La final de la Champions League

Todo está preparado. La gente, en sus localidades. Comienza a sonar la música, inspirada en el solemnísimo cuarto himno de coronación de Haendel. Es todo un rito, una auténtica liturgia; humana, sí, pero liturgia. Los jugadores saltan al terreno de juego. Es la final de la Champions, con mayúscula.

Allí está tu equipo: desde niño has seguido todos sus partidos. Eres socio desde el minuto uno de tu vida, ¡desde antes de nacer! Comienza el partido, corre el balón… pero resulta un partido soso, con pocas ocasiones. 

Se apagan poco a poco los ánimos. Y de golpe, en el minuto ochenta y cuatro, en una jugada intrascendente… el mediapunta encuentra un hueco para ponérsela al delantero: ¡solo tiene que superar al portero! ¡¡¡GOL!!! Medio estadio explota; la otra mitad implota y se deprime… Gritos, cantos, el fervor se redobla. El perdedor pone toda la carne en el asador, pero no consigue marcar. Y tú, entre el público, ves ganar a tu equipo: la alegría prende en la grada. Abrazos. Gritos. ¡¡Victoria!!

El lector aficionado entenderá bien la alegría grandísima que supone ver ganar la Champions League a su equipo de fútbol, o contemplar el solemne momento en que el capitán de la selección alza la copa de Campeón del mundo. Es algo muy especial. Aun así, hasta el más futbolero admitirá que esa alegría es muy distinta –e inferior– de otras tales como tener un bebé o ver a una hija casarse.

Hay grados de alegría: una buena comida o una victoria en Champions no tienen el mismo calibre que enamorarse o ser padre por vez primera. Y no es cuestión de intensidad solamente, sino que ni siquiera son comparables: son distintas.

La alegría se define como el primer efecto del amor. Cuando uno ama –a su mujer o a su hijo; pero también, de otro modo pero con el mismo corazón, la comida o un equipo de fútbol– experimenta la alegría como primer fruto de ese querer. Luego vendrán otros beneficios. En todo caso, los amores más elevados producen un gozo mayor y una alegría radicalmente más honda.

Jesús, conociendo muy bien que existen grados en el gozo, nos desea en el evangelio de hoy que «nuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15, 11). Se refiere precisamente a la alegría que debemos tener y que «no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios»[1].

La alegría no puede depender del estado de ánimo o de humor en que nos encontremos. La calidad de nuestra alegría es directamente proporcional a nuestra capacidad de darnos a Dios y a los demás. De ahí que, para lograr una alegría que no pase nunca –la auténtica felicidad– debemos hacer el esfuerzo de no pensar en nosotros mismos.
La tendencia interior en nuestros pensamientos es replegarnos sobre nosotros mismos. Será una lucha para toda la vida intentar abrir nuestra interioridad a Dios y al prójimo. Ten ánimo: «tu Padre que ve en lo escondido te recompensará» (Mt 6, 6). Si conseguimos tener una vida interior abierta y dialogante, en la que entren Dios y los demás, la vida misma tendrá, de un modo muy natural y sencillo, la alegría grande de la entrega cristiana.

[41] Camino, 659.

Fulgencio Espá
04:35

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