febrero 2016

20:36

MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Libro de Daniel 3,25.34-43.

El replicó: “Sin embargo, yo veo cuatro hombres que caminan libremente por el fuego sin sufrir ningún daño, y el aspecto del cuarto se asemeja a un hijo de los dioses”. – «Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas. Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor. Trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor.»

Salmo 25,4-9.

Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador, y yo espero en ti todo el día.
Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor, porque son eternos.
No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud: Por tu bondad, Señor, acuérdate de mi según tu fidelidad.
El Señor es bondadoso y recto: por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente y enseña su camino a los pobres.

Evangelio según San Mateo 18,21-35.

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: ‘Págame lo que me debes’. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: ‘Dame un plazo y te pagaré la deuda’. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: ‘¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?’. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”.

_________________________________________

1. Hoy hemos hecho nuestra esa hermosa oración penitencial que el libro de Daniel pone en labios de Azarías, uno de los tres jóvenes condenados en Babilonia al horno de fuego por no querer adorar a los ídolos falsos y ser fieles a su fe. Es parecida a otras que ya hemos leído, como la de Daniel y la de Ester.

Azarías (¡qué bueno que la Biblia ponga una oración así en boca de un joven que se sabe mantener creyente en medio de un mundo ateo!) reconoce el pecado del pueblo: «estamos humillados a causa de nuestros pecados»; expresa ante Dios el arrepentimiento: «acepta nuestro corazón arrepentido como un holocausto de carneros y toros»; y el propósito de cambio: «ahora te seguimos de todo corazón, buscamos tu rostro».

Sobre todo expresa su confianza en la bondad de Dios: «no nos desampares, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia… trátanos según tu clemencia y tu abundante misericordia». Para ello no duda en buscar la intercesión (la «recomendación») de unas personas que si habían gozado de la amistad de Dios: los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob (Israel).

2. Una vez más el evangelio da un paso adelante: si la primera lectura nos invitaba a pedir perdón a Dios, ahora Jesús nos presenta otra consigna, que sepamos perdonar nosotros a los demás.

La pregunta de Pedro es razonable, según nuestras medidas. Le parece que ya es mucho perdonar siete veces. No es fácil perdonar una vez, pero siete veces es el colmo. Y recibe una respuesta que no se esperaba: hay que perdonar setenta veces siete, o sea, siempre.

La parábola de Jesús, como todas las suyas, expresa muy claramente el mensaje que quiere transmitir: una persona a la que le ha sido perdonada una cantidad enorme y luego, a su vez, no es capaz de perdonar una mucho más pequeña.

3. a) En la Cuaresma nosotros podemos dirigirnos confiadamente a Dios, como los tres jóvenes en tiempos de crisis, reconociendo nuestro pecado personal y comunitario, y nuestro deseo de cambio en la vida. O sea, preparando nuestra confesión pascual. Así se juntan en este tiempo dos realidades importantes: nuestra pobreza y la generosidad de Dios, nuestro pecado y su amor perdonador. Tenemos más motivos que los creyentes del AT para sentir confianza en el amor de Dios, que a nosotros se nos ha manifestado plenamente en su Hijo Jesús. En el camino de la Pascua, nos hace bien reconocernos pecadores y pronunciar ante Dios la palabra «perdón».

Podemos decir como oración personal nuestra -por ejemplo, después de la comunión- el salmo de hoy: «Señor, recuerda tu misericordia, enséñame tus caminos, haz que camine con lealtad… el Señor es bueno y recto y enseña el camino a los pecadores…». Y como los jóvenes del horno buscaban el apoyo de sus antepasados, nosotros, como hacemos en la oración del «yo confieso», podemos esperar la ayuda de los nuestros: «por eso ruego a Santa María siempre Virgen, a los ángeles y los santos, y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mi ante Dios Nuestro Señor».

b) Pero tenemos que recordar también la segunda parte del programa: saber perdonar nosotros a los que nos hayan podido ofender. «Perdónanos… como nosotros perdonamos», nos atrevemos a decir cada día en el Padrenuestro. Para pedir perdón, debemos mostrar nuestra voluntad de imitar la actitud del Dios perdonador.

Se ve que esto del perdón forma parte esencial del programa de Cuaresma, porque ya ha aparecido varias veces en las lecturas. ¿Somos misericordiosos? ¿cuánta paciencia y tolerancia almacenamos en nuestro corazón? ¿tanta como Dios, que nos ha perdonado a nosotros diez mil talentos? ¿podría decirse de nosotros que luego no somos capaces de perdonar cuatro centavos al que nos los debe? ¿somos capaces de pedir para los pueblos del tercer mundo la condonación de sus deudas exteriores, mientras en nuestro nivel doméstico no nos decidimos a perdonar esas pequeñas deudas? Y no se trata precisamente de deudas pecuniarias.

Cuaresma, tiempo de perdón. De reconciliación en todas las direcciones, con Dios y con el prójimo. No echemos mano de excusas para no perdonar: la justicia, la pedagogía, la lección que tienen que aprender los demás. Dios nos ha perdonado sin tantas distinciones. Como David perdonó a Saúl, y José a sus hermanos, y Esteban a los que le apedreaban, y Jesús a los que le clavaban en la cruz.

El que tenga el corazón más sano que dé el primer paso y perdone, sin poner luego cara de haber perdonado, que a veces ofende más. Sin pasar factura. Alejar de nosotros todo rencor. Perdonar con amor, sintiéndonos nosotros mismos perdonados por Dios.


15:49

“Me confieso con Dios…”. –No vale.

¿Qué decir a alguien que dice «yo ya me confieso con Dios» y no quiere confesar sus pecados en la confesión sacramental? Me cuesta confesar mis pecados, incluso a veces siento vergüenza. Tal vez sí seria más fácil confesarse directamente con Dios o que la Iglesia suprimiera la obligación de confesar los pecados…

Hay que aceptar la salvación que Dios nos ofrece y de la forma con que Él nos la ofrece.

Lo que me convendría, me gustaría, me apetecería… tiene muy poca importancia cuando es Dios mismo quien nos dice lo que quiere de nosotros. Y el Señor ha establecido ofrecernos su misericordia de manera ordinaria a través de la realidad de la Iglesia y de sus sacramentos.

Voy a responderle con unas palabras textuales del papa Francisco:

«Es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios… He aquí por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confia- damente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa solo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él… Sí, tú puedes decir: yo me confieso sólo con Dios pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote… También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas que tanto pesan en mi corazón.»

Como ve, en la enseñanza de la Iglesia, la confesión de los pecados graves no solo es necesaria sino que es, además, muy saludable y conveniente. Para una fundamentación más dogmática me remito a una columna que escribí hace años con el título de Ex- homologesis. Y respecto a la vergüenza, también dice el Papa:

«Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un sinvergüenza… incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona.»

No viviremos a fondo este Año de la Misericordia si no redescubrimos en nuestra propia vida la maravillosa experiencia de recibir la misericordia de Dios en el sacramento de la penitencia. En la bula El rostro de la Misericordia, dice el papa Francisco: «De nuevo ponemos en el centro con total convencimiento el sacramento de la Reconciliación porque nos permite tocar en carne propia la grandeza de la misericordia.»

Por tanto, si pudiéndote confesar no te confiesas, no vale.

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06:59

Cornelis Engelbrechtsz: La curación de Naamán (1520)
Óleo sobre tabla (Tríptico) Kunsthistorische Museum, Viena

LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

Segundo Libro de los Reyes 5,1-15.

Naamán, general del ejército del rey de Arám, era un hombre prestigioso y altamente estimado por su señor, porque gracias a él, el Señor había dado la victoria a Arám. Pero este hombre, guerrero valeroso, padecía de una enfermedad en la piel. En una de sus incursiones, los arameos se habían llevado cautiva del país de Israel a una niña, que fue puesta al servicio de la mujer de Naamán. Ella dijo entonces a su patrona: “¡Ojalá mi señor se presentara ante el profeta que está en Samaría! Seguramente, él lo libraría de su enfermedad”. Naamán fue y le contó a su señor: “La niña del país de Israel ha dicho esto y esto”. El rey de Arám respondió: “Está bien, ve, y yo enviaré una carta al rey de Israel”. Naamán partió llevando consigo diez talentos de plata, seis mil siclos de oro y diez trajes de gala, y presentó al rey de Israel la carta que decía: “Al mismo tiempo que te llega esta carta, te envío a Naamán, mi servidor, para que lo libres de su enfermedad”. Apenas el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras y dijo: “¿Acaso yo soy Dios, capaz de hacer morir y vivir, para que este me mande librar a un hombre de su enfermedad? Fíjense bien y verán que él está buscando un pretexto contra mí”. Cuando Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras, mandó a decir al rey: “¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que él venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel”. Naamán llegó entonces con sus caballos y su carruaje, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo. Eliseo mandó un mensajero para que le dijera: “Ve a bañarte siete veces en el Jordán; tu carne se restablecerá y quedarás limpio”. Pero Naamán, muy irritado, se fue diciendo: “Yo me había imaginado que saldría él personalmente, se pondría de pie e invocaría el nombre del Señor, su Dios; luego pasaría su mano sobre la parte afectada y curaría al enfermo de la piel. ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abaná y el Parpar, no valen más que todas las aguas de Israel? ¿No podía yo bañarme en ellos y quedar limpio?”. Y dando media vuelta, se fue muy enojado. Pero sus servidores se acercaron para decirle: “Padre, si el profeta te hubiera mandado una cosa extraordinaria ¿no la habrías dicho? ¡Cuánto más si él te dice simplemente: Báñate y quedarás limpio!”. Entonces bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; así su carne se volvió como la de un muchacho joven y quedó limpio. Luego volvió con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios. Al llegar, se presentó delante de él y le dijo: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor”.

