“Cuando llegaron a Cafarnaún, los cobradores del impuesto de las dos dracmas se acercaron a Pedro y le preguntaron: “¿El Maestro de ustedes no paga el impuesto de las dos dracmas?” Pero contestó: “Sí”. ¿Qué te parece Simón? Los reyes del mundo, ¿a quien le cobran los impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraño?” Contestó: “A los extraños”. Sin embargo, para no escandalizarlos, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Tómala y paga por mí y por ti”. (Mt 17,22-27)
El Evangelio de hoy comienza con la catequesis de la muerte de Jesús.
Pero planea un problema que siempre tendrá actualidad.
Es frecuente que busquemos razones para no cumplir los deberes de todo el mundo.
Siempre tenemos razones para sentirnos dispensados.
Siempre tenemos razones para sentirnos diferentes.
Siempre tenemos razones para sentirnos privilegiados.
La Iglesia durante siglos:
ha vivido de muchos privilegios.
se ha creído dispensada de lo que hacía el resto de ciudadanos.
dispensada de las cargas que obligan a los demás.
Y no neguemos que todavía hoy:
La Iglesia sigue gozando de muchos privilegios.
Sigue gozando de muchas exenciones.
Que a todos nos parecen normales.
Que todos nosotros vemos como lógicas.
Y que ponemos el grito en el cielo cuando alguien nos acusa.
Y que ponemos el grito en el cielo cuando algún Gobiernos nos quiere nivelar con el resto de ciudadanos.
Jesús le dice a Pedro que los “hijos” no pagan impuestos.
Sino los extraños.
Sin embargo, Simón reconoce que Jesús pagaba como todo el mundo.
Y Jesús le ordena a Pedro vaya y paga por los dos.
Y todo por la sencilla razón de no “escandalizar”.
¿Será que la fe es un motivo para disfrutar de privilegios que otros no tienen?
Como creyentes seguimos siendo como el resto de ciudadanos.
Por tanto, ¿por qué nos excluimos de los deberes de los demás?
¿Será que la Iglesia ha buscado siempre ser privilegiada?
Y los Conciertos entre Iglesia y los Estados terminan siendo privilegios.
No. No es que quiera pagar los impuestos como cualquier vecino.
Pero tampoco siento que yo deba ser una excepción.
Sin embargo, me pregunto si esto favorece realmente a la Iglesia.
Confieso que:
No me gusta vivir de privilegios.
No me gusta vivir de exenciones.
No me gusta vivir como si fuésemos una clase distinta.
Los privilegios nos hacen diferentes.
Y el creyente es un ciudadano como el resto.
Además, los privilegios suelen pagarse luego.
Tampoco la sociedad es indiferente a lo que concede.
Muchos privilegios:
¿Han favorecido a la Iglesia en su fidelidad al Evangelio?
¿No nos han acusado de hacer matrimonio entre Iglesia y Estado?
¿Y no ha sido este matrimonio el que ha limitado la libertad de la Iglesia?
¿Y no ha sido este matrimonio el que ha creado serios anticuerpos contra la Iglesia?
¿Y no ha sido este matrimonio el que ha dado ocasión para que la critiquen?
El único privilegio es tener derecho a ser Iglesia.
El único privilegio es tener derecho a creer, aún en una sociedad incrédula.
El único privilegio es tener derecho a celebrar y anunciar su fe.
A la Iglesia le ha ido siempre mal:
Cuando se ha unido en matrimonio con el Estado.
Cuando se ha sentido deudora del Estado.
La historia está ahí.
Yo prefiero una Iglesia evangélicamente libre.
Yo prefiero una Iglesia donde nos sintamos ciudadanos como los demás.
No podemos diferenciarnos por los privilegios.
Lo que nos privilegia es la fidelidad al Evangelio y la libertad de proclamarlo.
Clemente Sobrado C. P.
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