Bebé “de tres padres”: no se ha salvado ninguna vida

El nacimiento del primer niño “de tres padres” se está vendiendo como una proeza de ingeniería reproductiva y una victoria ética. Se ha alcanzado el noble fin de dar descendencia sana a una pareja que había perdido dos hijos a causa de un trastorno hereditario. Y por un medio irreprochable, sin destruir ningún embrión. Esto último, algo sumamente raro en la reproducción asistida, no está claro que se haya dado tampoco en este caso.
Hay que comenzar con una advertencia: no se conocen todos los detalles, a falta de la comunicación científica formal, anunciada para octubre próximo en el congreso de la Asociación de Americana de Medicina Reproductiva. Se sabe solo lo que ha publicado New Scientist.
El caso es el de una pareja norteamericana de origen jordano. Ella es portadora sana de una anomalía genética, el síndrome de Leigh, que radica en las mitocondrias. Estos orgánulos del citoplasma tienen su propio ADN –distinto del de los cromosomas del núcleo–, que se hereda solo de la madre. Por ese trastorno, murieron los dos hijos que tuvo la pareja.

La enfermedad no se transmitiría si el hijo fuera –como se suele decir– “de tres padres”, o más bien, con material genético de tres personas: los cromosomas de la madre y del padre, y las mitocondrias sanas de una donante. Esto se intentó primero en Estados Unidos a finales del siglo pasado, sustituyendo las mitocondrias en embriones fecundados in vitro (“reemplazo mitocondrial por transferencia citoplásmica”). Pero varios de los niños así nacidos sufrieron trastornos del desarrollo, por lo que tal técnica fue prohibida en 2002.
Después se idearon otros procedimientos, hasta ahora solo ensayados en laboratorio, que consisten en insertar el núcleo procedente de los padres en una célula de donante (“reemplazo mitocondrial por transferencia de núcleo”). Eso es lo que pidió la pareja mencionada al doctor John Zhang, fundador de la clínica de reproducción asistida New Hope, con sede en Nueva York y delegaciones en China, Rusia y México. Le rogó, además, que lo hiciera de modo que se minimizara la destrucción de embriones.
Zhang, por eso, no aplicó la técnica aprobada –pero aún nunca aplicada– este año en Gran Bretaña, que consiste en fecundar dos óvulos: uno de la madre y otro de la donante, y luego sustituir el núcleo del segundo embrión por el del primero. Esto implica destruir un embrión por cada uno que se obtiene.
En vez de eso, Zhang insertó en óvulos de la donante los núcleos de óvulos de la madre, y después los fecundó con esperma del padre. De ahí nació un niño en abril pasado, y hasta ahora se desarrolla normalmente.
Sin supervisión
El procedimiento empleado no está permitido en Estados Unidos; Zhang lo realizó en México. No es que en México esté autorizado, sino que, como el propio Zhang dice a New Scientist, “allí no hay reglas”. Este aprovechar la ausencia de ley es motivo de reparos por parte de otros especialistas: al no someterse a regulación, dicen, Zhang ha actuado sin supervisión científica ni ética. Y es justo exigirla, aunque solo fuera porque no está claro que la técnica sea segura, como advierten al menos dos estudios publicados este año, en Cell Stem Cell y en Nature.
Pero Zhang no tiene duda moral alguna sobre lo que ha hecho. Para él, no hay razón para discutir los medios empleados: “Lo ético es salvar vidas”, sentencia.
Pero ¿qué vida se ha salvado en este caso? Aunque New Scientist subraya que no se destruyeron embriones, a la vez señala que se perdieron varios. Zhang obtuvo cinco, “de los que solo uno se desarrolló con normalidad”. Quizá tenían alguna deficiencia –eso no se aclara–: en la reproducción asistida, la rutina es crear cierto número de embriones, examinarlos y seleccionar los sanos. Los demás se descartan, lo cual equivale a destruirlos. No se los machaca en un almirez, desde luego; pero intencionadamente se crean embriones sabiendo que parte de ellos no podrán vivir, por tener algún defecto o porque no se emplearán.
Zhang debe de haber hecho lo mismo, pues no consta que la pareja comitente quisiera quintillizos.
A no ser que Zhang no seleccionara un embrión, sino que los otros cuatro se le murieran, sin que él pudiera hacer eso tan ético de salvarles la vida. Pero New Scientist anota que “usó un embrión masculino, para que el niño resultante no pudiera transmitir ningún ADN mitocondrial”. ¿Y cómo consiguió que el único embrión que se desarrolló con normalidad fuera del sexo deseado?
Habrá que esperar a que se publiquen los detalles. En todo caso, Zhang no ha salvado ninguna vida. Antes de que pusiera manos a la obra, no tenía delante ninguna vida en peligro. Justo por su propia intervención llegó a haber hasta cinco en grave riesgo, de las que sucumbieron cuatro.
Como ocurre en todas las técnicas de reproducción asistida, con los bebés “de tres padres” no se salvan vidas. Solamente se indulta a algunas.
Rafael Serrano
Aceprensa

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