Oficio de lecturas - Lunes de la semana XXI - Tiempo Ordinario



OFICIO DE LECTURA - LUNES DE LA SEMANA XXI - TIEMPO ORDINARIO
De la Feria.

PRIMERA LECTURA

Año I:

De la carta a los Efesios      4, 25-5, 7

SED IMITADORES DE DIOS

    Hermanos: Dejaos de mentiras, hable cada uno con dad a su prójimo, que somos miembros unos de otros. os indignáis, no lleguéis a pecar; que la puesta del no os sorprenda en vuestro enojo. No dejéis lugar al diablo.
    El ladrón, que no robe más; mejor será que se fatigue trabajando honradamente con sus propias manos, para poder repartir con el necesitado. No salga de vuestra boca palabra desedificante, sino la que sirva para la necesaria edificación, comunicando la gracia a los oyentes. Y no provoquéis más al Santo Espíritu de Dios, con mal fuisteis marcados para el día de la redención. Desterrad de entre vosotros todo exacerbamiento, animosidad, ira, pendencia, insulto y toda clase de maldad. Sed, por el contrario, bondadosos y compasivos unos con otros, y perdonaos mutuamente como también Dios os ha perdonado en Cristo.
    Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados que sois. Y vivid en el amor a ejemplo de Cristo, que os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación de suave fragancia.
    Por otra parte, de lujuria, inmoralidad de cualquier género o codicia, entre vosotros ni hablar; es impropio de gente consagrada. Y lo mismo obscenidades, estupideces o chabacanerías, que están fuera de sitio; en lugar de eso, dad gracias a Dios. Porque esto que digo, tenedlo por sabido y resabido: nadie que se da a la lujuria, a la inmoralidad o a la codicia, que es una idolatría, tendrá parte en el reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con argumentos especiosos: estas cosas son las que atraen la reprobación de Dios sobre los rebeldes. Por eso, no os hagáis cómplices de ellos.

Responsorio      Ef 4, 30; 1Ts 5, 16. 18. 19

R. No provoquéis al Santo Espíritu de Dios, * con el cual fuisteis marcados para el día de la redención.
V. Alegraos siempre y dad gracias a Dios en toda ocasión; no impidáis las manifestaciones del Espíritu.
R. Con el cual fuisteis marcados para el día de la redención.


Año II:

De la carta a Tito      2, 1-3, 2

EXHORTACIÓN A LOS FIELES

    Querido hermano: Tú enseña lo que es conforme a la sana doctrina. Los ancianos, que sean moderados, dignos, discretos, íntegros y vigorosos en la fe, en la caridad, en la constancia. Las ancianas, de igual modo, que observen un porte religioso, como conviene a una profesión santa; que no se den a la murmuración ni al mucho vino; que sean maestras de buenas costumbres, para poder inspirar sentimientos de modestia a las más jóvenes. Así les enseñarán a ser buenas esposas y buenas madres de familia, a ser discretas, honestas, hacendosas, bondadosas, dóciles a sus maridos. Así no darán motivo para que se hable mal del Evangelio de Dios.
    Asimismo, a los jóvenes, anímalos a vivir con moderación en todas las cosas. Y tú sé modelo por tus buenas obras, con, desinterés e integridad en la enseñanza, con gravedad, con genuina e incensurable doctrina, para que nuestros adversarios se vean confundidos, al no tener nada malo que decir contra nosotros.
    Los esclavos, que vivan sometidos en todo a sus amos, complaciéndoles sin contradecirles; y que no se den al robo; antes bien, muéstrenles una hermosa y total fidelidad, para que en todo hagan honor a la enseñanza evangélica de Dios, nuestro Salvador.
    Porque Dios ha hecho aparecer a la vista de todos los hombres la gracia que nos trae la salud; y nos enseña a vivir con sensatez, justicia y religiosidad en esta vida, desechando la impiedad y las ambiciones del mundo, y aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. É1 se entregó a la muerte por nosotros, a fin de redimirnos de toda iniquidad y reservarse para sí, como posesión propia, un pueblo purificado y lleno de fervor por las buenas obras. Vete enseñando todo esto, animando y reprendiendo con toda autoridad. Que nadie te desprecie.
    Recuérdales que vivan sometidos a las autoridades y a los que ejercen el poder: que los obedezcan y que estén prontos para toda obra buena. Que no calumnien a nadie, que no sean pendencieros, sino condescendientes, y que muestren una perfecta mansedumbre con todos los hombres.

