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Ninguna aparición en la historia de la Iglesia ha sido reconocida tan rápidamente como la de Lourdes. La Virgen María se apareció a Bernadette Soubirous la primera vez el 11 de febrero de 1858 y el obispo de Tarbes, monseñor Laurence, se pronunció sobre la veracidad de los hechos cuatro años después. Pero la figura de Bernadette sigue siendo poco conocida. Su personalidad se nos presenta sólo a la luz de las apariciones en las que fue protagonista y testigo. Luego retrocede, desaparece, se confunde en la sombra del convento en el que decide pasar la vida hasta su muerte, ocurrida el 16 de abril de 1879, a la edad de 35 años, consumida por la tuberculosis.
Pío XI la canonizó en el Año santo extraordinario de 1933. En el de 1925 había abierto el pontificado elevando a los altares a la pequeña Teresa de Lisieux, que con Bernadette tiene rasgos comunes: las dos viven en la Francia del siglo XIX, las dos mueren jóvenes, de tisis. Pero Teresa, crecida en una familia burguesa y profundamente católica, ha vivido desde niña en un contexto de cariño, protección, ejemplos de vida cristiana que la preparan para la decisión del claustro. La infancia de Bernadette es diferente. A los catorce años, cuando se le aparece la Virgen, no ha podido todavía ir a la doctrina, porque la pobreza extrema la ha obligado a trabajar siempre, desde niña, para ayudar a su familia. Y si prefiere los prados de la montaña al “calabozo” húmedo y malsano donde los Soubirous, endeudados, tienen que vivir, no saca de este trabajo más que techo y comida. En los periodos en los que Bernadette no se ocupaba del rebaño de su nodriza, Marie Lagües, su padre François se ve obligado a mandarla a buscar leña para vender.
El abad Pomian, vicario de Lourdes, se asombrará luego de que esta chica no conozca «ni siquiera el misterio de la Trinidad». A pesar de ello, Bernadette vive en una sociedad donde aún no han desaparecido las formas de la piedad popular, lleva consigo un rosario barato que reza mientras las ovejas pastorean. Y cuando la “Señora” se le aparece la primera vez, su gesto instintivo, dictado por el miedo, es echar mano al rosario. La respuesta de María es una sonrisa y una ternura que Bernadette no olvidará nunca. Pero no le ha preguntado el nombre a esa Señora. No sabe quién es, la llamará, en su dialecto, «Aquero», “Aquello”. Sólo más tarde le dirá su nombre, en la aparición del 25 de marzo: «Yo soy la Inmaculada Concepción», usando las palabras del dogma que Pío IX había definido cuatro años antes, en 1854, hace exactamente 150 años. Una expresión que, por lo demás, Bernadette no comprende. Lo que sabe es que, tras el primer momento de espanto, “Aquello” le atrae y la llena de una paz que nunca había conocido. La verá 18 veces hasta la última aparición del 16 de julio. María le confía tres secretos, la invita a decir a todos que recen por la conversión de los pecadores, pide a los sacerdotes, por medio de Bernadette, que construyan una capilla al lado de la gruta. Hace exactamente lo que se le pide.
Bernadette está acostumbrada a ver las cosas por lo que son. Al abad de Fonteneau, que la interroga con insistencia y desconfía, responde: «No le obligo a creerme, pero debo responder diciendo lo que he visto y oído». Dos años después. Los miembros de la comisión eclesiástica presidida por monseñor Laurence le dicen: «No parece una idea digna de la Santa Virgen hacerte comer hierba». «Y, sin embargo, comemos la ensalada», les responde.
Bernadette no se exalta por la imprevista curiosidad que ha suscitado primero en su pueblo, luego entre las autoridades civiles y religiosas y por último en toda Francia. En 1861 el abad Bernadou quiso sacarle unas fotos en la postura que tenía durante las apariciones. Y le dice enfadado: «No, así no. No ponías esa cara cuando estaba la Virgen». Y ella le responde: «Pero ahora no está». A pesar suyo, durante ocho años, de 1858 a 1866, Bernadette será un personaje público: tendrá que contar mil veces la historia de las apariciones, y lo hará a su manera, con palabras escuetas, esenciales, directas.
En este periodo, las Hermanas de la Caridad de Nevers la acogen en su hospicio de Lourdes, para que viva con más decoro y protegerla del asalto de los curiosos. Y a la hora de elegir qué camino tomar en la vida, Bernadette decide hacerse religiosa en su instituto con el nombre de sor Marie-Bernard. No ha recibido una instrucción regular, no “vale para nada” como le dirá a su obispo. Pero antes de salir para Nevers, cuando le preguntan si no siente dejar Lourdes, responde: «El poco tiempo que estamos en el mundo, hay que emplearlo bien». Sabe que la gracia especial que ha recibido no la exime de vivir como una buena cristiana. Y cuando llega al convento de Nevers, después de repetir a las hermanas, por última vez, la narración de las apariciones, la superiora les prohibe a las religiosas que le hagan más preguntas sobre los hechos de Lourdes.
