Como ustedes ya saben que servidor es un tanto peculiar en sus afirmaciones y criterios, estoy seguro de que no les sorprenderá nada si digo que no espero gran cosa del reciente congreso de laicos.
A ver, un congreso que comienza al grito de “Dios nos quiere laicos y laicas en medio del mundo”, es decir, que comienza por ciscarse en el diccionario y en los dictámenes de la Real Academia de la Lengua Española para congraciarse con lo que hoy se lleva por la cosa de ser políticamente correctos, tiene negro porvenir.
Desde mis rarezas personales y mis manías más propias, he llegado a un estado de cosas en el que oigo o escucho eso de laicos y laicas, profesores y profesoras, niños y niñas, delegados y delegadas, secretarios y secretarias y sé que, indefectiblemente seguiremos por jóvenes y jóvenas (mejor jóvenos y jóvenas) hasta acabar por referirse al santo padre como “papo” en la previsión de una papisa Juana cualquier día. No se extrañen, pues, que uno, posiblemente por algún tipo de gen antimodernista o mutación infocatólica, al escuchar lo de “laicos y laicas” a punto haya estado de sufrir una alferecía.
No me atrevo a mirar las actas. No me arriesgo. Porque empezar un congreso de laicos con suficientos mil laicos, la leche de obispos y no sé cuántas consagradas al grito de ”laicos y laicas” presagia lo peor, y más si el autor es un miembro del comité ejecutivo. Es que, efectivamente, venía lo peor en forma de una multitud enfervorizada que ante esas palabras rompió en aplausos y no sacó en hombros al ponente por la cosa de no aludir ni siquiera por asomo a algo tan anti ecológico como las costumbres taurinas, que hasta ahí podíamos llegar.
No quiero ver las actas. Que no, que no quiero verlas, que no quiero ver más cosas clamando sobre la arena, porque una multitud que aplaude entusiasmada la llamada a laicos y laicas es muy capaz de dar un paso más en su frenesí actualizador y escribir, con una sonrisa de superioridad y suficiencia el palabro “[email protected]”, que es una memez de la que algunos alardean dejando a la vista su propia condición, o aún mejor lo que es la modernidad de las modernidades que consiste en hacer que solo exista un género siempre terminado en e, de forma que en lugar de laicos y laicas se hable de una cosa nueva que sería “laices”, que capaces son de pronunciar laiques porque la Real Academia no es quién para decirnos cómo hemos de escribir o pronunciar.
Quiero entender, pero ya saben que uno tiene entendederas un tanto especiales, que un congreso de laicos debe ser algo así como un congreso para profundizar en la identidad y la misión del laico en la Iglesia y en el mundo, que no es congraciarse ni hacer gracietas con el mundo para caer bien, sino anunciar el evangelio en medio del mundo sabiendo que caeremos mal.
Lo de laicos y laicas, que espero sea un simple lapsus fruto de la emoción del momento, es simplemente afirmar que tragamos con la ideología de género, cosa que, según nos cuentan, suscitó una encendida ovación.
Me van a perdonar, pero para un servidor, un congreso de laicos que comienza con lo de laicos y laicas recibido con entusiasmo por todos los asistentes, ya ha mostrado desde el principio lo que es y lo que puede esperarse de él. Nada sería la mejor opción.
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