Se confirman las previsiones. Esta mesa camilla se queda en los huesos cuando llega el mes de agosto y gruñe la chicharra en el campo. Hasta los pájaros se van o se resguardan de la canícula dosificando sus cantos para no hacer esfuerzos innecesarios. Siempre nos quedará Antuán con sus magníficas apostillas, pero casi todo el mundo se nos ha ido de vacaciones. Descansan de mí, y lo entiendo.
En cambio aumenta el número de whatschaps y de correos electrónicos. En mi buzón hay mensajes con sabor a salitre y a arena de playa. Son recados breves, escritos con prisa y, casi siempre, sin acentos ni demasiados signos de puntuación, pero llenos de afecto y entusiasmo.
Entre los que recibí ayer, destaco éste:
Buenas tardes don Enrique, leo siempre su blog. Le quería preguntar cómo puedo hacer para ser fiel cada día al Señor, cómo amar a la Santísima Virgen, y yo sobre todo quiero ser fiel a Jesús. Se lo pregunto porque valoro mucho su experiencia. Un abrazo muy grande!
No conozco al remitente. Me escribió una vez hace algunos meses; sé que vive en una ciudad de Castilla y que es un chaval muy joven, de quince o dieciséis años. Me dice su nombre y naturalmente le he contestado.
No le he dicho que su mensaje me ha levantado el ánimo. Acabo de leer en una revistilla de medio pelo que el mes de agosto es el mes de las rupturas, de los divorcios, de las infidelidades. Supongo que el autor de este comentario se lo ha sacado de la manga, pero algo de eso hay. En todo caso, a este chico, el calor del verano no le ha hecho perder el sentido de su vida. Él busca lo único importante, y en esta mesa camilla hay ya unos pocos que le acompañaremos con la oración, para que no flaquee.
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