Articles by "Padre Fabián Barrera"

12:42

Reconocer el rostro de Cristo: Reconocer el rostro de Cristo en cada ser humano, nos dará la oportunidad de que Él nos reconozca a nosotros en la eternidad. / Autor: P. Eusebio Gómez Navarro | Fuente: Catholic.net

Fray Angélico decía que quien quiera pintar a Cristo sólo tiene un procedimiento: vivir con Cristo. Aceptamos la explicación de que a los apóstoles les importaba más contar el gozo de la resurrección que describir los ojos del Resucitado. Lo aceptamos todo, pero aun así, ¿qué no daríamos por conocer su verdadero rostro?

Isaías lo describirá como varón de dolores. Su aspecto no era de hombre, ni su rostro el de los hijos de los hombres. No tenía figura ni hermosura para atraer nuestras miradas, ni apariencia para excitar nuestro afecto… Era despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores, como objeto ante el cual las gentes se cubren el rostro (Is 52, 14; 53, 2)

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Los Padres de la Iglesia ponderarán la belleza física de Jesús. San Juan Crisóstomo contará que “el aspecto de Cristo estaba lleno de una gracia admirable”. San Agustín afirma que es “el más hermoso de los hijos de los hombres”. Y san Jerónimo dirá que “el brillo que se desprendía de él, la majestad divina oculta en él y que brillaba hasta en su rostro, atraía a él, desde el principio, a los que lo veían”.

Jesús tenía un corazón de hombre, un corazón sensible a las ingratitudes, insultos, silencios, traiciones y negaciones. Así se queja de la soledad y tristeza que siente. Simón, ¿duermes? ¿Ni una hora has podido velar? (Mc 14,37). Ante la triple negación de Pedro, Jesús le devuelve una mirada llena de reproche, ternura, compasión y aliento. El Señor miró a Pedro. Y ante el beso del traidor, Jesús dice: “¿Con un beso me entregas?” A la bofetada del siervo de Anás, Jesús responde mansamente “Si he hablado bien, ¿por qué me pegas?” (Jn 18,23). De todas las actitudes del Maestro, la más elocuente, sin duda, es la del silencio. Jesús calla ante el abandono de los amigos, cuando le atan, cuando le calumnian, cuando le pegan, cuando la gente prefiere la libertad de Barrabás, cuando lo tratan como a un bandido… Ya muere en el abandono, traicionado, apurando vinagre para calmar su sed…

Era la compasión, la misericordia que sentía Jesús lo que le llevaba a actuar. Los evangelios nos hablan de un Jesús compasivo y misericordioso y así lo hace con el leproso (Mc 1,41); con la viuda de Naím (Lc 7,13); con los dos ciegos (Mt 20,34); con la muchedumbre que anda como ovejas sin pastor; con la muchedumbre sin comida por el desierto (Mt 14,14).

Él viene a proclamar un año de gracia para los pobres y oprimidos y los de corazón destrozado (Lc 4,16-22); él llama bienaventurados a los misericordiosos… (Mt 5,7) e invita a mostrar la misericordia unos a otros (Lc 10,33-35).

Jesús se acerca a la gente y se muestra misericordioso con los gestos, con la mirada; él toma siempre la iniciativa, se adelanta a sanar, a comer y alojarse con alguien o quedarse en tal pueblo. Sus palabras amables, consuelan, dan confianza, dan paz. Se sienta y acoge a los más débiles, a los más necesitados: leprosos, impuros: (Mc 1,40-45); sordomudos, ciegos, (Mc 7,31-37); los endemoniados ( Mc 5,1-20); pecadores (publicanos) (Mt 9,9-13); pecadoras (prostitutas) (Lc 7,36-50); mujeres marginadas (Mc 5,24-34); niños relegados, enfermos (Mc 10,13-16); samaritanos y paganos (Jn 4,4-42). Y la misericordia también la adopta en la postura con que expresa sus sentimientos, actitud, relación…

  • agachado frente a la humillada/acusada (y luego se endereza para hablarle cara a cara)
  • sentado compartiendo con Mateo y compañeros publicanos, el fariseo, la samaritana)
  • invita a levantarse a la gente (suegra de Simón, niña de Jairo),
  • a presentarse ante los demás sin miedo (hemorroisa, de la mano seca)
  • a detener la procesión fúnebre (viuda de Naím)
  • camina junto con los discípulos de Emaús.

Y Jesús manda ser misericordiosos, como el Padre de es misericordioso (Lc 6,36).

A algunas personas les hubiera gustado haber vivido en tiempo de Jesús para mirarlo, tocarlo, escuchar sus palabras. Hoy, sin embargo, tenemos un privilegio mayor, pues sabemos que, por la fe, al mirar a cada persona, miramos a Cristo y creemos que todo lo que hacemos a uno de los más pequeños, a él se lo hacemos, pues no podemos olvidar que cada una de las caras humanas es el rostro de Jesús, cada ser humano, bien esté sufriendo o gozando, riendo o llorando, es el rostro de Cristo.

El reconocer el rostro de Cristo en cada ser humano, con sus nombre y apellidos, nos dará la oportunidad de que él podrá reconocernos a nosotros en la eternidad y por toda la eternidad.

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera


12:51

¿Qué hacer cuando Dios calla?: Aunque Dios calle y permanezca oculto, en el fondo del corazón percibimos su presencia, quien nos ama no nos abandona. / Autor: P Evaristo Sada LC | Fuente: http://www.la-oracion.com

¿Por qué Dios está oculto? ¿Por qué, luego de encontrarlo, se esconde? ¿Por qué es tan difícil entenderle? ¿Por qué calla? ¿Por qué no siempre responde? ¿No le importan mis problemas? ¿Es que no me ama? ¿Se ha olvidado de mí?

Hay momentos en la vida en que gritamos a Dios como el salmista:

Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?
A pesar de mis gritos mi oración no te alcanza.
Dios mío, de día te grito, y no respondes;
De noche, y no me haces caso… (Sal 22 (21))

¡Despierta ya! ¿Por qué duermes, Señor?
¡Levántate, no nos rechaces para siempre!
¿Por qué ocultas tu rostro y olvidas nuestra miseria y opresión? (Sal 44)

Cuando Dios calla nos sentimos perdidos

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El silencio de una persona amada es doloroso. Se percibe como ausencia, vacío, desinterés, soledad… El silencio del otro provoca inseguridad y puede ser el origen de resentimientos y desconfianza.

