“¿Y quién es mi prójimo? Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos que lo asaltaron, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, se desvió, y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio; al verlo se desvió y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó donde estaba él y, al verlo, sintió compasión, se le acercó, le vendó las heridas, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó” (Lc 10,25-37)
“¿Quién es mi prójimo?”
¿Es una pregunta para saber?
¿Es una pregunta para disimular?
¿Es una pregunta para disimular nuestra falta de amor?
¿Es una pregunta para querer justificarnos?
La parábola de Jesús se presta a muchas lecturas:
En primer lugar “prójimo no es el que está cerca”.
Esta puede ser una lectura sociológica.
Prójimo a “aquel a quien yo me acerco”.
Esta es una lectura cristiana.
En segundo lugar, prójimo no es aquel ante el cual doy un rodeo para no encontrarme con él.
Prójimo no es aquel de quien me alejo porque no me interesa.
Prójimo no es aquel de quien me distancio para no comprometerme.
En tercer lugar, prójimo es aquel que encuentro en mi camino.
Es aquel a quien veo sufrir y me duele y siento compasión.
Es aquel ante quien me bajo de mi caballo para echarle una mano.
El prójimo está por encima de divisionismos y enemistades.
El prójimo está por encima de religiones y cultos.
El prójimo esta por encima de culturas y nacionalidades.
El prójimo es alguien que me necesita.
Prójimo no es el que tengo cerca sino aquel a quien me acerco.
Benedicto XVI lo definía muy bien: “es aquel que me necesita y yo puedo ayudar”.
Tres condiciones:
Está necesitado.
Puedo ayudarle.
Me acerco a él.
Soy yo quien me convierto en prójimo.
Soy yo que convierto al otro en prójimo.
No importa el apellido que lleve.
Lo que importa es que yo siento compasión hacia él.
Todos somos prójimos los unos de los otros.
No hay nada que me impida acercarme al otro:
aunque sea un extraño,
aunque sea un desconocido,
aunque sea de otra nacionalidad,
aunque sea de otra religión,
no importa si es judío,
no importa si es samaritano,
no importa si es creyente,
no importa si es malo y ha hecho mucho daño,
no importa si está sano o enfermo,
no importa si está en la cárcel o es libre.
Lo importante es lo que hago por él.
No lo llevo al templo, sino a una posada.
No le enseño a rezar, sino que le vendo sus heridas.
No lo hago cristiano, meto la mano al bolsillo y pago su cuidado.
Somos una humanidad de prójimos.
Somos una humanidad llamada acercarnos a los que sufren.
Somos una humanidad que no da rodeos, sino que se acerca.
“Comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros”. (Albert Einstein)
Clemente Sobrado C. P.
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