Articles by "Padre Alberto Royo Mejía"

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De la Virgen aprendió a convertir su vida en la más bella canción

Bernadette Soubirous

Ninguna aparición en la historia de la Iglesia ha sido reconocida tan rápidamente como la de Lourdes. La Virgen María se apareció a Bernadette Soubirous la primera vez el 11 de febrero de 1858 y el obispo de Tarbes, monseñor Laurence, se pronunció sobre la veracidad de los hechos cuatro años después. Pero la figura de Bernadette sigue siendo poco conocida. Su personalidad se nos presenta sólo a la luz de las apariciones en las que fue protagonista y testigo. Luego retrocede, desaparece, se confunde en la sombra del convento en el que decide pasar la vida hasta su muerte, ocurrida el 16 de abril de 1879, a la edad de 35 años, consumida por la tuberculosis.

Pío XI la canonizó en el Año santo extraordinario de 1933. En el de 1925 había abierto el pontificado elevando a los altares a la pequeña Teresa de Lisieux, que con Bernadette tiene rasgos comunes: las dos viven en la Francia del siglo XIX, las dos mueren jóvenes, de tisis. Pero Teresa, crecida en una familia burguesa y profundamente católica, ha vivido desde niña en un contexto de cariño, protección, ejemplos de vida cristiana que la preparan para la decisión del claustro. La infancia de Bernadette es diferente. A los catorce años, cuando se le aparece la Virgen, no ha podido todavía ir a la doctrina, porque la pobreza extrema la ha obligado a trabajar siempre, desde niña, para ayudar a su familia. Y si prefiere los prados de la montaña al “calabozo” húmedo y malsano donde los Soubirous, endeudados, tienen que vivir, no saca de este trabajo más que techo y comida. En los periodos en los que Bernadette no se ocupaba del rebaño de su nodriza, Marie Lagües, su padre François se ve obligado a mandarla a buscar leña para vender.

El abad Pomian, vicario de Lourdes, se asombrará luego de que esta chica no conozca «ni siquiera el misterio de la Trinidad». A pesar de ello, Bernadette vive en una sociedad donde aún no han desaparecido las formas de la piedad popular, lleva consigo un rosario barato que reza mientras las ovejas pastorean. Y cuando la “Señora” se le aparece la primera vez, su gesto instintivo, dictado por el miedo, es echar mano al rosario. La respuesta de María es una sonrisa y una ternura que Bernadette no olvidará nunca. Pero no le ha preguntado el nombre a esa Señora. No sabe quién es, la llamará, en su dialecto, «Aquero», “Aquello”. Sólo más tarde le dirá su nombre, en la aparición del 25 de marzo: «Yo soy la Inmaculada Concepción», usando las palabras del dogma que Pío IX había definido cuatro años antes, en 1854, hace exactamente 150 años. Una expresión que, por lo demás, Bernadette no comprende. Lo que sabe es que, tras el primer momento de espanto, “Aquello” le atrae y la llena de una paz que nunca había conocido. La verá 18 veces hasta la última aparición del 16 de julio. María le confía tres secretos, la invita a decir a todos que recen por la conversión de los pecadores, pide a los sacerdotes, por medio de Bernadette, que construyan una capilla al lado de la gruta. Hace exactamente lo que se le pide.

Bernadette está acostumbrada a ver las cosas por lo que son. Al abad de Fonteneau, que la interroga con insistencia y desconfía, responde: «No le obligo a creerme, pero debo responder diciendo lo que he visto y oído». Dos años después. Los miembros de la comisión eclesiástica presidida por monseñor Laurence le dicen: «No parece una idea digna de la Santa Virgen hacerte comer hierba». «Y, sin embargo, comemos la ensalada», les responde.

Santa Berdardete en la gruta de LourdesBernadette no se exalta por la imprevista curiosidad que ha suscitado primero en su pueblo, luego entre las autoridades civiles y religiosas y por último en toda Francia. En 1861 el abad Bernadou quiso sacarle unas fotos en la postura que tenía durante las apariciones. Y le dice enfadado: «No, así no. No ponías esa cara cuando estaba la Virgen». Y ella le responde: «Pero ahora no está». A pesar suyo, durante ocho años, de 1858 a 1866, Bernadette será un personaje público: tendrá que contar mil veces la historia de las apariciones, y lo hará a su manera, con palabras escuetas, esenciales, directas.

En este periodo, las Hermanas de la Caridad de Nevers la acogen en su hospicio de Lourdes, para que viva con más decoro y protegerla del asalto de los curiosos. Y a la hora de elegir qué camino tomar en la vida, Bernadette decide hacerse religiosa en su instituto con el nombre de sor Marie-Bernard. No ha recibido una instrucción regular, no “vale para nada” como le dirá a su obispo. Pero antes de salir para Nevers, cuando le preguntan si no siente dejar Lourdes, responde: «El poco tiempo que estamos en el mundo, hay que emplearlo bien». Sabe que la gracia especial que ha recibido no la exime de vivir como una buena cristiana. Y cuando llega al convento de Nevers, después de repetir a las hermanas, por última vez, la narración de las apariciones, la superiora les prohibe a las religiosas que le hagan más preguntas sobre los hechos de Lourdes.

Comienza así, con el noviciado, la última fase de la vida de Bernadette, desde los 22 a los 35 años. Una vida escondida, lejos de los clamores de la notoriedad. No tiene ningún proyecto especial. Desea seguir la invitación de la Virgen y rezar por la conversión de los pecadores. Sabe también, según la misteriosa promesa de María, que no será feliz «en este mundo, sino en el otro». Su vida transcurre normalmente, según los ritmos y tiempos del convento. Tiene a sus disposición los recursos de la vida cristiana de todo el mundo: la oración, los sacramentos, el deber cotidiano. Y no se echa atrás. Acepta también sin acentos de misticismo el sufrimiento que le acompañará durante casi todo el tiempo de su permanencia en Nevers. «En Lourdes había una congregada» recordará sor Vincent Garros, amiga de infancia de Bernadette, «conocida con el nombre de señorita Claire, muy piadosa y que sufría desde hacia tiempo. Caundo llegué a la casa madre, Bernadette me preguntó por ella, y yo le dije: “No sólo sufre pacientemente, sino que dice incluso estas palabras, que me sorprenden realmente: ‘Sufro mucho, pero si no es suficietne, ¡que el Señor añada más sufrimiento!”. Sor Marie-Bernard hizo esta reflexión: “Es muy generosa; yo no haría lo mismo. Me conformo con lo que me manda”».

La gente seguía buscándola, llamando a las puertas del convento para hablar con ella. A algunos, obispos y sacerdotes, no les puede decir que no. Pero prefiere estar, por ejemplo, con su compañera Bernard Dalias, que al tercer día de noviciado, cuando le indicaron a Bernadette dijo: «¿Esto es todo?». Con ella puede sentirse a gusto, sin las miradas de quien la ve, según su expresión, «como un bicho raro». «He podido», contó sor Brigitte Hostin, «admirar en ella una piedad grande, un humor siempre igual –algo raro–, una sencillez de niña, y sobre todo una gran humildad; esto –en el caso en que estuviera obligada a responder a las cartas que le escribían algunos grandes personajes respecto a los favores que la Virgen le había concedido– le hacía decir: “Si no fuera por obediencia, no respondería”».

El conde Lafond cuenta este episodio ocurrido durante la guerra franco-prusiana, en 1870: «El caballero Gougenot des Mousseaux, que vio a Bernadette, le hizo algunas preguntas: “¿Tuvo usted en la gruta de Lourdes o posteriormente revelaciones relativas al futuro y al destino de Francia? ¿No le ha encargado la Virgen que transmita advertencias o amenazas para Francia?”. “No”. “Los prusianos están a las puertas, ¿no le da miedo?”. “No”. “¿No hay, pues, nada que temer?”. “Temo sólo a los malos católicos”. “¿No teme nada más?”. “No, nada”».

A Bernadette la destinan a la enfermería. Durante muchos años, hasta que su estado de salud se lo permite, realiza este trabajo con exactitud y caridad, sonriente, dispuesta, amable. Luego, en los últimos tiempos, la tisis, que la había minado durante mucho tiempo, le impide trabajar activamente. A Bernadette le gusta ese trabajo, pero no le queda más remedio. Cuenta sor Casimir Callery, que la cuidó durante las últimas fases de la enfermedad: «Sor Hélène me había dado unos huevos de Pascua para que los adornara. Yo pintaba. Sor Marie-Bernard rascaba, creando así lo modelos. Un día me quejaba porque este trabajo me ponía nerviosa. Me dijo: “¡Qué importancia tendrá ganarse el cielo rallando huevos o haciendo cualquier otra cosa!”».

Bernadette no dejó escrito casi nada, pero los episodios, las respuestas, los gestos que los testimonios de sus hermanas de hábito refieren revelan su espíritu humilde y gozoso, aunque agotado por el sufrimiento. En sus palabras trasluce una alegría tranquila, un sentimiento irónico frente a las dificultades que la vida del convento presentaba, un amor profundo por Jesús y la Virgen, y una predilección por san José: «Sé que, entre los santos, Bernadette tenía una devoción especial por san José», contó sor Madeleine Bounaix: «Repetía estas invocaciones: “Hazme la gracia de amar a Jesús y María como quieren ser amados. San José, reza por mí. Enséñame a rezar”. Y a mí me decía: “Cuando no se consigue rezar, se dirige una a san José”».

«Sor Marie-Bernard tenía una piedad dulce, sencilla», recuerda otra religiosa, «sin nada de particular. Era muy exacta, no faltaba al silencio, pero durante el recreo atraía por su brío. No le gustaba la piedad recargada. Un día me decía riendo, indicando a una novicia que cerraba siempre los ojos: “¿Ve a sor X? Si no tuviera una compañera que la guía, tendría un accidente, ¿Por qué cerrar los ojos, cuando hay que tenerlos bien abiertos?”». Su oración está marcada por la atención amorosa a los gestos más sencillos: «Un día Bernadette me hizo notar que hacía mal la señal de la cruz», cuenta sor Emilienne Duboé, «le dije que por supuesto no lo hacía tan bien como ella que lo había aprendido de la Virgen. “Hay que poner atención”, me dijo, “porque significa mucho hacerse bien la señal de la cruz”». Y sor Charles Ramillon afirma: «El modo en que se hacía la señal de la cruz me llamaba la atención profundamente; hemos tratado muchas veces de reproducirlo,.. pero sin éxito. Entonces decíamos: “Se ve que se lo ha enseñado la Virgen misma”. En el Avemaría de Lourdes los fieles cantan una estrofa que parece resumir toda la vida de Bernadette: “A los pies de su Madre, / la niña que la ve /la señal de la cruz / aprende a hacer bien” (Au pied de sa Mère, /l’enfant qui la voit/ apprend à bien faire / le signe de la croix)».

A quien le preguntaba si no sentía estar lejos de Lourdes, respondía: «No me deben compadecer, he visto algo mucho más hermoso». Desde luego, no podía haberse olvidado «los ojos a Dios santos y gratos» (Divina Comedia, Paraíso, XXXIII, 40) que tuvo el privilegio de admirar tantas veces, aunque fuera por un breve periodo. Y durante toda su vida llevó consigo, mientras se alejaba en el tiempo, el deseo apasionado de volver a ver esos ojos.

«Si tú supieras lo que he visto allí de hermoso», le dijo una vez a sor Emilienne Duboé. «Cuando la has visto no puedes seguir apegada a la tierra». Quizá por eso la Virgen le había dicho que no sería feliz en este mundo, pero Bernadette no alegó nunca derechos especiales en vistas del cielo. Una superiora le preguntaba un día si no había sentido nunca un sentimiento de satisfacción por los favores que la Virgen le había hecho. «¿Qué piensa de mí? ¿Quiere que no sepa que si la Virgen me ha elegido es porque yo era la más ignorante? Si hubiera encontrado otra más ignorante que yo, la habría elegido a ella».

También durante la enfermedad, cada vez más grave en los últimos tiempos, conservó una sobriedad que sus hermanas de hábito no dejaron de notar: «La he visto sufrir moral y físicamente» cuenta sor Joseph Ducout: «Nunca pronunció durante su sufrimiento una palabra que expresara su dolor. Tomaba el crucifijo, lo miraba, y basta». El último testimonio que tenemos es el de sor Nathalie Portat, que estuvo a su lado en los últimos momentos. Mientras sus hermanas de hábito rezaban el rosario a su alrededor, «a las palabras del Avemaría: Santa María, Madre de Dios…”, Bernadette se reanimó y con un acento especial… repitió dos veces: “Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora”»


Publicado originalmente el 06.02.10

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17:14

La primera santa del siglo XX

Santa GemaGema Galgani nació en 1878 en Camigliano, un pequeño pueblo de la provincia de Lucca (Italia), en el seno de una familia era de condición modesta: el padre farmacéutico y la madre ama de casa. Gema tuvo una infancia normal, asistió a la escuela pública de Lucca, donde la familia se había mudado, y tenía muchos amigos. Pero aquella normalidad fue destrozada por pruebas durísimas. En 1886 su madre murió, con solo 39 años, en 1894 su hermano Gino que era seminarista, con 18 años, y en 1897 su padre. A estas muertes siguieron un colapso económico de la familia, pues como resultado de la generosidad del padre, de la falta de escrúpulos de sus contactos en negocios y de sus acreedores, sus hijos se quedaron sin nada, y no tenían siquiera los medios para mantenerse.