Comienza así, con el noviciado, la última fase de la vida de Bernadette, desde los 22 a los 35 años. Una vida escondida, lejos de los clamores de la notoriedad. No tiene ningún proyecto especial. Desea seguir la invitación de la Virgen y rezar por la conversión de los pecadores. Sabe también, según la misteriosa promesa de María, que no será feliz «en este mundo, sino en el otro». Su vida transcurre normalmente, según los ritmos y tiempos del convento. Tiene a sus disposición los recursos de la vida cristiana de todo el mundo: la oración, los sacramentos, el deber cotidiano. Y no se echa atrás. Acepta también sin acentos de misticismo el sufrimiento que le acompañará durante casi todo el tiempo de su permanencia en Nevers. «En Lourdes había una congregada» recordará sor Vincent Garros, amiga de infancia de Bernadette, «conocida con el nombre de señorita Claire, muy piadosa y que sufría desde hacia tiempo. Caundo llegué a la casa madre, Bernadette me preguntó por ella, y yo le dije: “No sólo sufre pacientemente, sino que dice incluso estas palabras, que me sorprenden realmente: ‘Sufro mucho, pero si no es suficietne, ¡que el Señor añada más sufrimiento!”. Sor Marie-Bernard hizo esta reflexión: “Es muy generosa; yo no haría lo mismo. Me conformo con lo que me manda”».
La gente seguía buscándola, llamando a las puertas del convento para hablar con ella. A algunos, obispos y sacerdotes, no les puede decir que no. Pero prefiere estar, por ejemplo, con su compañera Bernard Dalias, que al tercer día de noviciado, cuando le indicaron a Bernadette dijo: «¿Esto es todo?». Con ella puede sentirse a gusto, sin las miradas de quien la ve, según su expresión, «como un bicho raro». «He podido», contó sor Brigitte Hostin, «admirar en ella una piedad grande, un humor siempre igual –algo raro–, una sencillez de niña, y sobre todo una gran humildad; esto –en el caso en que estuviera obligada a responder a las cartas que le escribían algunos grandes personajes respecto a los favores que la Virgen le había concedido– le hacía decir: “Si no fuera por obediencia, no respondería”».
El conde Lafond cuenta este episodio ocurrido durante la guerra franco-prusiana, en 1870: «El caballero Gougenot des Mousseaux, que vio a Bernadette, le hizo algunas preguntas: “¿Tuvo usted en la gruta de Lourdes o posteriormente revelaciones relativas al futuro y al destino de Francia? ¿No le ha encargado la Virgen que transmita advertencias o amenazas para Francia?”. “No”. “Los prusianos están a las puertas, ¿no le da miedo?”. “No”. “¿No hay, pues, nada que temer?”. “Temo sólo a los malos católicos”. “¿No teme nada más?”. “No, nada”».
A Bernadette la destinan a la enfermería. Durante muchos años, hasta que su estado de salud se lo permite, realiza este trabajo con exactitud y caridad, sonriente, dispuesta, amable. Luego, en los últimos tiempos, la tisis, que la había minado durante mucho tiempo, le impide trabajar activamente. A Bernadette le gusta ese trabajo, pero no le queda más remedio. Cuenta sor Casimir Callery, que la cuidó durante las últimas fases de la enfermedad: «Sor Hélène me había dado unos huevos de Pascua para que los adornara. Yo pintaba. Sor Marie-Bernard rascaba, creando así lo modelos. Un día me quejaba porque este trabajo me ponía nerviosa. Me dijo: “¡Qué importancia tendrá ganarse el cielo rallando huevos o haciendo cualquier otra cosa!”».
Bernadette no dejó escrito casi nada, pero los episodios, las respuestas, los gestos que los testimonios de sus hermanas de hábito refieren revelan su espíritu humilde y gozoso, aunque agotado por el sufrimiento. En sus palabras trasluce una alegría tranquila, un sentimiento irónico frente a las dificultades que la vida del convento presentaba, un amor profundo por Jesús y la Virgen, y una predilección por san José: «Sé que, entre los santos, Bernadette tenía una devoción especial por san José», contó sor Madeleine Bounaix: «Repetía estas invocaciones: “Hazme la gracia de amar a Jesús y María como quieren ser amados. San José, reza por mí. Enséñame a rezar”. Y a mí me decía: “Cuando no se consigue rezar, se dirige una a san José”».
«Sor Marie-Bernard tenía una piedad dulce, sencilla», recuerda otra religiosa, «sin nada de particular. Era muy exacta, no faltaba al silencio, pero durante el recreo atraía por su brío. No le gustaba la piedad recargada. Un día me decía riendo, indicando a una novicia que cerraba siempre los ojos: “¿Ve a sor X? Si no tuviera una compañera que la guía, tendría un accidente, ¿Por qué cerrar los ojos, cuando hay que tenerlos bien abiertos?”». Su oración está marcada por la atención amorosa a los gestos más sencillos: «Un día Bernadette me hizo notar que hacía mal la señal de la cruz», cuenta sor Emilienne Duboé, «le dije que por supuesto no lo hacía tan bien como ella que lo había aprendido de la Virgen. “Hay que poner atención”, me dijo, “porque significa mucho hacerse bien la señal de la cruz”». Y sor Charles Ramillon afirma: «El modo en que se hacía la señal de la cruz me llamaba la atención profundamente; hemos tratado muchas veces de reproducirlo,.. pero sin éxito. Entonces decíamos: “Se ve que se lo ha enseñado la Virgen misma”. En el Avemaría de Lourdes los fieles cantan una estrofa que parece resumir toda la vida de Bernadette: “A los pies de su Madre, / la niña que la ve /la señal de la cruz / aprende a hacer bien” (Au pied de sa Mère, /l’enfant qui la voit/ apprend à bien faire / le signe de la croix)».
