Reliquias de san Celestino, visistado por Benedicto XVI. Enterrado en la iglesia de Santa María de Collemaggio, Aquila, Italia. Canonizado en 1313. Tendrían que pasar 700 años exactos para que Benedicto XVI hiciera algo parecido. Esta foto es del 6 de abril de 2009, pocas semanas después del terremoto de Aquila, el Papa visita la ciudad y obsequia su primer palio, que vemos sobre el vidrio, para que lo vista los despojos del santo.
SAN PEDRO CELESTINO monje y papa dimitido
(† 1296)
El año 1215, en un pueblo de la región de los Abruzos, perteneciente al reino de las Dos Sicilias, nació el que más tarde sería el papa Celestino V. En su misma autobiografía nos describe a sus padres, Angelerio y María, con estas palabras: “Ambos eran justos a los ojos de Dios y muy alabados por los hombres; daban limosna y acogían a los pobres de muy buena gana en su casa. Tuvieron doce hijos, a semejanza del patriarca Jacob, y siempre pedían al Señor que alguno de ellos sirviese a Dios. De esta familia ejemplarmente cristiana el niño Pedro fue el undécimo retoño.
Regía entonces los destinos de la Iglesia y de toda la cristiandad el gran pontífice Inocencio III, que moriría al año siguiente en el apogeo de la gloria del Pontificado. Su bienhechora influencia se extendía a todos los Estados de Europa, que, gracias a su autoridad, acatada por emperadores, reyes, ciudades y señores feudales, se había mantenido en una armonía fecunda. Un siglo más tarde el edificio cristiano de la Europa medieval presentaría grietas alarmantes, que los sucesores inmediatos de Inocencio III, entre los cuales se encuentra nuestro Santo, no acertarían a restañar.
Pedro pasó la niñez y juventud en su mismo pueblo, junto a su madre, que fue también, su primera maestra en la santidad. Ella estaba amargada porque ninguno de sus diez primeros hijos servía a Dios. Y se quejaba: “¡Miserable de mí! ¡Tantos hijos y que ninguno sea siervo de Dios!” Oyéndola repetir esto su hijo undécimo, que contaría entonces cinco o seis años, empezó a decirle: “Quiero ser un buen siervo de Dios.” Ella entonces resolvió encaminarle al estudio de las letras, a pesar de la contradicción de los restantes hermanos. Como había ya quedado viuda tuvo que imponerse considerables sacrificios; pero Dios los premió, ya que, al poco tiempo, el pequeño Pedro, según cuenta él mismo, leía el Salterio.
En este ambiente familiar cristiano y austero, donde la providencia de Dios pudo palparse claramente repetidas veces, y en el que su madre era también la íntima confidente, creció en edad y en ganas de servir a Dios nuestro Santo. Sus deseos se inclinaban decididamente hacia la vida de los anacoretas. Tenía más de veinte años cuando, al fin, se resolvió con otro compañero a dejar el pueblo y dirigirse a Roma “para pedir consejo a la Iglesia”.
Salieron ambos, pero, al término de la primera jornada de camino, su compañero quiso volver al pueblo; hizo la segunda jornada solo y, llegando a Castelsangro, lluvias torrenciales y ríos desbordados le impidieron proseguir hacia Roma. Invocando el auxilio divino permaneció allí muchos días, hasta que supo que un solitario habitaba en los montes vecinos. Entonces compró dos panes y algunos peces y se subió a la montaña, en pleno mes de enero, con nieve abundante. Encontró vacía la celda de aquel ermitaño y se quedó allí, empezando una vida de gran austeridad y oración casi continua.
Las primeras vivencias fueron de una gran paz y alegría espiritual y abundancia de consolación sensible; pero no tardó mucho en llegar la desolación purificadora del alma, con multitud de tentaciones, “lo mismo estando despierto que durmiendo”. En los mismos principios de su vida eremítica se trasladó a otra montaña, donde cavó un hoyo debajo de una roca, en el cual con dificultad podía estar en pie o echado. Aquí permaneció tres años.