Por eso el silencio de Dios es terriblemente doloroso. Jesucristo también lo padeció en la cruz, se sintió abandonado por el Padre. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15, 34b)

Sabemos que Dios salió de su eterno silencio, reveló su secreto, desveló su misterio en la Palabra: Jesucristo. Y que Cristo está vivo. Lo sabemos, pero eso no quita su misterioso silencio.

Pero percibimos su presencia

Creo que todos hemos experimentado la pérdida de un ser querido. Cuando muere alguien a quien amamos, tenemos la impresión de que no ha muerto del todo. Sabemos que, de alguna manera, está vivo. Nuestro corazón guarda la seguridad, o al menos la esperanza, de que esa persona a la que amamos sigue existiendo y está presente en nuestra vida, aunque de manera diferente. Lo experimentamos así, porque la memoria del amor nos fortalece la seguridad de que quien nos ama no nos abandona.

Aunque Dios calle y permanezca oculto, casi como si estuviera muerto, en el fondo del corazón percibimos su presencia. Esta percepción interior crece a medida que se desarrolla en nosotros la semilla de las virtudes teologales. La experiencia nos va demostrando el amor que Dios nos tiene. La memoria iluminada por la fe nos ayuda a recordarlo. Y así, progresivamente, nos va invadiendo la confianza de que Dios está presente. Poco a poco la gracia de Dios va trabajando en nosotros y de esa manera en el fondo de nosotros mismos crece y se va fortaleciendo una percepción interior de la que el corazón está seguro y que, gracias a la fe, se convierte en certeza: Aunque no lo vea, aunque no lo sienta, Él está aquí, conmigo, y me ama.

Lecciones aprendidas ante el silencio de Dios

En mi vida he aprendido tres lecciones ante los silencios de Dios:

1. Que no debo perder la paz interior, aunque sufra lo indecible. Se vale quejarse, pero sin perder la paz interior. Esta es la gran lección del salmista.

Dios mío, de día clamo, y no respondes,
también de noche, no hay silencio para mí.
¡Mas tú eres el Santo,
que moras en las laudes de Israel!

En ti esperaron nuestros padres,
esperaron y tú los liberaste;
a ti clamaron, y salieron salvos,
en ti esperaron, y nunca quedaron confundidos(Sal 22(21), 2-6)

El Salmo 22 (21) nos enseña que no hay que desesperar, no hay que rebelarse contra Dios. Cuando Dios calla es tiempo de más oración, de súplica humilde y confiada.

Sí, tú del vientre me sacaste,
me diste confianza a los pechos de mi madre;
a ti fui entregado cuando salí del seno,
desde el vientre de mi madre eres tú mi Dios.

¡No andes lejos de mí, que la angustia está cerca,no hay para mí socorro! (Sal 22(21), 10-12)

Si Dios calla en tu vida, te recomiendo que pronuncies pausadamente, con plena conciencia, en actitud abierta y confiada, el Salmo 22.

2. Que debo aceptar mis límites y tener confianza. En la comunicación, el silencio tiene un significado. Y si el silencio viene de Dios puedo tener la certeza de que no puede ser más que un gesto de amor, algo que Él me ofrece para mi bien. En Dios el silencio no puede significar rechazo o desinterés, simplemente Dios no puede hacerme una cosa así.

El silencio de Dios se convierte para mí en un reclamo para que yo guarde silencio, que acepte que hay algo de Dios que no alcanzo a comprender y que aprenda a escucharlo y acoger su voluntad con plena confianza en la Providencia.

Job nos da lecciones estupendas. Él llegó a aceptar que no alcanzaba a comprender muchas cosas que le sucedían y que debía abrazar el Plan de Dios, renunciando a su propia lógica.

Sé que eres todopoderoso:

ningún proyecto te es irrealizable.

Era yo el que empañaba el Consejo

con razones sin sentido.

Sí, he hablado de grandezas que no entiendo,

de maravillas que me superan y que ignoro. (Job 42, 2-3)

Y después del silencio de Dios, Job alcanzó el culmen de su relación filial con Dios, hizo experiencia personal de la bondad y del amor de Dios aún en medio del misterio: “Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42, 5)

Esto me hace pensar en lo injustos que somos a veces con Dios: nos quejamos de que nos deja huérfanos cuando somos nosotros los que tantas veces nos comportamos como huérfanos, y Él, nuestro Padre y Hermano querido, allí está esperando pacientemente en silencio en el Sagrario, en nuestro corazón, en el prójimo, en todas partes…

3. Que debo perseverar en oración (cf. Mt 26, 41; cf 1 Tes 5, 17) y ser como el amigo inoportuno que llama a la puerta hasta que abre (cf Lc 18,1-8), con la certeza de que mi Padre me escuchará:

Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan! (Lc 11, 9-13)

Tarde o temprano escucharás tu nombre

Cuando Dios calla es tiempo de fe y libertad.

El silencio de Dios, no a pesar, sino precisamente por su complejidad y ambivalencia, es el espacio en el que se juega la libertad y la dignidad del hombre frente al tiempo y frente al Eterno (…), los tiempos de silencio de Dios son los tiempos de la libertad humana. (Bruno Forte)

Libertad para saber esperar, para optar por el amor sin condiciones. Cuando Dios calla, nos enseña a amar.

El silencio de Dios no es ausencia, es otra forma de estar presente, un lenguaje diferente. Lo que pasa es que somos impacientes y queremos respuestas inmediatas y siempre a nuestro estilo. Algo importante en el amor es aceptar al otro como es. También Dios merece este trato.

Cuando Dios calla es sábado santo. Tarde o temprano (tal vez hasta el día de nuestra muerte), escucharemos la voz tan esperada que nos llama por nuestro nombre, como aquél: “María” (Jn 20,16) de Cristo Resucitado.

De todos modos, la pregunta permanece abierta: ¿Por qué Dios calla?

Pregúntaselo tú mismo y espera con paciencia su respuesta.

