Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 8 a. Semana – Ciclo B

“Se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y ancianos, y le preguntaron: “¿Con qué autoridad haces eso? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?” Jesús les respondió: “Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis os diré con qué autoridad hago esto… Y respondieron: “No sabemos”. (Mc 11,27-33)

Siempre resulta más fácil preguntar a los demás.
Siempre es más fácil cuestionar lo que hacen los demás.
Siempre es más fácil poner en duda lo dicen y hacen los demás.
“¿Con qué autoridad haces eso?”

Lo difícil resulta cuando son otros los que nos preguntan a nosotros.
Sobre todo cuando el que pregunta a es Jesús.
Lo difícil es dejarnos cuestionar a nosotros.
Lo difícil es dar razón de las cosas que decimos.
Lo difícil es dar razón de las cosas que hacemos.
Entonces preferimos salirnos de la cancha con la evasiva:
“No sabemos”.

La pregunta “Por qué hacemos lo que hacemos” es una pregunta radical y esencial.
Nos da miedo preguntarnos a nosotros mismos.
Pero también nos suele dar miedo preguntar ciertas cosas hoy en la Iglesia.
¿Con qué autoridad se imponen ciertas cosas?
¿Con qué autoridad se exigen ciertas obligaciones?
¿Con qué autoridad imponemos silencio a los que dicen lo que no nos gusta?
¿Con qué autoridad mandamos callar a los que nos molestan?
¿Con qué autoridad mandamos guardar silencio a los que piensan diferente?

Jesús no respondió “con qué autoridad hacía lo que hacía”:
Porque sabía que eran preguntas capciosas.
Porque sabía que eran preguntas maliciosas.
Y quien pregunta con malicia no busca la verdad.
Quien pregunta con malicia no lo hace para saber.

Sin embargo hay preguntas sinceras que buscan la verdad.
Y Jesús no hace preguntas capciosas sino preguntas que van a las raíces.
Además, todos tenemos derecho a preguntar por la verdad.
Todos tenemos derecho a preguntar por qué se exigen ciertas cosas.
Todos tenemos derecho a preguntar por qué se imponen ciertos silencios.

Estamos acostumbrados a una “obediencia ciega”, que precisamente por ser ciega, no sabemos para qué sirve.
La obediencia ciega no es una obediencia racional.
La obediencia ciega no es una obediencia humana.
La obediencia ciega crea ciegos que caminan como ciegos.
La obediencia ciega no es más obediencia por ser ciega.
La obediencia es más obediencia cuando soy consciente de por qué obedezco.
La obediencia ciega engendra:
Hombres y mujeres aniñados.
Cristianos y cristianas aniñados.
Ciudadanos niños aniñados.

Pero si tenemos derecho a preguntar, también tenemos la obligación de preguntarnos a nosotros mismos y dejarnos preguntar:
Está bien que preguntemos a la Iglesia.
Pero también la Iglesia tiene derecho a preguntarnos:
¿Qué hacemos en la Iglesia?
¿Qué hacemos por la Iglesia?
¿Qué hacemos para que la Iglesia sea más testimonial?
¿Qué hacemos para que la Iglesia sea más creíble?

Está bien que le preguntemos a Jesús.
Pero preguntarle con sinceridad y no maliciosamente.
Pero también hemos de dejarnos preguntar por él.
Y sin salirnos por la tangente de decirle “no sabemos”.
Quien pregunta honestamente es que quiere saber. Quien se deja preguntar sin dobleces, es que quiere sincerarse consigo mismo.

Clemente Sobrado C. P.


Archivado en: Ciclo B, Tiempo ordinario Tagged: autoridad, Jesus
23:49

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