La felicidad sigue de cerca a las palabras amables, que apaciguan tu mal humor y disipan tus inquietudes como por arte de magia; te aproximan a Dios y difunden su paz en tu corazón. Producen en ti un sentimiento de callado reposo, como el que acompaña a la conciencia del pecado perdonado.
Hasta el cuerpo participa de las bendiciones de una palabra amable: el rostro muestra los rasgos afables y bondadosos que evocan en los demás la figura del mismo Cristo. Incluso externamente, el cristiano puede parecerse a Aquel que es el Verbo de amor encarnado.
Las palabras amables hacen felices a los demás. ¿Cuántas veces has sentido tú esa dicha, de un modo y hasta un punto que no eres capaz de explicar? No hay estudio que te permita descubrir el secreto de su poder. Ni siquiera el amor a uno mismo parece ser su causa. De todos los regalos que la naturaleza hace al hombre, de ninguno disfrutamos tanto como de la radiante luz del sol.Por eso también la sonrisa del ser humano resplandece. El regalo que más bendiciones recibe es un afecto cordial. Como el sol, hace brotar las flores de la amabilidad. A menudo, unas pocas palabras amables y un poco de paciencia abrirán los postigos de tu casa, oscurecida por las nubes de la discordia y la infelicidad, para dejar que la inunde la luz del sol.
(L. G. Lovasik en “El poder oculto de la divinidad”)

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