Vigilia Pascual 31 de marzo.

Homilía para la Vigilia Pascual 2018

Este Evangelio (Marcos 16, 1-7) se abre con un toque femenino y una fragancia de perfumes. Tres mujeres han ido a comprar perfumes y vienen a la tumba para embalsamar el cuerpo de Jesús. Para comprender su gesto, tenemos que situarlo en su contexto.
En el transcurso del presente año litúrgico, seguimos en general el Evangelio de Marcos. Es su relato de la Pasión que hemos leído el domingo de Ramos, y es su descripción de los acontecimientos de la mañana de Pascua que leemos esta noche. Los relatos de Marcos son precisos y concisos; cada frase está allí llena de sentido. Tenemos que prestar atención a todos los detalles. Al final de la pasión el domingo pasado Marcos nos decía que las mujeres miraban como ponían a Jesús en el Sepulcro.
Inmediatamente después de la mención de la muerte de Jesús, Marcos dice que el velo del Templo se ha roto en dos. ¿De qué velo se trata? Probablemente no se trata del velo que se encontraba en la entrada del Santo de los Santos, donde podía entrar sólo el Gran Sacerdote. Se trata más bien del velo que separaba la parte principal del Templo, abierta a los judíos de sexo masculino, de la parte exterior donde se admitía a los Gentiles y las mujeres.
Además, Marcos añade inmediatamente dos frases que nos orientan en el sentido de esta interpretación. Primero relata las palabras del oficial militar romano, es un gentil, que hace este acto de fe: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”, y habla acerca de las mujeres presentes en el Calvario, que serán igualmente testigos de la Resurrección. También tenemos a san Pablo que en Gálatas 3, 28, dice: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer; porque todos son uno en Cristo Jesús”.
Según la Ley de Israel, se excluía a los Paganos de la salvación prometida a los judíos y el testimonio dado por una mujer no tenía ningún valor legal. El desgarro del velo del Templo notifica que la plena participación en la Comunidad Cristiana nacida del costado de Cristo está abierta a toda persona, sin consideración a las diferencias de sexo, de nacionalidad o de religión.
Los discípulos de Jesús formaban una gran familia, donde cada uno y cada una tenía una relación particular con Jesús. Había hombres, entre los cuales tres tenían una relación privilegiada: Pedro, Santiago y Juan, que fueron los testigos de la Transfiguración y de la agonía en Gethsemaní. Había también varias mujeres. En cuanto a esto Marcos dice tres cosas: a) que lo habían seguido en Galilea; b) cuánto lo servían; y, c) que habían subido con él a Jerusalén.
“Seguir a Jesús” quiere decir ser su discípulo. “Servir” quiere decir participar en su diaconía, en su ministerio. “Haber subido con él a Jerusalén” quiere decir haber aceptado todas las consecuencias de esta relación y haberse vuelto testigo de su muerte y de su resurrección.
Entre este grupo de mujeres, tres tenían una relación muy particular con Jesús y tuvieron probablemente un papel importante en la Iglesia primitiva. Eran María de Magdala, María, la madre de Santiago, y Salomé. Las encontramos a las tres a los pies de la cruz, con María la Madre de Jesús y Juan (mientras que los otros Apóstoles han huido); las encontramos en la tumba la mañana del primer día de la semana, con sus perfumes. Son las primeras en recibir el anuncio de la Resurrección y las primeras en dar testimonio de ella.
El desgarro del velo del Templo está pues lleno de sentido profundo, incluso si se ha intentado constantemente coserlo en el transcurso de los siglos. Significa que Jesús ha hecho caer las barreras entre Israel y las naciones, entre Judíos y paganos, entre hombres y mujeres. Las palabras del ángel a las tres mujeres mencionan la caída de otra barrera – aquella entre la carne y el espíritu, entre el cuerpo y el alma. El ángel que se les aparece a las tres mujeres parece esforzarse por hacerles comprender que Cristo resucitado y glorioso que se les aparecerá pronto, es aquel que descansaba muerto en la tumba. Les indica el lugar preciso donde descansaba su cuerpo.
Cuántas cosas nos dividen: particularidades de raza, de sexo, de educación, de religión, de riqueza y pobreza, de no entendernos porque uno piensa en su cuestión y el otro en la suya y no hay esfuerzo de buscar, en serio, qué me está diciendo el otro. Es más fácil pelear y decir cualquier cosa, y en esto ninguno somos inocentes. En esta noche santa, debemos romper todas estas barreras, todos juntos tenemos que atravesar los lados rotos del velo del templo, tenemos que entrar juntamente al Templo Nuevo a través de la puerta abierta en el costado de Cristo con el fin de llegar un día a ser “uno” como él y su Padre son Uno.
Cómo podemos vencer la división, la del pecado, la del egoísmo que nos separa de Cristo hasta hacerle violencia. Cómo dicen ahora, un poco sincréticamente: siendo seres de luz. Dicho bíblicamente: viviendo en la luz, imitando a Jesús que dijo “Yo soy la luz del mundo”, decía el Papa emérito en 2012: «En la Vigilia Pascual, la noche de la nueva creación, la Iglesia presenta el misterio de la luz con un símbolo del todo particular y muy humilde: el cirio pascual. Esta es una luz que vive en virtud del sacrificio. La luz de la vela ilumina consumiéndose a sí misma. Da luz dándose a sí misma. Así, representa de manera maravillosa el misterio pascual de Cristo que se entrega a sí mismo, y de este modo da mucha luz. Otro aspecto sobre el cual podemos reflexionar es que la luz de la vela es fuego. El fuego es una fuerza que forja el mundo, un poder que transforma. Y el fuego da calor. También en esto se hace nuevamente visible el misterio de Cristo. Cristo, la luz, es fuego, es llama que destruye el mal, transformando así al mundo y a nosotros mismos. Como reza una palabra de Jesús que nos ha llegado a través de Orígenes, «quien está cerca de mí, está cerca del fuego». Y este fuego es al mismo tiempo calor, no una luz fría, sino una luz en la que salen a nuestro encuentro el calor y la bondad de Dios». El papa Francisco en la misa Crismal de este año nos invitaba a los sacerdotes a la cercanía, si vivimos como el cirio en virtud del sacrificio, si nos dejamos formar por el fuego podemos dar el calor de la cercanía, los sacerdotes y todos los bautizados que hoy renovamos nuestras promesas bautismales.
Que Nuestra Señora de la Pascua nos ayude a vivir en la unidad y a ser luz viviendo cercanamente, cerca de Cristo y cerca de los demás. Amén

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