24 de enero.

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Homilía para el III Domingo durante el año “C”

El texto del Evangelio que hemos proclamado está compuesto de dos pasajes distintos del Evangelio según san Lucas. Tenemos los cuatro primeros versículos de este Evangelio, en los cuales Lucas explica el sentido de su libro. Después nos saltamos tres capítulos, conocemos la temática la hemos visto los domingos anteriores: nacimiento e infancia de Jesús, su bautismo por Juan en Judea, menciona la tentación en el desierto, que no hemos visto, y después vuelve a Galilea, allí lo habíamos dejado el domingo pasado en las bodas.

En el momento de su bautismo, se escuchó una voz que venía del cielo diciendo: “tu eres mi hijo muy querido, mi predilecto, escuchadlo”. Jesús es conducido por el Espíritu al desierto donde, durante cuarenta días, se prepara para ejercer la misión que había quedado testificada por las palabras del Padre, la misión de mesías. Después va a Galilea, Él la había dejado para hacerse bautizar por Juan. Y, “según su costumbre”, nos dice Lucas, es decir, como tenía costumbre de hacer antes de partir para Judea, va el día sábado a la sinagoga y es entonces que se pasa lo que hemos escuchado en la proclamación del Evangelio.

En tiempos de Jesús había muchas formas de concebir la misión del mesías que todos esperaban. Algunos esperaban un mesías que condujera al pueblo a una actitud más religiosa y a una mejor relación con Dios. Pero para otros, ¿los más?, lo propio del mesías sería primero restaurar el prestigio de la nación judía y liberarla de la ocupación romana y devolverle su esplendor.

Los textos mesiánicos de Isaías elegidos por Jesús no responden ni a una ni a otra de estas grandes esperanzas. El presenta un Mesías preocupado de anunciar la buena nueva a los pobres, de liberar a los cautivos, dar vista a los ciegos y liberar a los oprimidos. Es un Mesías que no está preocupado en primer lugar de hacer que el Pueblo se vuelva a Dios, sino más bien de mostrar como Dios se vuelve a la humanidad. El texto de Isaías termina con la siguiente frase: “El espíritu del Señor me ha enviado… para anunciar un año de gracia del Señor, el día de la venganza de nuestro Dios”. Entonces Jesús se toma la libertad de truncar la última parte del texto el día de la venganza de nuestro Dios. Recordemos que todos en la Sinagoga tenían los ojos fijos en Él.

 Cuando Jesús añade: “Esta palabra de la Escritura, que termináis de escuchar, hoy se ha cumplido”, el sentido primero e inmediato no es: “yo soy ese Mesías esperado”, por supuesto que él se sabía Mesías, pero lo que el texto nos muestra es que pedagógicamente Jesús anuncia su programa de acción, y el sentido primero de sus palabras es que la predicación que el comenzó y las curaciones que ya hizo son una realización de estas promesas divinas. La predicación primera y la última coinciden, no es solo teoría es el ejercicio de vivir la filiación y la misión de ser Hijo, por eso el resumirá más tarde en un solo mandamiento, el nuevo: amar a Dios y al prójimo como Él amó, es decir hasta el fin, las exigencias de toda la ley, antigua y nueva.

En Europa mañana (lunes) 25, fiesta de la Conversión de san Pablo, se concluirá el octavario por la unidad de los cristianos. La gran familia cristiana, de bautizados, discípulos de Jesús está compuesta de las iglesias orientales, y comunidades eclesiales, que tienen el sacerdocio y la mayoría de los sacramentos y de las comuniones o asambleas más bien Evangélicas. La unidad de esta gran familia –que Pablo, en la segunda lectura nos invita a considerar como los miembros de un mismo cuerpo- no se hará renunciando a la propia identidad y sólo con conversaciones teológicas. Esta unión será posible en la medida que todos cumplamos la misma misión que Jesús asume personalmente y que nos trasmitió: llevar la buena noticia a los pobres y socorrer todas las miserias humanas, sean de carácter espiritual o material. Y buscar la santidad. Solo la santidad irá formando la única Iglesia bajo el único Pastor, como nos enseña el Papa Francisco.

El lunes 18 de abril de 2005 el Card. Ratzinger abría el Cónclave del que saldría Benedicto XVI y decía en la homilía: “El Mesías, hablando de sí, dice ser enviado «a promulgar el año de la misericordia del Señor, un día de venganza para nuestro Dios» (Is 61, 2). Escuchamos, con gozo, el anuncio del año de misericordia: la misericordia divina pone un límite al mal- nos ha dicho el Santo Padre (san Juan Pablo II). Jesucristo es la misericordia divina en persona: encontrar a Cristo significa encontrar la misericordia de Dios. El mandato de Cristo se ha convertido en mandato nuestro a través de la unción sacerdotal; somos llamados a promulgar- no solo con palabras sino con la vida, y con los signos eficaces de los sacramentos, “el año de misericordia del Señor”. Pero ¿qué quiere decir Isaías cuando anuncia «el día de la venganza para nuestro Dios»? Jesús, en Nazaret, en su lectura del texto profético, no ha pronunciado estas palabras -ha concluido anunciado el año de la misericordia. ¿Ha sido tal vez este el motivo del escándalo que se dio después de su prédica? No lo sabemos. En todo caso el Señor ha ofrecido su comentario auténtico a estas palabras con la muerte de cruz. «Él cargó con nuestros pecados en su cuerpo sobre el leño de la cruz…», dice San Pedro (1 Pe 2, 24). Y San Pablo escribe a los Gálatas: «Cristo nos ha rescatado de la maldición de la ley, haciéndose a sí mismo maldición por nosotros, como está escrito: Maldito quien pende del leño, para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham pase a las gentes y nosotros nos revistamos de la promesa del Espíritu mediante la fe» (Gal 3, 13s). La misericordia de Cristo no es una gracia en rebaja (en oferta), no supone la banalización del mal. Cristo lleva en su cuerpo y sobre el alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructiva. Él quema y transforma el mal en el sufrimiento, en el fuego de su amor sufriente. El día de la venganza y el año de la misericordia coinciden en el misterio pascual, en el Cristo muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios: él mismo, en la persona del Hijo, sufre por nosotros. Cuanto más somos tocados por la misericordia del Señor, tanto más entramos en solidaridad con su sufrimiento- nos hacemos disponibles para completar en nuestra carne «aquello que falta a los sufrimientos de Cristo» (Col 1, 24).”

 Queridos hermanos, lo que dice Lucas a Teófilo, nos lo dice a nosotros: este escrito es para que nos demos cuenta de la solidez de la enseñanza que hemos recibido, porque el Evangelio, nos recuerda Dei Verbum, la Constitución del Concilio Vaticano II que habla sobre la Revelación, no es teoría: son gestos y palabras de Cristo que revelan. Por eso el Evangelio debe ser escuchado, entendido y vivido en la Iglesia, en su liturgia y ha de volverse vida. ¿Qué somos frágiles?, ya lo sabemos… Pero también sabemos que abrir nuestra vida para reconocer a Jesús-Mesías, requiere no sólo palabras, sino vida. Proclamemos el año de gracias del Señor creciendo en la fe y reflexionando sobre ella, en este año, de la Misericordia, vivamos nuestro ser hijos de Dios y hermanos entre nosotros, no sólo con palabras, sino con obras y de verdad. ¡Santa María, ruega por nosotros!


08:20
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