(381) Amoris lætitia–y 9. Complementos

 bautismo

–Una obra es imperfecta si le falta algo importante.

–Así es. Por eso conviene completarla con lo que le falta. Y eso es perfeccionarla: per-ficere, per-fectus.

Cuando el papa Francisco publica la Amoris lætitia pretende decir sobre el matrimonio y la familia una conjunto de verdades importantes, pero no intenta decirlo todo, evidentemente. Es normal, pues, que en algunas cuestiones echamos en falta en el documento algunas cuestiones importantes. Las señalo ahora brevemente, pues en este mismo blog he tratado de ellas más ampliamente, como lo indicaré en cada tema dando algunos enlaces.

 

1. La castidad

–(10-11) El pudor. –(180-2) (180-3) Elogio del pudor. –(258-264) Castidad. –(290) Sínodo-2014. Silencio sobre anticoncepción y castidad

–La castidad es la virtud que evangeliza en la caridad la tendencia sexual, tanto en la vida física como en la mental y afectiva. Es un gran amor y respeto al prójimo, que purifica y eleva la relación interpersonal. La caridad es una preciosa libertad de espíritu, que quita adicciones y cautividades indignas, y guarda el corazón en la paz y la alegría. Facilita en gran medida la oración, en la que atendemos a Dios, y también el diálogo, en el que acogemos al prójimo. Bajo la acción de la gracia, va creciendo en todas las edades y en las diversas vocaciones. Mantiene la santidad en la relación de novios, matrimonios, célibes y viudos. Es un gran don de Dios, que siempre hay que pedir y guardar. La castidad lleva a la amoris lætitia.

–La lujuria, por el contrario, falsifica en el cristiano la imagen de Cristo, aleja de la oración, de la Eucaristía y de la práctica religiosa, causa en buena parte la ausencia de vocaciones sacerdotales y religiosas, degrada la persona humana, sujeta el alma al cuerpo, y siendo un pecado grave, conduce a innumerables pecados graves: egoísmo, mentiras, infidelidades, abandonos crueles, abortos, pornografía, modas indecentes, masturbación, parejas concubinarias, divorcios, adulterios, tragedias familiares, especialmente para los hijos, adicciones morbosas, enfermedades psiquiátricas y somáticas, etc. Y lo que es más grave, la lujuria pone en peligro la salvación eterna. Pero, en todo caso, ya en este mundo la lujuria lleva a la amoris tristitia.

–Nunca quizá en la historia hombres y mujeres se han visto como hoy tan fuertemente tentados por el impudor y la lujuria. (Ver más en 180-3). El príncipe de este mundo, el diablo, al producirse la apostasía del Occidente cristiano –corruptio optimi pessima–, al afirmarse el liberalismo en pensamiento y costumbres, y con la ayuda de la grandes medios de comunicación, ha logrado en esta cuestión un inmenso poder sobre la humanidad. Y no solamente –como en otro tiempo– en las clases sociales más ricas, sino en toda la sociedad.

La erotización omnipresente en educación y publicidad, medios, arte y espectáculos, modas y playas, anticoncepción generalizada, etc. ha llegado a ser hoy una de las epidemias espirituales más graves de la humanidad, que llega, al menos como tentación, a casi todos los habitantes del mundo, y se hace presente con formas muy perversas y fascinantes hasta el  smartphon de cualquier niño de diez años.

–Nunca quizá se ha producido un silenciamiento tan persistente del Evangelio del pudor y de la castidad. Son muchos los cristianos hoy, incluso entre los practicantes, que nunca han oído predicar el pudor y la castidad. Y en consecuencia buena parte de ellos son corintios, a los que decía San Pablo: «es ya público que reina entre vosotros la fornicación» (1Cor 5,1). Sin embargo, el VIº mandamiento del Decálogo sigue vigente, está impreso por Dios en la naturaleza humana, y es reafirmado por Cristo, que llama a la castidad no solamente en la obras exteriores, sino también en las interiores, en las miradas y deseos (Mt 5,27-28).