Para Gema comenzaron también por aquella época una serie de enfermedades, algunas de ellas graves. Gema pronto comenzó a enfermar. Se le desarrolló una curvatura en la columna vertebral y le dio también una meningitis dejándola con una pérdida de oído temporal. Largos abscesos se le formaron en la cabeza, el pelo se le cayó, y finalmente las extremidades se le paralizaron. Un doctor fue llamado y trató muchos remedios, los cuales fallaron y ella sólo se puso peor. Gema comenzó entonces su devoción al entonces Venerable Gabriel de la Dolorosa, joven pasionista popularísimo en Italia, hoy canonizado. Además, en el invierno de 1898, fue curada milagrosamente por intercesión de Santa Margarita María de Alacoque de otra de las enfermedades.

Estas pruebas permitieron a Gema hacer grandes progresos en la vida espiritual. Siempre había tenido facilidad para la vida de piedad y había llegado a tener una gran familiaridad con Jesús, ya en la escuela llenaba sus cuadernos con pensamientos espirituales y oraciones. Y así, creciendo progresivamente en la vida espiritual, recibió extraordinarios dones místicos: sentía claramente junto a sí la presencia del ángel de la guarda y hablaba con Jesús y María.

Hasta que le fue concedido el don de los estigmas. Ella narra el acontecimiento: “Estábamos en la tarde del 8 de junio de 1899, cuando, de repente, siento un dolor interno por mis pecados… Jesús se apareció, tenía todas las heridas abiertas, pero de aquellas heridas ya no salía sangre, salían como unas llamas de fuego, que tocaron mis manos, mis pies, mi corazón. Me sentía morir...” No se puede pasar por alto el parecido de esta descripción a la que hizo San Pío de Pietrelcina sobre su estigmatización ocurrida el 20 de septiembre de 1918. Las heridas profundas en las manos, los pies y el costado se reabrían todos los jueves a las 8 de la tarde y los viernes a las 3, y este raro fenómeno venía acompañado por éxtasis. Para disimular las llagas usaba guantes.

Sobre los estigmas, escribirá su último director espiritual, como testigo directo y fiable: “La herida algunas veces era superficial, casi imperceptible a primera vista, pero de ordinario profunda y parecía unirse con la de la cara opuesta, atravesando la mano completamente. Y digo que parecía, porque de las heridas salía sangre, en parte líquida y en parte coagulada, y al cesar ésta de salir, la herida se contraía y no era fácil explorarla sin el auxilio de la sonda, instrumento que no me atrevía a usar, ya por el temor reverencial que me inspiraba la extática en aquellas condiciones, ya porque el dolor le hacía contraer convulsivamente las manos”.

Su confesor ordinario, Monseñor Volpi le dijo que no se dejase ver las manos porque la gente se podría reír de ella. En efecto Gema sufrió el desprecio, rechazo y la burla de muchos aun cuando caminaba por las calles de Lucca, la tenían por una farsante y una histérica, e gritaban insultos y burlas por las calles. Así comienza para Gema una vida de incomprensión, pues su propio confesor, Monseñor Volpi dudaba de la veracidad de los estigmas y pensaba que era obra de la histeria, apoyado por el parecer de un médico al que pidió que examinase los estigmas: Años después le sucedería algo parecido al P. Pío con alguno de los especialistas que le examinaron. También los familiares de Gema tenían dificultades para creerla y en secreto la espiaban para ver si se autoinfligía las heridas de los estigmas.

Rechazada para la vida religiosa por su salud débil y la sospecha de desequilibrio mental, en el mismo año 1899, la joven conoció a los Pasionistas y fueron estos religiosos los que le buscaron una familia que la cuidase, por su precaria situación económica. Los buenos esposos Giannini, que hospedaban a los Pasionistas cuando iban a Lucca, quisieron acoger a Gema en su casa, para salvarla de una vida de miseria, y la trataron como a una hija. La madre de la familia, Cecilia, la puso en contacto con un gran director espiritual Pasionista, el P. Germano de San Estanislao, que a partir de entonces la guiará con gran sabiduría. Con los Giannini Gema llevó una vida retirada de la casa a la iglesia, obediente a las directrices del director espiritual, el sacerdote Pasionista P Germano.

Mientras tanto, la enfermedad que había sufrido en la adolescencia se volvió a manifestar en 1902, haciéndola sufrir mucho. Con buena salud desde su cura milagrosa, se ofreció a Dios como víctima por la salvación de las almas y cayó peligrosamente enferma. No podía pasar ningún alimento. Aunque recobró brevemente la salud, rápidamente volvió a caer enferma y el 21 de septiembre de 1902, comenzó a vomitar pura sangre que venía de los espasmos violentos de amor de su corazón. Mientras tanto, pasaba por un martirio espiritual que ella experimentaba como aridez y desconsuelo en sus ejercicios espirituales

Los tiempos en los que vivió fueron de un positivismo triunfante y, sin embargo, su vida fue una gran refutación de esta certeza filosófica, pues muchos científicos acudieron a estudiarla y no entendieron nada de lo que le ocurría, ya que ninguna teoría humana podía explicar los fenómenos extraordinarios que experimentó esta mujer: Gema hablaba con su ángel de la guarda y le encargaba tareas delicadas, como la de hacer llegar a Roma la correspondencia de algunos de sus directores espirituales. Sobre esta curiosa tarea, escribió: “En cuanto termino la carta, se la doy al ángel. Está junto a mí, esperando”. Y curiosamente las cartas llegaban a su destino sin pasar por el servicio de correos. Además, Gema predecía acontecimientos futuros, caía en éxtasis, sudaba sangre, y muchos que acudían a ella simplemente por curiosidad, salían convencidos y a veces convertidos

Sin duda un aspecto especialmente misterioso de la vida de Gema Galgani fue su lucha contra el demonio, que se cebó con ella, por así decir, ya que la santa no solamente se ofrecía como víctima por la conversión de los pecadores, sino que también con sus dones extraordinarios conseguía la conversión de muchos. El demonio se ensañaba atrozmente contra ella, intentando hacerla expulsar de la casa de los Giannini; también intentaba engañar a sus confesores, dejaba sus huellas en el diario íntimo de Gema, la tentaba contra la castidad, la golpeaba, la levantaba de la tierra y la tiraba por tierra, bajo el armario de su habitación. Le aparecía bajo el aspecto de su ángel de la guarda para engañarla, le llenaba la comida de gusanos para impedirle comer.

El Señor permitió incluso que el demonio la poseyese, y en ese estado la lanzaba contra los objetos sagrados, la empujaba a escupir al crucifijo, la hacía gritar y sufrir las contorsiones típicas de los poseídos. La misma Gema lo describió en una carta enviada a su confesor, el P. Germano: “El demonio me hostiga, me hace todo tipo de cosas. No duerme. A saber las tentaciones que tendré que aguantar todavía… y qué pasará cuando muera y tenga que ser juzgada…” Un sacerdote que la conocía le regaló una reliquia de la Santa Cruz y desde entonces quedó libre de estas posesiones.

Pero el demonio atacaba a Gema de muchos otros modos, y los testigos presenciales del Proceso de Canonización que la asistían en sus últimos años aseguraron que no exageraba en lo que contaba: El P. Pedro Pablo la encontró por tierra llorando, Cecilia Giannini afirmó haberla visto como llena de golpes y en una ocasión la encontró como muerta con la boca llena de baba. Ella misma contó de haber visto algunas veces temblar su cama de modo violento. Una niña de 12 años, hija de los Giannini, que una noche se quedó a dormir con ella para hacerle compañía, se asustó tanto por los ruidos que oyó que nunca quiso volver. Las personas que la cuidaban, cuando volvían por la mañana, la encontraban agotada y notaban en el aire un fuerte olor a azufre.

Una de ellas, su amiga Eufemia, contó que la santa pedía siempre oraciones y agua bendita. Contó también que Gema veía con frecuencia seres horribles a su alrededor, veía peces que rodeaban su cama, o cubierta de gusanos y objetos repugnantes que ella llamaba “cosas del infierno”. Eufemia siguió contando en cierta ocasión: “No para de rociar el lecho con agua bendita. Está mal, hace pocos minutos ha lanzado un grito porqué le parecía tener en la garganta un escorpión que la mordía, pero que al rociar el agua bendita ha escapado de la cama con forma de gato. Dice que siente punzadas en cada parte del cuerpo”.

Un misionero Pasionista, el P. Pedro Pablo declaró: “El demonio la atacaba y, controlando sus sentidos, le obligaba a hacer actos de posesa. Se tiraba por tierra, se lanzaba contra las personas y si éstas le presentaban algún objeto de devoción, escupía al crucifijo y a la imagen de la Virgen, y recuerdo que un día me arrebató el rosario que llevaba en el cinto del hábito y me lo rompió en varios pedazos”. Todo esto nos podrían parecer exageraciones piadosas si no constasen bajo juramento en el Summarium del Proceso de Canonización de Gema Galgani.

Un auténtico calvario permitido por el Señor para que pudiese conformarse más a Él a través de la humillación, la soledad, la incomprensión y el despojo de sí. Pocos instantes antes de morir, Gema pronunció estas palabras: “Ya no pido nada, he sacrificado a Dio todo y todos” y dos lágrimas le cayeron de los ojos. El 11 de abril de 1903, víspera de la fiesta de Pascua, acabó su calvario. Cuatro años después de su muerte comenzó el proceso de beatificación, algo inusitado en aquella época. Fue beatificada en mayo de 1933 y canonizada por el Papa Pío XII en plena Segunda Guerra Mundial, en mayo de 1940, siendo la primera santa del siglo XX en llegar a los altares.


Este artículo se publicó originalmente el 2 de enero de 2013.

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06:50
AUTÉNTICAS MAESTRAS DE EVANGELIZACIÓN
FRANCISCO JAVIER SANDOVAL OCHOA
No es exagerado afirmar que la difusión del cristianismo hubiera sido prácticamente imposible sin las mujeres, muy en contra de los que algunos pretenden afirmar que la Iglesia las habría discriminado en la historia, por lo que he escogido tres reinas para demostrar como gracias a ellas, su profunda fe y su coherencia de vida la fe cristiana creció en el mundo en el que ellas vivían. La razón fue muy sencilla, fueron extraordinarias esposas y extraordinarias católicas, marcaron la vida de muchos reyes, y podemos si actualmente vivieran se sorprenderían de lo que con la ayuda de Dios consiguieron.
Clotilde
Clotilde nació en Burgundia (región que agrupó parte de Suiza y Francia) en el año 475, desde niña sufrió mucho ya que su tío Gundebaldo mandó asesinar a su Padre y ahogar a su madre, ella huyo a ginebra y en el año 493 se casó con Clodoveo. Este era el rey de los francos, quienes eran un pueblo bárbaro que aún conservaba una religiosidad pagana con culto a Odín. En breve tiempo nació el primer niño de este matrimonio y a pesar de que Clodoveo no era católico, accedió a los ruegos de Clotilde para que se bautizara al niño, lamentablemente el niño murió en pocos días y esto provocó que Clodoveo pensara que era un castigo de los dioses que lo castigaban por haber permitido el bautizo, al año siguiente nació su segundo hijo y de nuevo Clotilde logró que se le bautizara a pesar de los temores y supersticiones del rey.
Grande sorpresa fue que el niño creció con mucha salud, mientras tanto Clotilde trataba de convertir a su esposo al catolicismo explicándole la fe y pidiendo a Dios la gracia de la conversión. En el año 496 se llevó a cabo la batalla de Tolbiac, los germánicos estaban a punto de vencer al ejército de Clodoveo, esto significaría la caída del reino de los francos. Clodoveo, recordando al Dios del que su esposa le había hablado tanto, le juró que si ganaba la batalla se bautizaría católico. Sorprendentemente la victoria fue para Clodoveo después de que el jefe de los germánicos fue abatido y que el ejército se dispersara. Fiel a su palabra, al poco tiempo, se hizo bautizar por el obispo San Remigio junto con 3000 miembros de su ejército.
Así es como Francia se convirtió en la primogénita de la Iglesia, el reino franco fue el primero de los reinos que poco a poco irían abrazando la fe católica. En el año 511 muere Clodoveo y Clotilde entristecida por tantas guerras entre sus propios hijos se retiró a Tours donde se entregó a servir a los pobres y a atender enfermos y afligidos junto con una vida de oración, se dice que una noche sus hijos Clotario y Childeberto estaban preparándose para un enfrentamiento mutuo en la mañana siguiente, Clotilde pasó toda esa noche en oración mientras los otros pensaban en la batalla. De repente una tormenta tremenda hizo que la batalla fuera imposible de realizarse y los dos hermanos acabaron por reconciliarse, estos dos hijos llevarían, cuando muere Clotilde en el 545, los restos de su madre para enterrarlos al lado de la tumba del rey Clodoveo. La fiesta litúrgica de Santa Clotilde es el 3 de junio. San Gregorio de Tours dice que la reina Clotilde era admirada por todos a causa de su gran generosidad en repartir limosnas, y por la pureza de su vida y sus largas y fervorosas oraciones.

