La visitación de Nuestra Señora



Isabel devuelve la visita









―Isabel, supongo que devolviste la visita a tu prima María.




Naturalmente. Mi esposo y yo también queríamos conocer al Niño y adorarlo. ¡Cómo se nos iba a pasar por alto! Era mucho más que un deber de cortesía.




Un día mi esposo me enseñó la estrella que había nacido en el Cielo, justo encima de Belén y, como él sabe de estas cosas porque para eso es sacerdote, me explicó que el Mesías estaba a punto de nacer precisamente allí. ¿Te imaginas?, como quien dice a cuatro pasos de Ain Karín. Fuimos corriendo y estuvimos todo el día con ellos. María parecía una reina con su niño en brazos. Esta vez no cantó como cuando vino a verme. Mi esposo sí. Él había preparado un canto precioso. Se postro en tierra frente a Jesús y, al levantarse, lo entonó con esa voz de barítono prodigiosa que le ha quedado después de que el ángel le curara su mudez.




―¿Y Jesús se enteró de algo?




Según mi esposo, aplaudió entre risas. Yo no me fijé, la verdad: estaba más pendiente de mi hijo Juan, que, con solo seis meses, se puso de pie junto a la cuna y empezó a bailar. O sea, lo mismo que hizo en mi vientre cuando vino a verme María.





10:22

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