¿Son necesarios los dogmas?


¿No es la Iglesia demasiado dogmática?



—Pero proponer dogmas..., ¿no supone caer irremisiblemente en actitudes dogmáticas?

Hay una gran diferencia entre ser un dogmático y creer firmemente en algo. Las actitudes dogmáticas nacen de “imponer” dogmas, no de “proponerlos”. Y la Iglesia se dirige al hombre en el más pleno respeto de su libertad. La Iglesia propone, no impone nada.



Creer es una consecuencia de la natural búsqueda de la verdad en la que todo hombre debía estar empeñado. Por el contrario, ser dogmático –caricatura del respeto a los dogmas– es lo que ha llevado a algunos hombres a caer en diversos fanatismos a lo largo de la historia, en los que con gran frecuencia se ha utilizado la fe como pretexto, cuando en realidad los motivos de fondo eran muy distintos. Pero sería injusto cargar a los dogmas la responsabilidad de acciones o actitudes de las que los únicos culpables son unos hombres que los malentendieron o manipularon.






—Pero hay cierto descontento en algunos ambientes con respecto a esta posición de la Iglesia, que consideran demasiado firme, incluso un poco radical.

Ese descontento se reduce a ámbitos bastante limitados. Casi todo el mundo entiende que la Iglesia ha de seguir un derecho y mantener un mínimo de disciplina. Una iglesia cuya fe se constituyera como simple equilibrio o agregación de las opiniones de sus miembros, no sería propiamente una iglesia sino un simple lugar de coincidencia de algunas preferencias particulares, una mera asociación privada.



Es cierto que en la Iglesia hay una unidad clara y firme. Pero se trata de una unidad que no excluye el pluralismo, no nos hace caminar marcando el paso. Una gran unidad compatible con una gran diversidad, capaz de expresarse a través de muchas lenguas, pueblos y naciones, y capaz de incorporar las legítimas tradiciones de muchos lugares. La Iglesia católica siempre ha tenido presente la diversidad propia de la cultura humana.



Por poner un ejemplo, el prólogo del Catecismo de la Iglesia católica advierte de la necesidad de adaptar su doctrina, en cada lugar, a diversas exigencias ineludibles, entre las que incluye aquellas que dimanan de las diferentes culturas. Y aunque la adaptación a las culturas exige a veces rupturas con hábitos o enfoques incompatibles con la fe católica –puesto que la Iglesia está en la historia pero al mismo tiempo la trasciende–, subraya siempre los valores positivos de toda construcción cultural.



¿Intolerancia en la Iglesia?



—¿Y no es intolerancia por parte de la Iglesia condenar acciones o actitudes que en algunos casos están socialmente aceptadas, sin atender a las opiniones de quienes las defienden?

Afortunadamente, ser tolerante no es compartir en todo la opinión de los demás. Ni dejar de mantener las propias convicciones porque estén poco de moda. De hecho, ambas cosas serían una buena forma de acabar pronto sin ninguna idea propia dentro de la cabeza.



Ser tolerante es reconocer y respetar a los demás su derecho a pensar de otro modo. Y la Iglesia lo hace.

Por otra parte, la tolerancia y el respeto al legítimo pluralismo, nada tienen que ver con una especie de relativismo que sostuviera que no existe nada que se considere intrínsecamente bueno y universalmente vinculante. Si no hubiera cosas que están claramente mal y que no deben tolerarse, nadie podría, por ejemplo, recriminar legítimamente a Hitler el genocidio judío.



No hay que olvidar que ese genocidio se perpetró dentro de los amplios márgenes de la “justicia” y la “ley” nazis, establecidas a partir de unas elecciones democráticas que se realizaron de forma correcta. El problema es que si no hay referencia a una verdad objetiva, los criterios morales carecen de una base sólida, y tarde o temprano la verdad acaba quedando en manos del poder, y la sociedad queda a merced de quienes pueden imponer sus opiniones a los demás. Si faltan referencias permanentes, basta una serie de intervenciones en los principales medios de comunicación para producir la impresión de que el sentir popular reclama una cosa u otra, y que todos han de adaptarse a eso.



Por otra parte, y como ha señalado Giacomo Biffi, a quienes piensan que la Iglesia es poco tolerante habría quizá que recordarles que la realidad histórica de la intolerancia, manifestada trágicamente como la matanza en masa de inocentes, entra en el acontecer humano precisamente con la irrupción política de la razón separada de la fe, con la llegada de la Ilustración. El principio de que es lícito suprimir colectivos enteros de personas por el solo hecho de ser consideradas un obstáculo para la imposición de determinada ideología, fue aplicado por primera vez en la historia en 1793, con la incansable actividad de la guillotina y con el genocidio de La Vendée contra los campesinos católicos. Y los frutos más amargos de esa semilla se han producido en el siglo XX –el siglo más sangriento que se conoce– a manos de totalitarismos ateos, con la masacre de los campesinos rusos por parte de los bolcheviques, con el genocidio nazi, las matanzas de camboyanos llevadas a cabo por los comunistas, etc.



—Admito que las sociedades con fundamentos cristianos sean efectivamente más tolerantes que las ateas, pero de la tolerancia personal de los cristianos no estoy tan seguro...

