Los doctorados honoris causa






























He aconsejado la construcción de este edificio como residencia para un obispo que han nombrado. 
-Mira, es mejor que con esta construcción dejes claras unas cuantas cosas desde el primer día.
-¿No te parece pretencioso?
-Tú lo mereces.
-Eso es verdad.
............................................

Acabo de ver las fotos de cierto eclesiástico recibiendo varios doctorados honoris causa. Vaya por delante que ese es un cardenal por el que siento admiración, verdadera y auténtica admiración. Sobre todo, por su saber teológico, pero también por la bondad y humildad de su persona.

Ahora bien, qué sentido tiene que ciertas universidades otorguen doctorados a alguien que ya está situado muy por encima de esos honores. Dicho de otro modo, hace tiempo que he observado que muchas universidades otorgan este tipo de distinciones sin darse cuenta de que su honor ya está fuera de lugar, que llega tarde, muy tarde, que ese reconocimiento ya no le añade nada a la figura homenajeada.

En este tipo de casos, como en los doctorados honoris causa a Umberto Eco, el interesado recibe la noticia con el fastidio de saber que hay que hacer un hueco en su agenda, con la sonrisa forzada de tener que agradecer la noticia, pero consciente de que lamentablemente hay que desplazarse hasta esa localidad. Recibió 25 doctorados de este tipo.

 A menudo da la sensación de que es la universidad la que quiere concederse el honor de tener a esa persona durante un rato. He visto las fotos del homenajeado siendo ayudado a colocarse otra toga, otra más, con otro birrete sobre su cabeza, otro más. (Pocas cosas son más estéticamente frankenstenianas que los birretes académicos. Parecen diseñados por un mono loco o borracho.) Es la universidad la que cae en el espejismo de concederse a sí misma un honor. “Señoras y señores, hemos caído en la cuenta, con veinte años de retraso, ahora que todos lo saben, que esta persona merece nuestros aplausos”.

Muchas de esos profesores e intelectuales homenajeados escribieron sus grandes obras muchos años antes. El honor lo merecían veinte años antes. Entonces sí que hubiera sido un gran honor, entonces sí que le hubiera hecho ilusión al interesado. Pero hay un criterio muy objetivo para determinar si es verdad lo que estoy diciendo: ¿otorgárselo ahora le va a producir el más mínimo júbilo al interesado?

Siempre el dudoso interés de colocar otra medalla más, como los rusos, en una pechera en la que ya no caben más condecoraciones. Los norcoreanos siguen por el pantalón. Siempre el dudoso interés de conceder doctorados honoris causa basándose en el periódico y en la televisión. Por una vez en la vida, una universidad podría otorgarlo al que lo merece cuando lo merece, por muy desconocido que sea, cuando eso todavía le puede hacer ilusión al homenajeado. Se que lo que digo es revolucionario, pero ¿y si los doctorados honoris causa se pudieran conceder por razón de la excelencia?

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06:34

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