En la predicación de San Pablo tiene una notable importancia el combate contra el impudor y la lujuria. Lo mismo que San Pedro, exhorta al pudor a los mujeres (1Cor 11,13-15; 1Pe 3,3-5). Y con especial empeño combate contra la fornicación, que significativamente señala en el lugar primero de sus listas de pecados (Gal 19-21; 1Cor 6,9-10). Al describir el Apóstol la degradación moral del mundo pagano greco-romano (Rm 1,24-32), reprueba con severidad los pecados de lujuria. Y es de notar que predica el evangelio del pudor y de la castidad con especial fuerza y luminosidad precisamente en el mundo sexualmente pervertido de los corintios –en tiempos en que a la sífilis se le llamaba el mal corintio–. A ellos les advierte claramente que por ese camino pueden llegar a la condenación eterna (1Cor 3,16-17; 5,1-2.9-11; 6,9-11.15-20). Y con el mismo empeño predicaron los Padres el pudor y la castidad, impulsando una Tradición de muchos siglos, que en gran parte se eclipsó hace unos cincuenta años en la Iglesia casi totalmente .

–Es lógico lo sucedido. A menos predicación cristiana de la luz de la castidad, más predominará en el mundo la oscuridad de la lujuria. «Causæ ad invicem sunt causæ». Nuestra fe, sin embargo, nos asegura con toda firmeza que la palabra de Cristo –«en Él fueron creadas todas las cosas» (Col 1,16)– puede infundir en un mundo tan podrido como el actual el verum-bonum-pulcrhum del pudor y de la castidad. Él ha mostrado largamente en la historia su poder de Salvador, que «quita el pecado del mundo», instaurando una nueva cultura y sociedad cristiana, en gran medida victoriosa de la lujuria pagana antigua… Pero el silenciamiento del Evangelio del pudor y de la castidad persiste en nuestro tiempo, creciendo en consecuencia el impudor y la lujuria. Luz y tinieblas son correlativas: si disminuye la luz, crecen las tinieblas.

En la Amoris lætitia aparece la palabra «castidad» una sola vez, cuando dice que la virtud de «la castidad resulta condición preciosa para el crecimiento genuino del amor interpersonal» (206). Y eso es todo. Muy insuficiente para vencer la lujuria que invade el mundo actual, también el mundo cristiano.

 

2. Los mandamientos 

–(80-94) La ley de Cristo. –(234) Los cristianos no-practicantes son pecadores públicos.

–Los mandatos del Señor son promesas de gracia, pues siempre que Dios da mandatos al hombre, se compromete con él para asistirle con su gracia para que pueda cumplirlos . Los mandamientos son revelaciones  de la voluntad de Dios. Son amor: «si me amáis, guardaréis mis mandatos», y «si guardáis mis mandatos, permaneceréis en mi amor» (Jn 14,15; 15,10). Son libertad, pues nos liberan de los engaños del diablo y de las mentiras vigentes en el mundo, sanándonos así de nuestra propia debilidad y ceguera. Son luz, pues nos indican los caminos verdaderos y denuncian los falsos. Son fortaleza, que nos introducen en una vida sobre-humana, pues nos dan a vivir lo que ni siquiera intentaríamos, aquello «que es imposible para los hombres, pero posible para Dios» (Lc 18,27). Por ejemplo, la monogamia –«lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre»–.

La obediencia a los mandamientos de Dios, de Cristo, de la Iglesia, nos llevan a la plena libertad del amor.Tienen siempre un sentido pedagógica, estimulante y acrecentador. No son meramente «ideales» evangélicos, hacia los cuales debe tender el cristiano: son mandatos que exigen obediencia, siempre posibilitada por la gracia a quienes están viviendo la vida cristiana. No podrán con muchos de ellos quienes la han abandonado, quedando abandonados a sus propias fuerzas: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). (Explico más este punto en (82)). 

Valga una analogía tomada de las normas familiares que una madre da a sus hijos, por ejemplo, en lo que se refiere a la higiene: lavarse las manos antes de comer si están sucias, ducharse después del ejercicio físico, cambiarse de ropa. etc. 1) El niño pequeño cumple esas normas por obediencia a lo obligado: si no se las exigieran, no guardaría la higiene y crecería como un chancho. 2) El adolescente las cumple en parte porque está mandado, en parte porque ya va asimilando el espíritu de la higiene. 2) El joven y el adulto observan las normas de la higiene por convencimiento, con plena libertad, de tal modo que si retirasen de la familia esas normas, él seguiría cumpliéndolas igualmente. 

