El llanto del Papa y el prejuicio de los cómodos


Se llamaba Pedro. Un chico distinto, con su piel color azabache que desentonaba con su pelo rubio cobrizo. En los días de mucho llegaba a la escuela con unos zapatos deportivos sucios que le quedaban grandes. En el mejor de los casos, porque la mayoría de las veces su calzado tenía agujeros. Para él los cordones no existían. Pienso que pocas veces habrá sentido la verdadera comodidad. Recuerdo muy poco de él, éramos chicos. Pero dos cosas jamás voy a olvidar, su sonrisa y su olor. Era nauseabundo.


lugano_desalojo.jpg_1328648940 Cuando lo conocí tenía 9 años, quizás 8. Por eso mi memoria falla. Por más que lo intente, los detalles no vuelven. Pero igual lo cuento entre mis amigos, esos del pasado. Porque compartimos pupitre y un trecho de vida juntos. Al principio su olor me molestaba, después me acostumbré. Y no pasaba nada. Éramos chicos y vivíamos en un mundo donde esas cosas no tienen importancia. Para algunos de nuestros compañeros si, y cada tanto lo molestaban. Ninguna de las bromas le hacía perder la sonrisa.


Íbamos a la misma escuela pública, donde los guardapolvos blancos armonizan las clases sociales y esconden las carencias. De su familia no supe mucho, sólo que su mamá estaba enferma. Tal vez por eso dejó de estudiar de repente. Y no lo vi más. Nunca pude conocer su casa, ni sus hermanos y hermanas. No me hizo falta para comprender sus necesidades, para entender que en invierno le faltaba abrigo y el hielo en los huesos era su compañero inseparable, de día y de noche. Igual seguía sonriendo.



Años después tuve la oportunidad de conocer otros “pedros". De esos que viven en casillas de cartón o en asentamientos irregulares. Nunca vi en sus ojos la impotencia ni el dolor. Mucho menos la maldad. Eran chicos, nada más. Ellos no eligieron nacer en interminables familias numerosas y pobres. Como Pedro, que si hubiese podido -estoy seguro-, hubiese cambiado inmediatamente su lugar con el mío. Y eso que la mía jamás fue una posición acomodada. Matrimonio con seis hijos, vivienda pequeña con muchas restricciones (después ampliada con gran sacrificio), nada de auto ni vacaciones. Poquísimas veces un restaurante. Pero la seguridad de tener un techo sobre la cabeza y el agradecimiento por una familia buena, no obstante las dificultades.


Traigo a colación esta historia, después de una noticia que publicamos en el Vatican Insider (la reproducimos abajo). Se trató del mensaje enviado por el Papa a las familias desalojadas de un predio ocupado ilegalmente en Villa Lugano, periferia de Buenos Aires. Me sorprendió (y no gratamente) una serie de comentarios prejuiciosos y racistas respecto al gesto de solidaridad de Francisco con estos desalojados.


¿El desalojo fue legal? Si, claro. El terreno estaba ocupado ilegalmente y hace tiempo existía un dictamen que ordenaba la liberación. De todas maneras, según los testimonios del párroco de la lindera Villa 20, los policías entraron al lugar con topadoras y casi le pasan por encima a más de un pibe. El raid fue demoledor y acabó con las pocas cosas que los habitantes tenían. Nada de valor: colchones roídos, camas de hierro viejo, platos y vasos recolectados. Para cualquiera podría ser basura, para quien no tiene nada significa tiempo y esfuerzo para procurarse lo mínimo.


La prensa argentina dio el tratamiento más fácil a la noticia, salvo honrosas excepciones. “Los ocupas fuera, se hizo justicia". Punto. Un enfoque reforzado por el hecho que unos días antes del desalojo, en las inmediaciones de la Villa Papa Francisco (como habían bautizado al improvisado barrio), una adolescente fue asesinada de la manera más vil. Tragedia urbana, producto de la delincuencia. Condenable, sin medias tintas. Políticamente, una excusa ideal para arrasar. Quienes conocen bien el manejo de la zona, hicieron notar que los únicos desalojados fueron los chicos y sus familias, en su mayoría mujeres. Nada pasó en el fondo de los terrenos, zona de control de los narcotraficantes.