Empezó pronto el ir y venir de las gentes en torno a él. Le aconsejaban que recibiera la ordenación sacerdotal. Se dejó convencer y partió para Roma, donde fue ordenado sacerdote. De vuelta, al pasar por Monte Murrone, encontró una cueva que le gustó y allí se quedó. Los cinco años que duró su estancia en ella fueron tiempos de tribulación espiritual en torno a la celebración de la misa. Le parecía que, si celebraba, se reuniría gente allí y perdería la soledad; que le ofrecerían limosnas y peligraría su pobreza, y, además, se consideraba indigno. Estaba ya determinado a volver a Roma a pedir consejo al Papa, cuando se le apareció en sueños el abad que le había impuesto el hábito de ermitaño y se cambió entre ellos este diálogo: “Celebra misa, hijo; celebra.”
El objetó: “Pero, si San Benito y otros muchos santos no quisieron tocar tan gran misterio, ¿Cómo yo, pecador, puedo considerarme digno?”
El abad respondió: “¡Pero hijo! ¿Digno? ¿Quién es digno? Celebra misa, hijo, celébrala con temor y temblor.”
El dictamen del confesor concordó. Y desaparecieron las dudas.
El ejemplo de su vida, tan austera soledad, ayuno, oración y la fama de santidad empezaban a atraerle discípulos, cuando tuvo que abandonar Monte Murrone, pues, habiendo sido talados los bosques cercanos y empezando a cultivarse las tierras, peligraba su separación del mundo. Buscando la soledad, se refugió con sus primeros discípulos en otra cueva de Monte Maiella. Su irradiación espiritual creció, y, con ella, el número de discípulos y la devoción de las gentes; muchos dejaban el mundo y se ponían a su disposición para servir a Dios; él los rechazaba cuanto podía, excusándose en sus pocos conocimientos y en su deseo de soledad; pero frecuentemente, vencido por su caridad, los admitía. Así nació la congregación de los “Celestinos”, cuyos estatutos aprobó Gregorio X en 1274; ya entonces contaba con dieciséis monasterios.
Durante largos años de permanencia en Monte Maiella empezó a manifestarse el abundante carisma de milagros que había de ser una de las características más salientes de su vida.
Se encontraba de nuevo en Monte Murrone, pasando visita a los monasterios de su Orden, cuando, inesperadamente, recibió al arzobispo de Lyon con un séquito de prelados, embajadores del cónclave, notificándole que había sido elegido Sumo Pontífice y rogándole su aceptación. La elección había tenido lugar el día 5 de julio de 1294; el elegido rondaba ya los ochenta años.
Su elección llenó de júbilo a amplios sectores de la Iglesia. Su fama de santidad era sólida y muy extendida, y eran muchos —joaquimitas, fraticelos, “espirituales”— los que creían que la barca de la Iglesia necesitaba de un piloto santo y espiritual para ser sacada del atolladero en que parecía encallada. Y aun para los que no compartían esta opinión no dejaba de representar un alivio el hecho de la terminación de un interregno que duraba ya más de dos años, desde el 4 de abril de 1292, en que muriera Nicolás IV. Tanto más cuanto que la persona del santo anacoreta había vencido las disensiones que existían entre los miembros del Sacro Colegio, —Orsinis y Colonnas—, obstáculo que había llegado a parecer insuperable. Detrás de este antagonismo se encontraba la influencia creciente que Francia venía ejerciendo sobre el Pontificado a partir de la ruptura de éste con la casa imperial de los Hohenstaufen.
Todas estas causas se conjugaron en la gran apoteosis que fue su traslado a Aquila, donde recibió el homenaje de todo el Sacro Colegio de cardenales, la consagración episcopal y la coronación como Sumo Pontífice. El rey de Nápoles, Carlos II de Anjou, de quien había sido súbdito hasta entonces, y cuya influencia sobre el nuevo Papa se haría cada vez más avasalladora, y su hijo Carlos Martel, rey electo de Hungría, conducían las riendas del humilde asno en que montaba Celestino V. Tolomeo de Lucca nos cuenta que cuando llegó a Aquila corrían las gentes de los alrededores hacia él para pedirle la bendición, y el futuro Santo tenía que estar todo el día en la ventana, reclamado por el clamor de los que pedían les bendijese. El mismo cronista nos dice que para la coronación, que tuvo lugar el 29 de agosto, se congregaron más de doscientas mil personas.