De la virtud de cada cristiano yo no puedo responder, pero pienso que las personas con convicciones religiosas arraigadas caen más difícilmente en actitudes intolerantes. Por aportar un dato significativo –aunque es solo un ejemplo–, un sondeo Gallup realizado recientemente en USA para la revista First Things, en el que se establecieron doce grados para medir la religiosidad, señalaba que el segmento de población considerado más religioso (el llamado “highly spiritually committed”, que alcanzaba al 13 % de la población) corresponde a “las personas más tolerantes, más inclinadas a realizar actos caritativos, más preocupadas por la mejora de la sociedad, y más felices”.



Quienes por su fe saben que el deseo de Dios es respetar las convicciones de los demás, tienen más recursos personales para respetar los derechos humanos, defender la libertad religiosa y proteger el santuario de la conciencia en una sociedad civil y libre. En cualquier caso, la Iglesia no tiene culpa de que haya algún que otro católico más o menos intolerante. Eso son cosas de la vida, no de la Iglesia.



¿Por qué hace proselitismo?



—La Iglesia dice que no puede haber una adhesión cristiana si no se trata de una adhesión libre, pero luego hace proselitismo. Y eso algunos lo entienden como una violencia, puesto que es querer llevar una doctrina a quien no ha pedido nada.

Si fuera válida esa argumentación, habría que prohibir también la publicidad, porque ofrece cosas que no se han pedido. Y llevada a su extremo, esa lógica podría acabar con buena parte de la libertad de expresión.

El apostolado cristiano es dar testimonio de lo que uno considera que es la verdad, sin violentar a nadie. No es, de ninguna manera, una imposición. La verdad cristiana no debe imponerse más que por la fuerza de la misma verdad. Por tanto, la conversión a la fe de una persona, o su vocación a una determinada institución de la Iglesia, debe proceder de un don de Dios que solo puede ser correspondido con una decisión personal y libre, que ha de tomarse siempre con entera libertad, sin coacción ni presión de ningún tipo.



En este sentido la tradición cristiana habla desde muy antiguo de propagar la fe, y de hacer proselitismo, para referirse al celo apostólico por anunciar su mensaje e incorporar nuevos fieles a la Iglesia o a alguna de sus instituciones. Cualquier otra interpretación de esos términos, que se asociara al uso de violencia o de coerción, o que de algún modo pretendiera forzar la conciencia o manipular la libertad, implicaría modos de actuar que, como es obvio, resultan ajenos por completo al espíritu cristiano y son totalmente reprobables. Pero el deseo de propagar la propia fe, o de hacer proselitismo, despojados de esas connotaciones negativas, es algo totalmente legítimo.



Si negáramos a las personas su libertad de ayudar a otras a encaminarse hacia lo que se considera la verdad, caeríamos en una peligrosa forma de intolerancia. Por eso es preciso respetar –dentro de sus límites propios– la libertad de expresar las ideas personales, y la libertad de desear convencer con ellas a otras personas. Al fin y al cabo, es algo que está –entre otras cosas– en la esencia de lo que es la educación, la publicidad o la política, y es un derecho básico cada vez más reconocido, tanto desde instancias jurídicas como sociológicas.



La libertad religiosa pertenece a la esencia de la sociedad democrática y es uno de los puntos fundamentales para verificar el progreso auténtico del hombre en todo régimen, sociedad o sistema. Cualquier atentado directo o consentido contra ella es siempre síntoma de un totalitarismo más o menos velado. Conculcar el derecho a expresar o propagar las propias ideas o creencias sería entrar de nuevo en un peligroso sistema represivo, propio de regímenes autoritarios, en los que se restringe la libertad religiosa como si fuera algo subversivo, quizá con el fin de arrancar a la Iglesia el coraje y el empuje necesarios para acometer su misión evangelizadora.



¿Por qué impone sanciones a teólogos?



—Si la verdad cristiana no debe imponerse, ¿cómo explicas que la Iglesia siga imponiendo sanciones a teólogos que mantienen posiciones demasiado “renovadoras”?

La Iglesia católica no obliga a ninguna persona a creer en nada. Lo que pasa es que algunos se han empeñado en presentar como mártires, objeto de clamorosas injusticias, a algunos sacerdotes y teólogos que pretenden seguir diciendo, desde puestos oficiales de instituciones eclesiásticas, cosas que no son de ninguna manera conciliables con la teología católica.



Cualquier persona, sea o no creyente, entiende que la Iglesia –como cualquier otra institución que no quiera acabar en la más lamentable de las confusiones– debe asegurar que las personas que la representan expresan con fidelidad su doctrina. Y aunque esa doctrina es compatible con la evidente multiplicidad del pensamiento cristiano, hay cosas que no son pluralidad sino contradicción.



Dentro de la misión de la Iglesia está verificar si una línea de pensamiento o de expresión de la fe pertenece o no a la verdad católica. Y mantener esas garantías exige un Derecho, y una autoridad que juzgue conforme a él y que luego se ocupe de aplicar sus decisiones.



Y hay que decir que los procedimientos judiciales de la Iglesia son mucho más respetuosos y contemporizadores que los que se emplean en el mundo judicial civil. No hay más que leer el Código de Derecho Canónico para ver que la Iglesia no es una institución sometida a lo arbitrario. Se respeta enormemente el derecho de las personas, y eso aun a costa de incurrir a veces en cierta lentitud.



Alfonso Aguiló, Es razonable ser creyente, Palabra

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