A quien le preguntaba si no sentía estar lejos de Lourdes, respondía: «No me deben compadecer, he visto algo mucho más hermoso». Desde luego, no podía haberse olvidado «los ojos a Dios santos y gratos» (Divina Comedia, Paraíso, XXXIII, 40) que tuvo el privilegio de admirar tantas veces, aunque fuera por un breve periodo. Y durante toda su vida llevó consigo, mientras se alejaba en el tiempo, el deseo apasionado de volver a ver esos ojos.
«Si tú supieras lo que he visto allí de hermoso», le dijo una vez a sor Emilienne Duboé. «Cuando la has visto no puedes seguir apegada a la tierra». Quizá por eso la Virgen le había dicho que no sería feliz en este mundo, pero Bernadette no alegó nunca derechos especiales en vistas del cielo. Una superiora le preguntaba un día si no había sentido nunca un sentimiento de satisfacción por los favores que la Virgen le había hecho. «¿Qué piensa de mí? ¿Quiere que no sepa que si la Virgen me ha elegido es porque yo era la más ignorante? Si hubiera encontrado otra más ignorante que yo, la habría elegido a ella».
También durante la enfermedad, cada vez más grave en los últimos tiempos, conservó una sobriedad que sus hermanas de hábito no dejaron de notar: «La he visto sufrir moral y físicamente» cuenta sor Joseph Ducout: «Nunca pronunció durante su sufrimiento una palabra que expresara su dolor. Tomaba el crucifijo, lo miraba, y basta». El último testimonio que tenemos es el de sor Nathalie Portat, que estuvo a su lado en los últimos momentos. Mientras sus hermanas de hábito rezaban el rosario a su alrededor, «a las palabras del Avemaría: Santa María, Madre de Dios…”, Bernadette se reanimó y con un acento especial… repitió dos veces: “Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora”»
Publicado originalmente el 06.02.10
Gema Galgani nació en 1878 en Camigliano, un pequeño pueblo de la provincia de Lucca (Italia), en el seno de una familia era de condición modesta: el padre farmacéutico y la madre ama de casa. Gema tuvo una infancia normal, asistió a la escuela pública de Lucca, donde la familia se había mudado, y tenía muchos amigos. Pero aquella normalidad fue destrozada por pruebas durísimas. En 1886 su madre murió, con solo 39 años, en 1894 su hermano Gino que era seminarista, con 18 años, y en 1897 su padre. A estas muertes siguieron un colapso económico de la familia, pues como resultado de la generosidad del padre, de la falta de escrúpulos de sus contactos en negocios y de sus acreedores, sus hijos se quedaron sin nada, y no tenían siquiera los medios para mantenerse.
Para Gema comenzaron también por aquella época una serie de enfermedades, algunas de ellas graves. Gema pronto comenzó a enfermar. Se le desarrolló una curvatura en la columna vertebral y le dio también una meningitis dejándola con una pérdida de oído temporal. Largos abscesos se le formaron en la cabeza, el pelo se le cayó, y finalmente las extremidades se le paralizaron. Un doctor fue llamado y trató muchos remedios, los cuales fallaron y ella sólo se puso peor. Gema comenzó entonces su devoción al entonces Venerable Gabriel de la Dolorosa, joven pasionista popularísimo en Italia, hoy canonizado. Además, en el invierno de 1898, fue curada milagrosamente por intercesión de Santa Margarita María de Alacoque de otra de las enfermedades.
Estas pruebas permitieron a Gema hacer grandes progresos en la vida espiritual. Siempre había tenido facilidad para la vida de piedad y había llegado a tener una gran familiaridad con Jesús, ya en la escuela llenaba sus cuadernos con pensamientos espirituales y oraciones. Y así, creciendo progresivamente en la vida espiritual, recibió extraordinarios dones místicos: sentía claramente junto a sí la presencia del ángel de la guarda y hablaba con Jesús y María.
Hasta que le fue concedido el don de los estigmas. Ella narra el acontecimiento: “Estábamos en la tarde del 8 de junio de 1899, cuando, de repente, siento un dolor interno por mis pecados… Jesús se apareció, tenía todas las heridas abiertas, pero de aquellas heridas ya no salía sangre, salían como unas llamas de fuego, que tocaron mis manos, mis pies, mi corazón. Me sentía morir...” No se puede pasar por alto el parecido de esta descripción a la que hizo San Pío de Pietrelcina sobre su estigmatización ocurrida el 20 de septiembre de 1918. Las heridas profundas en las manos, los pies y el costado se reabrían todos los jueves a las 8 de la tarde y los viernes a las 3, y este raro fenómeno venía acompañado por éxtasis. Para disimular las llagas usaba guantes.
Sobre los estigmas, escribirá su último director espiritual, como testigo directo y fiable: “La herida algunas veces era superficial, casi imperceptible a primera vista, pero de ordinario profunda y parecía unirse con la de la cara opuesta, atravesando la mano completamente. Y digo que parecía, porque de las heridas salía sangre, en parte líquida y en parte coagulada, y al cesar ésta de salir, la herida se contraía y no era fácil explorarla sin el auxilio de la sonda, instrumento que no me atrevía a usar, ya por el temor reverencial que me inspiraba la extática en aquellas condiciones, ya porque el dolor le hacía contraer convulsivamente las manos”.