Pero su temperamento insociable, su extrema sencillez y su desconocimiento de las cosas humanas y de los negocios del gobierno le acarrearon en seguida graves dificultades en el ejercicio de su alto cargo.
Contra el consejo de los cardenales, no sólo rehuyó ir a Roma —sobresaltada por luchas ciudadanas—, sino que se trasladó al mismo Palacio Real de Nápoles, donde trató de conjugar su rango pontificio con el deseo de soledad haciendo construir una cabaña dentro de sus habitaciones, a la que se retiraba para no interrumpir las largas horas de oración. Por otra parte, el despacho de los asuntos de la Curia iba de mal en peor, y la supeditación del Papa al rey de Nápoles (segundón de la dinastía francesa de Anjou) llegó al colmo cuando, al crear doce cardenales poco después de su elevación al Pontificado, escogió siete franceses y tres súbditos napolitanos.
Ante esta situación caótica, de la que Celestino V no dejó de darse cuenta, se convenció también de su incapacidad, y fue entonces cuando dio el gran ejemplo de humildad y despego de las grandezas y honores de la tierra, y, con ello, la medida de su perfecta caridad para con Dios. A pesar de que algunos le aconsejaban que dejara el gobierno de la Iglesia en manos de los cardenales y que él se retirara a la oración conservando el honor del Sumo Pontificado, quiso que se estudiara la posibilidad de la abdicación del Romano Pontífice, cuestión confusa y discutida por aquel entonces. Recibida respuesta afirmativa, mandó componer una bula en la que se declaraba que el Papa puede renunciar a sus poderes. De hecho, el Papa no es más que el obispo de Roma, y su aceptación y permanencia en el cargo es libre, y, siendo el bien de la Iglesia la suprema ley, puede llegar a darse el caso en que la renuncia sea obligatoria en conciencia. El día 13 de diciembre de 1294 se presentó solemnemente revestido de pontifical ante el Colegio Cardenalicio y, prohibiendo que nadie le interrumpiera, leyó él mismo la bula y abdicó. Salió del Consistorio y volvió a entrar dentro de poco vestido de simple monje. Había gobernado la Iglesia alrededor de cinco meses.
Diez días después era elegido su sucesor Bonifacio VIII. Ante el peligro de cisma que suponía el que muchos exaltados no quisieran reconocer la validez de la abdicación de Celestino V, el nuevo Papa ratificó la dimisión e insertó la bula en el cuerpo del derecho canónico. Entretanto Celestino V, para asegurar su soledad, se había escapado de Nápoles y se encontraba ya cerca de la costa adriática con evidente intención de pasar a Dalmacia. Bonifacio VIII mandó guardias a recogerle, siendo conducido al castillo de Monte Fumone, junto a Anagni. Defendido allí contra cualquier intento perturbador, pudo continuar su vida ordinaria de oración, soledad y penitencia hasta mayo de 1296, en que murió.
El papa Clemente V le elevó al honor de los altares en 5 de mayo de 1313. Había empezado el cautiverio de Avignon. Triunfaba plenamente aquella política de supeditación a Francia que había seguido San Celestino V y contra la cual había opuesto heroicamente la última resistencia Bonifacio VIII.
Recemos hoy por el papa emérito Benedicto XVI, que como dijo nuestro papa Francisco, ha tenido esta misma grandeza y valentía de san Celestino.
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Comentario a las lecturas del Martes de la 7ma semana de Pascua.
1. Hechos 20,17-27
a) Hoy y mañana escuchamos el discurso de despedida de Pablo ante los responsables de las comunidades cercanas a Éfeso.
Como en todo discurso de despedida, encontramos aquí una mirada al pasado, otra al presente y una final al futuro de la comunidad (esta última la leeremos mañana).
