21 de septiembre.

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Homilía para el XXV domingo durante el año A


De acuerdo a todos los principios hoy admitidos en el ámbito de las relaciones laborales, el empleador de nuestro Evangelio obra de manera más bien extraña y hasta inaceptable. Su comportamiento no corresponde ciertamente a nuestros criterios de justicia y es desconcertante. Igualmente sorprendentes son las últimas palabras de la parábola: “los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. Parece que los primeros cristianos se confundieron con estas palabras de Jesús, tanto es así que ninguno de los Evangelistas las pone en un contexto diferente, y Mateo las repite dos veces.


San Pablo, en relación a esto, es un buen ejemplo de último que se volvió primero. El último de los Apóstoles, se convierte pronto en el más activo y más eficaz de todos en difundir la Buena Noticia a todas las naciones. Porque recibe gratis, y trabaja con ganas en la viña.


Todavía Pablo realizó la enseñanza y las palabras de Jesús de manera particular, esto es predicando a los paganos. Ahora, esto parece ser el verdadero significado de nuestro Evangelio, que, evidentemente, no trata del justo salario a pagar a trabajadores dependientes, sino que trata de los paganos que recibirán la Buena Noticia y entrarán primeros en el Reino, mientras los Hebreos, la mayor parte, rechazará esta Buena Noticia.


La segunda lectura de esta Misa tomada de la carta de san Pablo a los Filipenses, una carta de gran belleza, y también de una cierta frescura. Filipo fue la primera ciudad de Europa en recibir el mensaje cristiano, durante el tercer viaje misionero de Pablo. Era una comunidad cristiana muy pequeña, con la cual, Pablo, mantiene una buena relación, parecida a la que Jesús tiene con Marta, María y Lázaro. En su carta Pablo habla en un tono personal, y hasta íntimo. Aunque se encuentre en prisión, es un hombre feliz. Su gozo se manifiesta a través de su carta, que fue llamada justamente la “carta del gozo”.


Esta carta fue escrita, como dijimos, en prisión. Pablo ya había comparecido ante los tribunales, pero no tenía todavía la sentencia. Esta sentencia podía ser tanto su liberación como su ejecución. Se admite generalmente que se trata de la prisión de Pablo en Éfeso, y no de su última prisión en Roma. Pablo no era entonces anciano. Estaba en el vigor de la edad, hacia el final de los cuarenta o el inicio de los cincuenta. Un hombre que, con el pasar de los años, a través del sufrimiento y la lucha, había adquirido una buena conciencia de sí mismo y estaba en grado de reconocer los varios deseos, a veces contradictorios, de su corazón.


Entonces explotaba de gozo con el pensamiento del amor de Cristo por él. Deseaba morir y estar con Cristo para siempre. Pero sabía también que Cristo era su vida, también aquí abajo. Deseaba también continuar predicándolo, y permanecer cerca de sus amigos, especialmente los filipenses. No sabe si morir para estar con Cristo, o vivir para anunciarlo. Sabía que, de una manera o la otra, Cristo sería exaltado en él.


Pablo es un hombre feliz porque es un hombre libre. Libre del miedo, libre de las ambiciones personales, libre de todo lo que no es Cristo. Y así nos enseña como el gozo de Cristo puedo llenar nuestras vidas y comunidades.


Esta es la diferencia de trabajar por la ganancia y de trabajar porque el trabajo en el reino es parte de nuestra vocación. La verdadera paga no es el denario, o los bienes; la verdadera paga es la invitación a la viña, esto da libertad, esto da sentido a nuestro vacío. Porque es aceptar la gratuidad de Dios y su amistad. De ahí que a la última hora nadie puede decir que hizo esto o aquello, que tuvo tal o cual cualidad, que significó esto o aquello y por lo tanto merece más. Todo es gratis y proviene de la bondad de Dios.


Recemos con María, para que sigamos trabajando en la viña, ya que nos llamó Dios con amor y que, como Pablo, sepamos cual es la verdadera paga: Cristo. Con este gozo que solo se puede poseer cuando no se espera probar nada, conservar nada, cuando no se teme perder o ganar nada. Es el gozo de aquellos que son libres porque saben que, cualquier cosa que les suceda, a ellos o a sus comunidades, no deben preocuparse, porque están en los brazos del Padre, porque son de Cristo, el único y verdadero salario.




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