Apliquemos esta pedagogía a la Iglesia, cuya auctoritas maternal (auctor-augere), cuando manda algo, es siempre acrecentadora de sus hijos. Cuando les manda, por ejemplo, con precepto grave ir a Misa los domingos (can. 1246-1248), está enseñándoles y estimulándoles a dar culto a Dios, es decir, les está ayudando a conocer y a cumplir algo que está inscrito en su propia naturaleza por el Creador: «santificarás el sábado» (IIIº mandamiento del Decálogo); o lo que viene a ser lo mismo, el sagrado precepto dominical de la Misa, sin la cual «no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53). 1) El cristiano niño va a Misa por obediencia –va libremente, porque obedecer es un acto libre–, pero va porque está mandado bajo culpa grave, no tanto por querencia íntima hacia la Eucaristía; 2) el adelantado va en parte por obediencia, en parte por libre amor; 3) el cristiano adulto, ya maduro en fe y caridad, va por exigencia propia, y seguiría asistiendo igual a la Misa dominical aunque desapareciera el precepto eclesiástico.

La obediencia al mandato le ha llevado a la plenitud del amor. No, los mandamientos y normas morales, también las absolutas, las que obligan semper et pro semper, no son cadenas que atan al cristiano, sino collares preciosos que el Señor regala a su esposa la Iglesia para embellecerla y santificarla. «Si guardáis mis mandatos, permaneceréis en mi amor» (Jn 15,10). Notemos, en todo caso, que también el niño y el adolescente, obedeciendo, han obrado libremente: han colaborado libremente con la acción de la gracia de Dios en ellos. Todo el proceso ha sido gracia-libertad.

Por tanto es profundamente anticatólico contraponer al modo luterano la obediencia a las leyes y la exigencia de la caridad, como si ello implicara una judaización del cristianismo. Ambos actos son libres, aunque más perfecto el segundo que el primero. Y ambos están movidos interiormente por la gracia de Dios. «Si me amáis, guardaréis mis mandatos» (Jn 14,15). Jamás han de ser considerados los mandatos de Dios o de la Iglesia como pesos aplastantes («mi yugo es suave y mi carga ligera», Mt 11,30); como exigencias implacables que enjaulan al cristiano, que lo esclavizan y –quizá para ventaja del clero– que lo mantienen cautivo… La «caridad» que no cumple la voluntad de Dios claramente expresada en sus mandatos, despreciándolos, cae necesariamente en relativismo, situacionismo, consecuencialismo, utilitarismo, moral casuística y otros errores que falsifican la vida moral cristiana, acabando con ella.

–Los mandamientos del Señor son verdaderos, justos, amables, dulces, liberadoresLejos de frenar en nosotros la acción del Espíritu Santo, nos facilitan la fidelidad a sus mociones. A quienes andamos perdidos por este mundo, andando malamente a campo a través –vallados, zanjas, ríos, espinos–, los mandatos del Señor y de su Iglesia nos ofrecen un camino real, por el que avanzamos rápidamente, con menos cansancio, y sin posibilidad de perdernos: es «el camino que nos lleva» a la meta, la Casa del Padre. Son siempre buenos, verdaderos y hermosos (bonum, verum et pulchrum convertuntur), como tantas veces lo canta la Sagrada Escritura en el A.T. y en el N.T. Cito algunas frases del Salmo 118, el más largo del Salterio, un salmo que, por cierto, la Iglesia nos da a rezar en fragmentos casi cada día en la Liturgia de las Horas:

«Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón… Mi alegría es el camino de tus preceptos… Mi alma se consume, deseando continuamente tus mandamientos… Tus decretos son mi delicia… Correré por el camino de tus mandatos, cuando me ensanches el corazón… Guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo… Serán mi delicia tus mandatos, que tanto amo… A medianoche me levanto para darte gracias por tus justos mandamientos… Señor, de tu bondad está llena la tierra; enséñame tus leyes… Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata… Jamás olvidaré tus decretos, pues con ellos me diste vida… Considero tus decretos, y odio el camino de la mentira… Tus  preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón; inclino mi corazón a cumplir tus leyes, siempre y cabalmente… Tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma… Grande es tu ternura, Señor, con tus mandamientos dame vida… Mucha paz tienen los que aman tus leyes, y nada los hace tropezar… Mi alma guarda tus preceptos, y los ama intensamente… Que mi alma viva para alabarte, que tus mandamientos me auxilien…»

Los mandatos del Señor son todavía más preciosos en el Evangelio, después de entregado a la Iglesia «el Espíritu de la verdad, el que nos guia hasta la verdad completa» (Jn 16,13). El Espíritu Santo nos mueve con su gracia internamente para que cumplamos con toda fidelidad el Decálogo, los mandamientos de Cristo, y también los mandamientos de la Iglesia, como la Misa dominical.