Salmo 42,2-3.43,3-4.

Como la cierva sedienta busca las corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, mi Dios.
Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente: ¿Cuándo iré a contemplar el rostro de Dios?
Envíame tu luz y tu verdad: que ellas me encaminen y me guíen a tu santa Montaña, hasta el lugar donde habitas.
Y llegaré al altar de Dios, el Dios que es la alegría de mi vida; y te daré gracias con la cítara, Señor, Dios mío.

Evangelio según San Lucas 4,24-30.

Después agregó: “Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio”. Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

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1. El baño purificador de Naamán en las aguas del Jordán trae a nuestro recuerdo el sacramento del Bautismo, de gran actualidad en la Cuaresma y la Pascua.

Está bien tramada la historia del general extranjero que acude al rey de Israel y luego al profeta Eliseo. Con los consiguientes malentendidos y finalmente su curación. Todo termina con la profesión de fe del pagano: «ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel». Esta profesión de fe, unida al rito del baño en agua, parecen como un anuncio del Bautismo cristiano.

El tema del agua aparece también en el salmo, pero esta vez no en forma de baño, sino de bebida: «como busca la cierva corrientes de agua… mi alma tiene sed del Dios vivo» Recodemos que también pude ser imagen del Espíritu Santo, agua viva.

2. La homilía de la primera lectura la hace el mismo Jesús en la sinagoga de su pueblo, Nazaret: achaca a los fariseos que no han sabido captar los signos de los tiempos. La viuda y el general, ambos paganos, favorecidos por los milagros de Elías y de Eliseo, sí supieron reconocer la actuación de Dios. Una vez más, en labios de Jesús, la salvación se anuncia como universal, y son precisamente unos no judíos los que saben reaccionar bien y convertirse a Dios, mientras que el pueblo elegido le hace oídos sordos.

No les gustó nada a sus oyentes lo que les dijo Jesús: lo empujaron fuera del pueblo con la intención de despeñarlo por el barranco. La primera homilía en su pueblo, que había empezado con admiración y aplausos, acaba casi en tragedia. Ya se vislumbra el final del camino: la muerte en la cruz.

3. a) Es bueno que en Cuaresma tengamos presente nuestro Bautismo y que preparemos su expresivo recuerdo de la noche de Pascua.

El Bautismo ha sido el sacramento por el que hemos entrado en comunión con Jesús, por el que nos hemos injertado en él, por el que ya hemos participado sacramentalmente de su muerte y de su resurrección, como dice Pablo en Romanos 6, que escucharemos en la noche pascual. El Bautismo nos ha introducido ya radicalmente en la Pascua. Aunque luego, toda la vida, hasta el momento de la muerte -que es el verdadero bautismo, la inmersión definitiva en la vida de Cristo-, tengamos que ir creciendo en esa vida y luchando contra lo antipascual que nos amenaza.

En la Vigilia Pascual, con los símbolos de la luz y del agua, pediremos a Dios que renueve en nosotros la gracia del Bautismo y renovaremos nosotros mismos las promesas y renuncias bautismales. Cada año, la Pascua es experiencia renovada de nuestra identidad bautismal. Y la Cuaresma, preparación y camino catecumenal para participar mejor con Cristo en su paso a la existencia de resucitado.

b) Las lecturas de hoy también nos recuerdan que ya va siendo urgente que, casi a mitad de la Cuaresma, hagamos caso de las insistentes llamadas de Dios a la conversión y al cambio en nuestras vidas. ¿Nos dejamos interpelar por la Palabra? ¿se está notando que hacemos camino con Jesús hacia la novedad de la Pascua?

¿O también podría Jesús quejarse de nosotros acusándonos de que otras personas mucho menos dotadas de conocimientos religiosos -el general pagano, la viuda pobre- están respondiendo a Dios mejor que nosotros en sus vidas?



Escribe Enrique Monasterio:
Me piden que escriba sobre las blasfemias, que no guarde silencio en el blog ante los actos sacrílegos, los insultos a Jesucristo y a la Santísima Virgen, las amenazas que reciben los católicos sólo por serlo y, en definitiva, ante la basura antirreligiosa que se acumula en la red, en las televisiones y hasta en las calles de nuestras ciudades.
Guadalupe, que vive en los Estados Unidos desde hace más veinte años, me pregunta escandalizada: "¿qué les está pasando en España?"
Enrique García-Máiquez, en su artículo de hoy —que recomiendo— habla del presunto "derecho a la blasfemia", que algunos reivindican quizá como paso previo a la subvención. Algún columnista menos serio afirma que las manifestaciones de fobia anticatólica son sólo una moda de la izquierda, que pasará como pasó la moda de los pantalones campana. Yo me temo que el fenómeno es más grave. Estamos ante una epidemia de odio, y el odio, por muy explicables que sean a veces sus causas, siempre tiene al Diablo como primer principio.


Precisamente por eso me esfuerzo en callar. La enfermedad del odio es muy contagiosa y uno corre el riesgo de caer en la trampa de responder con más odio a los infectados con ese virus demoníaco. ¡Pobre gente! Es indudable que lo pasan muy mal odiando así. Tratemos de curarles, de restañar sus heridas, de devolverles la sonrisa que parecen haber perdido en algún recodo del camino.
Una monjita (la llamo así, en diminutivo, porque era muy pequeña) me contaba con pena que estuvo atendiendo a un enfermo de Sida durante casi un mes, y aquel hombre sólo respondía con blasfemias a cada una de sus curas.
—No me atreví a corregirle —añadió—. Yo sólo le sonreía y pedía a Dios por él. No sé si hice bien.
Le dije que sí, que lo había hecho muy bien. Y me acordé de algo que escribió San Josemaría hace casi ochenta años:

"Lo que más temen los enemigos de Dios es que llegue un día, en el cual todos los que creen en Jesucristo se decidan a poner en práctica su fe: y a eso vamos".

pensarporlibre.blogspot

Escribe Joan Fontrodona:
Un trabajo bien hecho no se mide sólo por sus resultados externos, sino por el desarrollo integral de quienes lo llevan a cabo; un espíritu de servicio, que lleva a ver en el trabajo una ocasión de ayudar a los demás
Chester Barnard, en un libro que se ha convertido en un clásico de la dirección de empresas, afirma que lo que se entienda por dirigir dependerá de la idea de ser humano que se tenga. 
El modo de dirigir será distinto si entendemos que el ser humano es un animal evolucionado que se mueve por instintos, o es un elemento que tiene sentido en función de un todo, o un ser que merece ser tratado con cierta dignidad, o incluso si es una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.
La idea de ser humano que se dibuja a partir de las enseñanzas y reflexiones del cristianismo tiene necesariamente que influir en el modo de actuar de quienes intentan vivir con coherencia esos ideales. Como ha advertido el papa Francisco en su última encíclica, el humanismo cristiano ofrece una mirada más integral e integradora del mundo actual.