Ingunda
No se conoce la fecha exacta en la que nació Ingunda, posiblemente a mediados del siglo VI. Fue hija de Sigisberto, quien era el rey de Austrasia (una región que abarca el norte de Francia y parte de Alemania), fue prometida a un príncipe visigodo llamado Hermenegildo, hijo del rey Leovigildo. A pesar de que los visigodos eran arrianos e Ingunda católica se realizó el matrimonio en el año 579, esto se explica porque el móvil principal era la unificación política de los pueblos godos. Al llegar a Toledo, Ingunda pensó que Goswintha, quien era su abuela por la línea materna y la vez era la madrastra de Hermenegildo por su segundo matrimonio con el rey Leovigildo, sería una persona cercana a ella, sin embargo sucedió todo lo contrario.
Goswintha era arriana y al principio trató de convertirla al arrianismo con caricias, al ver que con esa técnica no había resultado, le exigió que abjurara del catolicismo, Ingunda resistió durante mucho tiempo las presiones que le hacia la Goswintha, continuamente padeció humillaciones y violencia física, pero Ingunda se mantenía fiel a su fe. San Gregorio de Tours nos dice que en una ocasión Goswintha la arrojó al suelo y comenzó a patearla hasta que quedó empapada en sangre y a pesar de eso Ingunda continuaba firme y no solo eso, sino que buscaba la conversión de su esposo a la fe católica. Hermenegildo fue testigo del maltrato, no pudo dejar de ver las heridas y marcas que tenía su esposa y que esta callaba heroicamente. Cuando protestó ante su padre por la actitud de su madrastra, Leovigildo buscó solucionar el problema haciendo partir a Hermenegildo con Ingunda a Sevilla para que realizara funciones de gobierno.
En ese lugar Ingunda se esforzó más por conseguir la conversión de su esposo y con la libertad que tenía Hermenegildo, al estar alejado de la corte arriana, aunado al buen ejemplo y amor que veía en su esposa se decidió convertir al catolicismo, el bautizo lo realizó San Leandro, quien era el obispo de Sevilla.  Pocos meses después Hermenegildo se rebeló contra su padre Leovigildo y fue apresado y martirizado en el año 585 cuando se negó a recibir la comunión de los arrianos, Ingunda trató de huir hacia Constantinopla, pero murió en el camino. Con Hermenegildo muerto el sucesor de Leovigildo fue su hermano Recaredo, accedió al trono un año después de la muerte de su hermano al que apreciaba mucho. En el 589 San Leandro presidió el III concilio de Toledo, ahí Recaredo abjuró del arrianismo y abrazó la fe de su hermano mártir y de su cuñada. Así el pueblo de los visigodos se convirtió a la fe católica. Ingunda no tiene el título de santa, pero sus méritos y valor brillan por si solos para imaginarnos lo grata que fue a Dios su vida.
Adelaida de Italia
Adelaida fue la hija del rey de Italia, nació en el año 928, siendo muy joven se casó con el rey Lotario,pero a los pocos años este murió y el nuevo rey, llamado Berengario, asoció al trono a su hijo Hugo de Provenza y para afianzar el poder deseaba que Adelaida se casara con su hijo. La reina no aceptó casarse con él y este fue motivo para que fuera perseguida y encarcelada por Berengario, estando en prisión su capellán logró que escapara a través de un túnel y que huyera al castillo de Canossa, cuando Berengario se enteró fue a buscarla para volverla regresarla a la cárcel, pero ella logró enviar un emisario a la corte del emperador Otón I. El emperador del Imperio Romano Germánico accedió a prestarle ayuda y él mismo fue con su ejército a liberarla, cuando la conoció se enamoró de ella y le pidió que fuera su esposa, convirtiéndose en la emperatriz del gran imperio.
Los nuevos esposos, al poco tiempo, viajaron a Roma donde fueron coronados por el Papa Juan VII. Mientras Otón reinaba ella se dedicó a las obras de caridad, promover la evangelización de la fe y a construir iglesias. Al enviudar de Otón I su hijo Otón II fue nombrado emperador, pero la esposa del nuevo emperador, una emperatriz Bizantina llamada Teofanía que era celosa y soberbia, convenció al emperador para que echara a su madre del palacio real, tristemente él aceptó. Adelaida se retiró a un castillo, pero cuando san Mayolo, Abad de Cluny, se enteró de la decisión imperial fue personalmente a hablar con el rey para hacerle ver su error. Otón II se dio cuenta de lo que había hecho y fue a buscar a su madre para pedirle perdón y suplicarle que regresará a su lado.
Años después OtónII murió y quedó como regente Teofanía hasta que su hijo alcanzara la edad para ser emperador, Adelaida sufrió mucho porque los malos tratos y humillaciones recomenzaron, sin embargo una enfermedad acabó con la vida de Teofanía y Adelaida pasó no solo a ser la regente del reino, sino que tuvo la gran tarea de ser la educadora del futuro emperador Otón III. Santa Adelaida murió el 16 de diciembre de 999 y fue canonizada el año 1097. No fue una emperatriz más para su pueblo, ella logró conquistar con su vida y ejemplo el cariño y respeto de su pueblo. Cuando su nieto Otón III accedió al trono, ella decidió retirarse a pasar sus últimos años en un monasterio. Otón III sobresalió por su vida de piedad, fundó el arzobispado de Polonia y logró que el principado Húngaro pasara a ser reino quedando como primer rey San Esteban, quien tuvo como padrino de bautizo al emperador Otón III. La influencia de la abuela en el joven emperador no había pasadodesapercibida.
Existen otras reinas que tuvieron una importante y decisiva actividad para la propagación de la fe, muchas de ellas son santas reconocidas, otras no son reconocidas, pero son santas. Lo mejor de todo es que antes que reinas fueron madres, abuelas o esposas que con su vida ejemplar, su carácter perseverante y su gran amor al cristianismo acabaron por cristianizar todo Europa y la semilla de fe que sembraron en su país acabó por difundirse en todo el mundo.
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17:06

http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php?tempskin=_atom b2evolution 2015-10-12T22:06:11Z Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1505180126-un-nnino-martir-con-mas-valor 2015-05-18T11:26:34Z 2015-05-18T11:26:59Z JOSÉ SANCHEZ DEL RIO, FUERTE ANTE LOS PERSEGUIDORES

FRANCISCO JAVIER SANDOVAL OCHOA

jose

Mucho hay que decir sobre el conflicto que hubo en México durante la época de la guerra cristera (1926-1929), que fue una sangrienta persecución hacia la fe católica, pero en esta ocasión bastará dar unas líneas breves para situarnos del ambiente que se vivía y así poder entender mejor la situación donde vivió y murió el Beato José Sánchez del Rio.

La recién redactada constitución de 1917 venía a confirmar lo que las anteriores constituciones habían consagrado y anunciado, es decir la laicidad de México y su separación de la Iglesia. El presidente Plutarco Elías Calles ordenó que ese artículo quedara claramente reglamentado, produciendo una ley absolutamente anticlerical que entre las cosas que legislaba era que se procediera a la clausura de escuelas religiosas y monasterios, se expulsara a sacerdotes extranjeros, el número de sacerdotes seria uno por cada seis mil habitantes, desaparecía la libertad de enseñanza y el derecho de educar a las personas en la fe, se prohibía vestirse de manera religiosa y cualquier acto religioso en público, entre otras más, todo lo anterior teniendo consecuencias penales. Los obispos viendo que no era posible ejercer el culto decidieron, con la autorización de la santa sede, suspenderlo, el gobierno respondió a esto haciendo a expulsar a los obispos y cerrando templos y escuelas católicas con más prontitud y violencia.

Ante esta situación un grupo de católicos buscaron armar un boicot, pedían que se gastara lo menos posible y que no se pagaran impuestos hasta que las leyes persecutorias desaparecieran y se dieran garantías para el libre ejercicio de la fe, la resistencia pacífica no tuvo éxito y en esa época comenzaron a haber asesinatos contra sacerdotes y contra católicosque pasaban a ser considerados delincuentes y traidores de la nación, los católicos al haber agotado todos los medios pacíficos, comenzaron a tomar armas y a organizarse en pequeños grupos para buscar la libertad de la Iglesia, enfrentarse al gobierno y su ejército que asesinaban al que no apostataba y que tenía un odio implacable a la iglesia y a Dios. Así nació un ejército sin nombre que las tropas oficiales, al tener los primeros enfrentamientos, llamaron con desprecio “el ejército cristero”, nombre que ese ejército tomó oficialmentecon orgullo y honor poco tiempo después.

joseEn este contexto nació José el día 28 de marzo de 1913, en Sahuayo, Michoacán. Un niño normal que fue a la escuela en su pequeño pueblo, desde los diez años ya estaba en un grupo católico que le había enseñado a rezar y a fomentar la adoración eucarística, cuando en 1926 comenzó la guerra cristera quiso enrolarse en el ejército popular que se estaba organizando para combatir la persecución que el gobierno realizaba en contra de la Iglesia católica, él ya que había visto cómo sus 2 hermanos mayores se unían a la guerra para defender a la Iglesia, pero su madre le negó el permiso ya que tenía escasos 13 años, sin embargo José no se desanimó y continuó insistiendo, su madre acabó por acceder ante las siguientes palabras de José: “Mamá, nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo como ahora” (http://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints)

Leer más... »]]> Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1504200621-la-mujer-que-pudo-con-la-paci 2015-04-20T16:41:22Z 2015-04-20T16:57:08Z LA PRINCESA DE ÉBOLI Y LA FUGAZ FUNDACIÓN DE PASTRANA

EboliVarios autores nos ayudan a reconstruir este duro episodio de la vida de Santa Teresa de Jesús. J. L. García de Paz en su reseña biográfica de esta interesante princesa española, nos explica que Ana de Mendoza y de la Cerda (1540-1592) era hija única de Diego de Mendoza, Príncipe de Mélito y nieto del Gran Cardenal Mendoza. Diego se casó en 1538 con Catalina de Silva, hermana del entonces Conde de Cifuentes. Ana nació en Cifuentes y murió en Pastrana, por lo que puede considerarse propiamente como alcarreña. Por su educación tuvo un caracter dominante y altivo. Pero también voluble, rebelde y apasionado, como el de los antiguos Mendozas. No hay noticias destacadas de su infancia, salvo la leyenda referente a la pérdida de un ojo por causa de una caida o de la esgrima. Pero este dato no es claro, quizá no fuera tuerta sino bizca. Ciertamente alabaron su belleza, a pesar del parche que la adornaba. El caso es que cuando su boda se la describe como que la novia era “bonita aunque chiquita".

ebSu educación fue nuy influida por las peleas y separaciones entre sus padres, en gran parte debidas al caracter mujeriego de Diego. Ana tomaría partido por su madre. Esta rica heredera fue casada muy joven en 1552 con Rui Gómes de Silva (1516-1573), noble segundón portugués mucho mayor que ella. El matrimonio no se consumó hasta 1557. Ana y Rui vivieron definitivamente juntos desde la vuelta de éste en 1559 y tuvieron seis hijos vivos en los trece años de matrimonio.

Fue una de las mujeres de más talento de su época, y aunque perdió un ojo a causa de un entrenamiento de esgrima, se la estimaba como una de las damas más hermosas de la corte española. Entre las teorías que se barajan sobre la pérdida de su ojo derecho, la más respaldada es la que asegura que la princesa fue dañada por la punta de un florete manejado por un paje durante su infancia. Pero este dato no es claro, quizá no fuese tuerta sino estrábica, aunque hay pocos datos que mencionen dicho defecto físico. En cualquier caso, su defecto no restaba belleza a su rostro; su carácter altivo y su amor por el lujo se convirtieron en su mejor etiqueta de presentación, y ejerció una gran influencia en la corte.