Su confesor ordinario, Monseñor Volpi le dijo que no se dejase ver las manos porque la gente se podría reír de ella. En efecto Gema sufrió el desprecio, rechazo y la burla de muchos aun cuando caminaba por las calles de Lucca, la tenían por una farsante y una histérica, e gritaban insultos y burlas por las calles. Así comienza para Gema una vida de incomprensión, pues su propio confesor, Monseñor Volpi dudaba de la veracidad de los estigmas y pensaba que era obra de la histeria, apoyado por el parecer de un médico al que pidió que examinase los estigmas: Años después le sucedería algo parecido al P. Pío con alguno de los especialistas que le examinaron. También los familiares de Gema tenían dificultades para creerla y en secreto la espiaban para ver si se autoinfligía las heridas de los estigmas.
Rechazada para la vida religiosa por su salud débil y la sospecha de desequilibrio mental, en el mismo año 1899, la joven conoció a los Pasionistas y fueron estos religiosos los que le buscaron una familia que la cuidase, por su precaria situación económica. Los buenos esposos Giannini, que hospedaban a los Pasionistas cuando iban a Lucca, quisieron acoger a Gema en su casa, para salvarla de una vida de miseria, y la trataron como a una hija. La madre de la familia, Cecilia, la puso en contacto con un gran director espiritual Pasionista, el P. Germano de San Estanislao, que a partir de entonces la guiará con gran sabiduría. Con los Giannini Gema llevó una vida retirada de la casa a la iglesia, obediente a las directrices del director espiritual, el sacerdote Pasionista P Germano.
Mientras tanto, la enfermedad que había sufrido en la adolescencia se volvió a manifestar en 1902, haciéndola sufrir mucho. Con buena salud desde su cura milagrosa, se ofreció a Dios como víctima por la salvación de las almas y cayó peligrosamente enferma. No podía pasar ningún alimento. Aunque recobró brevemente la salud, rápidamente volvió a caer enferma y el 21 de septiembre de 1902, comenzó a vomitar pura sangre que venía de los espasmos violentos de amor de su corazón. Mientras tanto, pasaba por un martirio espiritual que ella experimentaba como aridez y desconsuelo en sus ejercicios espirituales
Los tiempos en los que vivió fueron de un positivismo triunfante y, sin embargo, su vida fue una gran refutación de esta certeza filosófica, pues muchos científicos acudieron a estudiarla y no entendieron nada de lo que le ocurría, ya que ninguna teoría humana podía explicar los fenómenos extraordinarios que experimentó esta mujer: Gema hablaba con su ángel de la guarda y le encargaba tareas delicadas, como la de hacer llegar a Roma la correspondencia de algunos de sus directores espirituales. Sobre esta curiosa tarea, escribió: “En cuanto termino la carta, se la doy al ángel. Está junto a mí, esperando”. Y curiosamente las cartas llegaban a su destino sin pasar por el servicio de correos. Además, Gema predecía acontecimientos futuros, caía en éxtasis, sudaba sangre, y muchos que acudían a ella simplemente por curiosidad, salían convencidos y a veces convertidos
Sin duda un aspecto especialmente misterioso de la vida de Gema Galgani fue su lucha contra el demonio, que se cebó con ella, por así decir, ya que la santa no solamente se ofrecía como víctima por la conversión de los pecadores, sino que también con sus dones extraordinarios conseguía la conversión de muchos. El demonio se ensañaba atrozmente contra ella, intentando hacerla expulsar de la casa de los Giannini; también intentaba engañar a sus confesores, dejaba sus huellas en el diario íntimo de Gema, la tentaba contra la castidad, la golpeaba, la levantaba de la tierra y la tiraba por tierra, bajo el armario de su habitación. Le aparecía bajo el aspecto de su ángel de la guarda para engañarla, le llenaba la comida de gusanos para impedirle comer.
El Señor permitió incluso que el demonio la poseyese, y en ese estado la lanzaba contra los objetos sagrados, la empujaba a escupir al crucifijo, la hacía gritar y sufrir las contorsiones típicas de los poseídos. La misma Gema lo describió en una carta enviada a su confesor, el P. Germano: “El demonio me hostiga, me hace todo tipo de cosas. No duerme. A saber las tentaciones que tendré que aguantar todavía… y qué pasará cuando muera y tenga que ser juzgada…” Un sacerdote que la conocía le regaló una reliquia de la Santa Cruz y desde entonces quedó libre de estas posesiones.
Pero el demonio atacaba a Gema de muchos otros modos, y los testigos presenciales del Proceso de Canonización que la asistían en sus últimos años aseguraron que no exageraba en lo que contaba: El P. Pedro Pablo la encontró por tierra llorando, Cecilia Giannini afirmó haberla visto como llena de golpes y en una ocasión la encontró como muerta con la boca llena de baba. Ella misma contó de haber visto algunas veces temblar su cama de modo violento. Una niña de 12 años, hija de los Giannini, que una noche se quedó a dormir con ella para hacerle compañía, se asustó tanto por los ruidos que oyó que nunca quiso volver. Las personas que la cuidaban, cuando volvían por la mañana, la encontraban agotada y notaban en el aire un fuerte olor a azufre.
Una de ellas, su amiga Eufemia, contó que la santa pedía siempre oraciones y agua bendita. Contó también que Gema veía con frecuencia seres horribles a su alrededor, veía peces que rodeaban su cama, o cubierta de gusanos y objetos repugnantes que ella llamaba “cosas del infierno”. Eufemia siguió contando en cierta ocasión: “No para de rociar el lecho con agua bendita. Está mal, hace pocos minutos ha lanzado un grito porqué le parecía tener en la garganta un escorpión que la mordía, pero que al rociar el agua bendita ha escapado de la cama con forma de gato. Dice que siente punzadas en cada parte del cuerpo”.
