13 de noviembre.

estén preparados

VIERNES DE LA SEMANA 32ª DEL TIEMPO ORDINARIO

1. (Año I) Sabiduría 13,1-9

a) Los paganos tenían que haber reconocido a Dios a través de la naturaleza creada: ésta es la tesis que desarrolla el libro de la Sabiduría. Y lo hace en medio de una sociedad helenista, como la de Alejandría.

Pero han sido necios y vanos: se han quedado en lo creado, sin dar el salto al Creador. Se han dejado encandilar por la hermosura y la grandeza de las cosas, y tienen por dioses al fuego, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa, a las lumbreras celestes.

De la hermosura y del vigor de lo creado tenían que haber pasado a calcular “cuánto más poderoso es quien los hizo”. El cosmos es bueno. Pero tendrían que haber descubierto a su Señor. Éste es el fallo de los que han llegado a una religión naturalista, adorando al sol y a la luna o a los grandes ríos. Aquí no leemos el otro ataque, más fuerte, que hace el autor contra otra clase de increyentes: los que se han construido con sus propias manos ídolos de piedra o de madera y los adoran. A los anteriores de algún modo los disculpa, porque el cosmos es en verdad admirable. Pero los idólatras son más necios y vanos, porque adoran la obra de sus manos.

b) Es el mismo razonamiento que en el NT hace san Pablo, en su carta a los Romanos (Rm 1 ,18-32), que hemos leído hace pocas semanas: a pesar de que Dios se nos ha manifestado en la creación, no le han sabido reconocer y, “jactándose de sabios, se volvieron estúpidos”.

Nosotros ya hemos dado ese salto y confesamos en nuestro Credo: “Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra”. Si tenemos tiempo, hoy podemos leer los números 279-301 del Catecismo, en donde desarrolla este primer artículo de fe.

No debemos perder la capacidad de admirar la hermosura y grandeza de la creación.

Tanto en sus grandes dimensiones como en las pequeñas (el macrocosmos y el microcosmos), es admirable lo que Dios ha hecho. Como dice la Plegaria Eucarística IV, todo lo ha hecho “con sabiduría y amor”.

Los ecologistas tienen toda la razón para admirar y defender la naturaleza. Los cristianos, además, sabemos ver a Dios en todo lo creado, en el fondo de los mares y en el vigor de las montañas, en la anatomía humana y en los caprichosos colores de una flor o de una mariposa, en la grandeza de los espacios cósmicos y en la estructura de un pequeño animalito. Debemos enseñar a nuestros hijos y a nuestros educandos a ver la mano de Dios en la hermosura de la naturaleza. La evolución puede haber venido durante millones de años, a partir del “bing bang”: pero detrás de toda esa maravilla, que la ciencia todavía está descubriendo con sorpresas nuevas, está la mano poderosa y amable de Dios. Tenemos que saber “leer el cosmos en cristiano” y gozarnos de él, porque para nosotros lo creó.

Con el salmo podemos decir convencidos: “el cielo proclama la gloria de Dios, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra”.

2. Lucas 17,26-37

a) Si ayer nos anunciaba Jesús que el Reino es imprevisible, hoy refuerza su afirmación comparando su venida a la del diluvio en tiempos de Noé y al castigo de Sodoma en los de Lot.

El diluvio sorprendió a la mayoría de las personas muy entretenidas en sus comidas y fiestas. El fuego que cayó sobre Sodoma encontró a sus habitantes muy ocupados en sus proyectos. No estaban preparados.

Así sucederá al final de los tiempos. ¿Dónde? (otra pregunta de curiosidad): “donde está el cadáver se reunirán los buitres”, o sea, en cualquier sitio donde estemos, allí será el encuentro definitivo con el juicio de Dios.

b) Lo que Jesús dice del final de la historia, con la llegada del Reino universal podemos aplicarlo al final de cada uno de nosotros, al momento de nuestra muerte, y también a esas gracias y momentos de salvación que se suceden en nuestra vida de cada día.

Otras veces puso Jesús el ejemplo del ladrón que no avisa cuándo entrará en la casa, y el del dueño, que puede llegar a cualquier hora de la noche, y el del novio que, cuando va a iniciar su boda, llama a las muchachas que tengan preparada su lámpara.

Estamos terminando el año litúrgico. Estas lecturas son un aviso para que siempre estemos preparados, vigilantes, mirando con seriedad hacia el futuro, que es cosa de sabios. Porque la vida es precaria y todos nosotros, muy caducos. Vale la pena asegurarnos los bienes definitivos, y no quedarnos encandilados por los que sólo valen aquí abajo. Sería una lástima que, en el examen final, tuviéramos que lamentarnos de que hemos perdido el tiempo, al comprobar que los criterios de Cristo son diferentes de los de este mundo: “el que pretenda guardarse su vida, la perderá, y el que la pierda, la recobrará”.

La seriedad de la vida va unida a una gozosa confianza, porque ese Jesús al que recibimos con fe en la Eucaristía es el que será nuestro Juez como Hijo del Hombre, y él nos ha asegurado: “el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día”.


14:21
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