Esta indómita mujer era profundamente celosa de su marido al que amó hasta el fallecimiento del mismo en 1573. Previamente, habían adquirido el señorío de Pastrana (Guadalajara) dispuestos a engrandecerlo, por lo que el soberano concedió a don Ruy el título de duque de Pastrana. Para ello no escatimaron dinero en construir talleres textiles regentados por reconocidos artesanos flamencos y con moriscos expulsados de las Alpujarras como mano de obra. Además enriquecieron la Colegiata a la vez que reurbanizaron la ciudad. La de Éboli quería que su ciudad se convirtiera en un faro de sabiduría por lo que en 1569 no dudó en llamar a Santa Teresa de Jesús para que fundara allí dos conventos.

Leer más... »]]> Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1504070921-vladimir-y-la-conversion-de-r 2015-04-07T07:21:19Z 2015-04-07T07:30:06Z A LOS MIL AÑOS DE LA MUERTE DEL PRÍNCIPE VLADIMIR DE RUSIA

VLACon ocasión del milenario de la muerte de San Vladimir, acaecida en 1015, volvemos a proponer un viejo artículo sobre la historia de dicho príncipe, su abuela santa Olga y la conversión de Rusia

Los orígenes de la actual Rusia hunden sus raices en la historia a través de un personaje poco conocido para los occidentales y sobre el que realmente se sabe poco, el jefe Riurik (Rodrigo, en castellano), nacido en 830. Probablemente danés de Jutlandia, de la casa real de Haithabu, hay quien lo identifica con el príncipe Hrorek de Dorestad, hijo del noveno monarca de este linaje. Hay debate sobre la forma en la que Rurik llegó a controlar el Ladoga y Nóvgorod. La única información sobre él se encuentra en la Crónica de Néstor del siglo XII, que afirma que chuds, eslavos, merias, veses y krivichs “llevaron a los varegos más allá del mar, rechazaron pagarles tributo, y se establecieron para gobernarse a si mismos”.

Después las tribus comenzaron a pelear entre sí y en 862 decidieron invitar a Rurik para restablecer el orden. Éste acepto la invitacion y, tras someter la zona del lago Ladoga, fundó en 859 la ciudad de Veliki Novgorod, que gobernó hasta su muerte en 879. De este modo tuvo inicio el principado que, trasladada su capital a Kiev, en 882 por Oleg, uno de sus descendientes, fue conocido como la Rus de Kiev, que perduró hasta 1240, la época de la invasión mongola. Una serie de familias principescas supervivientes descienden por vía patrilineal de Rurik, hasta el último pariente suyo que gobernó Rusia, Basilio IV, murió en 1612.

De modo independiente, cuenta la tradición que poco tiempo de la fundación de Kiev, mucho antes que la conquistase Oleg, llegó de Grecia a dicha ciudad un obispo que comenzó a predicar a sus habitantes el Evangelio y a hablar de los milagros de Dios relatados en el Antiguo y Nuevo Testamento. Sigue narrando la tradición que los rusos -que así llamaremos a los varegos, según una etimología bastante posible- al oír decir que los tres niños no se quemaron en el horno encendido de Babilonia según el libro de Daniel, interrumpieron al predicador y dijeron: “Si no vemos algo parecido, no creeremos en tu historia”. El obispo, después de rezar a Dios, se atrevió a poner el Evangelio en el fuego y el libro sagrado permaneció intacto, hasta las cintas que marcaban las hojas preparadas para la lectura, no se quemaron. Parece ser que debido al impacto de este milagro, muchos de ellos se bautizaron.

VlaDespués de Riurik, fue su pariente Oleg quien gobernó el país. Éste fue tomando el control de las ciudades del Dniéper y capturó Kiev, controlada anteriormente por los varegos Askold y Dir, a donde finalmente trasladó su capital desde Nóvgorod. La nueva capital era un lugar idóneo para lanzar una incursión contra Constantinopla en 911. Según la Crónica de Néstor o Primera Crónica Rusa, los bizantinos intentaron envenenar a Oleg, pero el líder varego demostró sus poderes proféticos rechazando beber de la copa con vino envenenado. Tras haber clavado su escudo en la puerta de la capital imperial, Oleg ganó un tratado comercial favorable, que finalmente fue muy beneficioso para ambas naciones. Aunque las fuentes bizantinas no registraron estas hostilidades, el texto del tratado ha sobrevivido en la Crónica de Néstor. Lo que sí sabemos es que en Constantinopla concertó Oleg un tratado muy ventajoso para Rusia, un contrato comercial con los griegos.

Leer más... »]]> Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1503181219-a-los-60-anos-de-comunion-y-l 2015-03-18T11:19:02Z 2015-04-07T07:15:51Z LUIGI GIUSSANI Y LOS COMIENZOS DE COMUNIÓN Y LIBERACIÓN

JOSÉ RAMÓN GODINO ALARCÓN

don“¿Cuál es la primera característica de la fe en Cristo? ¡La primera característica es un hecho!”, explicaba Don Luigi Giussani. Un hecho que tiene la forma de un encuentro y que será lo que motive la obra del fundador de Comunión y Liberación.  Don Giussani había nacido en Desio, cerca de Milán, el 15 de octubre de 1922. Procedía de una familia trabajadora en la que fue introducido en la fe católica por su madre, Angelina, a la vez que su padre, Benjamín, celoso anarquista, le introducía en la pasión por la música, afición que marcará toda su vida. Dentro de las escasas posibilidades que tenía la familia uno de los pequeños lujos que se permitió fue invitar a algún músico el domingo para escuchar en directo algunas piezas. De sus padres aprendió, además, algo que será radical para su comprensión del cristianismo: preguntarse el porqué de las cosas.

Los recuerdos de la vida familiar acompañaron a don Giussani. En múltiples ocasiones recordaba cómo creció, siendo educado en el respeto a la persona y en la atención a lo que sucedía, prestando atención desde pequeño a las noticias. Recordaba con especial intensidad cómo un día, yendo a Misa con su madre, se sorprendió ante el amanecer y su madre exclamó: “¡Qué bello es el mundo y qué grande es Dios!

l Este ambiente hizo que despertara desde pequeño su vocación sacerdotal. El 2 de octubre de 1933 entró en el seminario de Seveso, donde recibió la Enseñanza Media y el primer año de Enseñanza Secundaria, pasando después al seminario de Venegono. Allí estudió el resto de la Secundaria, la Filosofía y la Teología, recibiendo la influencia de profesores como Gaetano Corti, Giovanni Colombo, Carlo Colombo -que después fue obispo auxiliar de Milán- y Carlo Figini. Pero no sólo será importante la influencia de los profesores, la estancia en Venegono hará que conozca a compañeros de especial importancia en su vida como Enrico Manfredini, futuro arzobispo de Bolonia. Junto con él y otros amigos descubrió el valor de la vocación, que se realiza en el mundo y para el mundo.

En estos años tienen lugar importantes descubrimientos para don Giussani, desde la poesía de Leopardi a la música de Beethoven, Mozart y Donizetti como expresiones vivísimas del sentido religioso del hombre. Consideraba el poema A su mujer de Leopardi como una introducción del prólogo del evangelio de san Juan y creció en la convicción de que la cima del genio humano es profecía -a menudo inconsciente- del acontecimiento de Cristo. Todas estas intuiciones formarían con la base del método educativo de la futura Comunión y Liberación. En la historia del movimiento destaca el reclamo de que la verdad se reconoce por la belleza con la que se manifiesta y don Giussani dará una importancia privilegiada a la estética en el sentido tomista del término, insistiendo en su reclamo ético.

Leer más... »]]> Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1502260940-centenario-de-un-gran-escrito 2015-03-02T08:40:50Z 2015-03-16T00:35:20Z EL ENIGMA DE THOMAS MERTON

mertonEn la Biografía que escribió de su buen amigo desde la juventud -Thomas Merton- el escritor y artista Edward Rice cuenta que a una dama oriental que le preguntó que estaba haciendo, le contestó que “estaba escribiendo un libro sobre un inglés que se hizo comunista, luego católico, más tarde monje trapense y finalmente budista; en ese momento, habiendo alcanzado su vida la plenitud, murió”. Tal descripción del popular monje fallecido hacía poco sentó muy mal en círculos católicos norteamericanos y peor todavía en su abadía de Gethsemani, de la que salieron en defensa de la identidad católica de Merton, cuyo cuerpo yacía como el de un monje más en el cementerio monástico.

 Esta anécdota nos sirve como punto de partida para recordar a ese gran enigma que fue Thomas Merton. Sobre él comenta el experto historiador del monacato benedictino, García M. Colombás en su libro “La tradición benedictina”, que nos sirve de base para estas líneas: “Es un mundo, un universo. Lleno de luces y sombras, de afirmaciones rotundas y de dudas lacerantes. ¿Quién fue realmente Thomas Merton? Ni él mismo logró dilucidarlo” De él se ha dicho también que fue “el monje más famoso del mundo” (Linage Conde) e incluso “una suerte de San Bernardo del siglo XX” (Dom Jean Leclerq). Pero, ¿realmente fue tal?

merton Sigue diciendo el P. García Colombás que “tanta es la devoción que los ‘mertonianos’ profesan a su maestro y caudillo que no dudan en darle la razón en todo y aún en canonizar sus yerros como gracias especialísimas de Dios. Lo que no está en modo alguno de acuerdo ni con la verdad ni con lo que él deseaba”. Su fama la conocemos todos como escritor best-seller traducido a casi todos los idiomas de la tierra, pero, quizás muchos  no conozcan sus yerros, que difícilmente encontramos divulgados en los muchos libros que hablan del famoso monje.

Nacido en Prades, Francia, el 31 de enero de 1915 -se acaba de celebrar el centenario- de padre neozelandés y madre norteamericana, perdió a su madre a los 6 años y a su padre a los 18, lo cual le influyo toda su vida, como él mismo escribirá años después. Creció en Inglaterra y tras una azarosa y apasionada vida de estudiante universitario de letras en Cambridge y después en Columbia, en Nueva York -en la cual tuvo un hijo con una amiga y a través de abogados se aseguró de no tener que volver a ver nunca más ni a la madre ni al hijo- ya al final de los estudios a través de amigos conoció a un monje hindú el cual le cambió su vida: Le recomendó con gran sentido común que si quería profundizar en la espiritualidad se leyese primero a los místicos occidentales. Esto le llevó a leer las Confesiones de S. Agustín y la Imitación de Cristo. Eran los primeros pasos que le llevaron a la conversión y a recibir el bautismo en noviembre de 1938.

 mertonA partir de su conversión empezó a rondar en su cabeza la idea de la vida religiosa y lo intentó primero con los Franciscanos de Nueva York, pero estos, escandalizados por su pasado, no se atrevieron a aceptarlo. Mientras tanto había conocido a los Trapenses de Gethsemani (Kentucky) y había quedado fascinado por su vida, pues eran tiempos de bonanza para la abadía y no faltaban las vocaciones, la comunidad florecía. Sus deslices de tiempos de universitario no fueron un obstáculo para que los Trapenses le admitiesen, pues en efecto en aquellos tiempos la vida de la Trapa se veía fundamentalmente como un camino de dura vida penitencial. Pero supuso también romper con su vida anterior, regalar sus ropas y sus libros, olvidarse de sus aspiraciones literarias que le habían hecho soñar con un gran porvenir en el mundo de las letras, con las cuales había hecho ya sus primeros pinitos, y sumergirse en las tierras perdidas de Kentucky, cosa que hizo en febrero de 1942. Al comenzar su vida monástica le dieron un nuevo nombre, Louis y el vivió estos inicios con entusiamo y con el alma en paz. El escribir se había acabado para siempre, y así se lo planteó desde el comienzo de su postulantado. Pero eran solamente los comienzos…

Leer más... »]]> Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1502180203-el-intelectual-y-el-humilde-f 2015-02-18T13:03:36Z 2015-03-16T00:35:07Z

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AÑOS DE CONVULSIONES EN LA IGLESIA


RODOLFO VARGAS RUBIO

Giacomo della Chiesa con doce años entró en el Instituto Danovaro e Giusso, una de las mejores escuelas de Génova, donde trabó amistades que le durarían toda la vida, especialmente con Pietro Ansaldo y Carlo Monti (que tanto le iba ayudar como interlocutor con el gobierno italiano en los difíciles años de tensión Iglesia-Estado). Más bien introvertido, sedentario (su físico no le permitía practicar deporte) y dado a la lectura (a la que era aficionadísimo), Giacomo, aunque no excepcional, fue un buen estudiante. A la brillantez sustituía un interés constante y una diligente aplicación. Al amor por el estudio se añadió la vocación eclesiástica. Llevaba una vida de ordenada piedad, basada en la devoción al Santísimo Sacramento, al Sagrado Corazón de Jesús y a Nuestra Señora de la Guardia, patrona de la ciudad. Parece ser que los escritos espirituales del Rev. Gaetano Alimonda, rector del seminario de Génova (futuro cardenal-arzobispo de Turín), influyeron no poco en su decisión de hacerse sacerdote.

