Articles by "Padre Clemente Sobrado"

23:14

Mirad que estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado y lo condenarán a muerte, lo azoten y lo crucifiquen… La madre de los Zebedeos con sus hijos se postró… ¿qué deseas? “Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a la derecho y otro a la izquierda… Los otros diez, que lo habían oído se indignaron contra los dos hermanos”. (Mt 20,17-28)

El Evangelio capta un momento en que nos sitúa fuera de juego.
Jesús está enseñándoles cómo van a Jerusalén.
Cómo allí le juzgarán, condenarán y lo crucificarán.

Mientras Jesús habla de rebajarse, sus dos discípulos hablan de ascender a los primeros lugares. “El Hijo del hombre va a ser entregado y lo condenarán a muerte”
Mientras Jesús habla de dar la vida “lo azoten y crucifiquen”, sus dos discípulos muestran su vocación de primeros ministros.
Y hasta cuentan con la influencia de su madre.
Es normal que las madres quieran ver arriba a sus hijos.
Y esto se da en el grupo elegido de los suyos, de los discípulos.

Podemos escuchar y predicar el Evangelio.
Pero mientras tanto podemos estar pensando muy poco evangélicamente.
Podemos hablar de dar la vida en la cruz por los demás.
Pero mientras tanto podemos estar ansiando los primeros lugares.
Dios y los hombres en el mismo camino.
Pero Dios y los hombres en direcciones opuestas.
Y tampoco faltará hoy en la Iglesia quienes se aprovechen de sus influencias.
Tal vez, no sea la madre.
Pero en el camino tampoco hoy faltan quienes tienen vara.
Hay muchas maneras de aparentar estar con el Evangelio, estando a la vez con las ansias de poder y grandeza.

Malo será que en la sociedad haya luchas y peleas por ascender.
Malo será que en la sociedad haya que echar mano a las influencias para subir.
Lo doloroso que:
También esto se pueda dar en la Iglesia.
También esto se pueda dar entre los que decimos seguir a Jesús.
También esto se pueda dar entre los que predicamos contra las luchas de poder en la sociedad.

Y claro, esto no pasa desapercibidos al resto, ni en la sociedad y tampoco en la Iglesia.
Las ansias de poder siempre dividen.
Las ansias de poder siempre crean problemas internos.
Las ansias de poder siempre crean malestar dentro de la comunidad.
“Los otros diez se indignaron contra los dos hermanos”.

Nadie se siente incómodo por el hecho de que Jesús se rebaje a entregar su vida.
Nadie se siente incómodo por el hecho de que a Jesús lo juzguen y condenen.
Los problemas surgen siempre cuando alguien busca ser más que los demás.
Los problemas surgen siempre cuando está de por medio el ansia de poder.
Las ansias de poder siempre dividen.
Las divisiones surgen cuando nos pisan el callo de aspirar a ser los primeros.

¿Alguien puede darme razón de tantas divisiones en la Iglesia?
¿Alguien puede darme razón de tantos malestares dentro de la Iglesia?
¿Alguien puede explicarme por qué el Papa Francisco “tiene sus enemigos”?
¿Será porque todos queremos ser los últimos y los servidores de todos?

La reacción Jesús no se hace esperar: “No será así entre vosotros: el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo”.
Y se propone a sí mismo como ejemplo: “Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos”.

Señor: sé que dentro de mí existe la tentación de ser más que los demás.
Sana mi corazón.
Señor: sé que dentro de mi Iglesia también existen Zebedeos que aspiran a ser Primeros Ministros.
Sana el corazón de tu Iglesia.
Señor: que suban los que quieren ser últimos.
Porque no queremos una Iglesia dividida internamente.
No queremos una Iglesia de grandes sino de pequeños.

Clemente Sobrado C.P.

Archivado en: Ciclo C, Cuaresma


05:27

1.- Cuida hoy tus palabras. Hay palabras que no dicen nada, porque no tienes nada que decir. Hay palabras que sólo son eso, palabras, sonidos vacíos. Sobre todo, son palabras que no llevan nada de ti. Si tu palabra no te dice a ti mismo, mejor que calles.

Flickr: Santi Villamarín

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2.- La palabra es lugar de encuentro. Por eso, cuando Dios encarna a su Hijo, lo llama Palabra. En Jesús-Palabra, Dios y hombre se dan cita y se encuentran. Per00o se encuentran porque Dios se dice a sí mismo al hombre y el hombre se dice a sí mismo a Dios.

