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03:47

María y José llevaron a Jerusalén a Jesús “para presentarlo al Señor” (Lc 2,22). Jesús es el consagrado del Padre, que vino al mundo para cumplir fielmente su voluntad inaugurando así un culto nuevo: el culto espiritual, la ofrenda al Padre de la propia existencia.

En este culto, al que estamos llamados, no tenemos que ofrecerle de modo prioritario cosas a Dios, sino que hemos de ofrecernos a nosotros mismos, tratando de cumplir, con obediencia, su voluntad en nuestras vidas.

Realmente es Dios Padre quien, en el templo, nos presenta a su Hijo, a través de las palabras proféticas – guiadas por el Espíritu Santo – de Simeón y de Ana: Jesús es la luz de Dios que viene para iluminar el mundo. Él es la “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,32).

La luz es lo que nos permite vivir en la apertura, sin quedar relegados a la cerrazón de las tinieblas: “La luz es tanto como el ‘ser’. La ‘noche’, la opacidad total, es la muerte” (R. Spaemann). Dios es Aquel que, en Cristo, viene a nuestro encuentro para abrir para nosotros un futuro con su luz.

Sería triste que, pudiendo ser conducidos por la luz, nos conformásemos con ir de un lado para otro bajo la antorcha de una caverna o persiguiendo fuegos fatuos, renunciando a comprendernos a nosotros mismos, declinando la posibilidad de entender nuestro destino.

Acercándose a nosotros, Dios nos guía hasta la salida de la gruta y nos expone a la luz del día para poder ver con los ojos de la fe la novedad de su presencia luminosa: “la figura de Jesús, el Sol de Justicia, y el cielo en el que vive, y la  brillante Estrella de la mañana que es su Madre bienaventurada, y la plácida Luna que representa a su Iglesia, y los silenciosos astros, que son los hombres santos en camino hacia el eterno reposo” (J.H. Newman).

El Señor del Universo viene a nuestro encuentro con la Encarnación de su Hijo. Se hace presente en el templo de la Iglesia cada vez que celebramos la Eucaristía, que es “fuente y culmen de toda la vida cristiana”, de todo el culto espiritual. Jesús es el Rey de la gloria que entra en su santuario, como canta el Salmo 23.

Él viene a nosotros, que debemos alzar los dinteles y las antiguas compuertas para franquearle el paso. Él llama a la puerta de nuestros corazones, como llamó a la puerta del Corazón Inmaculado de María para hacerse hombre en su seno purísimo. Debemos abrirle, como Ella, la puerta de nuestra alma para dejarnos iluminar por su Luz y para ser, en medio del mundo, “luces cercanas” que ayuden a caminar a los demás.

Irradiaremos la Luz que es Cristo mediante la vivencia de la fe que, por pura gracia, nos permite participar del modo en el que Dios lo contempla todo, acercándonos así a la verdad que libera: Viendo la naturaleza como creación, que ha de ser custodiada; viendo a los otros hombres como hijos suyos y hermanos nuestros; viendo la ciudad de los hombres no como una jungla en la que ha de prevalecer el más fuerte, sino como una familia grande de aquellos que comparten un mismo itinerario.

Irradiaremos la Luz que es Cristo testimoniando la caridad y la misericordia que, en medio de la fatuidad de la soberbia y de la prepotencia, es el auténtico tesoro que no caduca, el valor que tiene permanencia para siempre.

Irradiaremos la Luz que es Cristo siendo esperanzados e invitando a la esperanza, con la certeza de que un mañana mejor es posible, con la seguridad de que merece la pena intentarlo y con la confianza de un mañana definitivo que se inaugura en el hoy del encuentro con Jesús.

En este santuario, como en el templo de Jerusalén, Dios no se cansa de acercarse a nosotros para que nosotros podamos vivir en Él y con Él. Amén.

Guillermo Juan Morado.

Parroquia de Santa María de Castrelos (Vigo)

2.Febrero.2018.

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18:24

Calentando los motores para El Evangelio de Hoy, Temporada 2018

Están llegando a su fin las vacaciones. En la parroquia estamos de clima festivalero. Con las últimas preparaciones del caso. Ya les compartiré fotos de la jornada. De mi parte, además de andar en eso… voy preparando la temporada 2018 del Evangelio de Hoy. Hoy, con los calores del verano entrerriano, estuve grabando y tratando de editar algo. Estoy ya medio oxidado luego de más de un mes de parate. Así que sólo pude editar la promo. Se las comparto (Para leerlo completo haga click en el título. )

El artículo Calentando los motores para El Evangelio de Hoy, Temporada 2018 se publicó primero en Padre Fabián Castro..

