La liturgia diaria meditada - Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto (Mt 2, 13-15. 19-23) 31/12



Domingo  31 de Diciembre de 2017
La Sagrada Familia de Jesús, María y José
(F). Blanco

Esta fiesta de la Sagrada Familia se realiza siempre el domingo siguiente a Navidad, y es una de las celebraciones más modernas del calendario litúrgico. Se instituyó como fiesta opcional en el año 1893, y, poco después, el papa León XIII la instauró con carácter universal (para toda la Iglesia). La familia de Jesús pasó por las alegrías y preocupaciones de todas las familias. Ellos conocieron el drama de tener que emigrar de su tierra y vivieron todas las dificultades terrenales.

Antífona de entrada          cf. Lc 2, 16
Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José y al Niño acostado en el pesebre.

Oración colecta     
Dios y Padre nuestro, que en la Sagrada Familia nos ofreces un verdadero modelo de vida, concédenos que, imitando en nuestros hogares las mismas virtudes y unidos por el amor, podamos llegar, todos juntos, a gozar de los premios eternos en la casa del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas        
Te ofrecemos, Padre, el sacrificio de la reconciliación y, por la intercesión de la Virgen María y de san José, te pedimos que edifiques nuestras familias sobre el fundamento de tu gracia y de tu paz. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona      cf. Bar 3, 38
Nuestro Dios apareció en la tierra y vivió entre los hombres.

Oración después de la comunión
Padre bueno, alimentados con estos divinos sacramentos, concédenos imitar constantemente los ejemplos de la Sagrada Familia, para que, después de las pruebas de esta vida, podamos gozar siempre de su compañía en el cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

1ª Lectura    Gn 15, 1-6; 17, 5; 21, 1-3
Lectura del libro del Génesis.
En aquellos días, la palabra del Señor llegó a Abrám en una visión, en estos términos: “No temas, Abrám. Yo soy para ti un escudo. Tu recompensa será muy grande”. “Señor, respondió Abrám, ¿para qué me darás algo, si yo sigo sin tener hijos, y el heredero de mi casa será Eliezer de Damasco?”. Después añadió: “Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero”. Entonces el Señor le dirigió esta palabra: “No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti”. Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: “Mira hacia el cielo y, si puedes, cuenta las estrellas”. Y añadió: “Así será tu descendencia”. Abrám creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación. Y le dijo: “Ya no te llamarás más Abrám: en adelante tu nombre será Abraham, para indicar que yo te he constituido Padre de la multitud de naciones”. El Señor visitó a Sara como lo había dicho, y obró con ella conforme a su promesa. En el momento anunciado por Dios, Sara concibió y dio un hijo a Abraham, que ya era anciano. Cuando nació el niño que le dio Sara, Abraham le puso el nombre de Isaac.
Palabra de Dios.

Comentario
Con Abraham y Sara, Dios comienza a formarse una familia aquí en la tierra. Esta familia es la figura de algo mucho mayor: todo un pueblo que lo conozca y lo ame. Porque el llamado de Dios, que es personal, siempre se concreta de manera comunitaria.


O bien:         Heb 11, 8. 11-12. 17-19
Lectura de la carta a los Hebreos.

Hermanos: Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. También la estéril Sara, por la fe, recibió el poder de concebir, a pesar de su edad avanzada, porque juzgó digno de fe al que se lo prometía. Y por eso, de un solo hombre, y de un hombre ya cercano a la muerte, nació una descendencia numerosa como las estrellas del cielo e incontable como la arena que está a la orilla del mar. Por la fe, Abraham, cuando fue puesto a prueba, presentó a Isaac como ofrenda: él ofrecía a su hijo único, al heredero de las promesas, a aquel de quien se había anunciado: De Isaac nacerá la descendencia que llevará tu nombre. Y lo ofreció, porque pensaba que Dios tenía poder, aun para resucitar a los muertos. Por eso recuperó a su hijo, y esto fue como un símbolo.
Palabra de Dios.

Comentario
En la fe de Abraham y Sara, vemos la condición que nos une a quienes ponemos la confianza en la Palabra de Dios, mientras avanzamos en medio de dificultades y oscuridades sin decaer. La promesa de Dios sostiene nuestro andar.