Me venía esta idea a la cabeza al leer el libro que, bajo el título Dirigir empresas con sentido cristiano, recoge tres textos de monseñor Javier Echevarría, que en su condición de gran canciller de la Universidad de Navarra, dirigió en varios aniversarios del Iese a quienes formamos parte de esa comunidad académica, empleados, participantes y antiguos alumnos. De sus escritos se desprenden algunos rasgos de ese humanismo cristiano que debe impregnar el modo de dirigir empresas: la igualdad de todos los hombres, ya que todos somos hijos de Dios, que implica tratarles con la dignidad que merecen; un trabajo bien hecho no se mide sólo por sus resultados externos, sino por el desarrollo integral de quienes lo llevan a cabo; un espíritu de servicio, que lleva a ver en el trabajo una ocasión de ayudar a los demás. Y se sigue de ahí un modo concreto de entender qué es una empresa: una comunidad de personas unidas por un objetivo común, que es el desarrollo de quienes forman esa empresa y el desarrollo de las sociedades en las que la empresa opera.
Una vez Benedicto XVI hizo una propuesta arriesgada. Así como en la edad moderna algunos filósofos propugnaron que los seres humanos actuasen “como si Dios no existiese”, el Papa emérito propuso que hoy en día hiciésemos el ejercicio contrario y actuásemos “como si Dios existiese”. Las propuestas del humanismo cristiano no son sólo para los cristianos, sino para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. De ahí el reto: ¿qué pasaría si se dirigieran las empresas como si Dios existiese?
Joan Fontrodona, profesor del Iese, Universidad de Navarra.

Mons. Javier Echevarría ha conferido la ordenación diaconal a seis fieles del Opus Dei en Roma. “Explicad −ha aconsejado a los diáconos− las grandes verdades de nuestra fe de modo positivo, especialmente las que se refieren a la salvación eterna del alma”
Seis fieles del Opus Dei recibieron ayer el diaconado de manos del Prelado, Mons. Javier Echevarría, en una ceremonia celebrada en la parroquia de san Josemaría (Roma). Los nuevos diáconos son Alejandro Jesús Arenas (Perú),Eduardo Ares (España), Miguel Ángel Correas(España), Pablo López (España), Carlos Rodríguez (España) e Irineo Pallares (México).
Tras haber trabajado en diferentes profesiones, han realizado los estudios y la formación necesaria para recibir las sagradas órdenes. Su ordenación presbiteral está prevista para el próximo 4 de septiembre en el Santuario de Torreciudad (España).

Homilía del Prelado del Opus Dei

Queridos hermanos y hermanas. Queridísimos ordenandos diáconos.
1. Sin lugar a dudas, hoy habrá una gran alegría en el Cielo por la ordenación de estos fieles de la Prelatura del Opus Deo. Es como una respuesta del Señor a aquella recomendación: Rogad al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies (Lc 10, 12).
Los textos litúrgicos del tercer Domingo de Cuaresma giran alrededor de la misericordia divina, que siempre sale a nuestro encuentro. Constituyen, por eso, una buena ocasión para que nos preguntemos cómo estamos viviendo la preparación de la Pascua, en este Año de la misericordia.

La oración colecta se dirige a Dios, fuente de todo bien, y le pide la gracia de saber confesar nuestros pecados para obtener su perdón. El reconocimiento de nuestras culpas es la llave para abrir las puertas de la divina clemencia. El Salmo responsorial nos invita a rezar así: Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su Nombre santo. Bendice, alma mía, al Señor, no olvides ninguno de sus beneficios (Sal 101 [102] 1-2). La mano de Dios, paterna y materna, está siempre dispuesta a cancelar nuestras culpas si nos acercamos a la confesión.
También la primera lectura nos habla de misericordia. El autor sacro narra que Dios omnipotente, movido por su piedad, se apareció a Moisés y le encargó liberar a los israelitas de la esclavitud del faraón: he observado la opresión de mi pueblo en Egipto −le dice− y he escuchado su clamor (...): he comprendido sus sufrimientos. He bajado para librarlos del poder de Egipto y para hacerlos subir de ese país a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel (Ex 3, 7-8).
Detengámonos en estas palabras, porque todas estas cosas −es decir, los acontecimientos narrados en el Antiguo Testamento− les sucedían como en figura; y fueron escritas para escarmiento nuestro (1 Cor 10, 11). Así escribe san Pablo a los Corintios y a todos nosotros. El Señor conoce muy bien nuestras necesidades espirituales y materiales, y está dispuesto a quedarse con nosotros. Basta que no cerremos el corazón a los suaves impulsos de su gracia y que supliquemos al Espíritu Santo que abra nuestras mentes y nuestra vida a las palabras de Jesús.
2. ¿Qué es lo que hoy nos enseña el Señor? Meditemos atentamente la página del Evangelio que hemos escuchado. Nos recuerda, en primer lugar, que los eventos considerados humanamente como desgracias, para una persona de fe constituyen, en cambio, una invitación a la conversión personal. Jesús alude a algunos acontecimientos sucedidos en Jerusalén, que habían quedado impresos en la memoria de todos, y explica su sentido más profundo: acaso aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que vivían en Jerusalén? No, os lo aseguro; pero si no os convertís, todos pereceréis igualmente (Lc 13, 4-5).
Es una exhortación a permanecer siempre vigilantes, a no olvidar que Dios es, sí, misericordioso, pero es también juez. Aunque durante nuestra peregrinación terrena nos ofrece siempre la posibilidad de rectificar y de convertirnos, en el momento oportuno juzgará con justicia a quienes no hayan querido arrepentirse de sus pecados. Ésta es la enseñanza de la segunda parte del evangelio proclamado. Frente a la esterilidad de la higuera planta en su viña, el dueño del campo quiso eliminarla: hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde? (Lc13, 7).
Gracias a la intercesión del viñador, el dueño concedió a la higuera un poco de tiempo para remediar su improductividad. El Señor está dispuesto a perdonar nuestras culpas; más aún, está dispuesto a dar nuevo impulso a nuestra vida espiritual: para esto ha instituido el sacramento de la Penitencia. Basta con que acojamos este don y lo pongamos en práctica.
En el libro del Papa Francisco titulado "El nombre de Dios es misericordia", el Pontífice trata en varios momentos sobre el perdón de los pecados. Dice así: «Es cierto que puedo hablar con el Señor, pedirle enseguida perdón a Él, implorárselo. Y el Señor perdona, enseguida. Pero es importante que vaya al confesonario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia, llamada a distribuir la misericordia de Dios (...). Es cierto que hay un juicio en la confesión, pero hay algo más grande que el juicio que entra en juego. Es estar frente a otro que actúa inpersona Christi para acogerte y perdonarte. Es el encuentro con la misericordia»[1].
3. Deseo ahora dirigirme directamente a vosotros, nuevos diáconos de la Iglesia. Desde hoy, nuestra Madre os confía el poder de predicar con autoridad la Palabra de Dios, de distribuir el Cuerpo de Cristo en la Comunión, de ejercitaros en las obras de caridad en nombre del Señor mismo. Todo hemos de tener presente, y recordarlo a nuestros hermanos y hermanas, lo que la liturgia de hoy nos enseña: en la bondad de Dios, la misericordia y la justicia se entrelazan. El mensaje es claro: aprovechemos el tiempo de la misericordia, para prepararnos cada día a nuestro futuro encuentro cara a cara con el amor de Dios.
En la predicación, hijos míos explicad las grandes verdades de nuestra fe de modo positivo, especialmente las que se refieren a la salvación eterna del alma. Es éste un servicio de gran importancia en el mundo actual, porque hay mucha propensión en las almas mundanas −como escribió san Josemaría− a recordar la Misericordia del Señor. −Y así se animan a seguir adelante en sus desvaríos
Es verdad que Dios Nuestro Señor es infinitamente misericordioso, pero también es infinitamente justo: y hay un juicio, y Él es el Juez[2].
Ciertamente es el amor, y no el temor, el móvil principal de la conversión. Pero el magisterio de la Iglesia enseña que, en muchos casos, también el temor de Dios −es decir, el temor a separarnos de Él− constituye un punto de apoyo, del que se sirve el Espíritu Santo para inducir a las almas al arrepentimiento y a la conversión.
Termino con mi felicitación a los nuevos diáconos, a sus parientes y amigos, y renuevo a todos los presentes la invitación a rezar por el Papa, por el Cardenal Vicario de Roma, y por todos los obispos, los presbíteros y los diáconos de la Iglesia universal. Pidamos con fe la intercesión de la Virgen para que nosotros mismos nos acerquemos más al Señor, en las restantes semanas de la Cuaresma. Una confesión más profunda, con mayor dolor por los pecados, puede ser el impulso que necesitamos para producir muchos frutos, sea en nuestra vida personal, sea en el trabajo apostólico, siempre con alegría cristiana.
Sea alabado Jesucristo.
Fuente: opusdei.org.


[1] Papa Francisco, El nombre de Dios es misericordia (Piemme 2016).
[2] San Josemaría, Camino, n. 747.

23:44

Joven orante

–Total, uno lo intenta y no lo consigue… Casi no merece la pena ni intentarlo.

–Ándese con ojo, que Jesús nos avisó: «si no os convertís, todos moriréis igualmente» (Lc 13,3). Cada uno, pues, ha de decirse: sin Cristo no puedo nada (Jn 15,5), pero «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13).

Examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de la enmienda y expiación de obra. Conversión completa.

* * *

–Propósito de enmienda

El propósito penitencial es un acto de esperanza, que se hace mirando a Dios. El es quien te dice: «vete y no peques más» (Jn 8,11). Él es quien nos levanta de nuestra postración, y quien nos da su gracia para emprender una vida nueva con fuerza y esperanza.

Gran tentación para el cristiano es verse pecador y considerarse irremediable, y venir a entender la salvación al modo luterano. Tras una larga experiencia de pecados, tras no pocos años de mediocridad aparentemente inevitable, de impotencia para el bien –al menos en algunos asuntos de sus vidas–, va posándose en el fondo del alma, calladamente, el convencimiento de que «no hay nada que hacer», «lo mío no tiene remedio». Falla la fe en la fuerza de la gracia de Dios; falla la fe en la fuerza de la propia libertad asistida por la gracia­; y consiguientemente falla la esperanza. Ni se intenta la conversión, porque se considera imposible, y no se intenta aquello que se considera imposible. De este lamentable abatimiento sólo puede sacarnos la virtud de la esperanza: «lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios» (Lc 18,27; cf. Jer 32,27). Muchos propósi­tos no se cumplen, pero son muchos más los que ni siquiera se hacen.

Por eso, de ningún modo el cristiano de «dar por supuesto» que tiene propósito de conversión. Si, por ejemplo, al ir a confesar sus pecados en el sacramento de la penitencia, piensa que «ya que voy a confesarme, por supuesto que tengo arrepentimiento y propósito de la enmienda», se engaña lamentablemente. Muchos hay que van a confesar sin tener en realidad propósito de enmendarse, entre otras causas porque no piensan evitar las ocasiones próximas de pecado en las que habitualmente se ponen. Esperan, por tanto, un perdón de Dios al modo luterano, que no exige propiamente arrepentimiento y propósito, sino solamente acogerse a la misericordia del Salvador. De ningún modo, pues, están dispuestos a cumplir mandatos tan radicales como los dados por Jesús: «si tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti», etc. (Mt 5,29-30). No tienen propósito de la enmienda: no lo creen posible, y tampoco necesario.

Los propósitos han de ser espiritualmente formulados, con la gracia de Dios:firmes, prudentes, bien pensados, sinceros, bien apoyados en Dios, y no en las propias fuerzas. Han de ser altos, audaces: «aspirad a los más altos dones» (1Cor 12,31). Toda otra meta sería inadecuada para el cristiano, para el hijo de Dios, que está llamado a la santidad, que no está hecho para andar, sino para volar.

«La vida entera de un buen cristiano se reduce a un santo deseo», dice San Agustín: «Imagínate que quieres llenar un recipiente y sabes que la cantidad que vas a recibir es abundante; extiendes el saco o el odre o cualquier otro recipiente, piensas en lo que vas a verter y ves que resulta insuficiente; entonces tratas de aumentar su capacidad estirándole. Así obra Dios: haciendo esperar, amplía el deseo; al desear más, aumenta la capacidad del alma y, al aumentar su capacidad, le hace capaz de recibir más. Deseemos, pues, hermanos, porque seremos colmados. En esto consiste nuestra vida: en ejercitarnos a fuerza de deseos. Pero los santos deseos se activarán en nosotros en la medida en que cortemos nuestro deseo del amor del mundo. Lo que ha de llenarse, ha de empezar por estar vacío» (Sources Chr 75 ,230-232) .

Los propósitos no deben ser excesivamente vagos y generales, que en el fondo a nada concreto comprometen. A ciertas perso­nas les cuesta mucho dar forma a su vida, asumir unos compromisos concretos. Les gusta andar por la vida sin un plan, sin orden ni concierto, a lo que salga, según el capricho, la gana o la circunstancia ocasional. Y esto es muy malo para la vida espiritual. Pero tampoco conviene hacer propósitos excesivamente determinados, pues «el viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va: así es todo nacido del Espíritu» (Jn 3,8). En cuestiones contingentes no podemos proponernos objetivos demasiado concretados, pues aunque sean en sí buenos, no tenemos certeza de que Dios quiera darnos hacer esos bienes que pretendemos o más bien otros que su Providencia dispone.

El propósito, como acto intelectivo, «pro-pone» una obra mentalmente, según la fe. Responde así a la naturaleza inteligente del hombre, y es conforme a su modo natural de obrar: primero pensar, segundo elegir, tercero obrar. Pero el propósito, entendido como acto volitivo («decidir»: «hoy o mañana iremos a tal ciudad y pasaremos allí el año, y negociaremos y lograremos buenas ganancias», Sant 4,13), aunque intente obras espirituales en sí mismas muy buenas, puede presentar resistencias a los planes de Dios, que muchas veces no coinciden con los nuestros («no sabéis cuál será vuestra vida de mañana, pues sois humo, que aparece un momento y al punto se disipa», 4,14). Otra cosa es si el propósito, aun siendo volitivo, es claramente hipotético, condicionado absolutamente a lo que Dios quiera y disponga («En vez de esto debíais decir: “si el Señor quiere y vivimos, haremos esto o aquello”», 4,15).

Y es que el cristiano carnal quiere hacer el bien según su voluntad, a su modo y manera; pretende vivir apoyándose en sí mismo, controlando su vida espiritual; quiere avanzar por un camino claro y previsible, con mapa en mano. Pero, por el contrario, muchas veces Dios dispone que sus hijos vayan de su mano sin un camino bien trazado, en completa disponibilidad a su gracia, recibiendo día a día «el pan cuotidiano» de la voluntad de Dios providente. Lo que implica un no pequeño despojamiento personal.

* * *

Expiación

La necesidad de expiar por el pecado ha sido siempre comprendida por la conciencia religiosa de la humanidad. Pero aún ha sido mejor comprendida por los cristianos, con mirar solamente a Cristo en la cruz. ¿Dejaremos que él solo, siendo inocente, expíe por nuestros pecados o nos uniremos con él por la expiación? El hijo pródigo, cuando vuelve con su padre, quiere ser tratado como un jornalero más (Lc 15,18-19), y Zaqueo, al convertirse, da la mitad de su bienes a los pobres, y devuelve el cuádruplo de lo que a algunos hubiera defraudado (19,8); la mujer pecadora, a los pies de Jesús, le ofrece humildemente sus lágrimas y la unción de un perfume precioso, y expiando así con gran amor sus pecados, obtiene el perdón de Cristo: «tus pecados te son perdonados» (Lc 7,36-50). Está claro: hay espíritu de expiación en la medida en que hay dolor por el pecado cometido. Y hay deseo de suplir en la propia carne «lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24) en la medida en que hay amor a Jesús crucificado.

La devoción al Corazón de Jesús, al centrarse en la contemplación del amor que nos ha tenido el Crucificado, y en la respuesta de amor que le debemos, necesariamente se centra también por eso en la espiritualidad de la expiación, de la reparación y el desagravio. No se trata, pues, de una moda espiritual piadosa, que pueda ser olvidada por la Iglesia Esposa, ya que ésta encuentra en ella el cumplimiento perfecto de su propia vocación.

Es un gran honor poder expiar por el pecado. Un niño, un loco, no pueden satisfacer (satis facere, hacer lo bastante, reparar, expiar) por sus culpas: a éstos se les perdona sin más. Pero la maravilla del amor de Dios hacia nosotros es que nos ha concedido la gracia de poder expiar con Cristo por nuestros pecados y por los de toda la humanidad. Por supuesto que nuestra expiación de nada valdría por sí sola si no se diera en conexión con la de Cristo. Pero hecha en unión a éste, tiene un valor ciertísimo, y nos configura a él en su pasión.

Como dice Trento: «Al padecer en satisfacción por nuestros pecados, nos hacemos conformes a Cristo Jesús, que por ellos satisfizo (Rm 5,10; 1Jn 2,1s), “y de quien viene toda nuestra suficiencia” (2Cor 3,5)» (Denz 1690). «Verdaderamente, no es esta satisfacción que pagamos por nuestros pecados tal que no sea por medio de Cristo Jesús, en el que satisfacemos “haciendo frutos dignos de penitencia” (Lc 3,8), que de él tienen su fuerza, por él son ofrecidos al Padre, y por medio de él son aceptados por el Padre» (ib. 1692).

La expiación es castigo. En todo pecado hay una culpa que le hace merecer al pecador dos penalidades: una pena ontológica (se emborrachó, y al día siguiente se sintió enfermo), y una pena jurídica (se emborrachó, y al día siguiente perdió su empleo). Los cristianos al pecar contraemos muchas culpas, nos atraemos muchas penalidades ontológicas, y nos hacemos deudores de no pocas penas jurídicas o castigos, que nos vendrán impuestas por Dios en su diaria providencia, por el confesor, por el prójimo o por nosotros mismos.