Siempre la Iglesia se ha dado leyes a sí misma: desde el principio, ya en el Concilio de Jerusalén (cf. en este blog (80)). El Apóstol, acompañado de sus colaboradores, «atravesando las ciudades, les comunicaba los decretos dados por los apóstoles y presbíteros de Jerusalén, encargándoles que los guardasen» (Hch 16,4).

Como dijo San Juan Pablo II, refiriéndose al nuevo Código de Derecho Canónico (1987), es un hecho en «la historia ya bimilenaria de la Iglesia la existencia de una ininterrumpida tradición canónica, que viene desde los orígenes de la era cristiana hasta nuestros días, y de la que el Código que acaba de ser promulgado, constituye un nuevo, importante y sabio capítulo» (3-II-1983, 3).

Todos los santos han amado las leyes divinas y también las eclesiásticas, y han puesto todo su empeño en observarlas con absoluta fidelidad. Santa Teresa decía que prefería «padecer mil muertes antes que ir contra la menor ceremonia de la Iglesia» (Vida 33,5). Más aún:

Todos los religiosos profesan una Regla de vida, entran así en un «camino de perfección», trazado por muchas normas positivas, que no esclavizan sus voluntades por la obediencia, sino que las liberan; que no impiden sus crecimientos personales, sino que los facilitan e impulsan: «la obediencia da fuerzas» (Fundaciones prólogo 2).

 

3. Soteriología. Salvación o condenación

–(08-09) Salvación o condenación

El silenciamiento de la soteriología es también un rasgo característico de la Amoris lætitia. Pero conviene notar que ese silenciamiento viene siendo hace ya medio siglo casi total en predicaciones y catequesis, en estudios teológicos e incluso, aunque no tanto, en documentos pontificios. Es verdad que en el subtítulo de la AL «Cuando la muerte clava su aguijón» (253-257) hace unas piadosas consideraciones en referencia a la vida eterna, pero sin alusión alguna a la cuestión gravísima de la salvación, que en el Evangelio es constante.

Como ya señalé en el artículo (375), cuando la AL en el capítulo 2º considera «la realidad y desafíos de la familia», hace una larga y minuciosa descripción de los males que afligen o amenazan a la humanidad actual en el matrimonio y la familia (31-57). Pero siempre considera estos males en su dimensión horizontal, presente, en la tierra. Sólo hay un punto en que entre los males se alude muy brevemente a «la ausencia de Dios», para señalar que «deja a las familias más solas con sus dificultades» (43)… Y en el artículo citado decía que «esta perspectiva horizontal de “los males del mundo” –más que de “el pecado del mundo”– condiciona mucho todos los siguientes capítulos de la AL, especialmente el capítulo 8º».

El Evangelio de Cristo, por el contrario, es muy acentuadamente soteriológico. Jesucristo en su predicación enseñaba el camino de la salvación en la vida presente con una referencia permanente a la vida eterna. Éste es un dato cierto, como lo documento en (08). En los cuatro Evangelios encontramos unos cincuenta dichos (logia) distintos, algunos referidos por dos o más evangelistas, en los que siempre hay un transfondo soteriológico de salvación o de condenación.

Esto hace que el cristianismo sea ante todo una religión de salvación, de salvación eterna, aunque también, por supuesto, salve a la humanidad terrestre de muchos males; de muchos males que son consecuencias del pecado; de un pecado que Él ha venido a vencer por la misericordia de su perdón, al precio de su sangre, y por la vida nueva de la gracia sobre-humana que trae para quienes crean en Él. Recordemos siempre cuál es la misión de Jesús en este mundo: «Jesús salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Él es «el Cordero de Dios», el único que puede «quitar el pecado del mundo» (Jn 1,29).

Desconectado el cristianismo de su referencia a la vida eterna, que puede ser –palabra de Cristo– de salvación o de condenación, se hace irreconocible. No se puede entender ni vivir rectamente la vida presente –ni el matrimonio, ni la familia, ni nada– sin una orientación constante hacia la vida eterna. Si en la predicación, y consecuentemente en la vida ordinaria de la comunidad eclesial, se apaga esa finalización profunda a la salvación o a la perdición eterna, entonces los cristianos «somos los más miserables de todos los hombres» (1Cor 15,19). Sal desvirtuada, luz apagada (Mt 5,13-16).

De ahí la insistencia de San Pablo: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él» (Col 3,1-4).

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

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