Ésta, sin embargo, chocó con la oposición de su padre. Giacomo, una vez terminada su educación escolar, quería pasar directamente al seminario diocesano para su formación, pero el marqués della Chiesa pensaba que su hijo no tenía todavía el criterio formado para ello y que una carrera universitaria le ayudaría a madurar y le sería útil, en todo caso, incluso como sacerdote, en la nueva sociedad secularizada en la que se vivía en la Italia del Risorgimento. Así pues, en 1872, ingresó en la Real Universidad de Génova, donde estudió derecho en medio de un ambiente francamente hostil a la Iglesia, el cual no le arredró, como lo demuestra el hecho de su abierta militancia religiosa, pues llegó a ser secretario de la “Sociedad para la promoción de los intereses católicos” establecida en dicho centro por estudiantes fieles a su fe. Habiendo obtenido su doctorado en 1875, volvió a plantear su entrada en el seminario. Su padre consintió en permitirle seguir los estudios eclesiásticos, pero en Roma, donde Giacomo habría tenido una carrera más rápida y prestigiosa.

Inscrito como alumno en el Almo Colegio Capranica y en la Universidad Gregoriana, el joven clérigo della Chiesa se vio inmerso en una atmósfera que le turbaba profundamente: la de usurpación saboyana de Roma, la cual estallaba frecuentemente en tumultos anticlericales. Giacomo se dedicó en cuerpo y alma a su preparación según los principios de la más estricta ortodoxia católica que regían en el Capranica y que ponía en práctica a través de la enseñanza del catecismo a los niños en la vecina parroquia de Santa María in Aquiro. Por fin, el 21 de diciembre de 1878 fue ordenado sacerdote por el cardenal Raffaele Monaco La Valletta, vicario papal para la diócesis de Roma, en la basílica patriarcal de San Juan de Letrán (la catedral del Papa) y en presencia de su familia, venida al efecto desde Génova. Su primera misa la celebró en la basílica de San Pedro en el Vaticano. Por un error de los sacristanes en la asignación de los altares, no lo hizo, según su deseo en la Capilla Clementina, sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles, sino en el altar de la Cátedra, en el ábside, en el marco de la esplendorosa “Gloria” de Bernini.


Habiendo concluido exitosamente sus estudios con el doctorado en teología cum laude en 1879 y el doctorado en derecho canónico en 1880, ingresó en la Academia de Nobles Eclesiásticos, prestigiosa y exclusiva escuela para la formación de los diplomáticos vaticanos. De inmediato se sintió Giacomo en su elemento en ese ambiente elitista, en el cual brilló por su inteligencia y dedicación, de modo que en 1881 llamó la atención del protonotario apostólico monseñor Mariano Rampolla del Tindaro, aristócrata siciliano de fuerte personalidad, por entonces secretario de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide y de la de los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, el cual hizo nombrar a Giacomo profesor de estilo diplomático en la Academia y aprendiz en el segundo de los dicasterios apenas mencionados. El Reverendo della Chiesa entraba así en el servicio de la Curia Romana. Su carrera siguió la de su mentor, quien consagrado en 1882 arzobispo de Heraclea in Europa, fue enviado al año siguiente por León XIII como su nuncio apostólico en España (donde ya había tenido experiencia diplomática como auditor bajo la nunciatura de Giovanni Simeoni). Monseñor Rampolla se llevó consigo a Giacomo della Chiesa (a la sazón nombrado camarero secreto supernumerario de Su Santidad) como secretario. España –cuya iglesia se hallaba vulnerada por fuertes tensiones bajo la monarquía liberal restaurada– fue para éste una importante experiencia formativa.

En 1887, a la muerte del cardenal Luigi Jacobini, Rampolla fue llamado a Roma por León XIII, quien lo creó cardenal- presbítero de Santa Cecilia en el Trastevere y le confió la Secretaría de Estado. Monseñor Giacomo della Chiesa se trasladó también a la ciudad Eterna, donde su protector lo hizo entrar como minutante y después jefe de despacho en la Secretaría de Estado. En 1888 y 1889 viajó a Viena: en la primera ocasión, llevaba instrucciones confidenciales del cardenal para resolver la cuestión del Partido Social-Cristiano austríaco, cuyo líder había desencadenado una campaña antisemita violenta; en la segunda visita, monseñor della Chiesa trató presumiblemente con el emperador Francisco José sobre el triste y embarazoso caso del supuesto suicidio en Mayerling del archiduque Rodolfo, heredero del trono austro-húngaro. Giacomo se adaptó con prontitud y facilidad al trabajo de la Curia Romana y a sus usos, llegando a ser consultado por muchos de sus colegas cuando se trataba de resolver algún asunto espinoso. Su figura menuda y su paso apresurado como portantillo le merecieron el sobrenombre de “il piccoleto”. Por este tiempo, encontró un apartamento en el Palazzo Brazzà , en la plaza de San Eustaquio, en cuya parroquia pudo dar curso a un fecundo apostolado. En 1892, a la muerte de su padre, invitó a su madre a ir a Roma a vivir con él, lo que hizo la marquesa viuda, quedándose junto a su hijo hasta su fallecimiento en 1904. Se cuenta que la buena señora, al ser presentada por su hijo al cardenal Rampolla, se quejó ante él que los talentos de Giacomo no eran lo suficientemente apreciados, a lo que el secretario de Estado respondió: “Tenga paciencia, señora. Su hijo dará pocos pasos, pero los dará largos”.

Eran años ciertamente difíciles para la Iglesia, pero León XIII no se dejaba arredrar. De su predecesor había heredado la cuestión romana y la Kulturkampf (guerra ideológica llevada a cabo por el canciller alemán Bismarck contra los católicos del Reich). Esta última logró ser apaciguada por la sagacidad del papa Pecci. En cuanto a Italia, la situación no mejoró y se mantuvo como durante el pontificado anterior. A nivel internacional, la postura del Quirinal se fortaleció con motivo de la entrada del país en la Triple Alianza junto a Alemania y a Austria-Hungría. La política y diplomacia de León XIII y su secretario de Estado el cardenal Rampolla se dirigieron preferentemente, pues, a captarse el apoyo de Francia, la primogénita de la Iglesia. La situación de la Iglesia en ese país era delicada desde el fracaso de la restauración monárquica tras el desastre de Sedán por el desistimiento del conde de Chambord (el Enrique V de los legitimistas). La gran mayoría de los católicos apoyaban la monarquía (aunque divididos en legitimistas y orleanistas) y repudiaban la Tercera República. Ésta no facilitaba las cosas debido a su legislación anticristiana. Los obispos habían prohibido a los católicos participar en la vida política francesa porque ello constituiría un reconocimiento del régimen abominado.

León XIII puso en práctica una política de reconciliación con la Francia republicana llamada ralliement, por la que quería que los católicos franceses reconocieran la legitimidad de esa forma política, sin que ello significara apoyar las leyes hostiles al catolicismo, todo lo contrario: ello les permitiría participar en política y ganar representación para poder combatirlas y anularlas. El cardenal Charles Martial Lavigerie, arzobispo de Argel, se había ya significado a favor de esta reconciliación en 1890 durante el famoso “brindis de Argel”, cuando, al recibir a una representación de oficialidad francesa, declaró que: “cuando una forma de gobierno, netamente apoyada por la voluntad del pueblo, no tiene en sí misma nada de contrario a los principios que pueden hacer vivir a las naciones cristianas y civilizadas, hay que sacrificar por amor de la patria lo que la conciencia y el honor permiten”. León XIII publicó finalmente el 16 de febrero de 1892 su encíclica Inter sollicitudines (Au milieu des solicitudes), instando a los católicos a adherir a la República. Una parte de ellos lo hizo (la derecha constitucional en el Parlamento), pero la gran mayoría de clero y fieles tardó en aceptar el ralliement, al punto que el Papa volvió a tocar el tema, insistiendo en su encíclica Nobilissima Gallorum gens del 8 de febrero de 1884. El resultado de esta política leoniana fue doble: por un lado, dio un decisivo impulso a la democracia cristiana y, por otro, permitió la creación de una derecha conservadora republicana que contrabalancease a los republicanos jacobinos y anticlericales. León XIII fue, sin embargo, muy criticado por los sectores más tradicionales del catolicismo y su secretario de estado Rampolla fue acusado de pertenecer a la masonería, estigma que ya no le abandonaría en lo sucesivo. En realidad, tanto el Papa como su secretario de Estado estaban convencidos que “el futuro de Europa pertenecía a la democracia”. De ahí su política y diplomacia pragmática en el caso de Francia y su simpatía hacia los Estados Unidos de América.

Otro aspecto importante del pontificado de León XIII fue la cuestión social, la cual es interesante tratar aquí para comprender mejor la actitud de Giacomo della Chiesa. Frente al problema de la desigualdad, la Iglesia había asumido de modo general una actitud paternalista, llamando a la concordia de clases, predicando la caridad a los ricos y la paciencia a los pobres y a todos el buscar antes los bienes espirituales que los materiales. Pero la del siglo XIX ya no era la sociedad patriarcal y jerárquica del antiguo régimen. La revolución industrial había contribuido al desarrollo salvaje del capitalismo y la revolución política había dado el espaldarazo a la burguesía para conquistar el poder. Desaparecieron el artesanado y el trabajo protegido por los gremios y un ingente proletariado urbano depauperado quedó a merced de los propietarios de los medios de producción mediante la ficción de la libre contratación. Se comprende, pues, que la Iglesia cambiara de discurso. El 15 de mayo de 1891, publicó el Papa su encíclica Rerum novarum sobre la condición de los obreros, la cual consagraba los principios del catolicismo social. En primer lugar, se refutaban las teorías comunistas por su irreligiosidad, su materialismo y su desprecio de los elementos fundamentales de la convivencia humana, predicando la lucha de clases. En segundo lugar, se afirmaba el derecho y la legitimidad de la propiedad privada, que no es en sí misma la causa de los desórdenes sociales contemporáneos, sino su abuso, frente a lo cual el cristianismo contiene y ofrece los medios para resolver la cuestión social, a saber: la justicia y la caridad (siendo esta última una forma superior de justicia). De ello se deduce el derecho de los trabajadores a un justo salario, a su tutela y asistencia por parte del Estado y a organizarse de forma corporativa. Los gobiernos liberales y conservadores recibieron con gran disgusto la Rerum novarum. Se llegó a decir que León XIII se había vuelto comunista. Giacomo della Chiesa, que en su juventud se había mostrado más bien conservador en cuanto a la cuestión social, tuvo que verse sacudido por la valentía del pontífice y experimentaría un cambio desde un paternalismo condescendiente hacia una verdadera sociología cristiana.

Los últimos años del papa Pecci estuvieron marcados por grandes acontecimientos: 1900 no sólo fue año santo, sino el jubileo de León XIII, que cumplía 90 años, lo que dio ocasión a grandes y entusiastas peregrinaciones de gentes de todas las clases y provenientes del mundo entero para homenajearle. En julio de ese año el rey Humberto I de Italia era asesinado en Monza, lo cual dio ocasión al pontífice de demostrar la grandeza de su alma, olvidando agravios y rezando por el malogrado monarca. En tan dolorosa circunstancia se pudo palpar un ambiente de solidaridad y concordia de la Iglesia e Italia, que conmovió al pueblo italiano. El 18 de enero de 1901, León XIII publicaba su encíclica Graves de comuni, mediante la cual aprobaba formalmente la democracia cristiana: se trataba de infundir un alma cristiana al sistema democrático de gobierno, que se iba abriendo paso en las mentes y en las sociedades. Giacomo della Chiesa –a quien el pontífice había hecho prelado doméstico el año anterior– fue nombrado substituto de la Secretaría de Estado y secretario de la Cifra el 23 de abril del mismo año. En 1902 estuvo a punto de ser preconizado arzobispo de su Génova natal, pero el cardenal Rampolla, no queriendo separarse de su valioso colaborador, disuadió a León XIII. El Santo Padre murió a los 93 años de una pleuritis el 5 de julio de 1903. Antes de expirar dijo a Rampolla: “No se cómo me juzgarán, pero sé que he amado mucho a la Iglesia y he procurado su bien; muero, por tanto, tranquilo”. El Papa no tenía por qué preocuparse: todas las presuntas culpas de su pontificado recaerían sobre su fiel secretario de Estado.