18:20

Lecturas de la Presentación del Señor al Templo

Primera lectura
Lectura del libro de Malaquías (3,1-4):

Así dice el Señor: «Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos–. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.»

Palabra de Dios

Salmo
Sal 23

R/. El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria. R/.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra. R/.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria. R/.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria. R/.
Segunda lectura
Lectura de la carta a los Hebreos (2,14-18):

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,22-40):

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

Palabra del Señor

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Homilía para la Presentación del Señor al Templo

En nuestras celebraciones litúrgicas, a lo largo del Tiempo de Navidad, celebramos el misterio de la Encarnación, es decir, el hecho de que Dios quiso ser uno de nosotros. Durante el resto del año litúrgico, celebramos el mismo misterio bajo diferentes aspectos. Hoy, en la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, celebramos la Encarnación como una reunión: el encuentro de Dios con la humanidad, expresado simbólicamente en la reunión en el Templo el cuadragésimo día después del nacimiento de Jesús. En el rito de la luz, que precedió a nuestra celebración eucarística, celebramos el mismo misterio de la Encarnación de Dios como la venida de la Luz en nuestra oscuridad.
En su relato de la infancia de Jesús, san Lucas subraya cuán fieles eran María y José a la ley del Señor. Con profunda devoción llevan a cabo todo lo que se prescribe después del parto de un primogénito varón. Se trata de dos prescripciones muy antiguas: una se refiere a la madre y la otra al niño neonato. Para la mujer se prescribe que se abstenga durante cuarenta días de las prácticas rituales, y que después ofrezca un doble sacrificio: un cordero en holocausto y una tórtola o un pichón por el pecado; pero si la mujer es pobre, puede ofrecer dos tórtolas o dos pichones (cf. Lev 12, 1-8). San Lucas precisa que María y José ofrecieron el sacrificio de los pobres (cf. 2, 24), para evidenciar que Jesús nació en una familia de gente sencilla, humilde pero muy creyente: una familia perteneciente a esos pobres de Israel que forman el verdadero pueblo de Dios. Para el primogénito varón, que según la ley de Moisés es propiedad de Dios, se prescribía en cambio el rescate, establecido en la oferta de cinco siclos, que había que pagar a un sacerdote en cualquier lugar. Ello en memoria perenne del hecho de que, en tiempos del Éxodo, Dios rescató a los primogénitos de los hebreos (cf. Ex 13, 11-16).
Es importante observar que para estos dos actos —la purificación de la madre y el rescate del hijo— no era necesario ir al Templo. Sin embargo María y José quieren hacer todo en Jerusalén, y san Lucas muestra cómo toda la escena converge en el Templo, y por lo tanto se focaliza en Jesús, que allí entra. Y he aquí que, justamente a través de las prescripciones de la ley, el acontecimiento principal se vuelve otro: o sea, la «presentación» de Jesús en el Templo de Dios, que significa el acto de ofrecer al Hijo del Altísimo al Padre que le ha enviado (cf. Lc 1, 32.35).
La religión de Israel estaba completamente centrada en el culto ritual y en el Templo de Israel, lugar privilegiado de este culto. Al mismo tiempo, los profetas llamaron a la conversión del corazón, la justicia y el amor. Las tensiones nunca habían faltado entre los responsables del culto y sus leyes, por un lado, y los profetas, por el otro. Cuando Jesús aparece, los sacerdotes y maestros de la ley se imponen a la gente y ya no hay más profetas. Todas las enseñanzas de Jesús (recordemos lo dicho el domingo pasado: Jesús no se identifica ni con el rey, ni con los sacerdotes, él se identifica con los profetas) consistirán en mostrar que lo que su Padre espera de los hombres no es ante todo una observancia religiosa o ritual, sino más bien la práctica del amor, la justicia y la misericordia, es la imagen de la actitud de su Padre hacia nosotros, una actitud que nos llevará a dar un culto “en espíritu y verdad”.
Esta es la razón por la cual el Evangelista san Lucas pone esta escena en la introducción a su Evangelio (capítulos 1 y 2) que hemos meditado a lo largo del Tiempo de Navidad. Jesús va al Templo con su madre y su padre, para cumplir un precepto de la ley. Pero aquellos con quienes se encuentra simbolizando el encuentro de Dios con la humanidad, no son los sacerdotes y los maestros de la Ley. Son dos pobres de Yahweh. Simeón no pertenece a la casta sacerdotal. Simplemente era un “hombre justo y religioso que esperaba la consolación de Israel”. Ana era una viuda que había pasado toda su vida en el Templo alabando a Dios. Uno y otro tenían el corazón de pobres, ellos pueden ver a Dios y reconocer la presencia del mensajero de Dios en el niño presentado ese día en el Templo.
Esta primera visita de Jesús al Templo, y la otra a la edad de 12 años, también mencionada por Lucas, y durante la cual Jesús afirma su autoridad, será seguida por varias otras visitas al Templo durante su vida pública, que serán todas encuentros de Jesús con el pueblo y, al mismo tiempo, las confrontaciones con los encargados del culto y la Ley.
Todas estas “visitas” de Jesús subrayan el cambio radical al sentido del Culto. Jesús no desprecia los ritos, los cumple escrupulosamente, pero no quiere que sean actos vacíos. Desde Jesús, lo que está en el corazón de la religión ya no es lo ritual con todas sus celebraciones litúrgicas anuales, semanales y diarias. Lo que está en el corazón de nuestra religión es la práctica vivida del evangelio en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana: en nuestra vida privada, familiar o comunitaria, como en nuestro trabajo y en el ejercicio de nuestras responsabilidades cívicas o eclesiales. Aquí es donde Dios nos espera y se encuentra con nosotros constantemente. La liturgia es el lugar donde expresamos continuamente nuestra fe en este mensaje de Jesús, y en el que nos transformamos constantemente en una comunidad eclesial, la comunidad de aquellos que ponen su fe en Jesús de Nazaret.
Siempre estamos tentados de regresar a una mentalidad del Antiguo Testamento que nos lleva a pensar que somos buenos cristianos si asistimos a la Misa dominical y observamos los principales preceptos de la Iglesia, o que somos buenos sacerdotes, o religiosas o laicos comprometidos si observamos fielmente todas nuestras reglas litúrgicas y otras. En realidad, la observancia de la Eucaristía dominical y todas estas reglas son importantes, pero como la expresión simbólica y sacramental de nuestra voluntad de dejar que el Evangelio transforme cada momento y cada rincón de nuestra vida cotidiana. Es entonces, y solo entonces, que cada momento de esta fiel observancia se convierte en un momento de encuentro con Dios.
Que la Virgen recordada en este día como nuestra Señora de la Candelaria ilumine nuestro camino para que demos culto con la vida, cumpliendo lo externo pero llenos de contenido.