Un misionero Pasionista, el P. Pedro Pablo declaró: “El demonio la atacaba y, controlando sus sentidos, le obligaba a hacer actos de posesa. Se tiraba por tierra, se lanzaba contra las personas y si éstas le presentaban algún objeto de devoción, escupía al crucifijo y a la imagen de la Virgen, y recuerdo que un día me arrebató el rosario que llevaba en el cinto del hábito y me lo rompió en varios pedazos”. Todo esto nos podrían parecer exageraciones piadosas si no constasen bajo juramento en el Summarium del Proceso de Canonización de Gema Galgani.
Un auténtico calvario permitido por el Señor para que pudiese conformarse más a Él a través de la humillación, la soledad, la incomprensión y el despojo de sí. Pocos instantes antes de morir, Gema pronunció estas palabras: “Ya no pido nada, he sacrificado a Dio todo y todos” y dos lágrimas le cayeron de los ojos. El 11 de abril de 1903, víspera de la fiesta de Pascua, acabó su calvario. Cuatro años después de su muerte comenzó el proceso de beatificación, algo inusitado en aquella época. Fue beatificada en mayo de 1933 y canonizada por el Papa Pío XII en plena Segunda Guerra Mundial, en mayo de 1940, siendo la primera santa del siglo XX en llegar a los altares.
Este artículo se publicó originalmente el 2 de enero de 2013.
Así es como Francia se convirtió en la primogénita de la Iglesia, el reino franco fue el primero de los reinos que poco a poco irían abrazando la fe católica. En el año 511 muere Clodoveo y Clotilde entristecida por tantas guerras entre sus propios hijos se retiró a Tours donde se entregó a servir a los pobres y a atender enfermos y afligidos junto con una vida de oración, se dice que una noche sus hijos Clotario y Childeberto estaban preparándose para un enfrentamiento mutuo en la mañana siguiente, Clotilde pasó toda esa noche en oración mientras los otros pensaban en la batalla. De repente una tormenta tremenda hizo que la batalla fuera imposible de realizarse y los dos hermanos acabaron por reconciliarse, estos dos hijos llevarían, cuando muere Clotilde en el 545, los restos de su madre para enterrarlos al lado de la tumba del rey Clodoveo. La fiesta litúrgica de Santa Clotilde es el 3 de junio. San Gregorio de Tours dice que la reina Clotilde era admirada por todos a causa de su gran generosidad en repartir limosnas, y por la pureza de su vida y sus largas y fervorosas oraciones.http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php?tempskin=_atom b2evolution 2015-10-12T22:06:11Z Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1505180126-un-nnino-martir-con-mas-valor 2015-05-18T11:26:34Z 2015-05-18T11:26:59Z JOSÉ SANCHEZ DEL RIO, FUERTE ANTE LOS PERSEGUIDORES
FRANCISCO JAVIER SANDOVAL OCHOA
Mucho hay que decir sobre el conflicto que hubo en México durante la época de la guerra cristera (1926-1929), que fue una sangrienta persecución hacia la fe católica, pero en esta ocasión bastará dar unas líneas breves para situarnos del ambiente que se vivía y así poder entender mejor la situación donde vivió y murió el Beato José Sánchez del Rio.
La recién redactada constitución de 1917 venía a confirmar lo que las anteriores constituciones habían consagrado y anunciado, es decir la laicidad de México y su separación de la Iglesia. El presidente Plutarco Elías Calles ordenó que ese artículo quedara claramente reglamentado, produciendo una ley absolutamente anticlerical que entre las cosas que legislaba era que se procediera a la clausura de escuelas religiosas y monasterios, se expulsara a sacerdotes extranjeros, el número de sacerdotes seria uno por cada seis mil habitantes, desaparecía la libertad de enseñanza y el derecho de educar a las personas en la fe, se prohibía vestirse de manera religiosa y cualquier acto religioso en público, entre otras más, todo lo anterior teniendo consecuencias penales. Los obispos viendo que no era posible ejercer el culto decidieron, con la autorización de la santa sede, suspenderlo, el gobierno respondió a esto haciendo a expulsar a los obispos y cerrando templos y escuelas católicas con más prontitud y violencia.
Ante esta situación un grupo de católicos buscaron armar un boicot, pedían que se gastara lo menos posible y que no se pagaran impuestos hasta que las leyes persecutorias desaparecieran y se dieran garantías para el libre ejercicio de la fe, la resistencia pacífica no tuvo éxito y en esa época comenzaron a haber asesinatos contra sacerdotes y contra católicosque pasaban a ser considerados delincuentes y traidores de la nación, los católicos al haber agotado todos los medios pacíficos, comenzaron a tomar armas y a organizarse en pequeños grupos para buscar la libertad de la Iglesia, enfrentarse al gobierno y su ejército que asesinaban al que no apostataba y que tenía un odio implacable a la iglesia y a Dios. Así nació un ejército sin nombre que las tropas oficiales, al tener los primeros enfrentamientos, llamaron con desprecio “el ejército cristero”, nombre que ese ejército tomó oficialmentecon orgullo y honor poco tiempo después.
