El domingo, 27 de diciembre de 2015



La Fiesta de la Sagrada Familia

(I Samuel 1:20-22.24-28; I Juan 3:1-2.21-24; Lucas 2:41-52)

En una novela tres malvados se meten en una casa de familia.  Comienzan a aterrorizar a la madre con sus dos hijos.  Piensan los muchachos si su hermano mayor estuviera presente, él sabría qué hacer.  Entonces llega el hermano, ve lo que está pasando, y actúa para rescatar a todos.  La historia nos proporciona una pista de lo que el evangelio hoy quiere anunciar. 

Israel en el primer siglo era una nación derrotada.  El imperio romano había tomado las riendas del gobierno.  Los partidos judíos – los saduceos, los fariseos, los zelotes, los partidarios de Herodes – luchaban el uno contra el otro.  Los griegos y los samaritanos practicaban sus propias religiones.  La gente queda en necesidad terrible del mesías para salvarla de toda esta desgracia. 

Entonces viene Jesús.  A su nacimiento los ángeles lo describen en el campo como “el mesías”, eso es el ungido de Dios. Cuarenta días después en el templo el vidente Simeón lo declara “la salvación” y “la gloria de…Israel”.  Y en la lectura hoy Jesús mismo sugiere que es hijo de Dios cuando responde a su madre: “¿No sabían que debo ocuparme con las cosas de mi Padre?” El mensaje evangélico es claro. Definitivamente ha llegado el Hijo de Dios.  Jesús rescatará no sólo Israel de sus dilemas sino el mundo del pecado.

La victoria será lograda con su muerte en la cruz y la resurrección de su cuerpo del sepulcro.  Pero Jesús empieza ahora a prepararse para la prueba.  En primer lugar, dialoga con los sabios sobre las Escrituras.  Se dará cuenta de que el significado de la vida no es invención de cada persona humana.  Más bien ha sido revelado por Dios a través de los siglos.  En segundo lugar se someterá a la autoridad de sus padres terrenos.  Sabe que le libran de los atractivos que pueden desviar a un muchacho del camino recto.

Como María en el evangelio queremos conservar en nuestros corazones toda palabra de Dios.  Particularmente hoy nos enfocamos en sus prescripciones para la familia.  La primera lectura habla de Ana, madre de Samuel, ofreciendo a su niño al Señor.  Ella sabe que los hijos no son propiedad de sus padres para formarse según sus propios designios.   Más bien son regalos que Dios se les confía para cuidar y educar en sus modos. 

Sobre todo el modo de Dios se da en la segunda lectura: “que amemos los unos a los otros”.  Prácticamente este mandamiento significa que pensemos menos en nuestras propias necesidades y más en la necesidades de nuestros prójimos.  En muchas parroquias las familias llevan sus ricebowls a la misa al final de Cuaresma.  Los ricebowls (cajas de arroz) son alcancías para donativos a los pobres en tierras extranjeras.  El propósito no es simplemente que las familias aportan a los pobres sino también aprenden de cómo viven y rezan por ellos.

Estamos para emprender en un año nuevo.  2016 casi ha llegado.  Será el año de las olimpiadas y las elecciones.  Vamos a ver dificultades nuevas y desgracias perpetuas.  No importa. Cristo ha venido para acompañarnos en la lucha.  Cristo nos ha venido.
22:08

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