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera


12:36

¿Qué tal el ayuno y la abstinencia de los malos pensamientos?
¿Ayuno de qué?, ¿Abstinencia de qué? Los que no quieren privarse de nada, irán a cualquier sitio, pero no al cielo. / Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

Con el Miércoles de Ceniza comienzó la Cuaresma.

Al hablar de Cuaresma muchos se acuerdan del ayuno y la abstinencia. Creen que, por reducir un poco los alimentos del Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y porque los viernes en lugar de comer carne toman pescado, ya son penitentes.
La verdad es que hacer eso no cuesta gran cosa; pero, ¿qué tal el ayuno y la abstinencia de los malos pensamientos, el ayuno de las malas palabras y las malas acciones? Eso ya es otra cosa, que cuesta inmensamente más. Y se trata de seguir esta rigurosa dieta más que la de los alimentos.

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Ayunar de los malos pensamientos. Cuántas malas ideas circulan con semáforo verde por la vía pública de nuestro cerebro, como son: las etiquetas que les ponemos a los demás, la pornografía, las intenciones malévolas, esos resentimientos largamente alimentados, etc.
Ayunar de las palabras malas. Un buen porcentaje de nuestra mercancía verbal es de muy mala calidad. Las murmuraciones, las críticas son un manjar envenenado con el que se alimentan muchas personas. El que no critica a su prójimo es una maravilla del universo; y estas maravillas se dan muy poco. Lo normal es criticar, murmurar, comerse al prójimo. Se critica todo y a todos con desvergüenza.

En una ocasión encontré a una persona que me pidió sinceramente un consejo: ¿qué podía hacer para erradicar su hábito de murmurar?. Le aconsejé que rezara un avemaría cada vez que se le escapara una crítica. Tomó el consejo muy en serio, y el resultado fue que el primer día tuvo que rezar casi tres rosarios completos. Luego, poco a poco, fueron disminuyendo las avemarías, hasta que no tuvo que rezar ninguna, porque había vencido el hábito de murmurar. El consejo es válido, y el que desee dejar de ser un murmurador, puede intentarlo.

Podemos intentar también el ayuno de palabras sonoras, chistes de doble sentido, etc. Hay mucho de que ayunar, por ejemplo, de las malas acciones. Ayuna de verdad el que deja de cometer maldades.

Ayunar de las bebidas alcohólicas; ayunar del robo, las injusticias, fraudes, peleas, adulterios, infidelidades; ayunar de películas pornográficas, de envidias, malos deseos contra los demás y tantas cosas más.

Si, durante este ayuno y abstinencia del mal, se toma una dieta abundante de caridad con el prójimo, de sacramentos, de renovación espiritual, de buenas obras, entonces tendrá sentido la Cuaresma. De lo contrario, será una comedia aquello de correr a la Iglesia a que me pongan ceniza.

Algunos están seguros de que ya se les borraron sus maldades, porque les impusieron la ceniza; como si fuera así de fácil. Más bien, el ir a recibir ceniza significa comprometerse a hacer ayuno y abstinencia de alguna de aquellas cosas malas que se dan en mi vida. ¿En qué va a consistir mi ayuno y abstinencia durante esta Cuaresma?

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera


12:22

Si aún no encuentras qué sacrificio de cuaresma puedes ofrecer a Jesucristo, tal vez te interese esta idea… // Autor: P. Evaristo Sada LC | Fuente: la-oracion.com

Ayer me dijo una persona: “No se me ocurre ninguna buena idea para mi sacrificio de cuaresma. ¿Me sugiere algo que usted crea que le agrade a Jesucristo?”

A los sacrificios de cuaresma se les da con frecuencia un enfoque negativo: cosas a las que hay que renunciar. Personalmente prefiero el enfoque positivo: vencer el mal con el bien (Rm 12,21), hacer el bien.

Abstinencia, ayuno, abnegación, renuncia, son palabras que se ponen de moda en cuaresma. Renunciar a cosas agradables es difícil, supone sacrificio. También supone sacrificio ser generoso, salir de sí mismo y pensar en el bien del otro antes que en el propio.

//pagead2.googlesyndication.com/pagead/js/adsbygoogle.js (adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({}); Cuando Jesucristo tenía la cruz delante dijo que él daba su vida voluntariamente: “Nadie me la quita, yo la doy por mí mismo.” (Jn 10,18a) Fue un acto de generosidad. El sacrificio de Jesucristo fue poner amor y poner el mayor amor posible.

Si aún no encuentras qué sacrificio de cuaresma puedes ofrecer a Jesucristo, tal vez te interese esta idea: Orar por tus enemigos y por aquellas personas que te han hecho sufrir o te resultan pesadas. “La oración de intercesión consiste en una petición en favor de otro. No conoce fronteras y se extiende hasta los enemigos”, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el n. 2647.

¿Y por qué lo propongo como sacrificio de cuaresma? Porque cambiar la herida en compasión y purificar la memoria transformando la ofensa en intercesión (cfr. Catecismo 2843) es un camino de conversión.

Es también oración de sanación, porque una oración así sana las heridas del corazón, purifica el rencor, prepara al perdón, ensancha el corazón.

“Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca “no su propio interés sino el de los demás” (Flp 2,4), hasta rogar por los que le hacen mal”. (Catecismo 2635)

Lo más difícil de este sacrificio es hacer la oración con un corazón que ha conocido la conversión. Cuando hagamos oración por las personas que nos resulten pesadas o nos hayan hecho daño, hay que hacerlo poniendo buenos sentimientos. No es un: “Te suplico, Señor, que esta persona se muera cuanto antes, pues no la soporto”, sino de verdad poner amor, como Jesús: “El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hb 5,7-9).
¿A quién se le ocurre orar por los enemigos, por las personas insoportables, por quienes no nos perdonan, por aquellos que nos han herido, por quienes nos ofenden y hacen daño, por los seres queridos que nos hacen sufrir? A un buen cristiano.

Poner amor como un acto generoso y gratuito es un modo de construir la civilización del amor. La civilización del amor también se construye orando por aquellos a quienes hemos hecho sufrir y por quienes nos han hecho sufrir. Como dice la canción: Si amo la flor, amo también sus espinas. Sólo el amor nos hace grandes, sólo el amor hace ver que es precisamente lo que duele lo que hace al hombre amable entre los seres.

