Homilía para la Misa de la Noche de Navidad 2015
Estamos celebrando la Misa de la Noche buena. ¿Qué meditamos? Meditamos sobre el nacimiento de Cristo Jesús en el mundo, ocurrido hace un poco más de 2015 años, según resulta del paso del calendario juliano al gregoriano, nacido en Belén de Judá, conocida como la ciudad de David, en circunstancias que todos conocemos. Tenemos ante los ojos de nuestra imaginación el cuadro del acontecimiento. Se refleja, se renueva, como figura en un espejo, en cada una de nuestras almas y, de forma mística y sacramental, se renovará dentro de poco, con misterioso realismo, sobre este altar. Cristo estará aquí con nosotros: Un especial encanto contemplativo atrae nuestra atención.
Veamos. Nuestra atención puede tomar dos caminos. Uno el de la escena histórica y sensible, evocada por el Evangelio de san Lucas (quien probablemente la oyó contar a María misma, la Madre, la protagonista del hecho que se conmemora) ; es la escena del pesebre, la escena idílica del miserable alojamiento ocasional, escogido por los dos peregrinos, María y José, para el inminente nacimiento; todo atrae nuestro interés: la noche, el frío, la pobreza, la soledad; y después, el abrirse de los cielos, el incomparable anuncio angélico, la llegada de los pastores. La fantasía reconstruye los particulares; es un paisaje arcádico, que parece familiar, para una historia encantadora. Todos nos volvemos niños y gustamos un momento delicioso.
Pero nuestra mente se siente atraída por otro camino de reflexión, que es el profético. ¿Quién es Aquel que ha nacido? El anuncio que resuella en esta noche lo dice con precisión: …les ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo Señor…». El anuncio adquiere en el acto una maravillosa particularidad: la de una meta alcanzada. Ante nosotros se presenta no sólo el hecho, siempre grande y conmovedor, de un nuevo hombre que entra en el mundo (cfr. Jn 16, 21), sino que se presenta también una historia, un designio que atraviesa los siglos, abarca sucesos dispares y distintos, afortunados y desgraciados, que describen la formación de un Pueblo y, sobre todo, la formación dentro de él, de una conciencia característica y única, la de una elección, de una vocación, de una promesa, un destino, un hombre único y sumo, un Rey, un Salvador; es la conciencia mesiánica.
Fijemos bien la atención en este aspecto de la Navidad. Es un punto de llegada, que desvela y atestigua una línea precedente, un pensamiento divino, un misterio operante a través de la sucesión de los tiempos, una esperanza indefinida y grandiosa, guardada por una fracción del género humano pequeña, si, pero capaz de dar un sentido al camino desconocido de todas las gentes (cfr. Is55, 5). El nacimiento de Cristo señala, en el cuadrante de los siglos, el momento crucial del cumplimiento de este plan divino, mantenido en alto por encima del torrente tumultuoso de la historia humana; el nacimiento de Cristo señala «la plenitud de los tiempos» de que habla san Pablo (Gal 4, 4; Ef 1, 10) , en la que se observa una convergencia de los destinos humanos; se cumple la lejana profecía de Isaías: «He aquí, que nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo, sobre cuyo hombro está el principado y cuyo nombre se llamará: consejero maravilloso, Dios, fuerte, padre del siglo futuro, príncipe de la paz. Su imperio crecerá y la paz no tendrá ya fin. Se sentará sobre el trono de David y sobre su reino a fin de sostenerlo y apoyarlo por el derecho y la justicia, desde ahora hasta la eternidad» (Is 9, 6-7).
Si, sobre este niño, que es Hijo de Dios e hijo de María, nacido bajo el régimen de la ley mosaica (Gal 4, 4) , recae toda la tradición trascendente, de la que Israel era portador; y en El se transforma y se difunde por el mundo. Este pequeño Jesús de Belén es el punto focal de la historia de la humanidad; en él se concentran todas las sendas humanas, desembocando en el camino recto de la elección de los hijos de Abraham, el cual vio de lejos, en la noche de los siglos, este futuro punto luminoso y, como Cristo mismo nos dijo: «lo vio y se llenó de gozo» Jn 8, 56).
El prodigio continúa. Igual que ocurre con los rayos que se funden en un punto focal, desde donde vuelven a abrirse en un nuevo cono de luz, así también la historia religiosa de la humanidad, es decir, la historia que da unidad, sentido y valor a las generaciones que se multiplican, se agitan y marchan con la cabeza sobre la tierra, tiene su lente en Cristo, quien absorbe todo el pasado y aclara todo el futuro, hasta el fin de los tiempos (cfr. Mt 28, 20).
Esta visión de la Navidad que es la verdadera, es especialmente para nosotros. Es una visión vinculada con la humildísima cuna, en la que está reclinado el Verbo de Dios hecho carne. Cómo dice la cita del papa emérito en la postal de este año: “La gloria del verdadero Dios se hace visible cuando se abren los ojos del corazón ante el establo de Belén”.
Y esto es muy significativo, es una Navidad Jubilar, nuestro Papa Francisco a abierto las puertas de la misericordia y todos los obispos han hecho lo mismo. La misericorida no es una gracia en oferta. Es un don y una responsabilidad porque significa descubrir el bien que sana y salva en medio de la vida, que está mezclada con el mal. Dice Jesús: trigo y cizaña hasta el final.