El bautismo quita del hombre toda culpa y toda pena eterna. Quita también la pena jurídica por completo, pero no necesariamente la pena ontológica (un borracho, bautizado, sigue con su dolencia hepática). Y la penitencia, incluso la sacramental, borra del cristiano toda culpa, pero no necesariamente toda pena, ontológica o jurídica (STh III,67, 3 ad 3m; 69,10 ad 3m; 86,4 in c.et ad 3m). Por eso el ministro de la penitencia debe imponer al penitente una expiación, un castigo. Y por eso es bueno también que el mismo cristiano expíe, imponiéndose penas por sus pecados y los del mundo.

Santo Tomás enseña que «aunque a Dios, por parte suya, nada podemos quitarle, sin embargo el pecador, en cuanto está de su parte, algo le sustrajo al pecar. Por eso, para llevar a cabo la compensación, conviene que la satisfacción quite al pecador algo que ceda en honor de Dios. Ahora bien, la obra buena, por serlo, nada quita al sujeto que la hace, sino que más bien le perfecciona. Por tanto no puede realizarse tal substracción por medio de una obra buena a no ser que sea penal. Y por consiguiente para que una obra sea satisfactoria, es preciso que sea buena, para que honre a Dios, y que sea penal, para que algo se le quite al pecador» (STh Sppl. 15,1).

–La expiación es medicina. La contrición quita la culpa, pero la satisfacción expiatoria ha de sanar las huellas morbosas que el pecado dejó en la persona. Esta función de la penitencia tiene una gran importancia para la vida espiritual. En efecto, la expiación, por medio de actos buenos penales, tiene un doble efecto medicinal: 1.–sana el hábito malo, con su mala inclinación, que se vio reforzado por los pecados, y 2.–corrige aquellas circunstancias y ocasiones exteriores proclives al mal que en la vida del pecador se fueron cristalizando como efecto de sus culpas. En una palabra, la expiación ataca las raíces mismas que producen el amargo fruto del pecado (STh Sppl. 12,3 ad 1m; +III,86, 4 ad 3m). Y adviértase aquí que la misma contrición tiene virtud de expiar, pues rompe (conterere: quebrantar, machacar) dolorosamente el corazón culpable.

La perfecta conversión del hombre requiere todos los actos propios de la penitencia. No basta, por ejemplo, que el borracho reconozca su culpa, tenga dolor de corazón por ella, y propósito de no emborracharse otra vez. La conversión (la liberación) completa de su pecado exige además que expíe por él con adecuadas obras buenas y penales (por ejemplo, dejando en absoluto de beber en Cuaresma), que le sirvan de castigo y también de medicina. Sólo así podrá destruir en sí mismo el pecado y las consecuencias dejadas por el pecado. Dicho de otro modo: Cristo salva a los pecadores de sus pecados no solamente por el reconocimiento del mismo, por la contrición y el propósito, sino también dándoles la gracia de la expiación penitencial.

Por lo demás, notemos que en cualquier vicio arraigado, por ejemplo, en el que bebe en exceso, no es posible pasar del abuso al uso, sino a través de una abstinencia más o menos completa. En la sociedad de Alcohólicos Anónimos, por ejemplo, saben bien que quien ha abusado de la bebida hasta hacerse alcohólico (abuso), si no corta absolutamente con su vicio, evitando toda ocasión próxima de recaer en él (abstinencia), no logrará escapar de la esclavitud compulsiva de la bebida (uso libre). En este sentido, volviendo a la conversión de los pecados, en la radical abstinencia del pecador hay al mismo tiempo castigo expiatorio y medicina liberadora. El alcohólico que no quiere dejar la bebida, sino que simplemente se promete «seguiré bebiendo, pero en adelante no beberé con exceso», seguirá siendo alcohólico. Es de experiencia.

El mandato de Cristo de arrancarse el ojo o cortarse la mano «si nos escandalizan» (Mt 5,29-30) es perfectamente realista y es medicina proporcionada a la gravedad de nuestros males. Si un vicio no puede superarse «por las buenas», hay que liberarse de él «por las malas»: «arrancando», «cortando», «dejando» lo que sea. Como dice Santa Teresa, en los combates de la vida espiritual «importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación» (Camino Perf. 21,2).

–El cristiano es sacerdote en Cristo, y por serlo está destinado a expiar por los pecados, no sólamente por los suyos, sino por los de todo el mundo. En efecto, Jesucristo es a un tiempo
sacerdote y víctima. Por eso en la cruz ofreció su vida, su sangre, «por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,28). Y el cristiano, al participar de Cristo en todo, participa también ciertamente de este sacerdocio victimal (Vat. II, LG 10,34), «completando» con la expiación de su propia cruz lo que falta a la pasión de Cristo para la salvación de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24).

Pío XII ensña: Es preciso que «todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el Sacrificio Eucarístico. Y eso de un modo tan intenso y activo, que estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote, y ofrezcan con él aquel sacrificio juntamente con El y por El, y con El se ofrezcan también a sí mismos. Jesucristo, en verdad, es sacerdote… y es víctima… Pues bien, aquello del Apóstol, “tened en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo” (Flp 2,5), exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el divino Redentor cuando se ofrecía en sacrificio, es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma majestad de Dios la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias; exige, además, que de alguna manera adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y expiando cada uno sus propios pecados. Exige, en fin, que todos nos ofrezcamos a la muerte mística en la Cruz junto con Jesucristo, de modo que podamos decir como S. Pablo: “estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo” (Gál 2,19)» (1947, enc. Mediator Dei, 22).

–¿Cuáles son los modos fundamentales de participar de la pasión de Cristo, y de expiar con él por los pecados? El modo fundamental, desde luego, es la participación en la Eucaristía. Pero además de ello, hay tres vías fundamentales: la aceptación de las penas de la vida, el cumplimiento de las penas sacramentales impuestas por el confesor, y también las penas procuradas por la mortificación.

En el próximo artículo estudiaremos estos modos fundamentales de la expiación penitencial.

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

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23:42


EL CUARTO DOMINGO DE CUARESMA


(Josué 5:9.10-12; II Corintios 5:17-21; Lucas 15:1-3.11-32)


Un día un maestro recogió a sus alumnos alrededor de sí.  Preguntó algo que les pereció raro. “¿Cómo se sabe – dijo -- cuando la noche termina y el día comienza?”  Un alumno respondió: “Cuando hay suficiente luz para distinguir la higuera del olivo en el jardín”. “No -- dijo el maestro – no es cierto”.  Otro estudiante contestó: “Cuando se puede diferenciar un perro y una oveja en el horizonte”. “Tampoco es correcto” el maestro replicó.  Entonces toda la clase le pidió juntos: “Dinos, por favor, la respuesta cierta”.  “Muy bien – contó el rabí – la noche termina y el día comienza cuando puedes mirar en los ojos de un extranjero y vi a un hermano.  Hasta entonces caminas en las tinieblas”.  Las lecturas de la misa hoy nos clarifica esta verdad.

La primera lectura es tomada del libro de Josué.  Trata de la bondad de Dios para los israelitas.  Los sacó de la servidumbre en Egipto.  Los alimentó por su viaje largo en el desierto mientras los formaba como su pueblo escogido.  Ya les da una tierra rica de modo que puedan criar a sus familias en paz. Similarmente Dios ha amontado beneficios en nosotros.  La vida, la familia, el trabajo – todo nos proviene de Dios.  Somos bendecidos como un pueblo particularmente en esta tierra de nosotros tan llena de oportunidad.

Deberíamos ser tan agradecidos a Dios que quisiéramos imitar su bondad.  Como él nos ha proporcionado todo, deberíamos compartir de nuestros bienes con los necesitados.  Pero la verdad es que nos fascina tanto la creación que olvidamos al Creador.  Un profesor recuerda el tiempo cuando los hombres de negocio cerraron sus tiendas entre las doce y las tres de la tarde el Viernes Santo para dar culto a Jesús crucificado.  Ahora – lamenta él -- muchas gentes quieren ver el torneo de básquet universitario por todo la Semana Santa.  Para asegurar que lleguemos a ser como Él, Dios nos ha enviado a Jesucristo.  Como dice san Pablo en la segunda lectura, Cristo, el único justo, se hizo como si fuera pecado para despertarnos de nuestra torpeza.  Viendo su imagen en la cruz, recordamos que nosotros también tenemos que sacrificarnos por los demás.

