 pasa una noche muy agitada. Hasta que a las seis de la mañana se sienta en la cama, arregla cuidadosamente las ropas, alisándolas y estirándolas bien. Otra vez tendido, sube la ropa hasta el cuello, y tras sacar los brazos, queda inmóvil un par de horas, en absoluta tranquilidad. Y a las ocho y media, teniendo 58 años de edad, descansa en el Señor. Su cuerpo se mantiene incorrupto, y es venerado hasta hoy en Monteagudo.

Cuerpo incorrupto de S. Ezequiel Moreno

Última intervención de Roma (1992)

La muerte, que dió a fray Ezequiel Moreno Díaz el descanso eterno, produjo también no pequeño descanso en muchos hombres del mundo y de la Iglesia. Efectivamente, en la historia de la Iglesia en América no es fácil encontrar un obispo que haya resultado tan molesto para el mundo –para el mundo hostil al Reino, se entiende– y para ciertos hombres de Iglesia más o menos mundanizados. También es cierto que pocos obispos han alegrado y confortado tanto con sus palabras y obras a los católicos fieles. Los obispos actuales de Colombia, que tanto han procurado la canonización de fray Ezequiel, saben bien que la devoción al santo obispo de Pasto permanece viva en aquel pueblo cristiano, que no le olvida.

Fray Ezequiel Moreno Díaz ocasiona, también con su muerte, un buen número de telegramas procedentes de Colombia, pero esta vez son de gratitud y de sincera condolencia. Muy pronto, en 1910, se abre el Proceso informativo en Tarazona, y años después en Manila, Pasto y Bogotá. En 1975 es beatificado por Pablo VI. Y el papa Juan Pablo II lo canoniza en Santo Domingo, el 11 de octubre de 1992, en el V Centenario de la evangelización de América. Esta última intervención de Roma sobre San Ezequiel fue más acertada que las anteriores.

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

Bibliografía de la serie Evangelización de América

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