Oficio de lecturas - Lunes de la semana XIII - Tiempo Ordinario



OFICIO DE LECTURA - LUNES DE LA SEMANA XIII - TIEMPO ORDINARIO
De la Feria.

PRIMERA LECTURA

Año I:

Del primer libro de Samuel     7, 15-8, 22

ISRAEL QUIERE TENER UN REY

    Samuel fue juez de Israel hasta su muerte. Todos los años, visitaba Betel, Guilgal y Atalaya, y allí gobernaba a Israel. Luego volvía a Ramá, donde tenía su casa y solía ejercer sus funciones. Allí edificó un altar al Señor.
    Cuando Samuel llegó a viejo, nombró a sus hijos jueces de Israel. El hijo mayor se llamaba Joel y el segundo Abías; ejercían el cargo en Berseba. Pero no se comportaban como su padre; atentos sólo al provecho propio, aceptaban sobornos y juzgaban contra justicia. Entonces, los ancianos de Israel se reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá. Le dijeron:
    «Mira, tú eres ya viejo, y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones.»
    A Samuel le disgustó que le pidieran ser gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor. El Señor le respondió:
    «Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey. Como me trataron desde el día que los saqué de Egipto, abandonándome para servir a otros dioses, así te tratan a ti. Hazles caso; pero adviérteles bien claro, explícales los derechos del rey.»
    Samuel comunicó la palabra del Señor a la gente que le pedía un rey:
    Éstos son los derechos del rey que os regirá: A vuestros hijos los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales en su ejército, como aradores de sus campos y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamentos y de pertrechos para sus carros. A vuestras hijas se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras. Vuestros campos, viñas y los mejores olivares os los quitará para dárselos a sus ministros. De vuestro grano y vuestras viñas os exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros. A vuestros criados y criadas, vuestros mejores burros y bueyes se los llevará para usarlos en su hacienda. De vuestros rebaños os exigirá diezmos. ¡Y vosotros mismos seréis sus esclavos! Entonces, gritaréis contra el rey que os elegisteis, pero Dios no os responderá.»
    El pueblo no quiso hacer caso a Samuel, e insistió:
    «No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos nosotros como los demás pueblos. Que nuestro rey nos gobierne y salga al frente de nosotros a luchar en la guerra.»
    Samuel oyó lo que pedía el pueblo y se lo comunicó al Señor. El Señor le respondió:
    «Hazles caso y nómbrales un rey.»
    Entonces, Samuel dijo a los israelitas:
    «¡Cada uno a su pueblo!»

Responsorio     1S 10, 19; Is 33, 22

R. Vosotros habéis rechazado hoy a vuestro Dios, * el que os salvó de todas las desgracias y peligros.
V. El Señor nos gobierna, el Señor nos da leyes, el Señor es nuestro rey.
R. El que os salvó de todas las desgracias y peligros.


Año II:

Del libro de Nehemías     5, 1-19

NEHEMÍAS LIBERA AL PUEBLO DE LA OPRESIÓN DE LOS PODEROSOS

    En aquellos días, la gente sencilla, sobre todo las mujeres, empezaron a protestar fuertemente contra sus hermanos judíos. Unos decían:
    «Tenemos muchos hijos e hijas; que nos den trigo para comer y seguir con vida.»
    Otros:
    «Pasamos tanta hambre, que tenemos que hipotecar nuestros campos, viñedos y casas para conseguir trigo.» Y otros:
    «Hemos tenido que pedir dinero prestado para pagar el impuesto real. Somos iguales que nuestros hermanos, nuestros hijos son como los suyos, y, sin embargo, debemos entregar como esclavos a nuestros hijos e hijas; a algunas de ellas incluso las han deshonrado, sin que podamos hacer nada, porque nuestros campos y viñas están en manos ajenas.»
    Cuando me enteré de sus protestas y de lo que sucedía, me indigné y, sin poder contenerme, me encaré con los nobles y las autoridades. Les dije:
    «Os estáis portando con vuestros hermanos como usureros.»
    Convoqué contra ellos una asamblea general, y les dije:
    «Nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, rescatamos a nuestros hermanos judíos vendidos a los paganos. Y vosotros vendéis a vuestros hermanos para que luego nos los vendan a nosotros.»
    Se quedaron cortados, sin respuesta, y yo seguí: «No está bien lo que hacéis. Sólo respetando a nuestro Dios evitaréis el desprecio de nuestros enemigos, los paganos. También yo, mis hermanos y mis criados les hemos prestado dinero y trigo. Olvidemos esa deuda. Devolvedles hoy mismo sus campos, viñas, olivares y casas, y perdonadles el dinero, el trigo, el vino y el aceite que les habéis prestado.»
    Respondieron:
    «Se lo devolveremos sin exigir nada. Haremos lo que dices.»
    Entonces, llamé a los sacerdotes y les hice jurar que harían seguir esta promesa. Luego, me despojé de mi manto, diciendo:
    «Así despoje Dios de su casa y de sus bienes al que no cumpla su palabra, y que se quede despojado y sin nada.»
    Toda la asamblea respondió:
    «Amén.»
    Y alabó al Señor. El pueblo cumplió lo prometido.
    Dicho sea de paso, desde el día en que me nombraron gobernador de Judá, cargo que ocupé durante doce años, desde el veinte hasta el treinta y dos del rey Artajerjes, ni yo ni mis hermanos comimos a expensas del cargo. Los gobernadores anteriores gravaban al pueblo, exigiéndole cada día cuarenta siclos de plata en concepto de pan y vino, y también sus servidores oprimían a la gente. Pero yo no obré así por respeto al Señor.
    Además, trabajé personalmente en la muralla, aunque yo no era terrateniente, y todos mis criados se pasaban el día en la obra. A mi mesa se sentaban ciento cincuenta nobles y consejeros, sin contar los que venían de los países vecinos. Cada día se aderezaba un toro, seis ovejas escogidas y aves; cada diez días encargaba vino de todas clases en abundancia. Y, a pesar de esto, nunca reclamé la manutención de gobernador, porque bastante agobiado estaba ya el pueblo.
    Dios mío, acuérdate, para mi bien, de todo lo que hice por esta gente.

