La epifanía del Señor
La fiesta de la Epifanía es de origen Oriental y surgió en forma similar a la Navidad de Occidente. Los paganos celebraban en Oriente, sobre todo en Egipto, la fiesta del solsticio invernal el 25 de diciembre y el 6 de enero el aumento de la luz. En este aumento de la luz los cristianos vieron un símbolo evangélico. Después de 13 días del 25 de diciembre, cuando el aumento de la luz era evidente, celebraban el nacimiento de Jesús, para presentarlo con mayor luz que el dios Sol. La palabra epifanía es de origen griego y quiere decir manifestación, revelación o aparición. Cuando la fiesta oriental llegó a Occidente, por celebrarse ya la fiesta de Navidad, se le dio un significado diferente del original: se solemnizó la revelación de Jesús al mundo pagano, significada en la adoración de los “magos de oriente” que menciona el Evangelio.
«Levántate, Jerusalén, resplandece, porque llega tu luz
y la gloria del Señor brilla sobre ti!» (Rm 12)
Queridos hermanos,
Hoy celebramos con gran alegría la solemnidad de la Epifanía, «manifestación» de Cristo a los gentiles, representados por los Magos, misteriosos personajes llegados de Oriente. Celebramos a Cristo, meta de la peregrinación de los pueblos en búsqueda de la salvación. En la primera lectura hemos escuchado al profeta que contempla a Jerusalén como un faro de luz, que, en medio de las tinieblas, orienta el camino de todas las naciones. La Iglesia es la luz de todos los pueblos y resplandece como una ciudad situada en la cima de un monte, guiando a las naciones hacia la plenitud de la verdad.
Ya durante la vida presente Dios nos hace partícipes de su luz, al dotar de inteligencia al alma humana. La razón constituye una verdadera luz para el hombre, porque es participación de la Inteligencia divina.
Cuando el hombre conoce la verdad, sabe que ésta es, porque precisamente es participación del Entendimiento divino. Santo Tomás dirá que toda verdad proviene del Espíritu Santo. Es tan admirable la inteligencia humana, que de suyo basta para revelar la existencia de Dios y algunas de sus perfecciones.
Escribiendo San Pablo a los fieles de Roma, declara a los paganos inexcusables (Rom 1,20) de no haber conocido a Dios, mediante la contemplación del universo, obra de sus manos; pues las obras de Dios, son como una huella, un reflejo de sus perfecciones. Dicho por San Juan de la Cruz con admirable belleza poética: «Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con premura, y yéndolos mirando, con sola su figura, prendados los dejó de su hermosura». Pero dado que es fácil perder el camino, Dios mismo, en sus designios de misericordia, vino al encuentro del hombre proporcionándole la luz superior de la revelación, que alcanzó su plenitud en la Encarnación del Verbo, Palabra de verdad.
La primera manifestación o «epifanía» del Verbo encarnado se dirigió a los judíos en la persona de los pastores, por ser ellos el pueblo escogido, del cual debía salir el Mesías, hijo de David. A este pueblo de Israel se le habían hecho las magníficas promesas cuya realización constituiría el reino mesiánico; a él le tenía Dios confiadas las Escrituras y la Ley. Sin embargo, muchos judíos no quisieron recibir a Cristo. «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron » (Jn 1,5). Las naciones paganas fueron llamadas a ocupar la herencia prometida por el Padre Eterno a su Hijo Jesús: «Pídemelo y te daré en herencia a las naciones, los confines de la tierra» (Salmo 2). La Sabiduría eterna quiso mostrarnos así que El era el portador de la paz no sólo a los que se hallaban cerca de él —los judíos fieles representados por los pastores, — sino también a los de lejanos países, los paganos representados por los Magos. De este modo, como dice San Pablo «Cristo es nuestra paz: él ha unido a los dos pueblos en uno solo» (Ef 2,14), por ser El uno, por la unión de su humanidad a la divinidad, el Mediador perfecto, y porque «por medio de El, todos sin distinción, tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu» (Ef 2,18).
En el oficio de la festividad, la liturgia denomina esta vocación de todo el género humano a la fe y a la salvación en la persona de los Magos. Con desbordante alegría la Iglesia proclama el esplendor y gloria de esta Jerusalén espiritual, que debe acoger en su maternal regazo a las naciones: «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora»(Is 60,1-2). San Pablo expresa la misma dicha al [2] recomendar a los Colosenses: «Demos gracias al Padre, que nos ha hecho dignos de participar de la herencia luminosa de los santos. Porque él nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el reino de su Hijo muy amado» (Col 1,12-13).
Es triste constatar que este maravilloso itinerario universal de los pueblos hacia Dios señalado por el profeta está hoy en un creciente retroceso al punto de llegar a una apostasía sociológica generalizada manifiesta en nuestra cultura. En vez de caminar hacia la luz de la verdad en todos sus órdenes, parece que se alejaran de ella. En este contexto se sitúa la vocación propia de nuestra fe, de dar testimonio de la verdad. Conociendo por revelación el sentido y fin de la historia humana, vemos en los Magos la prefiguración y el cumplimiento escatológico del fin de los tiempos, cuando todos los pueblos naciones y lenguas se postren ante el que está sentado en el trono y el Cordero (Ap. 14,4; Sal 86, 9), ante Cristo Alfa y Omega de la historia, Principio y Fin de todo (Ap 22, 13). En su libro del Apocalipsis San Juan describe la Jerusalén celestial declarando «La Ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero» (Apoc 21,23). Esa será la Epifanía celestial que durará toda la eternidad.
El Papa emérito, Benedicto XVI, finalizó su homilía de la Epifanía del año 2007 con estas luminosas palabras «A todos los hombres de nuestro tiempo, quisiera repetirles hoy: no tengáis miedo de la luz de Cristo. Su luz es el esplendor de la verdad. Dejaos iluminar por él, pueblos todos de la tierra; dejaos envolver por su amor y encontraréis el camino de la paz».
Que todos los Pueblos se dejen iluminar por Cristo. Por eso la liturgia de hoy muestra Tres epifanías: Los Magos, El Bautismo en el Jordán y las Bodas de Caná, como lo recuerda el himno latino de las Vísperas del Oficio de este día:
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Por qué temes, Herodes. al Señor que viene? No quita los reinos humanos, quien da el Reino de los cielos. Los Magos que iban a Belén Siguiendo a la estrella: En su luz amiga Buscaban la luz de Dios Haciendo regalos. El Hijo del Altísimo Se sumerje en el Jordán El Cordero sin mancha Lava nuestras culpas. Nuevo prodigio, en Canaán: brota vino de las tinajas se enrojecen las aguas mutando su naturaleza. que te revelas a los gentiles al Padre y al Santo Espíritu en los siglos de los siglos. Amén |
Hostis Heródes ímpie, Lavácra puri gúrgitis |
Pidamos a Dios por intercesión de nuestra Reina y Madre, que en este día otorgue el don precioso de la fe a todas las almas que «yacen en las tinieblas y en sombras de muerte», que las ilumine con su estrella y que Él mismo sea «el sol que las visite desde lo alto» (Lc 1,78-79). El Papa Francisco quiere obras de paz, de diálogo, de entendimiento, para tener fuerza de realizarlo pensemos en las palabras de san Pablo: «Pues el mismo Dios que dijo: De las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo» (2 Cor 4, 6). Mostremos en nuestra vida la faz de Cristo, el rostro de Jesús. Amén
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