Si, eran ocupas. Si, estaban al margen de la ley. Pero, ¿realmente creemos que todos los que viven en esas condiciones lo hacen porque quieren? ¿Qué haría uno si de repente, las vueltas de la vida, se queda sin nada? ¿No buscaría inmediatamente un refugio, sea cual fuese su condición? A nadie le deseo que pase, pero cuando no hay para comer, no hay para tomar, no hay para vestirse… ¿qué le queda al ser humano?


Es muy fácil, desde el calor de nuestras habitaciones y la tranquilidad de nuestros teclados, lanzar el reclamo fácil: “Si el Papa los abraza, que se los lleve al Vaticano". O proferir la frase temeraria: “Entonces todos los que alquilan, que busquen para ocupar". Afirmación absurda, porque si una persona tiene un poco de dinero para alquilar, jamás se optaría por vivir entre cuatro chapas por las cuales el frío y el agua se cuelan a toda hora.


Es verdad, en los barrios pobres y las villas de Buenos Aires (o de otros puntos de Argentina) se esconden delincuentes y son caldo de cultivo para hábitos nocivos para la convovencia social. Sería miope negar que la condición de los habitantes de estos lugares es una natural “invitación” a buscar la vía fácil del robo y el narcotráfico. Pero, sobra decirlo, la generalización es injusta y madre de grandes prejuicios. Allí donde falta todo, donde las circunstancias se encuentran al margen de la supervivencia, las relaciones humanas y la concepción de la realidad se distorsionan, las reacciones suelen ser extremas.


Pero, sobre todo, nadie en su sano juicio (y pudiendo elegir) va a ocupar. Las villas periféricas son hijas de la necesidad, del hambre y de la pobreza. Son barrios víctimas, primero de los criminales de adentro y después los policías o políticos corruptos de afuera. A esos sumale la indiferencia generalizada.


De esas realidades salen chicos como mi amigo. Carne de cañón, inocentes como en Gaza o como en Irak. Nadie elige la pobreza, aunque esté loco. A la pobreza uno se acostumbra, como al olor de Pedro. El hambre se acepta con resignación, el frío se padece con una sonrisa. ¿Y nosotros? ¿Pretendemos aplicarle a ellos nuestras mismas varas? ¿Los acusamos y los insultamos cuando no llegan a nuestra medida? ¿O pensamos que las alternativas son posibles, para evitar las topadoras y -de todos modos- cumplir (y hacer cumplir) la ley?


EL PAPA LLORA POR DESALOJO EN BUENOS AIRES

Del Vatican Insider / 26 de agosto de 2014


“Parecía Gaza.. y me puse a llorar”. Así reaccionó el Papa Francisco ante las imágenes del desalojo de un terreno ocupado ilegalmente en el barrio Villa Lugano de Buenos Aires. Ubicado junto a otro asentamiento precario, el predio -bautizado con el nombre del mismo pontífice- fue liberado tras el violento asesinato de una adolescente en las inmediaciones.


“Acabo de leer tu correo. Tu frase final logro sintetizar mis sentimientos: ‘Parecía Gaza’… y me puse a llorar”. Así inicia un mensaje enviado por Jorge Mario Bergoglio a su amigo Gustavo Vera, líder de la Fundación La Alameda que lucha contra la trata de personas y el trabajo esclavo.


No entiendo nada. A esa gente, a esas mamás con chicos, los acaricio con mis lágrimas. Cuando regresaba de Corea, en el avión, hable de crueldad. Parece que la crueldad se nos instaló en el corazón. Una crueldad vestida con tantos ropajes: ‘qué me importa’, ‘que vayan a trabajar’, “es gente insociable’… palabras que no justifican sino que manifiestan tanta crueldad”, indicó el líder católico.


Aseguró su cercanía con esa gente, además de ofrecer sus oraciones y su solicitud para que no los dejen solos. También afirmó estar cerca de quienes se acercan a ellos. Finalmente se despidió “con mucha pena en el corazón”.


El “Barrio Papa Francisco” de Villa Lugano se improvisó en un terreno donde estaba ubicado un cementerio de automóviles de la Policía Federal Argentina y hace años fue cedido por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para la construcción de viviendas, aunque requiere todavía ser saneado para garantizar la seguridad de los habitantes ante la contaminación del lugar.


El espacio, lindero a la Villa 20, permanecía ocupado desde el 24 de febrero pasado un grupo de personas que reclaman la construcción de habitaciones. Tras el desalojo las precarias casillas allí establecidas fueron demolidas el pasado fin de semana.



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