Por eso elegí este año esta saludo con la pintura del Bosco de un tríptico. Una pintura donde existe un paisaje luminoso que sirve de fondo común a los tres compartimentos del tríptico: predominan los tonos dorados y azules en la representación de bosquecillos, suaves ondulaciones del terreno, algún río y una ciudad. En este tipo de representación de ciudades, el Bosco tiende a un cierto exotismo, representando estructuras cilíndricas y cúpulas de cebolla que pueden recordar a la Cúpula de la Roca de Jerusalén, el mausoleo de Halicarnaso o el minarete de la mezquita de Ibn Tulun en El Cairo.
En el ala izquierda está el donante, Peter Bronckhorst, identificado gracias al escudo familiar con la inscripción «Een voer al» (uno para todos), con san Pedro de rojo. En segundo plano aparece un hombre sentado sobre una cesta y protegido bajo un precario tejadillo, seca sus ropas al fuego. La opinión generalizada es que se trata de José intentando secar los pañales del Niño. Mediante la desaparición de José de la tabla central, desplazándose a la izquierda, hace de esta compleja epifanía, además, un contenido bíblico: José ocupa siempre un atento segundo, silencioso pero fundamental plano.
En la tabla central está la Adoración de los Reyes Magos, en tonos suaves y dorados. en general, es una composición caracterizada por su extrema dulzura y sencillez. Fuera de una cabaña precaria se sienta la monumental Virgen, eje de la composición, que tiene en el regazo al niño; figura como salvador de la humanidad. Melchor, el más viejo de los reyes, representa a Asia; está arrodillado ante ellos, y ha puesto su regalo sobre la tierra: una escultura de oro (según Koldeweij, la mirra; según otros, es una corona que descansa sobre el suelo) con el Sacrificio de Isaac, prefiguración de la Pasión de Cristo, que aplasta a los sapos, símbolo de herejía. Al lado está la corona depuesta, símbolo de sabiduría y poder inútil frente al divino. Al lado está Gaspar, blanco y de mediana edad, representando a Europa; sobre la esclavina que viste aparece la visita de la reina de Saba a Salomón, tema en que el Antiguo Testamento prefigura el Nuevo: lleva sobre un plato el incienso (el oro, según Koldeweij). Al final, Baltasar, joven negro que representa a África, lleva en la mano un cáliz esférico, en el que está representada mediante un relieve la oferta de agua al rey David por parte de los tres campeones (2 Sm 23, 14-17), conteniendo la mirra (el incienso, según Koldeweij). Detrás de él, se ve a una criada negra, joven. Probablemente deba identificarse a la Virgen con el altar de la misa que porta las sagradas «especias» y a los tres Reyes como los primeros oficiantes.
El pintor representa a personajes extraños, que realizan movimientos inexplicables dentro del contexto sagrado que se presupone. Toda la escena principal se encuentra rodeada de símbolos del mal, como los dos pastores sobre la cabaña o los ejércitos que atraviesan la escena; incluso las construcciones sobre el fondo tienen un aspecto antropomorfo e inquietante. La actitud de los pastores, además, parece sobrepasar la mera curiosidad ante la presencia de los poderosos reyes, y se convierten de este modo en personajes grotescos que han trepado al tejado del pesebre para contemplar la escena; tras ellos, dos ejércitos se encuentran en un violento encontronazo, completamente desligado de la serenidad del tema principal. Se añade a la situación, un grupo de personajes siniestros que asoman en el umbral de la cabaña, tras la Virgen, en particular una especie de rey oriental semidesnudo que aparece con una sonrisa que más bien parece una mueca. Lleva un manto rojo, un turbante o una tiara y tiene en la pierna derecha una herida repugnante y purulenta. Se ha interpretado de diversas maneras: Herodes; el Anticristo que amenaza la llegada de Cristo y que padece lepra; una representación de la herejía espiando a los creyentes; una prefiguración de la Pasión de Cristo; incluso la representación de América, nuevo continente recién descubierto y que no estaría representado, a diferencia de los otros tres conocidos hasta entonces, en los tres reyes Magos tradicionales (Koldeweij, 2001).
Ala derecha del Tríptico de la adoración de los Magos. En el ala derecha está representada santa Inés con la donante Agnese (o Inés) Bosshuysse (o Bosshuye), a la que se reconoce por la santa y su escudo de armas; en segundo plano, un oso y un lobo atacan a algunos viandantes
Mucha información. La Navidad histórica se realiza en el sacramento de la Eucaristía, consecuencia de la Encarnación, por eso María es el altar, y por eso cristo está en un pesebre, lugar dónde comen los animales. La gloria y la paz de Dios se ofrecen al hombre que se cierra a esta luz, por eso las escenas que reflejan el mal y la inquietud, así es el mundo. De ahí que la primera escena con Pedro, el papa Francisco nos recuerde la necesidad de la misericordia: ¡Cuánto mal en la historia!, ¡Cuánto mal en el mundo! La misericordia, dijo san Juan Pablo II, pone un límite al mal. Por eso miremos la tercera parte del tríptico santa Inés: representa también nuestra parroquia, a nosotros, un puntito en el mundo, y nosotros también estamos llamados a dejarnos iluminar y pacificar por el niño de Belén, tenemos como parroquia santa Inés y comunidades de Itati, Santo Domingo, san Expedito, centro Parroquial, con las comunidades de Hnas. Vicentinas y del Espíritu Santo, tenemos que aprender del Pesebre, tenemos que ser objeto de misericordia y hacedores de misericordia.
Feliz Navidad, no es una palabra hueca, si miramos el pesebre: la vulnerabilidad y la necesidad como don y las obras de misericordia, Navidad es, entonces, el centro de la historia y es feliz si Cristo nace en nuestras vidas. Que así sea.


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