13 de agosto.

dos o tres en mi nombre


1. (Año II) Ezequiel 9,1-7;10,18-22


a) El profeta Ezequiel está en el destierro de Babilonia, pero, en espíritu, más bien se encuentra en Jerusalén y nos presenta un cuadro impresionante de matanzas y desgracias.


Un personaje misterioso -el hombre vestido de lino- marca en la frente a los que «gimen por las abominaciones que se cometen en la ciudad», o sea, a los que han resistido a la tentación de la idolatría y son fieles a la Alianza con Dios. Los que llevan esa marca se salvan: serán el «resto» de Israel. Los otros, empezando por los ancianos y dirigentes, son exterminados. Naturalmente los verdugos son los ejércitos babilonios. Pero aquí, dramáticamente, se atribuye la acción a la voluntad de Dios, que así se serviría de ellos como de instrumentos de su castigo.


Hay un detalle simbólico que deja un resquicio de optimismo: el profeta ve cómo la Gloria del Señor sale del Templo y se dirige, con los deportados, hacia el Norte. Esto se puede interpretar como castigo para los de Jerusalén: Dios les abandona a su suerte por tercos.


Pero, sobre todo, como signo de esperanza: Dios acompaña a los desterrados.


b) En medio de un mundo que nos puede parecer corrupto e idólatra, el «resto» de la nueva Israel, la Iglesia, deberíamos ser como el fermento y la semilla de una nueva humanidad. Porque Dios sigue teniendo planes de salvación. Sigue creyendo en la humanidad.


La visión de Ezequiel iba dirigida también a los judíos que ahora vivían en tierra pagana, Babilonia, rodeados de tentaciones religiosas y morales. Si los idólatras de Jerusalén eran castigados, igual destino podrían tener los idólatras del destierro.


La marca en la frente de las personas, que según Ezequiel es la garantía de su salvación, aparece de nuevo en el Apocalipsis, otro libro simbólico y guerrero. Las familias de los judíos, en Egipto, en la noche decisiva del paso del ángel exterminador, se libraron de la muerte por la marca de la sangre del cordero en sus puertas. En la visión de Ezequiel, se salvaron los que llevaban la señal en la frente. En el Apocalipsis, «los ciento cuarenta y cuatro mil sellados de Israel» (Ap 7,3).


Para nosotros, la marca salvadora es la Cruz de Jesús. Los que creemos en él, los que evitamos las idolatrías de este mundo, los que celebramos bien su Eucaristía -participando en su Cuerpo y Sangre de la Cruz y viviendo después coherentemente- estamos en el camino de la salvación y podemos ser el núcleo de la nueva humanidad, como el alma en el cuerpo, vivificando todas las realidades en que vivimos.


Conscientes de que, tanto si estamos dentro de las murallas seguras de Jerusalén como en la aventura dolorosa de un destierro, Dios está con nosotros para ayudarnos.


2. Mateo 18,15-20


a) Sigue el «discurso eclesial o comunitario» de Jesús, esta vez referido a la corrección fraterna.


La comunidad cristiana no es perfecta. Coexisten en ella el bien y el mal. ¿Cómo hemos de comportarnos con el hermano que falta? Jesús señala un método gradual en la corrección fraterna: el diálogo personal, el diálogo con testigos y, luego, la separación, si es que el pecador se obstina en su fallo.


b) Todos somos corresponsables en la comunidad. En otras ocasiones, Jesús habla de la misión de quienes tienen autoridad. Aquí afirma algo que se refiere a toda la comunidad: «lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo», «donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».


Cuando un hermano ha faltado, la reacción de los demás no puede ser de indiferencia, que fue la actitud de Caín: «¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?». Un centinela tiene que avisar. Un padre no siempre tiene que callar, ni el maestro o el educador permitirlo todo, ni un amigo desentenderse cuando ve que su amigo va por mal camino, ni un obispo dejar de ejercer su gula pastoral en la diócesis. No es que nos vayamos a meter continuamente en los asuntos de otros, pero nos debemos sentir corresponsables de su bien. La pregunta de Dios a Caín nos la dirige también a nosotros: «¿qué has hecho con tu hermano?».


Esta corrección no la ejercitamos desde la agresividad y la condena inmediata, con métodos de espionaje o policíacos, echando en cara y humillando. Nos tiene que guiar el amor, la comprensión, la búsqueda del bien del hermano: tender una mano, dirigir una palabra de ánimo, ayudar a rehabilitarse. La corrección fraterna es algo difícil, en la vida familiar como en la eclesial. Pero cuando se hace bien y a tiempo, es una suerte para todos: «has ganado a un hermano».


Una clave fundamental para esta corrección es la gradación de que nos habla Cristo: ante todo, un diálogo personal, no empezando, sin más, por una desautorización en público o la condena inmediata. Al final, podrá ocurrir que no haya nada que hacer, cuando el que falta se obstina en su actitud. Entonces, la comunidad puede «atar y desatar», y Jesús dice que su decisión será ratificada en el cielo. Se puede llegar a la«excomunión», pero eso es lo último. Antes hay que agotar todos los medios y los diálogos. Somos hermanos en la comunidad.


Corrección fraterna entre amigos, entre esposos, en el ámbito familiar, en una comunidad religiosa, en la Iglesia. Y acompañada de la oración: rezar por el que ha fallado es una de las mejores maneras de ayudarle y, además, nos enseñará a adoptar el tono justo en nuestra palabra de exhortación, cuando tenga que decirse.





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