Un ateo convencido como el filósofo alemán Friedrich Nietzsche acusaba con estas palabras a los cristianos: «Si la buena nueva de vuestra Biblia estuviese escrita en vuestra cara, no tendríais que insistir con tanta obstinación para que se crea en la autoridad de ese libro. Vuestras acciones tendrían que hacer casi superflua la Biblia».
Ebner, por su parte, abre ya un resquicio al que asomarse por les caminos del mundo no sólo hay caras pálidas de indiferencia o encendidas de egoísmo, sino que deambulan muchísimos «comentarios vivientes al Evangelio». Jóvenes y ancianos, fieles y personas que creen que no creen pero viven una existencia íntegra y generosa. Cada día los encontramos y son los que -como decía Ebner- han derribado entre ellos y los demás y Dios “la muralla china del yo”. Terminamos con un deseo: que también en nuestra tumba puedan grabar el epitafio que quiso para sí mismo el citado filósofo: «Aquí yacen los restos mortales de una vida humana en cuya gran oscuridad brilló la luz de la vida, y en esa luz comprendió que Dios es amor».

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