Sal 104, 1-6. 8-9
R. El Señor, se acuerda eternamente de su Alianza.

¡Den gracias al Señor, invoquen su Nombre, hagan conocer entre los pueblos sus proezas; canten al Señor con instrumentos musicales, pregonen todas sus maravillas! R.

¡Gloríense en su santo Nombre, alégrense los que buscan al Señor! ¡Recurran al Señor y a su poder, busquen constantemente su rostro! R.

¡Recuerden las maravillas que él obró, sus portentos y los juicios de su boca! Las promesas del Señor a los Patriarcas Descendientes de Abraham, su servidor, hijos de Jacob, su elegido. R.

Él se acuerda eternamente de su alianza, de la palabra que dio por mil generaciones, del pacto que selló con Abraham, del juramento que hizo a Isaac. R.

Aleluya        Heb 1, 1-2
Aleluya. Después de haber hablado a nuestros padres por medio de los profetas, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo. Aleluya.

Evangelio     Lc 2, 22-40
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.
Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”. Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.
Palabra del Señor.

O bien, más breve:   Lc 2, 22. 39-40
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.
Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.
Palabra del Señor.

Comentario
Como una familia más, la familia de Jesús, lo lleva a Jerusalén para cumplir con el ritual. Y en esos actos, que tantas personas hicieron y hacen en los templos de todo el mundo, Dios está revelando todo su plan de salvación. Presentémonos a nosotros mismos y a nuestros grupos, nuestras familias, delante del buen Dios para ofrecerle nuestra vida, de modo que él nos conduzca con su amor sabio.

Oración preparatoria 
Señor, en mi oración del día de hoy en el que recordamos a la Sagrada Familia, te ofrezco toda mi vida, mi libertad y mi voluntad. Soy tuyo, a Ti me entrego con todo lo que soy y lo que tengo. Que tu gracia me permita escuchar tu voluntad para que mi testimonio de vida convierta y dé esperanza a mi familia. 

Petición 
Señor, te pido por mi familia, dale un amor fuerte. Acrecienta mi confianza en Ti y ayúdame a poner todas mis ilusiones en santificarme para alcanzar la gloria eterna. 

Meditación  

1.- En este marco de las fiestas navideñas, donde damos tanta importancia a los encuentros familiares, el evangelio nos invita a fijarnos en el portal de Belén, en Jesús, María y José, que forman una familia. Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, que recibe ese nombre de “sagrada” porque era la de Jesús, el Mesías, el Salvador, aunque también las nuestras son sagradas para nosotros. Formar una familia es una gran responsabilidad, ya lo sabemos, pero hoy nos miramos en este modelo de familia para revisar también las nuestras.

2.- Tu familia, ¿se parece a la familia de Nazaret? Vamos a ver si la Palabra de Dios nos ayuda a responder a esta pregunta. Todas las personas necesitamos tener una familia para crecer en las mejores condiciones. Antiguamente las sociedades eran más patriarcales, y la figura del padre tenía el mayor de los valores, era el que sustentaba el hogar familiar con su trabajo y el que daba prestigio a la familia. Hoy las mujeres tienen mayor relevancia en la vida familiar. Y también son importantes los niños. La primera lectura recuerda todas esas cosas. Está escrita unos 180 años antes del nacimiento de Jesús, pero sus consejos son muy actuales. De hecho, hay un mandamiento que resume todo lo que nos dice la lectura del Eclesiástico: honra a tu padre y a tu madre. Es un respeto a la autoridad y la sabiduría de los mayores, siempre y cuando se ejerzan como un servicio y no como una imposición.

3.- Además de este mandamiento, hay actitudes en la Sagrada Familia que nos pueden servir de espejo en el que mirarnos. Nadie duda de las virtudes de María: generosa, paciente, amorosa, humilde, sencilla, prudente, alegre… Ni de las de José: justo, paciente, responsable, honrado, cariñoso, constante, fiel… Ni de las del Niño Jesús: obediente, respetuoso, alegre, responsable, servicial… Pero sobre todo los tres tenían una gran fe en Dios y una disponibilidad muy grande para colaborar con Él en sus planes. De hecho, si nos fijamos en el evangelio de hoy, nos daremos cuenta de las veces que José escucha el mensaje del ángel de parte de Dios y se pone en camino, cumpliendo lo que Dios le pide. José está disponible a la Palabra de Dios: “levántate”. Y se repite en dos ocasiones: para huir a Egipto y para volver a Nazaret.

