24 de abril.

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Homilía para el Domingo V de Pascua ciclo C

Estas últimas palabras de Jesús a sus discípulos en el corazón de la última Cena, que con justicia se llaman testamento espiritual, es el texto del Evangelio que hemos proclamado en este V domingo de Pascua. Jesús, en efecto, no da a sus discípulos una última serie de preceptos o de recomendaciones detalladas concernientes a lo que ellos deberán hacer o no hacer. Les dice: «Yo les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros», la palabra griega entolén que nosotros traducimos por mandamiento por falta de un mejor término, tiene, en la lengua de Juan, un sentido doctrinal más bien que moral o legal, es algo prescripto pero en razón de su función. En este contexto es mucho más que una misión, que un mandamiento. La palabra misión implica que uno es enviado por otro a realizar algo. (Desgraciadamente esta palabra, rica en significación, tiende a perder su riqueza, siendo frecuentemente utilizada para expresar la orden que un grupo se da a sí mismo.) Amarnos los unos a los otros es la misión que recibimos de Jesús. Es la misión por la que la gente sabrá que somos sus discípulos; así seremos sus testigos. Es una misión-don, nosotros no tenemos que generar nada, Cristo ya lo hizo y nos lo regala.

Jesús dijo también: «Si me aman, escucharán mi palabra… observarán mis mandamientos, mi Padre los amará, y vendremos y haremos de ustedes una casa.» El corazón amante, o mejor la comunidad amante, reemplaza ahora el tempo de Jerusalén que, en el Antiguo testamento, era la casa de Dios. Y nosotros encontramos este mensaje claramente expresado de nuevo en la gran pieza final del Libro del Apocalipsis: Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios entre los hombres: élhabitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo  estará con ellos y será su Dios».  (Apocalipsis 21, 3). La nueva Jerusalén no tiene templo, porque el Cordero es el Templo.Y su lugar de residencia es la comunidad amante, la fe pasa, la esperanza también el amor no pasará…

Contrariamente al Pueblo de la Antigua Alianza, que está asentado sobre sí mismo, la comunidad cristiana es, por su naturaleza y misión, abierta y universal. En nuestra primera Lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, tenemos la conclusión del primer viaje misionero de Pablo a Lycaonia, Pisidia y Panfilia, y la descripción de su regreso a Antioquía. En esta última parte de su viaje, el Apóstol Pablo está ante todo preocupado de consolidar las comunidades recientemente formadas, de confortarlas contra las persecuciones y de darles una dirección y jerarquías apropiadas.

En cada comunidad, Pablo establece un grupo de Ancianos; conforme a la tradición judía. En efecto, todas las comunidades judías de la diáspora tenían este grupo. Sin embargo, Pablo y Bernabé introdujeron un cambio importante: ya no es más la comunidad la que nombra sus ancianos; ellos son nombrados por el Apóstol fundador.

Ver en esto un inicio del autoritarismo o centralismo en la Iglesia, sería mal interpretar la situación trasladando a un pasado lejano las preocupaciones modernas. Para Pablo, esto es una dimensión esencial de la misión, la colegilidad (que tenía muy presente el Papa emérito y que entiendo tendrá muy presente nuestro Papa Francisco), subrayando la relación entre las comunidades locales y la Iglesia universal. Esto es para Pablo una forma de dar una perspectiva universal a cada comunidad local, por la interdependencia de todas las Iglesias. Los getos judíos de la diáspora estaban muy aislados unos de otros. El sistemacristiano será muy diferente.

Mientras que las comunidades judías esperaban en la interioridad y el aislamiento el restablecimiento de la gran Asamblea del Pueblo, las Iglesias cristianas se consideraban desde el punto de partida, como ellas mismas, esta gran Asamblea. A causa de esto, ellas estaban preparadas a aceptar la dirección de un  Apóstol que tenía también la responsabilidad de otras Iglesias. Esto nos recuerda que, si bien es legítimo y necesario para cada Iglesia local y cada Comunidad local desarrollar su propia identidad y su propio rostro, también es muy importante y necesario, esencial, aceptar toda la belleza y las consecuencias de pertenecer a una Comunidad más grande, y de participar en la gran sinfonía de la Iglesia, más que de dar un recital privado con un solo instrumento. Este es un aspecto importante de la misión que nos donó Jesús al pedirnos amarnos unos a otros.

Que el mandamiento nuevo, le pedimos a la Virgen, no lo vivamos como un moralismo heróico, sino como un regalo, como algo que hizo, antes, Jesús por mí. Si así lo vivimos podremos amar como Él amo. Podremos construir la Iglesia, podremos entendernos, escucharnos, participar de una sinfonía y no dar un concierto de un instrumento, ni monólogos, sino construir desde la individualidad, la comunidad y desde la comunidad la universalidad de la Iglesia de Cristo.


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