3.- Tus palabras pueden ser hoy, camino de distanciamiento. Las palabras duras, las palabras que hieren, son palabras que en vez de acercar pueden crear abismos entre los corazones.

4.- La palabra es el camino para llegar al otro. Sólo podrás entrar dentro de alguien a través de lo que te dice de sí mismo. El otro sólo podrá entrar dentro de ti en la medida en que tú le abras la puerta de tu corazón. Las alegrías y las penas se comparten mediante la palabra.

5.- La palabra que no se ratifica luego con los gestos de la vida, termina siendo mentira y ofensa para el que la escucha. La peor herida del corazón humano es la mentira.

6.- Que tu vida sea camino de fe para tus palabras. Y que tus palabras sean la revelación de tus sentimientos. Vida que se hace palabra. Y palabra que se hace vida.

7.- Deja que tu vida sea tu mejor palabra. Es posible que muchos no entiendan tus palabras. Pero todos entenderán la palabra de tu vida, la única palabra que no miente.

La mejor palabra de Dios es su Hijo colgado de una Cruz.
En ella habla poco, pero dice demasiado.

Clemente Sobrado C. P.

Archivado en: Ciclo C


23:57

Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: “en la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente”. (Mt 23,1-12)

Es bueno estar arriba.
Es bueno ser maestro.
Las alturas son buenas, pero también peligrosas.
Porque muchos, en las alturas, se marean fácilmente.
Les entra lo que aquí llamamos “soroche”.
Los honores y dignidades fácilmente inflan la mente y la ambición del corazón.
Dicen que quieren subir para “servir mejor a la gente”.
A mí, personalmente me cuesta creerlo porque quienes ansían esas cimas:
Se distancian de la gente sencilla.
Suben tanto que resulta difícil verlos.
Y cuando los vemos ya parecen diferentes.
Están demasiado altos para llegar hasta ellos, hay que pedir audiencia.
Están demasiado lejos para encontrarnos con ellos y darles la mano.
Sufren el vértigo de sentirse superiores al resto.

Más que en servidores, se sienten maestros.
Más que en servidores, se hacen los dueños de la verdad.
Las alturas les hacen sentirse más buenos, y hasta más “santos”.
Desde las alturas, mandan.
Ordenan a los de abajo.
Se sienten supriores y comienzan a imponer cargas a los de abajo.
Ejercen su “llamado servicio en órdenes y mandos”
Imponen obligaciones pesadas que, los de abajo no pueden llevar.
Es una manera de sentirse superiores.
Es una manera de sentirse mejores, obligando a los demás.

¿Son malos?
No. No son malos, sencillamente que se les llena la casa de humo.
Y hasta pienso que, es una manera de expresar su responsabilidad.
El humo les impide ver con claridad las cosas de abajo.
Jesús lo sabía bien, porque cada día veía cómo los escribas y fariseos trataban al pueblo.
Muchas exigencias con los sencillos del pueblo, pero bien tranquilos.
“Lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros”.
Pero eso sí, mucho servicio, pero “ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”.

Dicen cosas buenas.
Enseñan cosas buenas.
Pero, para los otros.
Porque ellos se sienten buenos y hasta buscan el aplauso de la gente.
Por eso Jesús, les dice:
“Hagan los dicen”.
Pero, eso sí, “no hagan lo que ellos hacen”.

Podemos decir cosas buenas y santas.
Aunque luego nosotros no las vivamos.
Y ese puede ser el peligro de muchos de nosotros:
De los sacerdotes.
De los padres de familia.
De los educadores.
Y no quiero meterme con los demás arriba.

Todos somos muy exigentes con los demás.
Aunque luego nosotros vivamos otra cosa.
Todos tenemos mucho de intransigentes con los demás.
Aunque luego nosotros seamos demasiado complacientes con nosotros mismos.

El hecho de que vemos que los de arriba no viven lo dicen, no es una excusa para que nosotros no vivamos la verdad que enseñan.
La Iglesia puede tener muchos defectos, y es claro que los tiene.
Pero eso no puede ser razón alguna para que nosotros nos sintamos libres de lo que enseña.
Siempre será preciso saber diferenciar entre la doctrina y la vida de las personas.
Y en todo caso seamos duros con nosotros, si queremos, pero seamos comprensivos con los demás.

Señor: dame sabiduría para decir lo que tú quieres que diga.
Señor: dame bondad en mi corazón para comprender las debilidades de los demás.
Señor: que escuche al Papa Francisco que nos dice que el “Sacerdocio no es una carrera de ascensos”.

