Dijo Jesús a sus discípulos: “Habéis oído el mandamiento de “no cometerás adulterio”. Pero yo os digo: “El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior”. (Mt 5,27-32)
Allá por los años 1980, cuando Juan Pablo II en sus Catequesis de los miércoles se atrevió a decir que “también se podía dar violación en el matrimonio” y que “también se podía cometer adulterio con el corazón, por más que nunca se llegase al adulterio físico”, la prensa se le echó encima. Sobre todo esa prensa que busca la quinta pata al gato cuando se trata de atacar a la Iglesia.
Felizmente, el Papa siguió sus comentarios al margen de toda la chismografía que se desató por todas partes.
El Papa no dijo nada nuevo.
El Papa no hizo sino repetir lo que dijo Jesús.
Y lo que dijo Jesús es algo muy sencillo:
Se puede cumplir la ley materialmente.
Pero se puede incumplir la ley interiormente.
Que el que comete adulterio no es solo el cuerpo.
Que el que comete adulterio suele ser siempre el corazón.
Que el que peca no es el cuerpo sino el corazón.
Lo que Jesús nos dice es:
Que es preciso la coherencia entre lo exterior y lo interior.
Que es preciso la coherencia entre la mente y el cuerpo.
Que es preciso la coherencia entre el deseo del corazón y el cuerpo.
Que es preciso la coherencia entre lo de dentro y lo de fuera.
Que la verdad o la mentira la llevamos dentro.
Jesús interpreta la Ley:
“No cometerás adulterio”.
Pero la complementa:
No basta cumplirla materialmente.
Hay que cumplirla interiormente.
Hay que tener un corazón fiel para que sea fiel el cuerpo.
Hay que tener un corazón limpio para ver a la mujer como persona y no como objeto de deseo.
Hay que tener un corazón limpio para que todo lo veamos limpio.
La infidelidad mancha las relaciones conyugales.
La fidelidad nos permite mirarnos a los ojos con verdad.
La fidelidad nos permite hablarnos con sinceridad.
La fidelidad nos permite hablarnos con claridad y sin rodeos.
Es maravilloso ser niño, porque miran con ojos inocentes.
Es maravilloso ser esposos cuando pueden mirarse con ojos limpios.
Es maravilloso ser esposos y no tener nada que esconder.
Es maravilloso ser esposos y no tener miedo a que el otro pueda ver nuestro corazón.
Es maravilloso poder salir a la calle y mirar sin deseos morbosos sino con mirada limpia.
Pero para ello:
No basta con evitar el adulterio.
Es preciso cambiar el corazón.
No es un mandamiento negativo.
Es un mandamiento positivo que nos cambia interiormente.
Y nos devuelve la alegría de la fidelidad.
Y nos devuelve la alegría de vivir los dos en la verdad de nuestro amor.
Está bien lo “antes se dijo”.
Pero está mejor el “yo os digo”.
Esa es la manera en la que Jesús no elimina la ley sino que la lleva a plenitud.
Clemente Sobrado C. P.
Archivado en: Ciclo C, Tiempo ordinario Tagged: amor, fidelidad, matrimonio, unidad
Publicar un comentario