Te propongo que al terminar de leer este artículo pienses en alguien que te cueste tratar, o en alguna persona que te haya hecho daño, o en alguien que se dedique a ofenderte, y que reces por él. Y puedes rezar también por aquellos que sienten lo mismo respecto a ti. Hacerlo todos los días de cuaresma sería lo mejor.

Para escribir tus comentarios entra a Una buena oración de sanación para cuaresma
Esperamos tus comentarios, participa. Comparte tu sed y tu experiencia de Dios con apertura y humildad, para ayudarnos entre todos en un clima de amistad.

Este artículo se puede reproducir sin fines comerciales y citando siempre la fuente http://www.la-oracion

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera


12:39

No olvides ir mañana a imponerte la ceniza: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio” Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

El miércoles de ceniza, los buenos cristianos asisten a las iglesias a que les impongan la ceniza, al mismo tiempo que escuchan unas palabras: Arrepiéntete y cree en el Evangelio. Esas palabras explican el sentido de ese rito tan atrevido con el que da inicio la cuaresma. ¡Arrepiéntete!, se nos dice.

Hay tiempo de pecar y tiempo de convertirse. El tiempo de pecar suele ser muy largo. Todos pasamos por momentos malos, en que abandonamos el buen camino y nos adentramos en la mala vida. Incluso, podemos observar, cuando miramos hacia atrás, que hay un período en la vida en que nos hemos alejado mucho de Dios, de la Iglesia, de las buenas costumbres. Son esos días negros a los que no queremos mirar.

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Pero hay también épocas buenas, en las que hemos sido capaces de hacer el bien, hemos estado en paz con Dios, con los demás y con nosotros mismos.
Si pudiéramos observar en una película nuestro mejor día vivido y nuestro peor día, nos asombraríamos de dos cosas: Primero: de cómo hemos bajado tanto. Quizá tendríamos que decir: “Nunca me imaginé que podía llegar a hacer lo que he hecho”. Pero también nos asombraríamos de lo bien que nos hemos portado en nuestro mejor día; de tal forma que si todos los días de nuestra vida hubieran sido como ese día, podríamos ser contados entre los hombres verdaderamente buenos y honrados de este mundo.

De aquí podemos sacar la siguiente conclusión: el hombre puede, si se esfuerza, subir mucho, mejorar; o, por el contrario, bajar, corromperse, destruirse. El ser humano puede llegar a ser un ángel o un demonio.

Se cuenta que a la hora de buscar a un personaje que representara a Cristo en una película, eligieron a un joven que, por su vida y costumbres reflejadas en el rostro, parecía ser el más idóneo. Al pasar el tiempo se trató de buscar a alguien que representara el papel de Judas, y después de mucho buscar, encontraron por fin a un hombre que, por la expresión de su cara parecía el más acertado. Era el mismo hombre que un día representó el papel de Cristo. ¿Tanto había cambiado…?

En la cuaresma se nos invita a un cambio. Dios nos da la oportunidad de arrepentirnos. Es un tiempo de gracia en que Dios nos ofrece su perdón con especial generosidad.

Aún sabiendo que lo tenemos que hacer, preferimos seguir lo mismo, dejando para más adelante esa conversión, ese cambio de vida que nos cuesta tanto.

Un hombre dejó hasta los 31 años su cambio. Una vez cuando sus compañeros decían: “vamos a cambiar la vida, pero más adelante”, el convertido les contestó: “Si alguna vez lo vas a hacer, ¿por qué no ahora?, y, si no lo haces ahora ¿por qué dices que lo harás más adelante? ¿Podrás? ¿Querrás hacerlo? ¿Tendrás tiempo?”
También de él es esta frase significativa: “Teme a Dios que pasa y que no vuelve”. Dios suele pasar una y varias veces por nuestra vida, pero no tiene obligación de volver apasar. Por eso decía respetuosamente aquél, que primero no tenía ningún miedo ni respeto: “Teme a Dios que pasa y que puede no volver a pasar en tu vida”.

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera


12:58

Sentada junto al trono de Jesús, María se ve coronada como Reina de Cielo y Tierra, de los ángeles y de los hombres. // Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

La fiesta de la Asunción de María en cuerpo y alma al Cielo está muy entrañada en el pueblo cristiano. ¡Y cuántos misterios encierra y cuántas realidades nos descubre en nuestra Madre querida!

Se acabó el peregrinar por la tierra, y se ha abierto para siempre la frontera de la Patria.

La espera desde la Ascensión de Jesús ha sido larga, pero al fin ha llegado el momento de ir a dar el abrazo definitivo e irrompible al Hijo adorado.

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Ya no queda más que un recuerdo lejano de la espada de Simeón, porque se acabó del todo el sufrimiento, que no volverá a torturar más el alma. Quien se unió como nadie a la pasión y muerte de Jesús, entra ahora a participar, también como nadie, en su gloria inmortal.

Sentada junto al trono de Jesús, María se ve coronada como Reina de Cielo y Tierra, de los ángeles y de los hombres.

La Iglesia, desde aquí abajo, la va a mirar como su imagen y modelo en la peregrinación de la fe. ¡Así, así, igual que la de María, será la consumación de la Iglesia al final de los tiempos!

Ahora María, ya en el Cielo, comprende en su totalidad la misión que Dios le ha confiado. Porque María, como Jesús, no va a estar ociosa mientras goza en plenitud de la gloria de Dios.

Ahora sabe bien lo que es ser la Madre de aquellos hijos que Jesús le confiara desde la cruz.

Madre de la Iglesia, ha de vigilar con ojo atento a los pastores igual que a los fieles, a fin de que la Iglesia realice la obra del Reino de Dios hasta llevarlo a término final.

Madre de todos los hombres, tiene que tener el cuidado de todos y de cada uno, hasta que los vea seguros a todos dentro del Cielo. Allí no puede faltar ninguno de los elegidos.
Para realizar esta su misión de Madre, Dios la constituye Medianera de todas las gracias que nos mereció Jesús con su pasión y muerte redentoras.

María será también una poderosa Abogada nuestra ante Jesucristo el Redentor y ante el Padre.

