Cardenal Müller: no sabe lo que agradezco sus palabras en Chile

Reuniones y más reuniones. Preguntas y más preguntas: qué piensa la gente, qué necesita, qué busca, cómo salir al encuentro de sus necesidades… Cada consejo, cada propuesta, cada programa… todo acaba en lo mismo: en un antropocentrismo narcisista que se pregunta qué necesitamos, qué queremos, qué sentimos, qué nos agrada, qué echamos en falta.

El discurso del cardenal Müller, prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, a los obispos de Chile, me ha regalado mucha paz, especialmente cuando, entre otras cosas, afirma que “el trabajo de la Iglesia no es reflejar las opiniones de sus miembros. La tarea de la Iglesia es reflejar los puntos de vista de su Cabeza y fundador: Jesucristo”. Pues muchas gracias, eminencia. Esta frase, que supongo no se acabará de comprender en toda su profundidad, debería suponer un cambio total en la vida de las comunidades cristianas, y muy especialmente de las parroquias.

Hoy por hoy nos hemos contagiado de un espíritu político y secular de hacer las cosas según el cual la clave está en la participación, el consenso y la escucha de nosotros mismos. Es decir, una pastoral que parte de la imagen de un grupo de personas en círculo, mirándose unas a otras y compartiendo un “qué dice la gente”, para a continuación hacer juegos malabares con la doctrina de forma que se adapte a las necesidades no siempre confesables y mucho menos aceptables de una supuesta mayoría de católicos, y confundiendo fe y sobre todo moral cristiana con consenso mayoritario y demasiadas veces poco honesto. Esto sería reflejar opiniones de sus miembros.

El problema es si somos capaces de calibrar el vuelco que supondría en los creyentes y en las parroquias y comunidades católicas un volverse a conocer los puntos de vista de Cristo. Para comenzar, sería romper ese círculo de trabajo con mesa en medio para reconvertirlo en un sitio de discípulos que aprenden, rezan, se abren a la fe recibida fielmente durante siglos y desean convertirse a Cristo y anunciarlo a todos los pueblos.

No hay ni puede haber otro plan pastoral que no sea escudriñar la doctrina y los puntos de vista de Jesucristo, aprender, conocer, rezar y dejarse convertir por Él. La vida de la Iglesia debería nacer especialmente del conocimiento de Cristo: estudio y enseñanza, y de la acogida de la gracia en nuestra vida: oración y vida sacramental.

Triste que mientras en las parroquias tenemos tantísimas dificultades y tan poco tiempo para orar, celebrar la eucaristía, confesarnos, recibir una correcta formación, se nos vayan las horas y los días en reuniones para conocer desde ese “y vosotros qué hacéis”, compartir ideas geniales, pasar una hora desde un “yo creo que” y pretender búsquedas que contenten en lo humano aunque con apariencia de lo divino.

Hace ahora cinco años recuerdo una charla que ofrecí en la parroquia precisamente explicando qué es una parroquia y que terminé diciendo que la parroquia y la vida pastoral se hacen con las rodillas clavadas delante del sagrario. Cuando vamos camino de los tres años de adoración eucarística perpetua, estoy descubriendo desde esa capilla más frutos de santidad que en todas las reuniones de evaluación, programación, encuentro y conocimiento de las realidades actuales que nos rodean.

Hoy leer el discurso del cardenal Müller me ha llenado de paz.

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09:55

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