26 de marzo.

Homilía para el IV Domingo de Cuaresma A

Cuando la desgracia o algo doloroso nos pasa, como un accidente o enfermedad, nuestra primera reacción en la mayoría de los casos, es decir, “¿Por qué? ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Qué he hecho para merecer esto?. Esta es precisamente la pregunta que le plantean los discípulos a Jesús en presencia del ciego de nacimiento. O, más exactamente, ellos quieren saber si esta desgracia le ha sucedido a este hombre a causa de sus propios pecados o por pecados de sus parientes. Jesús se niega a encerrarse en tal razonamiento. Para él, el mal – ya sea daño físico o mal moral -. no es algo que debe ser explicado. El mal para Jesús debe ser eliminado. Específicamente, Jesús viene para salvar del mal a la humanidad.

Este evangelio es importante para todos nosotros, porque todos somos ciegos de nacimiento en algún sentido. Por eso el Señor nos dice. “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Juan 9, 5)

Repasemos de nuevo lo esencial del Evangelio de hoy: Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres. Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: “Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9, 3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara solemnemente: “Tengo que hacer las obras del que me ha enviado. (…) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Jn 9, 4-5).

Inmediatamente pasa a la acción: con un poco de tierra y de saliva hace barro y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y animada por el soplo de Dios (cf. Gn 2, 7). De hecho, “Adán” significa “suelo”, y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación. Pero esa curación suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Así, al final del relato, Jesús y el ciego son “expulsados” por los fariseos: uno por haber violado la ley; el otro, porque, a pesar de la curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento. Aquí la clave de interpretación es quien ve realmente, los Fariseos o el Ciego de nacimiento. ¿Cómo andamos de la vista nosotros?

Por nosotros mismos, no podemos ver. Sólo Él es la luz, y Él solo puede dar la luz, ya que fue enviado por el Padre para eso. ¿Habrá algo, entonces, que podamos hacer? Sí, “ve a lavarte a la piscina de Siloé”, dice Jesús (v. 7). Entonces nuestros ojos se abrirán, y nosotros que nacimos ciegos, veremos. Esta es la obra del Señor.

Siloé significa “Enviado” o “Aquel que fue enviado” Todos sabemos que fue enviado por el Padre. Si no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros podría haber sido liberado del pecado . Y a menos que vayamos a Él, que fue enviado, nos mantenemos en nuestro pecado y nuestra ceguera y por tanto nos mantemos lejos de la luz.

A lo largo de su vida terrena, Jesús expresó claramente en palabras y hechos, que él era la luz del mundo y la fuente de la vida. El reino que el vino a inaugurar ya estaba presente en su persona. Por dónde él pasa, la oscuridad y la muerte están obligados a retirarse. Él sana a los ciegos, (como leemos este domingo) e hizo venir a Lázaro de vuelta a la vida (como veremos el domingo próximo). Toda la creación ha sido afectada por esta encarnación de la Luz y la Vida.

A aquellos que tuvieron fe en él, y que aceptaron seguirlo, él les ofreció compartir sus bendiciones con ellos: “El que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11, 25), y “El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”(Juan 8, 12).

En su carta a los Efesios, Pablo llega a conclusiones morales de todo esto: Él dice a los fieles que ellos antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor y que por lo tanto tienen que vivir ahora como hijos de la luz (Efesios 5, 8-14).

Los cristianos se convirtieron en luz. Esto quiere decir que están despiertos de la muerte e iluminados en Cristo. Esta afirmación no es vagamente poética, es verdadera fuente de alegría. También tiene graves obligaciones. Porque no es poca cosa ser con Cristo, luz del mundo. Sin embargo, es la misión de la Iglesia, y por lo tanto la de cada uno de nosotros.

Se requiere una gran sencillez de corazón para recibir la luz de Cristo y para ser capaz de compartirla con los demás. Como se trata de una respuesta clara y simple la del ciego del evangelio a los fariseos que lo interrogaban por su curación. “El hombre llamado Jesús puso en mis ojos barro y me dijo: “Ve a Siloé y lávate”, yo fui, me lavé, y me encontré con la vista” (Jn 9,11). El hecho de su curación es tan evidente que no está interesado en las explicaciones que le puedan dar. Los fariseos, por el contrario, están tan interesados en las explicaciones que se están perdiendo lo obvio.

Y así se hizo el juicio manifiesto de Dios (v.39). Aquellos que piensan que ven y no ven permanecen en la oscuridad. Pero el ciego, ha llegado a la luz – la luz aquí, para Juan, es la vida en comunión con Cristo resucitado, que es la Luz del mundo. Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar, porque presumen de sanos. Que María nuestra Madre nos ayude a ponernos el colirio del amor y de la misericordia de Dios, es la única forma de ver. Pidamos también la humildad de saber pedir ser curados de la ceguera. Vivir sin ver es un riesgo porque de golpe se puede hacer la luz y uno puede estar en un lugar que no quiere, que no sirve y que no plenifica. Jesús es la luz y está para que brille, lavemos el barro de toda nuestra vida en el agua limpia y verdadera de Dios, para ser nueva creación. Amén

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