No fallará María en su misión, porque nos ama con Corazón de Madre, y el corazón de una madre infunde seguridad total.

La Asunción de María en cuerpo y alma al Cielo, nos hace ver todo esto sin más, de buenas a primeras.

Pero, mirada la Asunción desde un punto de vista más concreto, el Concilio nos la ha centrado en una dimensión eclesial verdaderamente grande y consoladora. ¿Por qué Dios ha resucitado a María con tanta anticipación, que no ha querido esperar al fin del mundo, en la resurrección universal? Dios no obra por capricho, y algún fin habrá tenido en su providencia amorosa.

Y lo primero que vemos es lo más natural de todo: Dios ha querido glorificar a su Madre de una manera plena, sin retardar para Ella lo que hará con los demás redimidos. Ha mirado a su Madre sin más.

Pero el Concilio nos ha señalado el otro fin de Dios al hacer Inmaculada a María y al resucitarla y subirla al Cielo en su Asunción: ha sido para presentar a su Iglesia la imagen de lo que será la misma Iglesia en su consumación final. Mirando a María, sabemos lo que vamos a ser cada uno de nosotros.

Antes que nada, Dios nos devolverá, después de eliminar todo pecado, aquella inocencia primera que tuvieron el hombre y la mujer en el paraíso. La misma inocencia también con que salimos de las aguas bautismales.

Seremos santos e inmaculados, de modo que el amor a Dios será ardiente, totalmente puro, y nuestras almas brillarán con una hermosura sin igual. En María Inmaculada contemplamos ya nuestro propio retrato tal como seremos en el Cielo.

Y en María Asunta al Cielo en cuerpo y alma vemos también el término final que nos espera. Dejemos tranquilamente que nuestros cuerpos mortales se vuelvan polvo en el sepulcro… La última que vencerá no será la muerte, sino la vida. La vida de Jesucristo Resucitado, que ha avanzado ya su victoria final en esta criatura privilegiada como es su Madre, y esto para infundirnos a nosotros una esperanza grande. ¿Vemos lo que es María en el Cielo? Pues esto mismo, y no otra cosa, es lo que seremos nosotros.

Hemos visto antes cómo María no está ociosa en los esplendores de su gloria, sino que se preocupa constantemente de la tierra. Y esto nos lleva a otra consideración muy oportuna. ¿Podemos pensar que María, Madre de todos los hombres, esté contenta de las condiciones de vida en que se desenvuelven muchos hijos suyos?…

¿Puede estar conforme con la pobreza extrema de muchos? No.
¿Puede mirar indiferente las condiciones de muchas cárceles? No.
¿Puede gustarle cómo se mata a tanto niño antes de que pueda nacer? No.
¿Puede contemplar sin conmoverse la situación penosa de jóvenes que cayeron el la droga? No.
¿Puede tolerar la explotación de hijas suyas, compradas como esclavas destinadas al vicio? No.

Cuando nosotros hacemos algo para remediar esos males y muchos más de los hijos e hijas de María, no nos damos cuenta quizá de que somos instrumentos del amor materno de la Virgen, que se preocupa desde el Cielo y cuenta con nosotros para que realicemos una obra de amor salida de su Corazón…

¡Madre María! ¡Madre glorificada en el Cielo! En el día de tu nacimiento a la Gloria te felicitamos de corazón. ¡Qué alegría para nosotros tus hijos el saber que tenemos una Madre tan feliz, tan rebosante de gozo, tan colmada de privilegios, tan preocupada por nosotros, tan impaciente por tenernos a su lado!… Danos una mano, ya que te cuesta tan poquito, y arrástranos, a pesar de nuestras resistencias a veces, hasta donde Tú reinas inmortal….

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera


11:50

Cuando no sabes qué es lo que Dios espera de ti, pon tu mirada en Su Mirada y elevando tus brazos al cielo. // Autor: Óscar Schmidt | Fuente: Catholic.net

Cuando le hablas a ese hombre que no conoce a Dios, que no sabe de Su Amor, mientras cavilas y temes no ser digno de semejante tarea, no dudes, tensa tu arco y con mano firme ¡dispara al corazón!

Cuando la vida te enfrenta a momentos de gran confusión, donde los caminos se abren frente a ti y se multiplican como en un salón de espejos, no temas, abre tu mirada a la distancia, mira a tu interior, y con sereno pulso ¡dispara al corazón!

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Cuando los que más quieres te fallan, te hunden en tu silla como si fueras un ser imposibilitado de ver más allá de las puertas que se cierran frente a ti, no te pierdas en la desesperación y el abandono de ti mismo, levanta la mirada y ¡dispara al corazón!

Cuando el amor no llega a tu vida, cuando la luz del cariño se escurre por pasillos donde no la puedes buscar, torna tu mirada a las sombras y con gran decisión, ¡dispara al corazón!

Cuando quieras hablar con Jesús sobre tus más profundas necesidades, sobre aquello que vibra en tu pecho y clama por un instante de sosiego, haz un alto en tu vida, alza la voz y con grito firme ¡dispara al corazón!

Cuando no sabes qué es lo que Dios espera de ti, y El se esconde y hace de tu vida un barco sin rumbo, pon tu mirada en Su Mirada y elevando tus brazos al cielo, ¡dispara al corazón!

Porque cuando nuestro rostro se ilumina con una mirada de niño, nuestros labios derraman palabras de amor que alcanzan el Corazón de Jesús y lo hacen quebrarse de ternura, lo derrumban a pesar de Su Divinidad y Realeza.

Y es porque en el Corazón de Dios están todas las soluciones, las promesas, los consuelos y la esperanza. Allí se esconde un tesoro tan extraordinario que ni siquiera en nuestros sueños más profundos lo podríamos imaginar.

Nuestros gestos de amor son disparos al Corazón de Jesús, porque lo hacen detenerse y mirarnos como un Dios derrotado. Dulce derrota, donde El se refugia para admirar las maravillas de las que un corazón amante es capaz. Su derrota es el triunfo de la Criatura que El mismo imaginó, que vencedora en su propia naturaleza, se hace semejante a su Creador. Nuestro Dios, vencido por amor, se hace Niño y nos entrega aquello que guarda como un Preciado Tesoro, Su Corazón.