El evangelio indica lo largo que tenemos que viajar para hacernos como Dios.  La mayoría de nosotros deberían identificarse con el hijo mayor.  Pues sólo unos pocos han hecho algo tan malo como tratar a nuestro padre como si fuera una lata para dar patadas.  Pero muchos nosotros hemos resentido la dicha de otras personas cuando no tienen que trabajar tanto como nosotros.  Llenos de envidia, queremos que sufran por sus bienes como nosotros.  Es como el hermano mayor en la parábola quiere que el otro hijo coma papas y frijoles, no la carne asada.  En la historia el padre, dándose cuenta de la sensibilidad lastimada de su hijo mayor, viene para reparar el daño.  En un sentido le muestra la misma misericordia que hizo a su hijo menor.  Pues deja su camino por los dos para reconciliarlos con sí mismo. ¿Se arrepentirá el joven de su planteamiento duro?  La parábola no lo dice.  Deja la cuestión en suspenso como estamos nosotros hoy en el medio de la cuaresma.  Tenemos que decidir si vamos a hacernos condescendientes como Dios mostrando la misericordia a los demás.  O ¿quizás queramos encerrarnos en nosotros mismos siempre protegiendo nuestra posición superior?

Un niño siempre sentaba al lado de su padre en la iglesia.  Como el hombre siguió la misa con el misalito en sus manos, así lo hizo el hijo.  Es lo que el Señor Jesús quiere de nosotros cuando dice a sus discípulos que sean “misericordiosos como su Padre en el cielo”.  Jesús quiere que seamos misericordiosos como Dios con los demás.

Family Mission es un programa solidario organizado por el Colegio de Fomento Pinoalbar centrado en conquistar la dignidad de vida para vecinos necesitados de Valladolid. Dos años después, 16 familias y 58 personas han visto que el cariño y la dedicación de un colegio entero es más mágico y más real que frotar una lámpara y pedir sólo tres deseos.

Esta es la historia de unos Reyes Magos que trabajan más allá de la Navidad. O de genios de lámparas maravillosas. O de duendes. Es una historia basada en hechos reales, aunque parezca un cuento de Wall Disney, o una película de Pixar.
Sin títulos de crédito, este relato arranca en el Colegio Pinoalbar de Valladolid.
Un día pensaron y soñaron. Y un colegio entero ya lleva dos años removiendo los cimientos sociales de una ciudad.


El Real Valladolid nos ofreció la posibilidad de recoger alimentos para Family Mission entre los espectadores de un partido de fútbol e hicieron publicidad los directivos y jugadores.El Real Valladolid nos ofreció la posibilidad de recoger alimentos para Family Mission entre los espectadores de un partido de fútbol e hicieron publicidad los directivos y jugadores.

El detonante fue una pregunta lanzada al respetable durante una reunión con el equipo directivo del colegio: "¿Hay algo que podamos hacer y no estemos haciendo?". Una semana después de esa pregunta nada retórica, contaban con un proyecto ambicioso: convertir al Colegio Pinoalbar en una escuela de buscadores de oportunidades para los vecinos más necesitados.
Family Mission
El título de esta canción de buena gente se llama Family Mission. Su objetivo: poner los medios para ayudar a las cerca de 30.000 personas que viven por debajo del umbral de la pobreza en la ciudad. Procedimiento: buscar y encontrar familias en situaciones muy precarias y resolverles todos sus problemas. No sólo tres deseos, sino todos…
Los viernes se amontonan en el hall del colegio alimentos y otros productos llevados por los padres y escolares, que se distribuirán entre las familias auxiliadas.Los viernes se amontonan en el hall del colegio alimentos y otros productos llevados por los padres y escolares, que se distribuirán entre las familias auxiliadas.

Con un colegio entero volcado en un cuento de Navidad en tres dimensiones, real como la vida misma, la idea revolucionaria lleva dos años de vida, 16 familias y 58 personas atendidas en todas sus necesidades. Es más: en 11 de estas casas ya hay un empleo nuevo que permite vivir con dignidad. Un sueño lejano hace dos navidades.
Empleo. Comida. Calefacción. Médicos. Abuelos atendidos. Ropa. Techos sin amenazas de desahucios. Higiene. Ayuda económica. Necesidades especiales. Oro. Incienso. Y mirra.
EL OBJETIVO DE FAMILY MISSION: PONER LOS MEDIOS PARA AYUDAR A LAS CERCA DE 30.000 PERSONAS QUE VIVEN POR DEBAJO DEL UMBRAL DE LA POBREZA EN LA CIUDAD
Como todos los cuentos que son de verdad, en la historia de estos dos años de vida de Family Mission no hay milagros. O al menos, no sólo… Hay mucho entusiasmo, y mucha dedicación. Y muchas familias frotando las lámparas de su tiempo, de sus recursos, de su ingenio, para conseguir que los deseos ajenos fueran una realidad. Y poner la mano y pasar el cepillo en forma de conciertos, roperos solidarios, rifas, recogidas de alimentos. Y han escrito un libro, grabado discos, lanzado anuncios. El altavoz. El eco.
Atención personal
Las familias solidarias de Pinoalbar han sido máquinas de alegrías ajenas, aunque no todo han sido cosas. Sobre todo, en estos dos años, Family Missionha sido una fábrica de cariño, de respeto, y de socialización. De las familias sostenidas de momento, muchas se quedan, sobre todo, con la "entrañable atención", con la amistad, con las horas de charla, con los momentos de compartir problemas, dolor, esperanza y soluciones; con la ilusión de normalizar la condición de no ser "un pobre"…
El Real Valladolid nos ofreció la posibilidad de recoger alimentos para Family Mission entre los espectadores de un partido de fútbol. Una de las familias del colegio expone el carro con la “buena carga” obtenida en el interior del estadio.El Real Valladolid nos ofreció la posibilidad de recoger alimentos para Family Mission entre los espectadores de un partido de fútbol. Una de las familias del colegio expone el carro con la “buena carga” obtenida en el interior del estadio.

Family Mission es una actividad organizada, sistemática, y eficaz movida por un colegio entero que está detrás para lo que haga falta. Desde que empezó lo que parece una película, ha reubicado en viviendas de alquiler a familias desahuciadas, ha impedido el corte de suministro eléctrico, ha ayudado a trasladar a familias a viviendas dignas, ha desarrollado un programa de actividades lúdicas y deportivas…
AQUEL SUEÑO INICIAL HOY ES UN TERREMOTO EN PINOALBAR. LO DICE UN PADRE, ENTRE MUCHOS: "ESTO ES LO MEJOR QUE LE HA PODIDO SUCEDER AL COLEGIO EN TODA SU VIDA"
Aquel sueño inicial hoy es un terremoto en Pinoalbar. Lo dice un padre, entre muchos: "Esto es lo mejor que le ha podido suceder al colegio en toda su vida". Con sus primeros pasos de vida, Family Mission acaba de recibir el IX Premios Nacional Tomás Alvira otorgado por Fomento de Centros de Enseñanza a la mejor iniciativa nacional con fines benéficos de las asociaciones de padres de colegios. Lógicamente, la dotación del premio se ha destinado a seguir alimentando el proyecto.
El Real Valladolid invitó a los espectadores a ser generosos con el Proyecto de Family Mission.El Real Valladolid invitó a los espectadores a ser generosos con el Proyecto de Family Mission.

Es más, es posible que el eco de este galardón sea un altavoz para que este proyecto social revolucionario y constructivo tenga hermanos gemelos en otros muchos colegios de España. Seguro.

opusdei.es

"Tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala". Hay un rechazo por parte de Dios y de los demás hacia la ineficacia. Tampoco nosotros la soportamos. Podemos aceptar el desprecio, el sufrimiento y también la muerte, pero admitir que somos unos inútiles no. Dar fruto, servir a Dios y a los demás es, junto a una satisfacción humana, un mandato divino.
Sin embargo, hay en nosotros como un principio de oposición que tiende a la exaltación del propio yo y a la comodidad. Este dictador egoísta y vanidoso, regalón y holgazán, va cancelando compromisos, limitando ese servicio a aquellas tareas que le reportan alguna ventaja o satisfacción personal. 
Pero sabemos que dentro de nosotros hay también un ser que reconoce que en servir está su mejor ganancia y que debe sobreponerse al comodón y egoísta. "Aprendamos a servir, dice S. Josemaría Escrivá, no hay mejor servicio que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad".
¡Cuántas ocasiones para servir al Señor en la vida familiar, profesional y social que nos santifican y contribuyen a crear un ámbito de bienestar tan necesario para hacer más llevadero el peso de los días! Preguntémonos: ¿Vivo encerrado en mis intereses personales, ajeno a las necesidades de quienes me rodean? ¿Me intereso por lo que pueda inquietar a mi mujer, a mi marido, a mis hijos, a los demás miembros de mi familia? ¿Soy sensible y lo demuestro con hechos a los apuros de mis amigos, los compañeros de trabajo, los enfermos, los pobres? ¿Me escudo en la falta de tiempo o en que también yo estoy agobiado con problemas y no puedo cargar con los de los demás?