Responsorio      Tt 2, 12-13; cf. Ef 5, 15. 16

R. Desechando la impiedad y las ambiciones del mundo, vivamos con sensatez, justicia y religiosidad en esta vida; * aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.
V. Miremos cómo nos portamos; no sea como necios, sino como sabios, aprovechando bien la ocasión presente.
R. Aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.


SEGUNDA LECTURA

Del Comentario de santo Tomás de Aquino, presbítero, sobre el evangelio de san Juan

(Cap. 10, lec. 3)

EL RESTO DE ISRAEL ENCONTRARÁ ALIMENTO, Y DESCANSO

    Yo soy el buen pastor. Es evidente que el oficio de pastor compete a Cristo, pues, de la misma manera que el rebaño es guiado y alimentado por el pastor, así Cristo alimenta a los fieles espiritualmente y también con su cuerpo y su sangre. Erais como ovejas descarriadas -dice el Apóstol-, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas.
    Pero, ya que Cristo por una parte afirma que el pastor entra por la puerta y en otro lugar dice que él es la puerta y aquí añade que él es el pastor, debe concluirse de todo ello que Cristo entra por sí mismo. Y es cierto que Cristo entra por sí mismo, pues él se manifiesta a sí mismo y por sí mismo conoce al Padre. Nosotros, en cambio, entramos por él, pues es por él que alcanzamos la felicidad.
    Pero, fíjate bien: nadie que no sea él es puerta, porque nadie sino él es luz verdadera, a no ser por participación: No era él -es decir, Juan- la luz, sino testigo enviado a declarar en favor de la luz. De Cristo, en cambio, se dice: Era la luz verdadera que ilumina a todos los hombres. Por ello de nadie puede decirse que sea puerta; .esta cualidad Cristo se la reservó para sí; el oficio, en cambio, de pastor lo dio también a otros y quiso que lo tuvieran sus miembros: por ello Pedro fue pastor y pastores fueron también los otros apóstoles y son pastores todos los buenos obispos. Os daré -dice la Escritura- pastores conforme a mi corazón. Pero aunque los prelados de la Iglesia, que también son hijos, sean todos llamados pastores, sin embargo, el Señor dice en singular: Yo soy el buen pastor; con ello quiere estimularlos a la caridad, insinuándoles que nadie puede ser buen pastor si no llega a ser una sola cosa con Cristo, por la caridad y se convierte en miembro del verdadero pastor.
    El deber del buen pastor es la caridad; por eso dice: El buen pastor da su vida por las ovejas. Conviene, pues, distinguir entre el buen pastor y el mal pastor: el buen pastor es aquel que busca el bien de sus ovejas, en cambio, el mal pastor es el que persigue su propio bien.
    A los pastores que apacientan rebaños de ovejas no se les exige exponer su propia vida a la muerte por el bien de su rebaño, pero, en cambio, el pastor espiritual sí que debe renunciar a su vida corporal ante el peligro de sus ovejas, porque la salvación espiritual del rebaño es de más precio que la vida corporal del pastor. Es esto precisamente lo que afirma el Señor: El buen pastor da su vida -la vida del cuerpo- por las ovejas, es decir, por las que son suyas por razón de su autoridad y de su amor. Ambas cosas se requieren: que las ovejas le pertenezcan y que las ame, pues lo primero sin lo segundo no sería suficiente.
    De este proceder Cristo nos dio ejemplo: Si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.

Responsorio      Ez 34, 12; Jn 10, 28

R. Buscaré mis ovejas, * y las sacaré de todos los lugares por donde se dispersaron en un día de oscuridad y nubarrones.
V. Mis ovejas nunca jamás perecerán, ni nadie las arrebatará de mis manos.
R. Y las sacaré de todos los lugares por donde se dispersaron en un día de oscuridad y nubarrones.

Oración

Señor Dios, que unes en un mismo sentir los corazones de los que te aman, impulsa a tu pueblo a amar lo que pides y a desear lo que prometes, para que, en medio de la inestabilidad de las cosas humanas, estén firmemente anclados nuestros corazones en el deseo de la verdadera felicidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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18:34

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