19 de octubre.


Homilía para el XXIX dtiempo durante el año omingo durante el año A


Cuando los Fariseos, los Escribas y los Sacerdotes llevaron a Jesús a Pilato para ser condenado y ejecutado por las autoridades romanas, ellos utilizaron contra él la siguiente acusación: «Hemos encontrado a este hombre incitando nuestra nación: no queriendo que paguen el impuesto al César…» (Lc. 23, 2). En realidad el hecho pone en evidencia que Jesús fue históricamente juzgado y ejecutado por los romanos bajo una acusación de alta traición. Es por esto importante analizar atentamente los eventos traídos en el Evangelio de este domingo, porque estos hechos serán usados por las autoridades judías para hacer ejecutar a Jesús como un agitador político.


Jesús es muy comprensivo al mirar las debilidades humanas y manifiesta una compasión exquisita con cualquier suerte de pecador. Pero hay una cosa que él no puede soportar, es la hipocresía. No puede soportar la hipocresía de las autoridades judías que permiten oprimir política, social y económicamente su propio pueblo en nombre de la religión. Como, seguramente no soporta, en nuestros días, la hipocresía de querer usar el Evangelio como fundamento de una distinción entre política y religión que permite en muchos casos que actitudes en el orden social y económico no sean influenciadas por el Evangelio. En realidad tal distinción (que es otra cosa que la sana autonomía de cada esfera de autoridad) es un concepto moderno y puramente pagano.


El pueblo de Israel vivía bajo la dominación romana. Muchos rasgos de los Evangelios nos muestran que Jesús deseaba, así como los zelotes, los fariseos, los esenios, y todos, que Israel sea liberado del imperialismo romano. Pero su preocupación iba más allá de la de todos estos grupos. Él quería ir a las raíces de la opresión y la dominación: la falta de compasión del hombre para el hombre. Si los Judíos no tenían compasión por los demás, ¿serían con la libertad de la ocupación romana más misericordiosos? Si los Judíos continúan basando sus vidas en los valores mundanos del dinero, el prestigio, la solidaridad sólo con el propio clan y el poder; la opresión romana ¿no sería simplemente reemplazada por una opresión judía igualmente implacable? Los mismo vale para nosotros cristianos, si no entendemos el Evangelio.


Jesús estaba preocupado por la liberación de una forma más verdadera que los zelotes. Ellos querían un cambio de Gobierno (hoy diríamos un “cambio de régimen”) de romano a Judío. Esto no fue un problema para Jesús. Pero él quería que este cambio afectara a todas las dimensiones de la vida. Él vio lo que nadie más vio: que la opresión y la explotación económica, de los judíos, venía más de dentro que desde fuera. La clase media judía, que se rebeló contra Roma, oprimía a los pobres y a los sin educación. La gente común sufría más la opresión de los escribas, los fariseos, los saduceos y los zelotes que la de los romanos. Las protestas de esta clase media contra los romanos eran hipócritas. Y este es el punto central de la famosa respuesta de Jesús a la pregunta de si es lícito pagar tributo al César.


En la práctica, la ocupación romana significaba pagar impuestos. En la mente de los fariseos, pagar impuestos a los ocupantes romanos significaba dar al César lo que pertenece a Dios, es decir, la propiedad de Israel. Pero Jesús veía que esto era una mera racionalización, excusa hipócrita por su avaricia. No tenía nada que ver con el problema real.


En su intervención, los fariseos, le preguntan si está permitido pagar impuestos al emperador. En respuesta, Jesús no habla de pagar, sino de dar. “Dad al César lo que es del César”, les dijo. Esta respuesta muestra que Jesús vio la verdadera razón detrás del problema que estaban planteando con este tema de los impuestos. Los que ponen esta pregunta estaban en posesión de la moneda romana. Estas monedas llevaban la imagen y el nombre de César. No era el dinero de Dios; sino que era dinero del César. Si usted se niega a dar al César lo que es del César, esto sólo se puede deber a su amor por el dinero. Pero, dice Jesús, “también den a Dios lo que es de Dios”, es decir a su pueblo, que ustedes han arrinconado para acaparar más dinero. Si ustedes realmente desean dar a Dios lo que es de Dios, venderían todos sus bienes y los darían a los pobres; y renunciarían también al poder y al prestigio.


El verdadero problema era el de la opresión entre ellos, y no el hecho de que el Imperio Romano se atrevió oprimir al pueblo elegido. La raíz de todas las formas de opresión es la falta de compasión. Considerado en estos términos, las limitaciones que producían pagar los impuestos a los romanos, más que a los judíos, fueron mínimas en comparación con las restricciones sufridas por los pobres y pecadores judíos por parte de sus ricos y “virtuosos” conciudadanos. Todas estas restricciones se debían eliminar, pero Jesús estaba mucho más preocupado por los sufrimientos a que estaban sujetos los pobres y los pecadores, como nos revela el Evangelio.



Jesús, conociendo su intención, se libra de la trampa. Nadie puede acusarlo, porque los envuelve en la misma red que le han tendido. Jesús dice: «Mostradme la moneda del tributo». Ellos le presentan un denario, que ciertamente tenía la imagen del César. Roma había impuesto su moneda como signo de dominación. Entonces Jesús les pregunta: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» Ellos responden: «Del César». Han caído en la trampa. Jesús concluye de esa respuesta: «Dad al César, lo que es del César». La frase tiene un doble sentido; uno para satisfacer a los herodianos y otro para satisfacción de los fariseos, de manera que no pudieran acusarlo ni de sedicioso ni de colaboracionista. «Devolved al César lo que es del César», puede entenderse: «Pagad el impuesto». De esta manera, no resistía el poder de Roma. Pero también puede entenderse: «Liberaos de la odiosa imagen del César y de su dominación, devolviéndole lo suyo». De esta manera, daba satisfacción a los judíos. De todas maneras, fue acusado de sedición. La acusación que llevaron a Pilato era ésta: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César» (Lc 23,2). Como vemos, era mentira.


Pero la pregunta también tenía una intención religiosa: «¿Es lícito, es decir, conforme a la ley de Dios, pagar el tributo?» Por eso Jesús agrega: «Dad a Dios lo que es de Dios». Si el denario tiene impresa la imagen del César y por eso debe devolverse al César lo suyo, el hombre tiene impresa «la imagen de Dios». Por tanto, él se debe completamente a Dios. Hemos sido creados por Dios, a imagen de Dios y para Dios. Dios es nuestro origen, nuestro divino prototipo y nuestro fin; por eso nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en Dios donde encuentra su fin último y su felicidad. El hombre debe obedecer la ley humana civil siempre que ésta no sea contraria a la ley divina natural. Si ocurre esa desgraciada circunstancia, el hombre debe resistir la ley civil porque «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres« (Hch 5,29). Y lo debe hacer aunque esto le acarree inconvenientes y persecución, porque la pureza y paz de la conciencia moral es superior a cualquier bienestar o ventaja material.


Jesús no reprocha a los fariseos porque sean demasiado políticos. En un cierto sentido él les reprocha ser demasiado religiosos, es decir de oprimir a sus hermanos en nombre de una religión sin amor.


¿Seremos nosotros así: demasiado religiosos, pero sin dar a Dios lo que es de Dios?


Pidamos a María nuestra Madre dejar que en nuestra vida todo este iluminado por el Evangelio y la compasión. Recemos hoy por nuestras madres, en su día.




11:18
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