En este contexto nació José el día 28 de marzo de 1913, en Sahuayo, Michoacán. Un niño normal que fue a la escuela en su pequeño pueblo, desde los diez años ya estaba en un grupo católico que le había enseñado a rezar y a fomentar la adoración eucarística, cuando en 1926 comenzó la guerra cristera quiso enrolarse en el ejército popular que se estaba organizando para combatir la persecución que el gobierno realizaba en contra de la Iglesia católica, él ya que había visto cómo sus 2 hermanos mayores se unían a la guerra para defender a la Iglesia, pero su madre le negó el permiso ya que tenía escasos 13 años, sin embargo José no se desanimó y continuó insistiendo, su madre acabó por acceder ante las siguientes palabras de José: “Mamá, nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo como ahora” (http://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints)
Leer más... »]]> Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1504200621-la-mujer-que-pudo-con-la-paci 2015-04-20T16:41:22Z 2015-04-20T16:57:08Z LA PRINCESA DE ÉBOLI Y LA FUGAZ FUNDACIÓN DE PASTRANA
Varios autores nos ayudan a reconstruir este duro episodio de la vida de Santa Teresa de Jesús. J. L. García de Paz en su reseña biográfica de esta interesante princesa española, nos explica que Ana de Mendoza y de la Cerda (1540-1592) era hija única de Diego de Mendoza, Príncipe de Mélito y nieto del Gran Cardenal Mendoza. Diego se casó en 1538 con Catalina de Silva, hermana del entonces Conde de Cifuentes. Ana nació en Cifuentes y murió en Pastrana, por lo que puede considerarse propiamente como alcarreña. Por su educación tuvo un caracter dominante y altivo. Pero también voluble, rebelde y apasionado, como el de los antiguos Mendozas. No hay noticias destacadas de su infancia, salvo la leyenda referente a la pérdida de un ojo por causa de una caida o de la esgrima. Pero este dato no es claro, quizá no fuera tuerta sino bizca. Ciertamente alabaron su belleza, a pesar del parche que la adornaba. El caso es que cuando su boda se la describe como que la novia era “bonita aunque chiquita".
Su educación fue nuy influida por las peleas y separaciones entre sus padres, en gran parte debidas al caracter mujeriego de Diego. Ana tomaría partido por su madre. Esta rica heredera fue casada muy joven en 1552 con Rui Gómes de Silva (1516-1573), noble segundón portugués mucho mayor que ella. El matrimonio no se consumó hasta 1557. Ana y Rui vivieron definitivamente juntos desde la vuelta de éste en 1559 y tuvieron seis hijos vivos en los trece años de matrimonio.
Fue una de las mujeres de más talento de su época, y aunque perdió un ojo a causa de un entrenamiento de esgrima, se la estimaba como una de las damas más hermosas de la corte española. Entre las teorías que se barajan sobre la pérdida de su ojo derecho, la más respaldada es la que asegura que la princesa fue dañada por la punta de un florete manejado por un paje durante su infancia. Pero este dato no es claro, quizá no fuese tuerta sino estrábica, aunque hay pocos datos que mencionen dicho defecto físico. En cualquier caso, su defecto no restaba belleza a su rostro; su carácter altivo y su amor por el lujo se convirtieron en su mejor etiqueta de presentación, y ejerció una gran influencia en la corte.
Esta indómita mujer era profundamente celosa de su marido al que amó hasta el fallecimiento del mismo en 1573. Previamente, habían adquirido el señorío de Pastrana (Guadalajara) dispuestos a engrandecerlo, por lo que el soberano concedió a don Ruy el título de duque de Pastrana. Para ello no escatimaron dinero en construir talleres textiles regentados por reconocidos artesanos flamencos y con moriscos expulsados de las Alpujarras como mano de obra. Además enriquecieron la Colegiata a la vez que reurbanizaron la ciudad. La de Éboli quería que su ciudad se convirtiera en un faro de sabiduría por lo que en 1569 no dudó en llamar a Santa Teresa de Jesús para que fundara allí dos conventos.
Leer más... »]]> Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1504070921-vladimir-y-la-conversion-de-r 2015-04-07T07:21:19Z 2015-04-07T07:30:06Z A LOS MIL AÑOS DE LA MUERTE DEL PRÍNCIPE VLADIMIR DE RUSIA
Con ocasión del milenario de la muerte de San Vladimir, acaecida en 1015, volvemos a proponer un viejo artículo sobre la historia de dicho príncipe, su abuela santa Olga y la conversión de Rusia
Los orígenes de la actual Rusia hunden sus raices en la historia a través de un personaje poco conocido para los occidentales y sobre el que realmente se sabe poco, el jefe Riurik (Rodrigo, en castellano), nacido en 830. Probablemente danés de Jutlandia, de la casa real de Haithabu, hay quien lo identifica con el príncipe Hrorek de Dorestad, hijo del noveno monarca de este linaje. Hay debate sobre la forma en la que Rurik llegó a controlar el Ladoga y Nóvgorod. La única información sobre él se encuentra en la Crónica de Néstor del siglo XII, que afirma que chuds, eslavos, merias, veses y krivichs “llevaron a los varegos más allá del mar, rechazaron pagarles tributo, y se establecieron para gobernarse a si mismos”.
Después las tribus comenzaron a pelear entre sí y en 862 decidieron invitar a Rurik para restablecer el orden. Éste acepto la invitacion y, tras someter la zona del lago Ladoga, fundó en 859 la ciudad de Veliki Novgorod, que gobernó hasta su muerte en 879. De este modo tuvo inicio el principado que, trasladada su capital a Kiev, en 882 por Oleg, uno de sus descendientes, fue conocido como la Rus de Kiev, que perduró hasta 1240, la época de la invasión mongola. Una serie de familias principescas supervivientes descienden por vía patrilineal de Rurik, hasta el último pariente suyo que gobernó Rusia, Basilio IV, murió en 1612.