Si, dispara al Corazón de Jesús, y dispara al corazón de tus hermanos, hazlos caer vencidos por el amor que todo lo vence. Que tus palabras certeras se dirijan a aquel punto que nadie puede resistir, centro y motor de nuestra semejanza con Quien nos creó, el corazón del hombre.

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera


12:07

La explicación del dolor, el porqué de la enfermedad, la incógnita del sufrimiento es una: el amor.

Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma | Fuente: Catholic.net

El dolor es un reloj. Es algo lleno de ingenio que sirve para partir el tiempo en una enormidad de trozos pequeños, muy pequeños. Es algo realmente útil, porque con sus dos agujas divide las horas de alegría y las de abatimiento. El dolor puede ser muy perjudicial, si no se vive bien. El dolor es mágico, porque una hora puede transformarse en sesenta minutos de aflicción o en segundos de dicha.

Examinemos algunos relojes que han dado la hora correctamente. Algunos, al inicio, se retrasaron. Pero después han funcionado con la fidelidad del cuarzo. No podría valorar el precio de estos quilates…

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Recuerdo el testimonio del doctor Vallejo-Nágera. Le habían diagnosticado una úlcera de duodeno. Le hicieron volver todos los lunes. Después de una revisión más profunda, le dijeron:-Tienes un cáncer de la cabeza del páncreas-.
-¿Es operable?
-Por la metástasis en el hígado no lo juzgamos conveniente.
-¿Y quimioterapia?
-Lo hemos consultado y no hay ninguna adecuada.
¿Entonces?
-Esto puede durar unos meses… Podrás llevar una vida de cierta actividad en este tiempo.

Días después mandaron el expediente a Houston, para mayor tranquilidad. No había nada que hacer. Juan Antonio continúo su vida normal, pero en otra dimensión. Hacía menos cosas, pero mejor, con más gravedad.

Un periodista y amigo suyo recogió el siguiente testimonio: “Religiosamente estaba un poco descuidado. Tenía una buena formación, pero con una práctica moderada. Y, sin embargo, sin ningún mérito por mi parte. Al oír eso del cáncer me vino instantáneamente una gran serenidad y pensé: Dios mío, muchas gracias, me has mantenido hasta los sesenta y tres años con una vida sumamente agradable; he tenido ocasión de situar a mis hijos; ya está casada la menor; no me queda nada importante en la vida por resolver y has hecho el favor de avisarme”.

Otro reloj. Es el caso de “Lolo”. ¿Quién sabe si en unos años no lo invocaremos como San Lolo Garrido? Su historia es muy luminosa. A los 22 años, recién terminados sus estudios de magisterio, una enfermedad comenzó a paralizar su cuerpo. Sus días transcurrían en una silla de ruedas. Le entró una fiebre literaria: leía libros y devoraba artículos. Escribió. Cuando se le paralizó la mano derecha, aprendió a escribir con la izquierda. Al perder incluso la sensibilidad en ésta, pidió que la amarraran una pluma a su mano insensible con una cuerdita. Quería seguir escribiendo. Lolo no perdía el buen humor: “Señor, ahí tienes mi pila de revistas. Y si no te valen, que los ángeles las vendan como papel de envolver”.

Luego la enfermedad le llegó a los ojos. Al quedar ciego, grababa sus libros. En los últimos 10 años de su vida publicó nueve libros. Su testimonio constituye un canto a la dignidad del dolor y del sufrimiento. Estoy seguro que estas palabras le acompañaron en la cabecera de su lecho de dolor e iluminaban más su alma que las miradas de los visitantes. Estas frases bien valen un marco o una estatua: “¡Señor, líbrame de esta tentación de apreciar el tiempo de la enfermedad como un período estéril y sin valor! Una vida de enfermo no es una vida fracasada. Aceptar mi enfermedad, ofreceros alegremente mi sufrimiento, esto no demanda más que un momento”.

La silla de ruedas, la cama. El misterio de encontrarse con uno mismo. El dolor, la enfermedad valen no tanto por lo que quitan, sino por lo que dan.

El dolor es un misterio, como la misma vida de las personas. Nunca lograremos explicarnos totalmente a nosotros mismos, nunca nos comprenderemos. La explicación del dolor, el porqué de la enfermedad, la incógnita del sufrimiento no es una respuesta abstracta. Yo sólo encuentro una: el amor.

No cabe duda de que la enfermedad y el sufrimiento siguen siendo un límite y una prueba para la mente humana, algo así como un tapón para el corazón. Sin embargo, quienes lo han vivido han aumentado su estatura humana.

Todos sufrimos y de muy diversas maneras. La enfermedad y las dolencias se compran en cualquier rincón de nuestro mundo. Uno sufrirá un infarto, otro un cáncer. A alguna la nostalgia y el desaliento le enredarán entre sus telarañas. Los que sigamos, nos haremos viejos. Nos dolerá la espalda, perderemos la memoria… Pero la paz y la vida están seguros. Un Hombre ha roto la piedra del sepulcro y ha dado sentido a la vida. Desde ese momento se han sincronizado todos los “relojes”.
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Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera


11:39

Sí, cuántas veces calló María, para que hablasen sus obras, y para que hablase Dios en Ella y en los demás.

Autor: P. Marcelino de Andrés | Fuente: El Paraíso de Nazaret

Decía san Juan Crisóstomo que “no sería necesario recurrir tanto a la palabra, si nuestras obras diesen auténtico testimonio”. Y con verdad, pues está claro que muchas veces los hechos son más elocuentes que los dichos.

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También María, nuestra Madre, recurrió poco a la palabra. Era callada Ella. Realmente, cuántas palabras se ahorró. Pero, cuánto dejó dicho sin palabras. Cuánto dejó escrito con su vida. Cuánto testificó con sus obras.

María, la Virgen del Silencio, nos enseña el valor de un silencio fecundo y humilde, cuajado de obras y realizaciones. Nos alecciona magistralmente en el difícil arte de decir poco y hacer mucho.

Sí, cuántas veces calló María, para que hablasen sus obras, y para que hablase Dios en Ella y en los demás. Era el suyo un silencio hecho oración y acción. Un silencio lleno, no vació ni hueco. Un silencio colmado de Dios, de sus palabras, de sus maravillas. María “guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón”, afirma el Evangelio. Porque sólo en silencio se pueden comprender las palabras de Dios y “sus cosas”.

