Hay una diferencia esencial entre amor a la Tradición y tradicionalismo, entre amor al Papa y centralismo eclesial, entre creer en la mística y ser un visionario. Hace poco nos enteramos por la prensa que se había prohibido en la archidiócesis de Valencia que se prestara local alguno a Luís Eduardo López Padilla. Apoyo completamente la decisión de la archidiócesis. Hace años que con profundo desagrado conocía las conferencias del citado señor. Yo jamás le hubiera dejado hablar en ningún local parroquial donde yo hubiera sido el pastor.
En la Iglesia hay un cierto número de personas apocalípticas dedicadas profesionalmente a dar conferencias que no están haciendo ningún bien. A veces, la diferencia entre fervor y fanatismo puede parecer pequeña, pero son cosas radicalmente diversas.
Yo, personalmente, no creo en ninguna aparición o revelación actual de la Virgen María. No digo que no pueda aparecerse en algún sitio, pero no me consta. Respeto, pero suspendo juicio. Desde luego, lo último que necesita la Iglesia para su paz y cohesión interna es un florecer de visionarios que nos hablen de masonerías internas en la Iglesia y otras fantasías. Todo eso resquebraja la obediencia y el respeto debido a los únicos pastores legítimos.
En la Iglesia hay constructores de unidad y otros que son sembradores de teorías fantásticas. Que en nuestro mundo hay pecado y el pecado atrae consecuencias, es una doctrina bíblica. Pero meterse en novelas concretas es ya otra historia.
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