Responsorio     Sal 11, 6; Is 3, 15

R. «Por la opresión del humilde, por el gemido del pobre, * yo me levantaré», dice el Señor.
V.  ¿Por qué trituráis a mi pueblo y aplastáis el rostro de los desvalidos?
R. «Yo me levantaré», dice el Señor.


SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san Agustín, obispo.
(Sermón 47, Sobre las ovejas, 1. 2. 3. 6: CCL 41, 572-573. 575-576)

EL SEÑOR ES NUESTRO DIOS, Y NOSOTROS SU PUEBLO, EL REBAÑO QUE ÉL GUÍA

    Las palabras que hemos cantado expresan nuestra convicción de que somos rebaño de Dios: Él es nuestro Dios, creador nuestro. El es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Los pastores humanos tienen unas ovejas que no han hecho ellos, apacientan un rebaño que no han creado ellos. En cambio, nuestro Dios y Señor, porque es Dios y creador, se hizo él mismo las ovejas que tiene y apacienta. No fue otro quien las creó y él las apacienta, ni es otro quien apacienta las que él creó.
    Por tanto, ya que hemos reconocido en este cántico que somos sus ovejas, su pueblo y el rebaño que él guía, oigamos qué es lo que nos dice a nosotros, sus ovejas. Antes hablaba a los pastores, ahora a las ovejas. Por eso nosotros lo escuchábamos, antes, con temor, vosotros, en cambio, seguros. ¿Cómo lo escucharemos en estas palabras de hoy? ¿Quizás al revés, nosotros seguros y vosotros con temor? No, ciertamente. En primer lugar porque, aunque somos pastores, el pastor no sólo escucha con temor lo que se dice a los pastores, sino también lo que se dice a las ovejas. Si escucha seguro lo que se dice a las ovejas, es porque no se preocupa por las ovejas. Además, ya os dijimos entonces que en nosotros hay que considerar dos cosas: una, que somos cristianos, otra, que somos guardianes. Nuestra condición de guardianes nos coloca entre los pastores, con tal de que seamos buenos. Por nuestra condición de cristianos, somos ovejas igual que vosotros. Por lo cual, tanto si el Señor habla a los pastores como si habla a las ovejas, tenemos que escuchar siempre con temor y con ánimo atento.
    Oigamos, pues, hermanos, en qué reprende el Señor a las ovejas descarriadas y qué es lo que promete a sus ovejas. Y vosotras -dice-, mis ovejas. En primer lugar, si consideramos, hermanos, qué gran felicidad es ser rebaño de Dios, experimentaremos una gran alegría, aun en medio de estas lágrimas y tribulaciones. Del mismo de quien se dice: Pastor de Israel, se dice también:
    No duerme ni reposa el guardián de Israel. El vela, pues, sobre nosotros, tanto si estamos despiertos como dormidos. Por esto, si un rebaño humano está seguro bajo la vigilancia de un pastor humano, cuán grande no ha de ser nuestra seguridad, teniendo a Dios por pastor, no sólo porque nos apacienta, sino también porque es nuestro creador.
    Y vosotras -dice-, mis ovejas, así dice el Señor Dios: Yo mismo juzgaré entre oveja y oveja y entre carneros y machos cabríos. ¿A qué vienen aquí los machos cabríos en el rebaño de Dios? En los mismos pastos, en las mismas fuentes, andan mezclados los machos cabríos, destinados a la izquierda, con las ovejas, destinadas a la derecha, y son tolerados los que luego serán separados. Con ello se ejercita la paciencia de las ovejas, a imitación de la paciencia de Dios. El es quien separará después, unos a la izquierda, otros a la derecha.

Responsorio     Jn 10, 27-28; Ez 34, 15

R. Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy vida eterna; * nunca jamás perecerán, ni nadie las arrebatará de mis manos.
V. Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré a reposar.
R. Nunca jamás perecerán, ni nadie las arrebatará de mis manos.


Oración

Dios nuestro, que quisiste hacernos hijos de la luz por la adopción de la gracia, concédenos que no seamos envueltos por las tinieblas del error, sino que permanezcamos siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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07:27

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