“Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”. (Mt 5,1-12)
Bueno, este discurso de las Bienaventuranzas no es común escucharlo en nadie que quiera ofrecernos la felicidad.
Por otra parte, ¿quién no quiere ser feliz y dichoso?
Yo todavía no conozco a nadie que quiera ser infeliz.
Yo todavía no conozco a nadie que quiera ser desgraciado.
Sí me encuentro, cada día, con gente que no es feliz.
Sí me encuentro, cada día, con gente que hace tiempo no conoce la alegría.
Sí me encuentro, cada día, con gente que hace tiempo no acierta a salir del poco de sus amarguras y tristezas.
Jesús contempla a toda aquella gente que le sigue:
Es gente que busca algo.
Es gente que busca la felicidad.
Es gente que busca respuesta a sus vacíos interiores.
Es gente que busca respuesta a todo lo que le sale mal.
Es gente que busca respuesta a sus propias vidas.
Y Jesús que conoce el corazón humano y conoce la realidad humana, ofrece una respuesta que no responde a cuanto el mundo nos ofrece para ser felices.
Porque para el mundo, ser felices es tener mucho.
Porque para el mundo, ser felices es triunfar en la vida.
Porque para el mundo, ser felices es lograr grandes títulos.
Porque para el mundo, ser felices es lograr ser reconocidos y homenajeados.
Porque para el mundo, la felicidad se mide por las satisfacciones y los diplomas y títulos.
La experiencia de cada día nos muestra:
Cómo la gente quiere ser feliz y no lo es.
Cómo la gente quiere disfrutar de la vida y encuentra el vacío.
Cómo la gente quiere el placer y luego vuelve a sentirse metida en el pozo de la insatisfacción.
Cómo la gente tiene momentos de placer, pero que duran poco.
Cómo la gente tiene momentos de satisfacción, pero luego siente que algo le falta.
Jesús ofrece a esa gente las ocho Bienaventuranzas.
Jesús ofrece a esa gente la síntesis del Evangelio en ocho enunciados.
Jesús ofrece a esa gente la felicidad y bienaventuranza, el ser felices y dichosos, con ocho ofrecimientos humanamente difíciles de digerir.
Y no precisamente porque la felicidad del Evangelio sea la felicidad de la privación.
Muy por el contrario, la felicidad que nos ofrece el Evangelio es:
La felicidad de una nueva actitud de vida.
La felicidad de un nuevo modo de vivir la vida.
La felicidad de un nuevo modo de valorar la vida.
La felicidad de una nueva manera de sentir los valores de la vida.
La felicidad como desprendimiento del corazón.
La felicidad como preocupación por los que sufren.
La felicidad como compromiso con los que tienen el estómago vacío.
La felicidad como lucha y compromiso por la justicia para todos.
La felicidad como tener un corazón limpio de apegos y de polvo.
La felicidad como ser testigo del Evangelio.
La felicidad como ser rechazado porque nos la jugamos por Dios.
No. Esta es la felicidad que ofrece el mundo.
Porque para el mundo no es felicidad el que hablen mal de uno por causa del Evangelio y de Dios.
Porque para el mundo no es felicidad el que a uno lo persigan por su fidelidad al Evangelio.
Y sin embargo, eso es lo que puede llenar nuestros corazones de alegría, de paz, de gozo y de esperanza.
Quise ser feliz y la busqué en el mundo y el mundo me regaló un momento de placer.
Quise ser feliz y la busqué en el mundo y el mundo me regaló unos diplomas de prestigio.
Quise ser feliz y Dios me dijo: “Dichosos vosotros cuando os insulten y persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa”.
Clemente Sobrado C. P.
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