De modo independiente, cuenta la tradición que poco tiempo de la fundación de Kiev, mucho antes que la conquistase Oleg, llegó de Grecia a dicha ciudad un obispo que comenzó a predicar a sus habitantes el Evangelio y a hablar de los milagros de Dios relatados en el Antiguo y Nuevo Testamento. Sigue narrando la tradición que los rusos -que así llamaremos a los varegos, según una etimología bastante posible- al oír decir que los tres niños no se quemaron en el horno encendido de Babilonia según el libro de Daniel, interrumpieron al predicador y dijeron: “Si no vemos algo parecido, no creeremos en tu historia”. El obispo, después de rezar a Dios, se atrevió a poner el Evangelio en el fuego y el libro sagrado permaneció intacto, hasta las cintas que marcaban las hojas preparadas para la lectura, no se quemaron. Parece ser que debido al impacto de este milagro, muchos de ellos se bautizaron.
Después de Riurik, fue su pariente Oleg quien gobernó el país. Éste fue tomando el control de las ciudades del Dniéper y capturó Kiev, controlada anteriormente por los varegos Askold y Dir, a donde finalmente trasladó su capital desde Nóvgorod. La nueva capital era un lugar idóneo para lanzar una incursión contra Constantinopla en 911. Según la Crónica de Néstor o Primera Crónica Rusa, los bizantinos intentaron envenenar a Oleg, pero el líder varego demostró sus poderes proféticos rechazando beber de la copa con vino envenenado. Tras haber clavado su escudo en la puerta de la capital imperial, Oleg ganó un tratado comercial favorable, que finalmente fue muy beneficioso para ambas naciones. Aunque las fuentes bizantinas no registraron estas hostilidades, el texto del tratado ha sobrevivido en la Crónica de Néstor. Lo que sí sabemos es que en Constantinopla concertó Oleg un tratado muy ventajoso para Rusia, un contrato comercial con los griegos.
Leer más... »]]> Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1503181219-a-los-60-anos-de-comunion-y-l 2015-03-18T11:19:02Z 2015-04-07T07:15:51Z LUIGI GIUSSANI Y LOS COMIENZOS DE COMUNIÓN Y LIBERACIÓN
JOSÉ RAMÓN GODINO ALARCÓN
“¿Cuál es la primera característica de la fe en Cristo? ¡La primera característica es un hecho!”, explicaba Don Luigi Giussani. Un hecho que tiene la forma de un encuentro y que será lo que motive la obra del fundador de Comunión y Liberación. Don Giussani había nacido en Desio, cerca de Milán, el 15 de octubre de 1922. Procedía de una familia trabajadora en la que fue introducido en la fe católica por su madre, Angelina, a la vez que su padre, Benjamín, celoso anarquista, le introducía en la pasión por la música, afición que marcará toda su vida. Dentro de las escasas posibilidades que tenía la familia uno de los pequeños lujos que se permitió fue invitar a algún músico el domingo para escuchar en directo algunas piezas. De sus padres aprendió, además, algo que será radical para su comprensión del cristianismo: preguntarse el porqué de las cosas.
Los recuerdos de la vida familiar acompañaron a don Giussani. En múltiples ocasiones recordaba cómo creció, siendo educado en el respeto a la persona y en la atención a lo que sucedía, prestando atención desde pequeño a las noticias. Recordaba con especial intensidad cómo un día, yendo a Misa con su madre, se sorprendió ante el amanecer y su madre exclamó: “¡Qué bello es el mundo y qué grande es Dios!”
Este ambiente hizo que despertara desde pequeño su vocación sacerdotal. El 2 de octubre de 1933 entró en el seminario de Seveso, donde recibió la Enseñanza Media y el primer año de Enseñanza Secundaria, pasando después al seminario de Venegono. Allí estudió el resto de la Secundaria, la Filosofía y la Teología, recibiendo la influencia de profesores como Gaetano Corti, Giovanni Colombo, Carlo Colombo -que después fue obispo auxiliar de Milán- y Carlo Figini. Pero no sólo será importante la influencia de los profesores, la estancia en Venegono hará que conozca a compañeros de especial importancia en su vida como Enrico Manfredini, futuro arzobispo de Bolonia. Junto con él y otros amigos descubrió el valor de la vocación, que se realiza en el mundo y para el mundo.
En estos años tienen lugar importantes descubrimientos para don Giussani, desde la poesía de Leopardi a la música de Beethoven, Mozart y Donizetti como expresiones vivísimas del sentido religioso del hombre. Consideraba el poema A su mujer de Leopardi como una introducción del prólogo del evangelio de san Juan y creció en la convicción de que la cima del genio humano es profecía -a menudo inconsciente- del acontecimiento de Cristo. Todas estas intuiciones formarían con la base del método educativo de la futura Comunión y Liberación. En la historia del movimiento destaca el reclamo de que la verdad se reconoce por la belleza con la que se manifiesta y don Giussani dará una importancia privilegiada a la estética en el sentido tomista del término, insistiendo en su reclamo ético.
