29 de marzo.

domingo ramos


Homilía para el Domingo de Ramos 2015, ciclo B.


En cada uno de los tres años del ciclo litúrgico leemos el Evangelio de la Pasión según uno de los sinópticos: Marcos, Mateo y Lucas, este año toca Marcos, que nos conduce de la cena de Jesús en Betania, hasta el Calvario, pasando por la Última Cena, el Getsemaní, el proceso y la crucifixión. Sería inútil y errado intentar reconstruir en detalle los acontecimientos completando un Evangelio con otro. Cada uno debe ser considerado en sí mismo (gracia vista desde nosotros: revelación, gracia considerada desde los escritores sagrados: inspiración), porque cada Evangelista nos entrega Su mensaje recibido y trasmitido en la vivencia personal dentro de la historia de la Salvación, en el caminar de la única Iglesia. San Marcos se preocupa en referir los detalles históricos concretos, y al mismo tiempo está muy atento a los detalles simbólicos.


En esta breve homilía, como la liturgia lo sugiere, quisiera que pongamos nuestra atención sobre uno de estos gestos simbólicos: el de la sepultura de Jesús, mencionada al principio y al final del relato. No hay gesto más gratuito que el cuidado que uno hace al cuerpo de una persona después de su muerte (rito muy típico aún hoy en la cultura oriental): Se trata de un gesto de respeto y al mismo tiempo de amor –de amor completamente desinteresado, porque ya no se puede esperar nada a cambio aquí abajo.


La narración según san Marcos se abre con un almuerzo en Betania. Betania es el lugar donde vivían los amigos íntimos de Jesús: Martha, María y Lázaro. Pero esta vez Jesús fue invitado a comer no en la casa de ellos, sino en casa de otro de sus amigos, un cierto Simón llamado leproso, que no es mencionado en otro lugar del evangelio. La mujer que unge la cabeza de Jesús no es llamada por su nombre. No pronuncia una sola palabra. Sólo nos habla su gesto, y habla tan fuerte que Jesús proclama: “En cualquier lugar en el mundo donde sea proclamada la Buena Noticia se contará esto que esta mujer ha hecho en memoria de ella”, utilizando la misma expresión que utilizará en la Cena, diciendo de repetir la fracción del pan “en memoria mía”.


El gesto de la mujer es un puro desperdicio, despilfarro, como dicen los testigos, cosa que Jesús no niega. La mujer viene con un perfume de alta calidad y de gran precio, y lo lleva en un frasco de alabastro. No sólo derrama el perfume, sino que rompe, quiebra, el frasco que lo contiene. Gesto excesivo y de una gran gratuidad, que sólo el amor puede explicar y justificar.


¿Por qué este despilfarro? Dicen los que tienen un poco más de sentido práctico. ¿Por qué ser cristianos, para qué sirve rezar, ir a misa…? ¿Para qué sirve la abstinencia, el ayuno? ¿Por qué ser un buen católico, una buena católica? ¿Para qué ser sacerdote, religiosa?, es un desperdicio. Los que están atormentados por los altos y bajos de sus acciones y valores en bolsa se ponen estas preguntas continuamente: ¿para qué sirve? ¿Por qué este despilfarro?


Este despilfarro no sirve para nada pero tiene un significado profundo. Rompiendo su frasco de alabastro y dejando caer el óleo perfumado sobre la cabeza de Jesús, al modo en que los profetas del Antiguo Testamento consagraban los reyes, esta mujer reconoce a Jesús como el Mesías. Jesús mismo le da a este gesto un significado ulterior. Ya ha dado su vida, y este gesto es ya su sepultura. En efecto, al final del Evangelio, después de la deposición de Jesús en el sepulcro, Marcos menciona lacónicamente la presencia de María Magdalena y de la otra María, la madre de Santiago, que miran el lugar en que fue puesto el cuerpo. Volverán la mañana de Pascua con sus aromas, pero no podrán embalsamar el cuerpo de Jesús, porque él no estará más allá. Este gesto de la mujer de Betania es entonces, mirando bien, la sepultura de Jesús, antes de su muerte. Y este gesto de gratuidad es puesto en oposición con el de Judas, que entregará a Jesús por dinero, y en oposición con todos los cálculos egoístas y políticos de los jefes del pueblo así como de Herodes y Pilatos.


La entrega, el amor, la donación, no es un desperdicio, ni por parte de Jesús, ni por los que se dan auténticamente y sin dobleces a él. Que el ejemplo de esta mujer nos enseñe a realizar estos gestos llenos de gratuidad, de vacío de uno mismo y de sus pequeñitos, y perdonen por la franqueza, ridículos reclamos y pretensiones, gestos que a los ojos de los ciegos no sirven para nada, pero para los que los hacen y aquellos que son objeto de ellos son transformadores son redentores, porque dan sentido y plenitud a la vida, por pequeña y difícil que esta sea. Que la Virgen nos ayude a vivir la semana santa con este amor.





09:40
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