La historia es conocida: en el cónclave que siguió, a Rampolla (favorito de los admiradores de la política de León XIII) le fue interpuesto el exclusive por el cardenal Jan Puzyna de Kosielsko, arzobispo de Cracovia, en nombre del emperador de Austria-Hungría, para gran regocijo del partido de los zelanti, que veían en aquél a un liberal detestable y deseaban un cambio de orientación y de estilo del pontificado. Probablemente, la política pro-francesa de Rampolla fue la que le valió el veto austrohúngaro. El gran cardenal demostró una gran dignidad y protestó contra esta injerencia del poder temporal en un tan importante asunto eclesiástico como es la elección de un papa, pero se manifestó contento de abandonar así la lista de los papables. Fue elegido entonces el cardenal Giuseppe Sarto, patriarca de Venecia, el cual tomó el nombre de Pío X. Candidato de los partidarios del cambio, el nuevo papa nombró nuevo secretario de Estado al que lo había sido del cónclave, monseñor Rafael Merry del Val y lo elevó al cardenalato. Rampolla caía así en desgracia y era apartado del poder en la Curia Romana, nombrándosele arcipreste de San Pedro y prefecto de la Reverenda Fábrica, cargos insignificantes para el que había llegado a ser el segundo hombre en importancia en la Iglesia. Sólo en 1908 se le nombraría secretario de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio.

Mariano Rampolla del Tindaro arrastró en su caída a sus criaturas, entre ellas los monseñores Giacomo della Chiesa y Pietro Gasparri, este último secretario de la Sagrada congregación para los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios. Ambos hubieran sido, como superiores jerárquicos de Merry del Val, más idóneos para ocupar la Secretaría de Estado, pero Pío X apostó por el joven prelado español (no tenía más que 37 años) como un obsecuente ejecutor de la nueva orientación que quería imprimir a la Santa Sede, más centrada en los asuntos intra-eclesiales y más combativa frente a la secularización. Los primeros actos del papa Sarto estuvieron dirigidos a la reforma de la música sacra (contaminada por un cierto mimetismo de la lírica operática) y a facilitar la recepción del sacramento de la Eucaristía, adelantando la edad de la primera comunión de los niños y animando a los fieles a practicar la comunión frecuente. Un terrible revés sacudió la Santa Sede cuando en 1905 se publicó en Francia la ley Combes de separación del Estado y de la Iglesia, que instituyó las asociaciones de culto, negando el carácter público de la religión. El buen Pío X prohibió a los obispos franceses plegarse a la ley y se negó a que se prohibieran las obras de Charles Maurras, fundador de la monárquica y extremista Action française. Monseñor de la Chiesa, como substituto de la Secretaría de Estado, intentó impedir, usando de gran respeto y prudencia, que las relaciones de la Santa Sede con Francia degeneraran en una ruptura desastrosa (a la que conducía la política del Papa y de Merry del Val). Pero sus esfuerzos sólo le valieron que Pío X no lo recibiera más en audiencia.

La cruzada antimodernista fue el aspecto más significativo del pontificado. El Papa publicó en 1907 la encíclica Pascendi dominici gregis seguida del decreto Lamentabili (catálogo de proposiciones modernistas condenadas) y el juramento antimodernista que, en lo sucesivo, se imponía a todos los docentes y estudiosos en la Iglesia. El modernismo, definido como “cloaca en la que desembocaban todas las herejías”, consistía en la reinterpretación del dogma cristiano desde las adquisiciones de las ciencias humanas, de modo que no se tenía ya por irreformable, sino como la expresión evolutiva del sentimiento religioso de determinada época. Se desencadenó una verdadera caza al modernista, dirigida entre bambalinas por el Sodalitium pianum, asociación llamada también La Sapinière, fundada por monseñor Umberto Benigni, profesor del Ateneo de San Apolinar de Roma. Esta persecución depuró las filas de la Iglesia de elementos verdaderamente peligrosos, pero hizo también víctimas inocentes, como el cardenal Andrea Carlo Ferrari, arzobispo de Milán, y los jesuitas de La Civiltà Cattolica, revista oficiosa del Vaticano. Giacomo della Chiesa fue otra de esas víctimas, aunque no tenía nada de modernista. Se aprovechó la Pascendi para alejarlo de la curia y de Roma mediante el conocido expediente del “promoveatur ut amoveatur”: fue preconizado arzobispo de Bolonia el 18 de diciembre de 1907. Cuatro días más tarde, el propio Pío X –que no quería hacerle agravio– lo consagró en la Capilla Sixtina, asistido por los monseñores Pietro Balestra, arzobispo de Cagliari, y Teodoro Valfrè di Bonzo, arzobispo de Vercelli (amigo de Giacomo). El lema escogido por el nuevo arzobispo fue significativo: “In te Domine speravi, non confundar in aeternum”. Comenzaba el exilio y el pontificado boloñés del futuro Benedicto XV, su preparación pastoral para más amplios horizontes.


02:50

EL PAPA DE LA PAZ (I)


RODOLFO VARGAS RUBIO

El 3 de septiembre de 1914, hizo ayer cien años, en el cuarto día del cónclave reunido en la Capilla Sixtina después de la muerte de san Pío X, era elegido el cardenal-arzobispo de Bolonia, marqués Giacomo della Chiesa para suceder al pontífice que había ofrecido su vida a Dios para evitar que estallara el que él llamó “il Guerrone”. La conflagración –que iba a dar la razón al papa Sarto en lo colosal de sus dimensiones y crueldades, mereciendo el apelativo de Gran Guerra– había comenzado el 28 de julio precedente e iba a ser el terrible compás del pontificado que ahora comenzaba durante sus cuatro primeros años.

El cardenal della Chiesa emergía sorpresivamente papa tras diez escrutinios. Sus posibilidades no eran muchas cuando entraron en la Sixtina los cincuenta y siete electores (de un sacro colegio de sesenta y cinco): en efecto, era criatura del cardenal Rampolla del Tindaro, bête noire de los zelanti; su cardenalato era de recentísima data (lo había creado san Pío X prácticamente in extremis en su último consistorio, tenido el 25 de mayo de aquel año), y, lo más importante, no era el candidato del poderoso partido piano (liderado por el cardenal español Rafael Merry del Val, que había sido el secretario de Estado de san Pío X), el cual quería a toda costa un nuevo papa antimodernista. El cardenal Giacomo della Chiesa fue elegido como vía media entre el cardenal benedictino Domencio Serafini, asesor del Santo Oficio (antimodernista y candidato de los zelanti) y el cardenal Pietro Maffi, arzobispo de Pisa y muy cercano a la Casa de Saboya (liberal y candidato de los politicanti). Lo fue después de ser descartado otro hombre de su mismo talante: el cardenal Antonio Agliardi, obispo suburbicario de Albano, el cual tenía casi ochenta y dos años, lo que prometía un pontificado fugaz, lo que menos necesitaba la Iglesia (en efecto, Agliardi murió seis meses y medio más tarde).

Como el arzobispo de Bolonia había sido elegido con la diferencia de un voto, Merry del Val exigió que se revisaran las papeletas para ver que este voto decisivo no se lo hubiera dado aquél a sí mismo (a la sazón, la constitución apostólica Vacante Sede Apostolica promulgada en 1904 por san Pío X establecía una mayoría de dos tercios de los votos de los cardenales electores para ser investido papa, pero para ser válida esta mayoría no podía estar en ella incluido el voto del elegido). El resultado de este examen fue la confirmación de la probidad y la validez de la elección del cardenal della Chiesa, quien reaccionó con una cita del salmo CXVII: “Lapis quem reprobaverunt aedificantes factus est in caput anguli” (La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular). El otrora poderoso secretario de Estado repuso con el versículo siguiente: “A Domino factum est istud et hoc mirabile in oculis nostris” (Esto es obra del Señor, de lo cual se maravillan nuestros ojos).

A la pregunta ritual que le dirigió el cardenal decano Serafino Vannutelli sobre el nombre que quería adoptar como Vicario de Cristo, respondió “Benedicto”. Lo hizo movido por el ejemplo del gran Benedicto XIV (Prospero Lambertini), que había sido su predecesor en la archidiócesis de Bolonia en el siglo XVIII (y había sido, como él, un excelente canonista y un hombre de gran cultura). Se sabe que, durante las congregaciones previas al cónclave, un miembro de la Curia se dirigió a él saludándolo como lo fue el papa Lambertini en su momento, en alusión a su nombre de pila, con las palabras del salmo XLIV: “Prospere procede et regna” (“Avanza próspero y reina”). A lo que el cardenal della Chiesa, conocedor del anecdotario papal, respondió: “Sí, pero mi nombre no es Prospero, sino Giacomo”.


Cuando fue cuestión de revestirse con sus nuevos indumentos blancos, a Benedicto XV, que era tan menudo que lo llamaban “il Piccoletto” (el pequeñito), hasta la sotana de talla más reducida (de las tres preparadas en la sacristía de la Sixtina) le venía grande, de modo que hubo que ajustársela mediante alfileres e imperdibles. Después de la primera adoratio de los cardenales, fue anunciada al mundo la elección de Benedicto XV por el cardenal protodiácono Francesco Salesio della Volpe. El nuevo papa dio su primera bendición urbi et orbi siguiendo el ejemplo de sus dos predecesores en el sacro solio, es decir, desde la logia o balcón interior de la basílica de San Pedro y no desde la de la fachada exterior como protesta por la ocupación de los Estados Pontificios por la Casa de Saboya, situación que duraba desde 1870 y que se conocía como la Cuestión Romana. Seguidamente, se instaló definitivamente en su apartamento del cónclave situado en el tercer piso del Palacio Apostólico, modestamente amueblado, renunciando a ocupar el de san Pío X, “el dormitorio más sano y mejor de toda Roma” (según el profesor Ettore Marchiafava, arquíatra pontificio), que fue convertido en capilla en homenaje a la memoria del Papa Sarto.

Entre las primeras providencias del flamante pontífice, la más importante fue el nombramiento de un nuevo secretario de Estado –pues Merry del Val no fue confirmado en este altísimo y decisivo cargo– en la persona del cardenal Domenico Ferrata, secretario de la Suprema Congregación del Santo Oficio desde hacía poco menos de siete meses, el cual también había sufrido cierta postergación por su cercanía al cardenal Rampolla. Si éste hubiera vivido todavía (se había ido de este mundo en diciembre de 1913) hubiera comprobado las vueltas que da la vida. Otra decisión de Benedicto XV fue la que su coronación se llevara a cabo en la Capilla Sixtina y no en San Pedro. No cojearpocos pensaron en que ello era un nuevo recordatorio de la Cuestión Romana, pero el propio papa se encargó de explicar que simplemente quería una ceremonia con el menor protocolo y fasto posible (lo que no hubiera sido posible en el marco imponente de la basílica vaticana), en consideración al luto provocado por la guerra. El 6 de septiembre, bajo los frescos de Miguel Ángel, recibió la triple tiara de manos del cardenal protodiácono della Volpe.

Giacomo Paolo Giovanni Battista della Chiesa había nacido prematuramente en el palacio solariego familiar en Pegli, cerca de Génova (entonces parte del reino sardo-piamontés), el 21 de noviembre de 1854. Otras fuentes indican como casa natal el palacio situado en la Salita Santa Caterina del centro de Génova. Era el tercero de los cuatro hijos nacidos vivos del marqués Giuseppe della Chiesa (del patriciado genovés), presidente y oficial de la marina del reino de Saboya, y de su esposa Giovanna Filippa Vittoria Maria de los marqueses Migliorati (cuya familia, perteneciente a la nobleza napolitana) ya había dado a la Iglesia un papa en la persona de Inocencio VII en pleno cisma de Occidente). Su estado de gran fragilidad al nacer decidió al médico que atendió el parto de su madre a bautizarlo de urgencia. Al día siguiente, el 22 de noviembre del mismo año, el padre Cardinali completó las ceremonias del sacramento en la iglesia (hoy basílica) de Santa Maria delle Vigne de Génova. A su nacimiento prematuro se atribuyó más tarde la pequeña estatura, la debilidad física y una ligera cojera que hicieron que su primera educación la recibiese en casa y no le permitieron practicar deporte. Una grave enfermedad sufrida a los tres años le dejó como secuela permanente, además, la miopía,

Sus otros hermanos fueron: Giulia, la primogénita (nacida en 1850), a la que el futuro Benedicto XV guardaría siempre un afecto muy especial; Giovanni Antonio (nacido en 1853), que sería almirante de la flota del reino de Italia, y Giulio (nacido en 1864), el cual acompañaría a su hermano Giacomo a Bolonia durante su pontificado en la sede de san Petronio. El ambiente familiar era cálido y animado por la madre, a la que Giacomo siempre estuvo especialmente apegado. Parece ser que el padre, de espartanas costumbres y de estricta observancia religiosa, se mostraba más bien serio y distante. Aunque socialmente bien considerados los della Chiesa vivían modestamente. Ya papa, Benedicto XV declararía con inmensa gratitud que si no hubiera sido por los desvelos y sacrificios de sus padres no habría podido ni estudiar.