Todo esto es posible cuando no sofocamos lo que en nosotros hay de más cálido y mejor por vivir en una atmósfera interior dominada por el tic-tac del reloj, cuando sabemos que el Señor nos espera en esos detalles de servicio y cuando hay un amor sincero, afectivo y efectivo a Cristo en los demás. No basta con que lamentemos ciertas desgracias, debemos preguntarnos qué podemos hacer para remediarlas.
Hay una maldición para esa comodidad egoísta que nos torna inútiles. "Córtala. ¿Para qué va a ocupar un terreno en balde?" Pero hay también una recompensa muy grande, un tesoro inaudito en el cielo, para los que contribuyen a aliviar las cargas de los demás y hacerles más llevadera la vida con nuestros pequeños servicios: "Bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: pasa al banquete de tu señor" (Mt 25,23). Esto dirá Jesús a quien hizo fructificar sus talentos.

01:12
La colecta del Viernes Santo en las parroquias está destinada a la manutención de los santuarios en los Lugares Santos, pero también a ayudar en las actividades educativas, la construcción de viviendas para jóvenes familias, y la provisión de ayuda a los refugiados sirios e iraquíes.

La manutención de los santuarios surgidos en los Lugares Santos y las estructuras pastorales, educativas, asistenciales, sanitarias y sociales, que permiten la vida de las parroquias; el apoyo a las actividades educativas, la construcción de viviendas para jóvenes familias, la provisión de ayuda para los refugiados sirios e iraquíes son los principales destinos a los que estará dirigido lo que se recaude en esta colecta

Lo recuerda la carta que el Card. Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales envió, como de costumbre, a los obispos de todo el mundo. 

“En este Año Jubilar se nos exhorta, más que nunca, a demostrar nuestra misericordia y cercanía para con nuestros hermanos de Oriente Medio. Hay refugiados, evacuados, ancianos, niños y enfermos que necesitan de nosotros. En esta tierra de Oriente se es asesinado, se muere, se es secuestrado, se vive en la angustia por los propios seres queridos, se sufre cuando la familia es desmembrada por las migraciones y los éxodos. Se experimenta la oscuridad y el miedo al abandono, a la soledad y a la incomprensión. Tiempo de pruebas y de desafíos, tiempo de martirio. Y todo esto repercute en el deber de ayudar, de hacer frente a las emergencias, de reconstruir y encontrar espacios, de crear nuevos modos y lugares de integración, de asistencia”.

Los territorios que se benefician, bajo diversas formas y a través de diferentes entidades, del apoyo proveniente de la Colecta son trece: Jerusalén, Palestina e Israel; Jordania, Chipre, Siria, el Líbano, Egipto, Etiopía y Eritrea, Turquía, Irán e Irak.

Entre los muchos subsidios, 2.600 dólares son destinados a “una red escolar capilar”, que “a través de las parroquias, favorecen un grado de escolarización difundido y calificado”, y a la Universidad de Belén.

¿Cómo se emplea el donativo a los cristianos de Oriente del Viernes Santo? Da fruto todo el año...Otras contribuciones se destinan a los seminarios, a las casas de formación religiosa y a las instituciones culturales en los Territorios indicados, apoyando en varias formas (a muchos, con becas de estudio completas, con casa y comida, aranceles universitarios y otras necesidades sanitarias), y esto también en Roma, donde estudian jóvenes seminaristas y sacerdotes, religiosos y religiosas y, de acuerdo con los fondos disponibles, algunos laicos que provienen de la zona medio-oriental, quienes volverán a su patria, especialmente como futuros formadores.

En 2015, 1,2 millones de dólares fueron destinados a Siria e Irak, con particular atención a los refugiados de estos países que viven en Jordania y Líbano.

Un informe de la Custodia de Tierra Santa, da cuenta de una larga serie de intervenciones necesarias para la conservación y la revitalización de los lugares santos del cristianismo en la Tierra de Jesús y en todo el Oriente Medio. 

“Entre los varios objetivos de la misión franciscana, se recuerda el apoyo y el desarrollo de la presencia cristiana, la conservación y valorización de zonas arqueológicas y santuarios, la intervención en casos de emergencia, la liturgia en los lugares de culto, las obras apostólicas y la asistencia a los peregrinos”.

Junto a las obras para los peregrinos, como son la remodelación de nuevas instalaciones de iluminación y audio en la iglesia del Getsemaní o la nueva iluminación para las procesiones a lo largo del muro que limita el monasterio de la Anunciación en Nazaret, ponemos de relieve la financiación de 390 becas de estudios universitarios por el término de cuatro años, distribuidas en las diversas universidades: Belén, Hebraica, Jerusalén y Haifa, Bir Zeit, Amman y otras. En este último sector, también la financiación de 178 subsidios a estudiantes que están en dificultades.

Asimismo, un proyecto de apoyo a diez pequeñas empresas artesanales y a laboratorios de cerámica en Belén, así como la realización o la reestructuración de departamentos en Jerusalén, Jaifa y Nazaret.

09:27

bonanova141

Tercer domingo de Cuaresma

Ciclo C

Lectura del libro del Éxodo 3, 1-8a. 13-15

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios.

El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.

Moisés se dijo:

—«Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza».

Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:

—«Moisés, Moisés».

Respondió él:

—«Aquí estoy».

Dijo Dios:

—«No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado».

Y añadió:

—«Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob».

Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.

El Señor le dijo:

—«He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel».

Moisés replicó a Dios:

—«Mira, yo iré a los israelitas y les diré:

“El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”.

Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?».

Dios dijo a Moisés:

—«”Soy el que soy”; esto dirás a los israelitas: “‘Yo-soy’ me envía a vosotros”».

Dios añadió:

—«Esto dirás a los israelitas: “Yahvé (Él-es), Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Éste es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación”».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: Salmo 102, 1-2. 3-4. 6-7. 8 y 11 (R.: 8a)

R. El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. R.

El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel. R.

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles. R

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 1-6. 10-12

No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron aquéllos.

No protestéis, como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador.

Todo esto les sucedía como un ejemplo y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.

Palabra de Dios.

Aleluya Mt 4, 17

Convertíos
—dice el Señor—,
porque está cerca el reino de los cielos

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Lucas 13, 1-9

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús contestó:

—«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».

Y les dijo esta parábola:

—«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

“Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”.

Pero el viñador contestó:

“Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas».

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Homilía para el III Domingo de Cuaresma C

En la memoria colectiva del pueblo de Israel, la salida de Egipto y el paso por el desierto habían quedado como momentos privilegiados de su relación con Dios, y la narración de estos eventos se había, gradualmente, enriquecido con elementos ejemplificativos. El Pueblo había huido de Egipto atravesando el mar de manera milagrosa. En el desierto eran guiados por una nube milagrosa que los protegía del sol y los iluminaba de noche. Cuando esta nube se detenía, plantaban las tiendas y cuando reprendía el camino, ellos hacían lo mismo. En el curso del camino se nutrían con el maná que caía del cielo y bebían el agua que brotaba de la roca que había golpeado Moisés con el bastón.

San Pablo hace alusión a todas estas cosas en su epístola a los Corintios, cuando dice: “nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, todos atravesaron el mar Rojo… todos comieron el mismo alimento espiritual… todos bebieron la misma agua de una roca… pero de la mayoría de ellos Dios no se complacíaEl que se cree seguro, ¡Cuidado!, no caiga

Esta es para nosotros una seria advertencia: todos fuimos bautizados y confirmados y hemos recibido otros sacramentos. Recibimos regularmente la Santa Comunión y hacemos seguramente la mayor parte de las cosas que hace un buen cristiano. Pero, ¿le agradamos a Dios? ¿Cómo podemos responder esta pregunta? El Evangelio nos dice que agradamos a Dios si damos fruto. Y para nuestra suerte, el mismo Evangelio nos enseña que Dios es paciente, que está siempre dispuesto a darnos un poco más de tiempo, pero espera de nosotros frutos.