Pablo, ante todo, hace un resumen global de su ministerio, en el que se presenta a sí mismo como modelo de apóstol y de responsable de comunidad (tal vez hay que entender que es Lucas quien redactó un panegírico tan encendido de Pablo): «he servido al Señor», «no he ahorrado medio alguno», «he predicado y enseñado en público y en privado», «nunca me he reservado nada». Y todo esto con mil contratiempos y «maquinaciones de los judíos» contra él.
Ahora Pablo se dirige a Jerusalén, «forzado por el Espíritu». Y de nuevo es admirable su actitud y disponibilidad: «no sé lo que me espera allí», aunque sí «estoy seguro que me aguardan cárceles y luchas». Y sin embargo va con confianza: «no me importa la vida: lo que me importa es completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el SeñorJesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios».
b) Pablo fue en verdad un gigante como apóstol y como dirigente de comunidades. El retrato que hemos visto hoy está más que justificado con las páginas de los Hechos que hemos ido leyendo estas semanas: su entrega a la evangelización, su generosidad y su espíritu creativo, siempre al servicio del Señor y dejándose llevar en todo momento por el Espíritu. Es un misionero excepcional y un líder nato.
Pablo nos resulta un estímulo a todos nosotros. Lo que él hizo por Jesús y lo que estamos haciendo nosotros en la vida, probablemente no se pueden comparar. Al final de un curso, o de un año, o de nuestra vida, ¿podríamos nosotros trazar un resumen así de nuestra entrega a la causa de Cristo, de la radicalidad de nuestra entrega y del testimonio que estamos dando de El en nuestro ambiente?
2. Juan 17,1-11
a) Empieza hoy la llamada «oración sacerdotal» de Jesús en la Ultima Cena. Hasta ahora había hablado a los discípulos. Ahora eleva los ojos al Padre y le dirige la entrañable oración conclusiva de su misión.
«Padre, ha llegado la hora». Durante toda su vida ha ido anunciando esta «hora». Ahora sabemos cuál es: la hora de su entrega pascual en la cruz y de la glorificación que va a recibir del Padre, con la resurrección y la entrada en la vida definitiva, «con la gloria que yo tenía cerca de ti antes que el mundo existiese».
También aquí -en un paralelo interesante con el discurso de despedida de Pablo- Jesús resume la misión que ha cumplido: «yo te he glorificado sobre la tierra», «he coronado la obra que me encomendaste», «he manifestado tu nombre a los hombres», «les he comunicado las palabras que tú me diste y ellos han creído que tú me has enviado». Dentro de poco, en la cruz, Jesús podrá decir la palabra conclusiva que resume su vida entera: «consummatum est: todo está cumplido». Misión cumplida.
Ahora, su oración pide ante todo su «glorificación», que es la plenitud de toda su misión y la vuelta al Padre, del que procedía: «glorifica a tu Hijo». Pero es también una oración por los suyos: «por estos que tú me diste y son tuyos». Les va a hacer falta, por el odio del mundo y las dificultades que van a encontrar: «ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti».
b) Es la hora de las despedidas: la de Jesús en la Ultima Cena y la de Pablo en Mileto. La oración de Jesús está impregnada de amor a su Padre, de unión íntima con Él, y a la vez de amor y preocupación por los suyos que quedan en este mundo.
Todos nosotros estábamos ya en el pensamiento de Jesús en su oración al Padre.
Sabía de las dificultades que íbamos a encontrar en nuestro camino cristiano. No quiere abandonarnos:
– pide sobre nosotros la ayuda del Padre,
– él mismo nos promete su presencia continuada; el día de la Ascensión dirá: «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»; como dice el prefacio de la Ascensión, «no se ha ido para desentenderse de este mundo»;
– y además nos da su Espíritu para que en todo momento nos guie y anime, y sea nuestro Abogado y Maestro.
Con todo esto, ¿tenemos derecho a sentirnos solos? ¿tenemos la tentación del desánimo? Entonces ¿para qué hemos estado celebrando durante siete semanas la Pascua de Jesús, que es Pascua de energía, de vida, de alegría, de creatividad, de Espíritu?
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