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Archivado en: Ciclo C, Cuaresma


23:20

Cátedra de San PedroQuién dice la gente que es el Hijo del hombre? El les preguntó: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. “¡Dichoso tú, Simón porque te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. (Mt 16, 13-19)

Celebramos hoy la Cátedra de San Pedro.
La imagen de Pedro casi siempre la vemos sentado como en su Cátedra.
Sin embargo más que el sillón lo que celebramos es la figura de Pedro como “piedra sobre la que edificaré mi Iglesia”.
De ahí que el Evangelio sea precisamente el de la “confesión de Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios”.
Hay preguntas y preguntas.
Hay preguntas que no preguntan nada porque son tonterías.
Hay preguntas que preguntan demasiado.
Mejor dicho complican demasiado.
Y además, son preguntas a las que no podemos evadir, o mandarlas al desvío.

Con frecuencia damos respuestas sin que alguien nos pregunte.
Por ejemplo, qué fácil es responder sobre lo que pensamos de los demás.
Y por eso son respuestas que no dicen nada.

El problema está cuando el que nos pregunta es el mismo Jesús.
Aquí no valen los desvíos.
Estamos obligados, si es que el Evangelio tiene interés para nosotros, saber responder a lo que piensan los demás sobre Dios.
Porque nos debe preocupar lo que la gente piensa y dice sobre Dios.
Primero, porque debe interesarnos qué significa Dios hoy para el hombre.
En segundo lugar, porque cuando hablamos de Dios a los demás no podemos hablar por hablar, sino saber presentar un Dios que interese al hombre y debemos hablar de Dios como respuesta a los interrogantes que el hombre lleva dentro.

Confieso que me preocupa hasta dónde hablamos de Dios como quien habla de las papas o del arroz.
Me preocupa si lo que hablamos llega al corazón del hombre y le dice algo.
Me preocupa conocer sus necesidades para que experimenten a Dios no como algo extraño sino como respuesta a sus problemas.
Me preocupa que hablemos demasiado desde nosotros mismos y no desde el hombre.
Me preocupa que hablemos demasiado de memoria para salirnos al paso.
Por eso nuestra predicación resulta, con frecuencia, aburrida y sin decir nada.

Pero, mucho más obligados estamos a responder cuando se nos pregunta directamente a nosotros. “¿Y vosotros quién decís que soy yo?”.
Nuestra respuesta tiene que ser una respuesta de fe.
Nuestra respuesta tiene que ser una respuesta desde lo que realmente sentimos.
Nuestra respuesta tiene que ser una respuesta desde lo que realmente El significa para nosotros.
Y aquí se necesita mucha sinceridad.
Aquí se requiere mucha honestidad.
Aquí se requiere confesar cuál es el eje y centro de nuestras vidas.

No basta decir que Jesús es un hombre interesante.
No basta decir que Jesús es un profeta.
Se necesita descubrir nuestros sentimientos hacia El.
Se necesita descubrir nuestra verdad frente a Dios.
Se necesita descubrir nuestra verdad.
No basta reconocer que creemos en El, pero no “practicamos”.
No basta reconocer que creemos en El, pero luego “no le vivimos”.
Jesús puede ser alguien importante, pero no nuestro centro.
Jesús puede ser alguien interesante, pero no el que da sentido a nuestras vidas.

A la confesión de Pedro sigue una promesa: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.
A nuestra confesión también debiera seguir otra promesa:
A vosotros os haré mi Iglesia. Os haré testigos de mí en el mundo.
A vosotros os haré testimonios de mi Evangelio. Os haré rocas de mi Reino.

Pedro es necesario en la Iglesia.
Sin embargo no podemos olvidar la frase del Papa Francisco: “El único necesario en la Iglesia es el Espíritu Santo”. Y a esta luz tenemos que ver la figura del Papa, Obispos, sacerdotes y laicos.

¿Quién es Jesús hoy para la Iglesia?
¿Quién es Jesús hoy para el sacerdote?
¿Quién es Jesús hoy para los jóvenes?
¿Quién es Jesús hoy para los casados?
¿Quién es Jesús hoy para los políticos y economistas?
¿Quién es Jesús hoy para los divorciados?
¿Quién es Jesús hoy para los que cada domingo lo anunciamos?

Clemente Sobrado C. P.

Archivado en: Ciclo C, Cuaresma, Santos


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