La niñez y la adolescencia de Giacomo della Chiesa transcurrieron bajo el pontificado del beato Pío IX y el reinado de Víctor Manuel II de Saboya. Las relaciones entre ambos eran muy tensas desde el viraje anticlerical del gobierno sardo presidido por el conde Camillo Benso de Cavour, viraje que culminó con la ley votada el 29 de mayo por el Parlamento de Turín, por la cual se suprimieron las órdenes religiosas, apoderándose el Estado de todos sus bienes. Por otra parte, Cavour decidió anexionar el Estado de la Iglesia a su proyectado reino de Italia, lo cual se fue verificando desde 1860. En marzo de este año los ejércitos saboyanos invadieron la Legación de la Romaña (Ferrara, Bologna, Imola, Faenza, Forlì, Cesena, Rímini y Rávena), la cual quedó incorporada mediante un supuesto plebiscito al reino de Cerdeña ante el rechazo de Pío IX a ceder voluntariamente dicho territorio. En diciembre fue el turno de las Marcas (Ancona, Pesaro, Urbino y Camerino), de modo que el poder temporal del Papado quedó reducido al Lazio. En 1861, quedaba constituido el reino de Italia con capital en Florencia (el gran ducado de Toscana había sido igualmente anexionado al reino de Cerdeña en marzo de 1860).

Pero el Risorgimento ambicionaba apoderarse de Roma y hacer de ella su centro político y administrativo, con toda la carga simbólica e histórica que ello significaba. Sólo la protección de Francia sobre el menguado Estado de la Iglesia lo impedía, pero una década más tarde el estallido de la guerra franco-prusiana obligó a Napoléon III a retirar sus guarniciones, quedando la Roma papal a merced de sus enemigos. Como se sabe, el expolio del último reducto del poder temporal del Papa se consumó con entrada de los garibaldinos por la brecha de la Puerta Pía el 20 de septiembre de 1870. Pío IX se retiró de su palacio del Quirinal al Vaticano, declarándose “prisionero” y excomulgando al rey Víctor Manuel II. Quedaba abierta la cuestión romana. El nuevo gobierno (plagado de liberales y anticlericales), en un intento de apaciguar a la Iglesia (aún poderosa en un país en su inmensa mayoría católico), sancionó la llamada “Ley de Garantías” (1871). El Papa respondió con el non expedit, prohibiendo a los católicos participar en cualquier manera en la política italiana.

En el aspecto religioso, Giacomo della Chiesa vivió en plena efervescencia del enfrentamiento de la Iglesia con el liberalismo, triunfante en las revoluciones de 1789, 1830 y 1848. Los pontificados de Gregorio XVI y el beato Pío IX se vieron marcados por esta lucha. Las encíclicas Mirari vos (1832) del primero y Quanta cura (1864) del segundo (que publicó junto a ella el célebre Syllabus) condenando los errores modernos son los documentos más significativos de esta época. Al mismo tiempo, surgía el catolicismo social como respuesta desde la óptica de la fe a los grandes problemas planteados por el desarrollo del capitalismo y la revolución industrial. Sus dos primeros representantes fueron: en Francia el laico Frédéric Ozanam, fundador en 1833 de las Conferencias de San Vicente de Paúl (con la ayuda del dominico Henri de Lacordaire); en Alemania, el sacerdote alemán Wilhelm Emmanuel Freiherr von Ketteler, que, durante el primer Katholikentag celebrado en Maguncia (de donde sería obispo) en 1848, improvisó un discurso memorable sobre las cuestiones sociales. Nuevas personalidades dieron más tarde impulso al movimiento, tales como: Albert de Mun, René de la Tour du Pin y Maurice Maignent. Del catolicismo social nacería la Democracia Cristiana.

También en la segunda mitad del siglo XIX experimentó un gran incremento la actividad misionera de la Iglesia, como fruto de la reorganización de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide por el papa Gregorio XVI (que había sido su prefecto). Desde la reforma de Pío VII la Santa Sede había ido asumiendo la dirección de la actividad misionera en todo el mundo, que iba dando sus frutos en la India, Corea, la China y el Japón, así como en Oceanía. En el campo de la unidad de los cristianos se verificó un cierto avance cuando el beato Pío IX invitó a los jerarcas de las iglesias disidentes a asistir como observadores al Concilio Vaticano I (XX de los ecuménicos). Desgraciadamente esta mano tendida fue rechazada. El mismo concilio fue un acontecimiento extraordinario, que quedaría hondamente grabado en la memoria del joven Giacomo della Chiesa, que tenía quince años cuando comenzó. Paradójicamente, al mismo tiempo en el que el poder temporal del romano Pontífice era contestado y atacado, su autoridad espiritual alcanzaba altísimas cotas con la definición dogmática de la infalibilidad y la jurisdicción universal pontificias por la constitución conciliar Pastor Æternus en 1870, justo antes de que la toma de Roma por los garibaldinos obligara al Papa Mastai a suspender el concilio sine die. Ya en 1854, la definición dogmática de la Inmaculada Concepción había puesto en evidencia la convicción mayoritaria del mundo católico sobre el poder de las llaves. Ésta es la época durante la cual el futuro Benedicto XV inició el itinerario que le llevaría al sacro solio.


06:58

HACE 75 AÑOS: EL ANGUSTIOSO GRITO DE PÍO XII POR LA PAZ


RODOLFO VARGAS RUBIO

Hace exactamente setenta y cinco años la Humanidad se hallaba al borde del inminente desastre de la guerra y hoy hace setenta años también se alzaba la voz del Vicario de Cristo para intentar conjurar el peligro, apelando a los grandes de este mundo, en cuyas manos estaba el destino de millones de vidas humanas. Pío XII había sido testigo del sufrimiento de su predecesor san Pío X al ver cernirse el fantasma bélico sobre la Europa de 1914, sufrimiento que le llevó a la tumba. También había colaborado con Benedicto XV en sus incansables esfuerzos –maliciosamente tergiversados por las potencias– para detener la maquinaria de muerte y de destrucción ya desencadenada, lo que él llamó con palabras elocuentes e inequívocas l’inutile strage (“la inútil carnicería”). Ante los oídos sordos que si hicieron a sus admoniciones, al menos intentó paliar los indecibles sufrimientos de las víctimas y en esto también le fue de valiosa ayuda el entonces nuncio Pacelli. Éste no pudo por menos de dolerse más tarde con el papa Della Chiesa no sólo de que se hiciese oídos sordos a sus palabras, sino que se excluyera a la Santa Sede de las negociaciones de paz en Versalles, donde, haciendo caso omiso de los consejos de moderación de Roma, se sembraron, en cambio, las semillas de discordia, cuyos amargos frutos estaban a punto de cosecharse en el verano salvaje de 1939. Sí, Pío XII sabía por experiencia que Europa y el mundo entero se hallaban sobre un polvorín presto a estallar si no prevalecía una última luz de razón. Queremos enmarcar el llamado que hizo el Papa aquel 24 de agosto de hace setenta años en su contexto histórico, para lo cual nos servimos de los datos proporcionados por el R.P. Pierre Blet, S.I., en su libro Pie XII et la Seconde Guerre Mondiale d’après les Archives du Vatican (Perrin, 1997).

Eugenio Pacelli había sido elegido el 2 de marzo en medio de una situación internacional muy enrarecida. El año anterior había debutado con la anexión a Austria a la Gran Alemania (el Anschlüss), pero Hitler no se había detenido en su política expansionista y ambicionaba los Sudetes (región de la entonces Checoeslovaquia con mayoría de población alemana) y el corredor de Danzig para poner en contacto la Prusia Oriental con el resto de Alemania, separados por Polonia. El canciller empleó la táctica de gritar alto en tono amenazante para lograr sus propósitos. Neville Chamberlain, primer ministro de la Gran Bretaña, partidario de la política de apaciguamiento, propició la Conferencia de Múnich, en la que los jefes de los gobiernos británico, francés, italiano y alemán aceptaron la anexión de los Sudetes a cambio de las garantías de Hitler de mantener el equilibrio europeo absteniéndose de ulteriores reclamaciones. Pero ya se sabe lo que pensaba éste de los pactos y compromisos. Así, el 15 de marzo de 1939, tres días después de la coronación de Pío XII, Alemania invadía Checoeslovaquia ocupando Bohemia y Moravia y sometiéndolas bajo régimen de Protectorado y creando con Eslovaquia un Estado títere. Esta violación de los Acuerdos de Múnich hizo cambiar la política británica y Chamberlain declaró que su país intervendría en caso de “cualquier acción que pusiera en peligro la independencia de Polonia”.



Efectivamente, la presa ambicionada por el Reich era ahora su molesto vecino del Este, al que le oponía su reivindicación de Danzig, ciudad libre bajo control polaco, con población alemana. Pero las potencias occidentales no estaban dispuestas a que se repitiera el caso de Checoeslovaquia. Italia, por su parte, que no quería ser menos que Alemania, se apoderó de Albania el Viernes Santo (7 de abril), entregando Mussolini al rey Víctor Manuel III la corona del depuesto Zog I (como había hecho en 1936, haciéndolo emperador de Etiopía). Este hecho no ayudaba ciertamente a la distensión. El presidente Roosevelt creyó su deber intervenir en la situación europea, enviando un mensaje a Hitler y Mussolini el 14 de abril. Había pedido al Papa que apoyase su iniciativa, pero Pío XII le hizo responder que, aunque seguía de cerca sus esfuerzos, la Santa Sede no se hacía ilusiones y no podía actuar ante Hitler en el sentido deseado. Los temores de aquélla resultaron tener fundamento, ya que el canciller no sólo no contestó al presidente estadounidense, sino que puso en ridículo su mensaje en un discurso al Reichstag del 28 de abril.


Pío XII intentó entonces convocar a las potencias a una nueva conferencia de paz, no sin antes obtener el apoyo de Mussolini, que veía lúcidamente la cuestión: “Alemania no puede pensar que saldrá de una invasión a Polonia como con Checoeslovaquia. Polonia se defenderá; los alemanes la aplastarán por su superioridad militar y tendremos el comienzo de una nueva guerra europea”. El 3 de mayo el cardenal Maglione, secretario de estado de Pío XII, envió sendos telegramas a los representantes papales en Francia, Alemania, Gran Bretaña y Polonia, indicándoles que explicaran a los respectivos gobiernos la intención del Papa, “vivamente preocupado por el peligro cada vez más creciente de ver estallar la guerra", de invitar a las cinco potencias -las cuatro anteriores e Italia- a una conferencia para resolver por la vía diplomática las diferencias que enfrentaban a Alemania y Polonia, por un lado, y a Francia e Italia por otro. Desgraciadamente, el llamado pontificio no tuvo éxito. Los gobiernos francés y británico, sin rechazarlo, expresaron sus reservas. El premier alemán Ribbentrop y el conde Ciano, ministro de relaciones exteriores de Mussolini, después de discutir el asunto, dieron una respuesta conjunta, comunicada al cardenal Maglione por medio del embajador de Italia ante la Santa Sede, en la que, agradeciendo al Papa su iniciativa, le pedían que renunciara a su llamado a las cinco potencias. En fin, el gobierno polaco expreso su negativa, temiendo que la conferencia fuera contraproducente y agravase aún más la situación.

Quedó claro que ni Gran Bretaña ni Francia se fiaban ya de encuentros internacionales plurilaterales, dada la experiencia de Múnich. Tampoco Alemania e Italia esperaban ya poder ganar en el juego que les había resultado exitoso en septiembre de 1938. Por otra parte, tanto Londres como París confiaban en ganar tiempo para poner a punto acuerdos con los Estados Unidos y Rusia, que reforzasen su poder de disuasión. Polonia confiaba en la protección anglofrancesa y creía que, al final, Alemania se abstendría de atacarla, pero no descartaba llegar a un acuerdo pacífico. Pío XII renunció, pues, a su propuesta, pero orientó desde entonces sus esfuerzos a favorecer negociaciones bilaterales entre Alemania y Polonia y Francia e Italia. Lo que nadie sabía era que precisamente por aquellos días, el gobierno del Reich estaba negociando en secreto con la Rusia de Stalin, cosa que Ribbentrop dejó entrever al nuncio Cesare Orsenigo cuando le aseguró que si Polonia se lanzaba a la locura de atacar a Alemania, sería invadida “desde diez puntos a la vez” en pocos días y sus aliados no tendrían tiempo de reaccionar.

La firma el 22 de mayo del Pacto de Acero entre Italia y Alemania y las seguridades de Gran Bretaña y Francia a Polonia y a Rumanía (cuyo petróleo ambicionaba el Reich) dibujaban cada vez más un panorama nada halagüeño de configuración de bloques. Sin embargo, la Santa Sede confiaba en que Mussolini podía contribuir a aplacar a Alemania, dado que había manifestado su voluntad contraria a la guerra (a Hitler le había asegurado que, si bien Italia honraría el Pacto de Acero, no podría entrar en una eventual conflagración hasta 1943). En este sentido, intentó favorecer el Vaticano un acercamiento entre Francia e Italia, pues consideraba a esta última “la única potencia con una no desdeñable influencia sobre Alemania como para poderla contener". Parecía que estas gestiones iban por buen camino cuando el conde Ciano aseguraba al nuncio Cortesi que Alemania no declararía ninguna guerra en por lo menos seis meses y que el peligro venía más bien de Polonia, cuya exasperación por el asunto de Dantzig podía llevarla a cometer alguna locura. La Santa Sede consideró útil recomendar prudencia al gobierno polaco. Ciano aseguró al nuncio Borgongini-Duca que Alemania no se movería sin el consentimiento de Mussolini.