4.- Este sería un tercer aspecto en el que la Sagrada Familia nos sirve de ejemplo: las dificultades. A veces pensamos que por ser la familia de Jesús y ser “sagrada” todo les fue bien y no pasaron ninguna necesidad, como pasa en las nuestras. Pues no fue así. Desde el primer momento tuvieron que hacer frente a grandes adversidades, como por ejemplo, el rechazo, no ser acogidos, estar amenazados, tener que huir a un país extranjero, convertirse en emigrantes forzosos (porque a nadie le gusta tener que irse de su tierra), vivir lejos de su hogar, de sus amigos y familiares… Y al volver a Nazaret, no sabemos cuándo, la familia pierde a José, el padre, el cabeza de familia. Y María y Jesús se las tienen que apañar para salir adelante. Y lo hacen. ¿Qué les mantenía unidos? ¿Qué les sustentaba y les daba fuerzas? La confianza en un Dios al que sentían cercano. ¿Cómo es nuestra confianza en Dios? ¿La vivimos en nuestras familias? ¿La compartimos con los más pequeños? O eso ya no se lleva. Quizá nos falte más fe, más confianza, más oración, más comunicación, más… (Cada cual sabrá). Pero lo que no debe faltar nunca es familias que sean referentes, que sirvan de modelo, que se ayuden las unas a las otras a crecer, a permanecer firmes y estables. Hoy la Sagrada Familia lo es. Pero quizá también podemos mirar a nuestro alrededor y descubrir familias que también son “sagradas” hoy y ejemplo para nosotros: quizás los padres, los abuelos, quizá amigos cercanos… quizá nosotros mismos estamos llamados a ser ejemplos de familias cristianas, al estilo de la familia de Nazaret.

5.- La Iglesia, la comunidad cristiana, nosotros, aquí reunidos, estamos llamados a ser y vivir como una gran familia, unida por los lazos de la fe. Para ello nos sirve de ejemplo la segunda lectura, donde San Pablo invita a esto mismo a la comunidad cristiana de Colosas. Podemos releerla tranquilamente y ver todo lo que nos queda por hacer para ser ese “pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado” que tiene como virtudes “la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión… y por encima de todo… el amor”.

6.- Esto, a nosotros, nos interpela seriamente. ¿Qué estamos haciendo por el traspaso de la fe en nuestras familias? ¿Somos transmisores o cortocircuito? ¿Nos tomamos en serio nuestra misión de educadores o delegamos, por comodidad o cansancio, en otras instituciones y personas? ¿Ponemos la práctica cristiana (oración, eucaristía, bendición de la mesa, rosario, etc) en algún momento de nuestra vida familiar o vivimos al margen de ella? Interrogantes que, en su respuesta, denotarán si nuestras familias son cristianas o si, simplemente, se han quedado como “familias bautizadas pero sin vivencia cristiana”.
Que Jesús, José y María nos ayuden a cuidar de esa gran institución en la que hemos nacido. Se suele decir que una cosa no se valora hasta que no se tiene. Que, nosotros, sepamos dar gracias a Dios por esa gran escuela, universidad, taller y semillero de valores (religiosos, sociales, culturales…) que son nuestras familias. Sólo así, lejos de ser “clones” de una sociedad interesada y caprichosa, seremos hombres y mujeres con raíces profundas, con criterios propios y con luz personal.
En Jesús, Dios hace suyos y viene a vivir los valores más nobles y más valiosos de los hombres. Y, la familia, sin duda alguna, es uno de ellos. Y, Dios, también lo vive, lo asume y lo celebra con gusto.

Propósito 
En el fondo, todos seguimos siendo un poco niños toda la vida y, por ello mismo, profundamente necesitados del calor de una familia. Que en el corazón de María, de Jesús y de José encontramos ese tesoro que anhela nuestra alma. Y es lo que también nosotros, como cristianos, hemos de dar a los demás, a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret. 

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