Toda esta historia de Israel, que es también la nuestra, y que comenzó con Abraham, retoma una veta espiritual excepcional en el encuentro de Moisés con Dios, que nos es narrado en la primera lectura. Moisés fue educado en casa del Faraón de Egipto, como un hijo de la familia real. Estaba destinado a las más altas responsabilidades en la administración del país. Un día acepto el riesgo de defender a uno de sus hermanos de sangre y este acto le costó la carrera. Pronto se encontró en exilio, sin porvenir, pero del todo libre, porque no tenía ya que perder. Es entonces que, sumergiéndose más en la soledad, encuentra a Dios. Dios se le revela como un Padre amoroso, que ha visto la miseria de su pueblo y quiere librarlo. Un diálogo es posible entre Dios y Moisés, porque los dos tienen la misma preocupación. Dios quiere confiar a Moisés la misión de librar a su pueblo. Moisés formula entonces dos preguntas fundamentales: ¿Quién soy yo? Y ¿Quién eres tú?, quién soy para hacer esto y quién eres para decirle a los que me envías. A la primera pregunta Dios simplemente responde: “Yo estaré contigo” y a la segunda responde: “Yo soy”.

Es el mismo Dios paciente y lleno de misericordia que Jesús revela en el Evangelio de hoy. Sería tonto, y hasta blasfemo, pensar que los cataclismos que pueden suceder en nuestros días, como los que habla el Evangelio, sean castigos de Dios (en el sentido de desastres que Dios envía arbitrariamente, a propósito fuera de las leyes naturales y de la libertad). Dios es paciente, y desea que demos frutos, pero sabe que los frutos tienen necesidad de tiempo para crecer y madurar. La Cuaresma nos es dada para realizar nuestra conversión, el primero de todos los frutos que Dios quiere para nosotros y que también es un don. Detengámonos un poco en esto.

Y en este mismo tiempo estaban allí unos que le contaban acerca de los Galileos, cuya sangre Pilatos había mezclado con sus sacrificios” (v. 1). Las noticias en verdad son terribles. Los galileos vinieron al templo a hacer sus sacrificios, y los soldados de Pilatos los masacraron en ese santo lugar – profanaron el altar con sangre humana – y así mezclaron asesinato con sacrilegio. Imaginen un asesinato en la iglesia, a la que concurren, la mañana del domingo. Imaginen la alfombra empapada con sangre humana y mezclada con el vino que se usa para la Comunión. ¡Definitivamente impactante! No podemos corroborar este evento con otras fuentes, pero sabemos que estaba de acuerdo con la brutal naturaleza que a veces exhibía Pilatos.

Estaban allí unos” (v. 1). Lucas no nos dice quiénes eran estas personas o por qué le cuentan a Jesús esta historia tan terrible. Lo más probable es que eran personas comunes y corrientes, que esperaban que Jesús le diera sentido a una situación trágica y absurda, y que les ayudara a ellos a entender por qué estos Galileos sufrieron algo tan terrible. O tal vez como dicen otros estudiosos que sería una advertencia a Jesús, pues Jesús era galileo, le habrían querido decir: “Cuidate porque sos galileo y podés terminar igual”.

Sea como fuere Jesús, sin embargo, responde de una manera completamente inesperada, diciendo “¿Pensáis que estos Galileos, porque han padecido tales cosas, hayan sido más pecadores que todos los Galileos? (v. 2). Aborda la presuposición no expresada de que, tal vez, esos galileos habían pecado gravemente, provocando el juicio de Dios.

De hecho, a través del AT, y en la mente del pueblo de Israel, el pecado y el juicio están muy estrechamente relacionados. Es muy reconfortante creer que el sufrimiento es resultado del pecado, porque elimina la casualidad – explica el sufrimiento – y nos ofrece una manera de evitar los desastres que vemos caer sobre otros, pero la explicación real no es así de fácil, el justo también sufre, si no, miremos a Jesús.

No eran más pecadores y si no os arrepentís todos acabaréis de la misma manera” (v. 3). Jesús niega que los galileos sufrieran por causa de sus pecados, y llama a sus oyentes a arrepentirse a que sufran por los pecados propios. La clave para entender esto es el llamado de Jesús al arrepentimiento. Lo que les pasó a los galileos es historia, y nada se puede hacer sobre eso. El destino de los oyentes de Jesús, sin embargo, sigue siendo negociable. Jesús no les condena, en su lugar les muestra el camino. Su propósito es redimir. Aunque no toda tragedia es el resultado del pecado, el pecado algunas veces lleva a la tragedia (las acciones tienen consecuencias, ¿cuántas veces nos buscamos lo que nos pasa y luego queremos echar la culpa a otros?). Los oyentes de Jesús han pecado (como todos lo hemos hecho), y los llama a arrepentirse para que puedan escapar del desastre.

El otro ejemplo sigue en la misma línea fundamental: “O aquellos dieciocho, sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que ellos fueron más deudores que todos los hombres que habitan en Jerusalén?” (v. 4). El estanque de Siloé está en Jerusalén (Jn. 9:7) y, probablemente, la torre de Siloé estaba muy cerca del estanque. El asunto es el mismo que en el primer ejemplo: ¿Acaso Dios escogió a estos dieciocho por sus pecados? Jesús cambia el debate sobre pecado/sufrimiento del contexto de sufrimiento a manos de los romanos y el sufrimiento a manos de Dios, de la masacre a “un acto de Dios”.

No eran más deudores; antes, si no os arrepintiereis, todos pereceréis asimismo” (v. 5). Esta es la misma respuesta que Jesús le dio a la primera historia. Jesús niega que aquellos dieciocho fueran más pecadores que todos los demás, pero usa la oportunidad para llamar a sus oyentes al arrepentimiento. Otra vez, su propósito no es la condenación, sino la redención. El llamado al arrepentimiento nos muestra que no es muy tarde para sus oyentes. La salvación sigue siendo posible.

¿Qué relación hay entre pecado y tragedia? No hay relación directa y causal, a veces al bueno le va mal y al malo le va bien, en las cosas del mundo. Por un lado, la tragedia llega al azar, tal como sucedió con los galileos y los dieciocho jerosolimitanos. En tales casos, no tiene nada que ver con la culpa. El tornado que destruye un club nocturno también destruye una iglesia y mata tanto al que atiende el bar como al catequista. Algunas tragedias son verdaderamente al azar. Sin embargo, nuestro arrepentimiento nos deja a nosotros en buen estado cuando experimentamos una tragedia inevitable. Nos prepara para vivir victoriosamente al enfrentar la tragedia, y también nos prepara para el día de nuestra muerte. Por eso no se entiende la Misericordia sin la conversión, Dios perdona siempre, pero nosotros ese perdón lo debemos usar para convertirnos, para volver a él, como meditaremos el próximo domingo, sentirnos hijos y reconocer al Padre, como el pródigo y el mayor.

Por el otro lado, el pecado sí lleva a la tragedia. Quienes conducen sus autos borrachos matan personas inocentes. Los abusivos lastiman a sus parejas e hijos. Aunque no toda tragedia es el resultado del pecado, algunas sí lo son. Tal vez la mejor manera de comprender esto es ver un pequeño círculo dentro de un círculo más grande. El círculo grande son todas las tragedias. El círculo pequeño es una tragedia causada por nuestro pecado. No podemos prevenir la tragedia que llega del azar, la que está fuera del círculo pequeño; pero Cristo nos llama a arrepentirnos para que podamos evitar la tragedia provocada por nosotros mismos que se encuentra en el círculo pequeño.

Por eso la parábola de la Higuera nos invita a tomar enserio el dar frutos, aún de las cosas malas de nuestra vida, aprender de ellas, usarlas como trampolín no como trampa.

Benedicto XVI, el papa emérito, nos recordaba que Dios es Padre, es el padre de familia. El cultivador es Jesucristo, que no permite cortar la higuera estéril, como diciendo al Padre: “Aun cuando no han dado fruto de penitencia por la ley y los profetas yo los regaré con mis tormentos y mis enseñanzas y acaso darán fruto de obediencia”. San Agustín, De verb. Dom., serm. 31. También “el agricultor, sigue diciendo san Agustín, que intercede representa a todo santo que dentro de la Iglesia ruega por el que está fuera de ella, diciendo: “Señor, perdónala por este año (esto es, en este tiempo con vuestra gracia), hasta que yo cave alrededor de ella”. Cavar alrededor es enseñar la humildad y la paciencia. Porque la fosa es la tierra humilde y el estiércol (tomado en buen sentido) son las inmundicias, pero mezcladas con la tierra y asumidas dan fruto. La inmundicia del cultivador es el dolor del que peca. Los que hacen penitencia la hacen sobre sus inmundicias, pero obran con verdad.

Que María santísima nos enseñe el camino de la conversión y a aprovechar el tiempo que el Señor nos regala, en este año de la Misericordia, convocado por nuestro Papa Francisco, para acercarnos a Él, para convertirnos y no perecer de la misma manera.


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