20 de diciembre.

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Homilía para el IV domingo de Adviento C

El pesebre es un elemento importante de la celebración popular de la Navidad. Vemos pesebres (belenes como se dice en muchas partes) por todos lados, en las Iglesias, en las casas privadas, en los negocios, en las vitrinas, en las plazas y calles (esto en algunos lugares con alguna polémica a causa de los así llamados gobiernos progresistas, progresistas en laicismo, deshumanidad y pecado, después los pueblos se asustan de lo que les pasa, ¡Cada pueblo tiene el gobierno que se merece!). Volviendo a los belenes los personajes principales son evidentemente José, María y el niño Jesús, y su aspecto físico generalmente está determinado por la cultura del artista o de quien haya fabricado las estatuitas. Se agregan habitualmente los pastores durante la noche de Navidad y los Magos en la Epifanía. Cierto, también encontramos el buey y el asno, y con más o menos gusto se agregan otros personajes, y las diversas decoraciones.

Si examinamos los detalles que nos dan dos de los evangelistas, constatamos que ninguno de los Evangelios en cuestión relata todos estos detalles. Lo cual no quiere decir que la idea de san Francisco de Asís de poner pesebre no se complemente con la teología de los evangelistas san Lucas y san Mateo.

No debemos olvidar que ni Lucas ni Mateo, en sus primeros capítulos, de sus respectivos escritos, pretenden darnos una descripción histórica de los hechos que acompañaron los primeros momentos de la vida de Jesús, lo cual no quiere decir que no los podamos deducir. Obviamente que el objetivo de la inspiración-revelación central en el Evangelio es: el caminar tras la huella de Cristo, o la condición del discípulo.

La enseñanza de Jesús en el Evangelio de Lucas se concentra en su viaje de Galilea hasta Jerusalén. Este viaje, además de ser un cambio desde el punto de vista geográfico, es también un tema teológico. Jesús enseña a sus discípulos, aquello que será su peregrinación humana: un camino hacia la gloria, pasando por el sufrimiento. A cualquiera que expresara el deseo de seguirlo, le dice: “Los zorros tienen madrigueras y los pájaros del cielo nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Lucas nos dice que Jesús comenzó su vida en la inseguridad, lejos de la casa de sus padres, en un pesebre. Todo esto es un símbolo del hecho que los jefes del pueblo de Israel lo han rechazado. No tenían lugar para él en sus tradiciones. La trayectoria de la vida de Jesús en el Evangelio de Lucas, comienza sin un puesto para él en la posada y termina sin un lugar para él en el corazón de su pueblo (hasta el sepulcro es prestado). La respuesta de Jesús a aquellos que quieren seguirlo (nosotros también) expresa que la vulnerabilidad y la inseguridad son condiciones para volverse “discípulos”: una apertura total a todo eso que, la obediencia a Jesús, puede significar.

Lucas anticipa toda esta enseñanza en sus dos primeros capítulos. La primera expresión de esta enseñanza es María, modelo de cada discípulo que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica. El relato de Lucas describe la manera inesperada con la cual, en continuidad con el Antiguo Testamento, Dios elige una joven virgen hebrea de un pequeñísimo pueblo de la Galilea. Entonces, la Galilea, se encontraba en una provincia del Norte, y era despreciada por los hebreos más cultos de la Judea. Una de las razones de este desprecio era que la región estaba habitada por muchos Gentiles, al punto que se podía dudar de la misma pureza ritual de los hebreos que allí vivían.

No solamente Dios visita a esta joven. En ella y por medio de ella, él, visita el resto de la humanidad. En el Antiguo Testamento, en el segundo libro de Samuel (2S 6, 2-11) se encuentra una descripción muy colorida del traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén. El Arca, que es símbolo de la presencia de Dios, se detiene en la casa de Obed-Edom y es una fuente de gran bendición para aquella casa. David danza delante del Arca. Lucas retoma todos estos elementos en el relato inspirado de su Evangelio, que hemos proclamado, en la descripción de la visita de María a su prima Elizabeth. Como el Arca, María emprende un viaje que la conduce de Galilea a Judea, a través de las montañas de Samaría. Tiene lugar la misma manifestación de gloria, comprendida la danza sagrada cumplida por Juan Bautista en el seno de su madre, corresponde a aquella de David delante del Arca. Y la exclamación de Elizabeth mientras saluda a María reproduce casi palabra por palabra aquella de David cuando estaba delante del Arca.

María es la verdadera Arca de la Alianza, que comunica la presencia de Dios a todos aquellos a los que visita. Pero todo esto es cumplido con extrema simplicidad, y con un toque admirable de humanidad. Contenido, este, que quiere realizar el presente año de la Misericordia y el magisterio y la acción de nuestro papa Francisco.

Todo esto es lo que debe estar presente en nuestro espíritu y en nuestro corazón cuando miramos el pesebre, y también el árbol, el abeto, es cristiano si la navidad tiene un contenido de fe, y no es algo meramente sentimental e inmanente. El pesebre no debe ser simplemente otra expresión superficial del espíritu festivo de esta estación (como quieren hacer en Barcelona, como otrora Hitler: celebrar el solsticio, en París los alcaldes se dividían si pesebre sí o no…) sino un reclamo que Dios viene a nosotros para pedirnos que seamos discípulos, y que caminar tras él implica la aceptación del desafío de la pequeñez, de la vulnerabilidad y de la inseguridad, curiosamente, solo aceptar el pesebre en Cristo y en nosotros, nos hace más firmes y más valientes en la fe, por tanto en la vida de cada día.

Pesebre de mi escritorio.

Pesebre de mi escritorio.


11:30
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