No se trataba, por tanto, de una simple ausencia de palabras, de ruidos, de distracciones. El silencio de María fue un silencio contemplativo de la obra de Dios en su vida, en la de Jesús, en la de los demás. Un silencio de humildad, de discreción, de ocultamiento. Un silencio fecundo en buenos pensamientos, en proyectos de ayuda a los necesitados, en propósitos de entrega y donación.

El silencio de la Virgen durante su vida fue como un gran mosaico de pequeños silencios. Vamos a detenernos un momento a contemplar, desde la fe, algunos de ellos.

El silencio ante José.

Imaginemos aquella escena en la que, un buen día, María regresaba de la región montañosa tras visitar y ayudar a su prima Isabel. Ya habían pasado más de tres meses desde la Anunciación. A María ya se le notaba que estaba en cinta. Y cuando vio a José, que le salió al encuentro por el camino, le dio una gran alegría, pero a la vez un grande apuro. José notaría su estado. Y, de hecho, lo notó. Ambos estaban prometidos en matrimonio, pero aún no vivían juntos; y resulta que Ella ya esperaba un hijo.

Entonces María, ante el asombro de José, no comenzó a explicarle lo de la aparición del ángel, ni lo del mensaje del cielo, ni que el Niño era de Dios… No. María prefirió callar.

José estaba confundido. Y no era para menos. Sin embargo, miró a los ojos a María y los vio tan puros, tan limpios, tan inocentes, que creyó más a los ojos de María que a los suyos propios. José amaba a María y confiaba en Ella, pero no alcanzaba a comprender lo que ocurría.

La Virgen no estaba segura de la reacción de José. Por eso es conmovedor este silencio suyo. Ella intuyó que Dios se lo daría a entender a José mejor que Ella misma, como Él sabe y cuando Él lo juzgase oportuno.

María guardaba silencio sin culpa alguna. Callaba aun a costa de su propia honra. De hecho José, que era bueno y justo, decidió repudiarla en secreto.

La Santísima Virgen, al no excusarse, al no decir nada a José, a nosotros nos está diciendo mucho. Nos está diciendo que nos sobran muchas palabras y demasiadas veces. Nos sobran muchos “es que”, muchos “es que yo no tuve la culpa”, “es que yo no era el único”, “es que yo no tengo nada que ver”, ante nuestros fallos y deficiencias. Nos falta más silencio y resignación y nos sobran excusas. Y eso que la mayoría de las veces somos culpables de verdad…

María era inocente. Y no es fácil callarse ante la calumnia, ante la injusticia, ante la incomprensión cuando uno es inocente. Ella calló ante la posibilidad todo eso….

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¡Qué admirable el largo silencio de María en Nazaret! Ella poseía el secreto más grande de la historia: la llegada de Dios al Mundo. Y sin embargo, calla.

Ni una palabra, ni la más mínima alusión o referencia a su enorme secreto durante los treinta años en Nazaret. Treinta años de continua convivencia con los vecinos y vecinas del pueblo sin decirles nada al respecto.

Treinta años con algo tan grande entre manos y ni una palabra. Y vaya si habrá tenido mil ocasiones, durante todo ese tiempo, para hacerle saber a más de alguno o alguna quién era Ella y quién era su Jesús. Sin embargo no, no quiso decir nada. Se mantuvo callada.

¡Qué ejemplo de discreción de nuestra Madre! Ejemplo para nosotros que nos sentimos más cuando sabemos algo que otros no saben. Sobre todo si es algo bueno acerca de nosotros mismos… Ejemplo para nosotros que apenas logramos callar por unos minutos (no treinta años) el chismecillo que acabamos de escuchar entre los amigos o amigas en la tertulia. Ejemplo para nosotros que nos preocupamos tanto a veces de hacer ver a los demás a quién se están dirigiendo, a quién están molestando, a quién le están pidiendo un favor, a quién le están dando una indicación…

No. Ella no fue así. La Virgen escogió el silencio. María, la Madre de Dios, quiso pasar desapercibida. Sin decir nada teniendo al Hijo de Dios en casa. Durante treinta años…

El silencio ante la muerte de José.

También la muerte llegó un día a casa de María. Venía a llevarse a su esposo José. El pobrecito llevaba enfermo ya varios días. Empeoraba cada vez más. María empezó a temerse lo peor. Y así fue. José, sereno, entraba en su último trance. La Virgen, junto a la cabecera del lecho, en silencio, oraba. Su dolor callado era sostenido por su rezo transido de confianza.

Lo asombroso de este episodio es que estaba allí, con Ella, el mismo Dios Omnipotente, que en un instante podría haber curado a José y haber acabado con aquella pesadilla. Pero María no pidió nada a Jesús en esa ocasión. Volvió a guardar silencio. Quiso pasar el trago amargo de la muerte de su esposo, pidiendo a Dios, sin palabras, que se cumpliese su voluntad. Esto fue templando su delicada alma de mujer para poder sufrir, también en silencio y oración, algunos otros momentos terribles que llegarían…

El silencio durante la vida pública de Jesús.

¡Qué discreción la de María durante aquellos años!

La fama de Jesús se extendía por doquier. Se hablaba de Él por todas partes. Sí, también en Nazaret. Y a María le llegarían diariamente muchos y muchas para hablarle de su Jesús y contarle lo que de Él se decía.

Y Ella, ante todo eso, mantuvo silencio y discreción. Lo mantuvo en las buenas y en las malas. Lo mantuvo cuando veía y escuchaba los éxitos de Jesús, sus milagros, sus predicaciones irresistibles. No andaba diciendo a todo el mundo que Ella era la madre de ese Jesús. Y lo mantuvo también cuando a su Hijo Jesús le tildaban de loco, de endemoniado, de comilón y bebedor, de amigo de publicanos y pecadores… Todo eso llegaría a Nazaret puntualmente (como todos los chismes)…

Y La Virgen también callaba entonces. No salió a su defensa gritando por las calles. No organizó manifestaciones con pancartas de protesta ante tales calumnias. Eso lo hubiéramos hecho nosotros. Ella volvió a preferir el silencio aun a costa de su humillación.