Hitler, mientras tanto, preparaba un movimiento popular para proclamar la unión de Dantzig con Alemania. La situación en la ciudad libre era cada vez más insostenible, debido a los conflictos entre la pobalción alemana y los aduaneros polacos, cuya labor se veía constantemente saboteada. Sabedoras de estos manejos y no creyendo en el poder diasuasorio de Italia sobre Alemania, a principios de julio, tanto Gran Bretaña como Francia declararon su voluntad irrevocable de hacer honor a sus compromisos con Polonia y socorrerla por todos los medios en caso de ataque por parte de Alemania. Sin embargo el resto del mes se pasó en una relativa tranquilidad. La situación volvió a tornarse tensa cuando el 4 de agosto envió Varsovia una nota explosiva al presidente del senado de Dantzig, conminándolo a revocar la disposición que impedía a los aduaneros polacos a inspeccionar las mercaderías que pasaban por la ciudad libre. El 9 de agosto, Alemania protestaba formalmente contra esta intervención del gobierno polaco, el cual, a su vez, replicó que consideraba actos de agresión las intervenciones del Reich en detrimento de sus intereses.

En el ínterin, el senado de Dantzig ponía a la ciudad libre en estado de sitio, mientras iban llegando oleadas de “turistas” alemanes, que en realidad tenían por misión preparar la declaración de retorno de aquélla a Alemania. El 11 de agosto, Hitler recibió en Berchtesgaden al comisario de la Sociedad de Naciones en Dantzig, Burckhardt, a quien significó su extrema irritación contra los polacos y aseguró que, si bien la cuestión territorial podía esperar, no toleraría que las minorías alemanas que habitaban en Polonia siguieran siendo objeto de vejaciones, lo cual comprometía el honor de Alemania. El 14 de agosto recibió el Vaticano un telegrama del nuncio en Varsovia asegurando que tropas alemanas estaban siendo apostadas desde hacía dos semanas ante la frontera polaca. El cardenal Maglione contestó encargando a monseñor Cortesi preguntar discretamente al gobierno si la Secretaría de Estado podía hacer algo ante esta situación. El embajador de Polonia ante la Santa Sede aseguró a Maglione que la cuestión de Dantzig era un pretexto y que Alemania necesitaba un pretexto para llegar a Ucrania e invadir Rumanía. Sin embargo, su gobierno, confiado en la eficaz ayuda anglofrancesa, guardaba la calma.

Al contrario, Hitler estaba convencido de que Gran Bretaña y Francia se abstendrían de intervenir a favor de Polonia. Por eso, cuando Ciano se reunió con él y con Ribbentrop a mediados de agosto, no pudo convencerles de arreglar el asunto de Dantzig por la vía diplomática. Desde entonces, la guerra se consideró una cuestión de días. Esta convicción quedó reforzada cuando se hizo público el Pacto Germano-Soviético de No Agresión, que subscribieron, ante un complacido Stalin, Ribbentrop y Molotov el 23 de agosto. Esto echaba por tierra los esfuerzos de las potencias protectoras de Polonia de cerrar un acuerdo con el gigante del Este. Sorprendentemente, Varsovia estaba convencida de que Rusia no la atacaría. El embajador británico en Berlín viajó el mismo 23 a Berchtesgaden para decirle a Hitler de parte de su gobierno que la Gran Bretaña no se quedaría impasible ante un ataque a Polonia. De su entrevista con el canciller, el enviado inglés sacó la conclusión de que era imposible razonar con él. Fue entonces cuando lord Halifax, secretario del Foreign Office, se dirigió a Pío XII, por medio del embajador Orborne d’Arcy, para pedirle que interviniera mediante una declaración solemne para evitar el estallido de la guerra. Era ya el último recurso.

La mañana del 24 de agosto fue de febril actividad. Monseñor Tardini recibió la visita de los embajadores de Francia, Gran Bretaña, Italia y Yugoslavia, que coincidían en señalar la inminencia de la guerra. Mientras tanto, en la Secretaría de Estado se trabajaba en el texto del radiomensaje que Pío XII pensaba dirigir al mundo como el último y extremo recurso para salvar la paz amenazada. Se prepararon cuatro borradores, de los cuales fue elegido el del substituto monseñor Montini, que fue revisado y corregido por el proprio Papa. A las 19 horas era emitido por la Radio Vaticana el mensaje, que reproducimos a continuación:

RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII

DIRIGIDO A LOS GOBERNANTES Y LOS PUEBLOS

EN EL INMINENTE PELIGRO DE LA GUERRA

Jueves, 24 de agosto de 1939

A todo el mundo.

Suena nuevamente una hora grave para la gran familia humana; hora de tremendas deliberaciones, de las cuales no puede desentenderse Nuestro corazón, no debe desintersarse Nuestra autoridad espiritual, que viene de Dios, para conducir los ánimos por las vías de la justicia y de la paz.

Y henos aquí con todos vosotros, los que en estos momentos lleváis el peso de tanta responsabilidad, para que a través de la Nuestra escuchéis la voz de aquel Cristo de quien tuvo el mundo alta escuela de vida y en el cual millones y millones de almas depositan su confianza en una situación en la cual sólo su palabra puede prevalecer sobre todos los rumores de la tierra.

Henos aquí con vosotros, los combatientes de los pueblos, los hombres de la política y de las armas, los escritores, los oradores de la radio y de las tribunas, y todos cuantos tenéis autoridad sobre el pensamiento y la acción de los hermanos, y responsabilidad de su suerte.

Nos, armados no de otra cosa que de la palabra de Verdad, por sobre las públicas competiciones y pasiones, os hablamos en el nombre de Dios, de quien toda paternidad en el cielo y en la tierra toma el nombre (Eph., III, 15); de Jesucristo, nuestro Señor, que ha querido que todos los hombres sean hermanos; del Espíritu Santo, don de Dios altísimo, fuente inexhausta de amor en los corazones.

Hoy, cuando no obstante Nuestras repetidas exhortaciones y Nuestra especial preocupación, se hacen cada vez más persistentes los temores de un sangriento conflicto internacional; hoy, cuando la tensión de los espíritus parece que ha llegado al punto de hacer juzgar inminente el desecadenamiento del tremendo torbellino de la guerra, lanzamos con ánimo paternal un nuevo y más caluroso llamado a los Gobernantes y a los pueblos: a aquéllos, para que, depuestas las acusaciones, las amenazas las causas de la desconfianza recíproca, intenten resolver las actuales divergencias con el único medio adecuado para ello, o sea con comunes y leales acuerdos; a éstos, para que, en la calma y en la serenidad, sin agitaciones descompuestas, alienten los intentos pacíficos de quien los gobierna.

Es con la fuerza de la razón y no con la de las armas, como la Justicia se abre camino. Y los imperios que no se fundan en la Justicia no son bendecidos por Dios. La política emancipada de la moral traiciona a aquellos mismos que así la quieren.

El peligro es inminente, pero aún hay tiempo.

Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra. Vuelvan los hombres a entenderse. Retomen las negociaciones. Al tratar con buena voluntad y con respeto de los recíprocos derechos se percatarán que a las negociaciones sinceras y diligentes nunca se ha resistido un honorable éxito.

Y se sentirán grandes -con verdadera grandeza- si, imponiendo silencio a las voces de la pasión, sea colectiva que privada, y dejando su imperio a la razón, habrán ahorrado la sangre de los hermanos y la ruina de la patria.

Haga el Omnipotente que la voz de este Padre de la familia cristiana, de este siervo de los siervos, que, aunque indigno, es realmente portador de la persona, la palabra, la autoridad de Jesucristo, halle en las mentes y en los corazones pronta y voluntariosa acogida.

Escúchennos los fuertes, para no volverse débiles en la injusticia. Escúchennos los potentados, si quieren que su poder no signifique destrucción sino sostenimiento para los pueblos y tutela de la tranquilidad en el orden y en el trabajo.

Nos les suplicamos por la Sangre de Cristo, cuya fuerza vencedora del mundo fue la mansedumbre en la vida y en la muerte. Y, suplicándoles, sabemos y sentimos que tenemos de Nuestro lado a todos los rectos de corazón; a todos aquellos que tienen hambre y sed de Justicia; a todos aquellos que sufren ya por los males de la vida, toda clase de dolor. Tenemos con Nos a los corazones de las madres, que bate al unísono del nuestro; a los padres, que deberían abandonar a sus familias; a los humildes, que trabajan y no saben; a los inocentes, sobre los que pesa la tremenda amenaza; a los jóvenes, caballeros generosos de los más puros y nobles ideales. Y está con Nos el alma de esta vieja Europa, que fue obra de la fe y del genio cristiano. Con Nos la Humanidad entera, que espera justicia, pan, libertad, y no el hierro que mata y destruye. Con Nos aquel Cristo, que del amor fraterno ha hecho Su mandamiento fundamental, solemne; la substancia de Su religión, la promesa de la salvación para los individuos y para las Naciones.

Recordando, en fin, que las industrias humanas no valen nada sin el auxilio divino, invitamos a todos a dirigir la mirada a lo Alto y a pedir con fervientes plegarias al Señor que su gracia descienda abundantemente sobre este mundo trastornado, aplaque las iras, reconcilie los ánimos y haga resplandecer el alba de un más sereno mañana. En esta expectativa y con esta esperanza, impartimos a todos de corazón Nuestra paternal Bendición.

Benedictio Dei Omnipotentis Patris et Filii et Spiritus Sancti descendat super vos et maneat semper.

Este radiomensaje de Pío XII es un testimonio irrebatible de su vocación de paz (vocación curiosamente impresa en su apellido: Pacelli, pax coeli, la paz que viene de lo Alto), pero al mismo tiempo la reafirmación del principio cristiano de que la paz es obra de la justicia. Éste era precisamente el lema que aparecía en el blasón del Papa: Opus Iustitiae Pax. Una paz sin justicia es una paz precaria y destinada a perecer tarde o temprano. Por eso, el Pontífice quiere que la paz no sólo signifique la ausencia de hostilidades, sino que las partes en disputa se sienten a negociar con ánimo sincero y con arreglo al derecho. No se podía esperar demasiado, sin embargo, que los dirigentes del mundo se plegasen al urgente llamado apostólico, pero sí es verdad que Hitler, que tenía proyectado invadir Polonia el 24 o 25 de agosto, difirió la orden de marcha de sus tropas unos días. En este período de respiro se reanudaron los intercambios diplomáticos en un último esfuerzo por cambiar el curso que llevaban las cosas. Hitler seguía empeñado en lograr que Gran Bretaña y Francia no intervinieran a favor de Polonia. Mussolini confiaba en convencerlo de detener la maquinaria bélica, asegurándole que si estallaba la guerra Italia no estaría en condiciones de entrar en ella. Francia instó a Pío XII a que hablara públicamente a favor de la católica Polonia, pero el Papa declinó hacerlo respondiendo que en Alemania había 40 millones de católicos y que él era el Padre de todos. El 31 de agosto, Pío XII renovó su mensaje del 24, suplicando, en nombre de Dios, a los gobernantes de Alemania y de Polonia que hicieran todo lo posible para evitar cualquier incidente que pudiera desencadenar la guerra. También pedía a Gran Bretaña, Francia e Italia que apoyaran su pedido. Un último intento de negociaciones in extremis de Alemania y Polonia fracasó la tarde de ese mismo día. Al siguiente, 1º de septiembre, Polonia era invadida por el ejército alemán, en una operación que debía durar pocos días y que fue conocida como la Blitzkrieg (la “Guerra Relámpago"). El 3, Gran Bretaña y Francia declaraban la Guerra a Alemania. El 17, la Unión Soviética invadía Polonia por el Este, consumándose así el martirio del país, que iba a sufrir una nueva y cruel partición.

El 9 de septiembre, el ministro británico ante la Santa Sede, Sir D’Arcy Osborne, escribía al cardenal Maglione:

En la última conversación que tuve con Vuestra Eminencia, me preguntó si yo creía que la Santa Sede había hecho todo lo que le fue posible en vista a salvar la paz. Yo le respondí sin dudar que estaba convencido de ello. He referido esta conversación a lord Halifax, que me ha encargado decir a Vuestra Eminencia que está totalmente de acuerdo con mi respuesta“.


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