Leer más... »]]> Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1502260940-centenario-de-un-gran-escrito 2015-03-02T08:40:50Z 2015-03-16T00:35:20Z EL ENIGMA DE THOMAS MERTON
En la Biografía que escribió de su buen amigo desde la juventud -Thomas Merton- el escritor y artista Edward Rice cuenta que a una dama oriental que le preguntó que estaba haciendo, le contestó que “estaba escribiendo un libro sobre un inglés que se hizo comunista, luego católico, más tarde monje trapense y finalmente budista; en ese momento, habiendo alcanzado su vida la plenitud, murió”. Tal descripción del popular monje fallecido hacía poco sentó muy mal en círculos católicos norteamericanos y peor todavía en su abadía de Gethsemani, de la que salieron en defensa de la identidad católica de Merton, cuyo cuerpo yacía como el de un monje más en el cementerio monástico.
Esta anécdota nos sirve como punto de partida para recordar a ese gran enigma que fue Thomas Merton. Sobre él comenta el experto historiador del monacato benedictino, García M. Colombás en su libro “La tradición benedictina”, que nos sirve de base para estas líneas: “Es un mundo, un universo. Lleno de luces y sombras, de afirmaciones rotundas y de dudas lacerantes. ¿Quién fue realmente Thomas Merton? Ni él mismo logró dilucidarlo” De él se ha dicho también que fue “el monje más famoso del mundo” (Linage Conde) e incluso “una suerte de San Bernardo del siglo XX” (Dom Jean Leclerq). Pero, ¿realmente fue tal?
Sigue diciendo el P. García Colombás que “tanta es la devoción que los ‘mertonianos’ profesan a su maestro y caudillo que no dudan en darle la razón en todo y aún en canonizar sus yerros como gracias especialísimas de Dios. Lo que no está en modo alguno de acuerdo ni con la verdad ni con lo que él deseaba”. Su fama la conocemos todos como escritor best-seller traducido a casi todos los idiomas de la tierra, pero, quizás muchos no conozcan sus yerros, que difícilmente encontramos divulgados en los muchos libros que hablan del famoso monje.
Nacido en Prades, Francia, el 31 de enero de 1915 -se acaba de celebrar el centenario- de padre neozelandés y madre norteamericana, perdió a su madre a los 6 años y a su padre a los 18, lo cual le influyo toda su vida, como él mismo escribirá años después. Creció en Inglaterra y tras una azarosa y apasionada vida de estudiante universitario de letras en Cambridge y después en Columbia, en Nueva York -en la cual tuvo un hijo con una amiga y a través de abogados se aseguró de no tener que volver a ver nunca más ni a la madre ni al hijo- ya al final de los estudios a través de amigos conoció a un monje hindú el cual le cambió su vida: Le recomendó con gran sentido común que si quería profundizar en la espiritualidad se leyese primero a los místicos occidentales. Esto le llevó a leer las Confesiones de S. Agustín y la Imitación de Cristo. Eran los primeros pasos que le llevaron a la conversión y a recibir el bautismo en noviembre de 1938.
A partir de su conversión empezó a rondar en su cabeza la idea de la vida religiosa y lo intentó primero con los Franciscanos de Nueva York, pero estos, escandalizados por su pasado, no se atrevieron a aceptarlo. Mientras tanto había conocido a los Trapenses de Gethsemani (Kentucky) y había quedado fascinado por su vida, pues eran tiempos de bonanza para la abadía y no faltaban las vocaciones, la comunidad florecía. Sus deslices de tiempos de universitario no fueron un obstáculo para que los Trapenses le admitiesen, pues en efecto en aquellos tiempos la vida de la Trapa se veía fundamentalmente como un camino de dura vida penitencial. Pero supuso también romper con su vida anterior, regalar sus ropas y sus libros, olvidarse de sus aspiraciones literarias que le habían hecho soñar con un gran porvenir en el mundo de las letras, con las cuales había hecho ya sus primeros pinitos, y sumergirse en las tierras perdidas de Kentucky, cosa que hizo en febrero de 1942. Al comenzar su vida monástica le dieron un nuevo nombre, Louis y el vivió estos inicios con entusiamo y con el alma en paz. El escribir se había acabado para siempre, y así se lo planteó desde el comienzo de su postulantado. Pero eran solamente los comienzos…
Leer más... »]]> Alberto Royo Mejía http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1502180203-el-intelectual-y-el-humilde-f 2015-02-18T13:03:36Z 2015-03-16T00:35:07Z
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Inscrito como alumno en el Almo Colegio Capranica y en la Universidad Gregoriana, el joven clérigo della Chiesa se vio inmerso en una atmósfera que le turbaba profundamente: la de usurpación saboyana de Roma, la cual estallaba frecuentemente en tumultos anticlericales. Giacomo se dedicó en cuerpo y alma a su preparación según los principios de la más estricta ortodoxia católica que regían en el Capranica y que ponía en práctica a través de la enseñanza del catecismo a los niños en la vecina parroquia de Santa María in Aquiro. Por fin, el 21 de diciembre de 1878 fue ordenado sacerdote por el cardenal Raffaele Monaco La Valletta, vicario papal para la diócesis de Roma, en la basílica patriarcal de San Juan de Letrán (la catedral del Papa) y en presencia de su familia, venida al efecto desde Génova. Su primera misa la celebró en la basílica de San Pedro en el Vaticano. Por un error de los sacristanes en la asignación de los altares, no lo hizo, según su deseo en la Capilla Clementina, sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles, sino en el altar de la Cátedra, en el ábside, en el marco de la esplendorosa “Gloria” de Bernini.
RODOLFO VARGAS RUBIO