María, además, seguía el derrotero de la vida de su Hijo, desde lejos, en segundo plano. Apoyando con sus oraciones y sacrificios la obra de su Hijo. Como tantas de nuestras madres. A las que sólo Dios sabe cuánto les debemos…

Sin duda a la que más debemos es a María. Ella sigue en silencio tan pendiente de nosotros como lo estuvo de Cristo.

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El silencio después de Pentecostés.

Otro gran momento en la historia. El momento de la explosión expansiva de la Iglesia de Cristo por el mundo. Y María, de nuevo en silencio.

No la vemos en las plazas públicas predicando la Buena Nueva a grandes voces y en decenas de lenguas. No la sorprendemos haciendo milagros por las cercanías del templo ante el asombro de media Jerusalén.

Ella seguía callando y oraba. Oraba mucho. Y ese silencio-oración sostenía la Iglesia naciente y le daba pujanza y fecundidad. Precisamente por esa intercesión silenciosa, María era la Mediadora de todas las gracias. Sí, de todas esas gracias que estaba Dios concediendo a raudales a través de la predicación y milagros de los apóstoles.

María. Lo más poderoso ante Dios. Lo más silencioso ante el mundo.

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera


12:18

¿Quién es Jesucristo? Y para ti… ¿Quién es…?
Conoce el amor y la misericordia de Dios sobre ti, y no habrá nada más importante en tu vida.

Autor: P. Enrique Cases | Fuente: Catholic.net

La respuesta la da San Pedro cuando contesta: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»

Viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Ellas; otros, que Jeremías u otro de los profetas. Y El les dijo: Y vosotros: ¿Quién decís que soy yo? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. (Mt. 16, 13-16)

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No ha habido en la historia de la humanidad persona tan controvertida como Jesucristo.

Ya se ve claro en la respuesta que dan los discípulos a la pregunta del Maestro: Para unos es un personaje importante: Juan el Bautista, Elías, Jeremías u otro de los profetas. Nunca ha negado nadie -salvo algún fanático sectario- que Jesús ha sido un hombre importante en la historia humana. Alguien con una personalidad capaz de arrastrar tras sí a la gente, no sólo en su tiempo, sino siempre.

Lo que no todos son capaces de descubrir es la razón íntima por la que Jesús atrae. La respuesta la da San Pedro cuando contesta: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» Para ello hace falta -como Jesús le dice a Pedro- que lo revele el Padre eterno. Hace falta la fe, que es un don de Dios.

No se puede entender a Jesucristo si no se cree que ese hombre, que llamamos Jesús de Nazaret, encierra en sí mismo un misterio: La Segunda Persona divina, el Verbo, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre al asumir la naturaleza humana.

Ya sabemos que en la mentalidad del judaísmo de la época de Jesús se estaba esperando próximamente al Mesías. La mujer samaritana -que no era ninguna mujer culta- le dice a Jesús: sé que está para venir el Mesías. La profecía de Daniel y otras sobre el tiempo de la venida del Mesías coincidía aproximadamente con estos años.

En estas circunstancias aparece en Galilea Jesús de Nazaret. Juan el Bautista, que tenía un gran prestigio entre todos los judíos de su tiempo -hasta Herodes le escuchaba con gusto-, da testimonio a favor de Jesús. Le llama «el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Este es de quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre que es más que yo, porque existía antes que yo Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que ha de bautizar en el Espíritu Santo. Y yo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios» (Jn. 1, 30-34)

Comienza Jesús a predicar y su predicación está llena de misericordia para con todos. Su doctrina es una doctrina de perdón y compasión. Enseña que Dios ama a todos los hombres y que incluso los pecadores pueden alcanzar el amor de Dios, si se convierten. El pueblo piensa y dice de él, que «nunca nadie ha hablado como este hombre» (Jn. 7, 46) porque hablaba con autoridad, no como los escribas y fariseos. Y es el mismo Jesús quien en la sinagoga de Nazaret, después de leer una profecía de Isaías referente a los tiempos del Mesías, dice: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc. 4, 21) Su doctrina va acompañada de abundantes milagros, movido por la compasión que sentía: sanar enfermedades, resucitar muertos, multiplicar la comida, etcétera.

No es de extrañar, por tanto, que la gente sencilla y los de corazón abierto le tuvieran por el Mesías esperado. Efectivamente, ¿qué mejor rey se podía tener que uno para quien no habrá problema de carestía ni de hambres? ¿Qué mejor rey que quien puede curar a los enfermos y resucitar a los muertos? ¿Quién puede gobernar mejor a un país, que un hombre que da muestras de tal sabiduría? Por todo esto no es de extrañar que en una ocasión, después de haber dado de comer a cinco mil hombres con unos pocos panes y peces, quieran proclamarle rey.

Indudablemente, a Jesús le seguía la masa del pueblo, compuesta en su mayoría por gente sencilla y humilde: ¿Acaso algún magistrado o fariseo ha creído en Él? Pero esta gente que ignora la Ley, son unos malditos(Jn. 7, 48-49) Es verdad que también algunos personajes importantes le siguieron, y aunque al principio con miedo, luego no tuvieron reparo en confesarse amigos suyos a la hora de su muerte. Así fueron Nicodemo, José de Arimatea y otros.

Estas gentes sencillas, que frecuentemente eran despreciadas por los orgullosos fariseos, ven con buenos ojos la doctrina de Jesús. Unos le seguían, efectivamente, movidos por su doctrina aunque no la entendían plenamente, como pasó con sus discípulos. Otros le seguían porque les daba de comer; otros porque hacía milagros.

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Posiblemente algunos también le seguían por gratitud, al haber sido curados.

Ciertamente su bondad, su trato exquisito para con los débiles del mundo y severo para con los que obraban injustamente, serían motivos para que las masas le siguiesen.

¿Quién es para ti Jesucristo? Hoy te hace la misma pregunta que a los apóstoles y lo único que quiere es oir tu respuesta de amor. Conoce el amor y la misericordia de Dios sobre ti, y no habrá nada más importante en tu vida.

Nota seleccionada para el  blog del Padre Fabián Barrera


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