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14:52
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Para ayudar a que la Misión Diocesana cuente con materiales para la oración de cualquier persona o grupo, presento un folleto que lleva por título "Salmos para la oración de los discípulos-misioneros".

Es un folleto que compuse y recopilé hace tiempo y que pienso puede tener múltiples aplicaciones en la Misión Diocesana, que con tanta ilusión se prepara. Está hecho con todos los salmos que se utilizan para laudes y vísperas en las cuatro semanas de la Liturgia de las Horas. Y cada salmo está enmarcado en una “Lectio divina”: Introducción, lectura, meditación y oración y con una imagen que ayude a la contemplación.

Pienso que se podría usar como folleto que tengan todos los del grupo o fotocopiar para la ocasión el salmo que se va recitar y que se reparte a todos los participantes. Ojalá sea una aportación útil que fomente la oración, tan necesaria para que la Misión sea fructífera.

Pues, como dice Verbum Domini nº 24 "en el libro de los Salmos se nos ofrecen las palabras con que podemos dirigirnos a Dios, presentarle nustra vida en coloquio ante Él y transformar así la vida misma en un movimiento hacia Él".

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13:57

José Alberto FERRARI, Elogio de la niñez. 

Editorial Pórtico, Buenos Aires 2017, 80 pp.

por Santiago Vázquez

Cuando los santos padres meditaban acerca de las consecuencias que el pecado original dejó en el hombre, hablaban, casi unánimemente, de ignorancia. Y lo hacían para dar cuenta de un hecho que, precisamente a la inteligencia que busca curarse de este mal, resulta evidente: la incapacidad del hombre para percibir el fondo, el significado espiritual de la realidad. Para decirlo con el poeta: la incapacidad del hombre para percibir la condición eternamente milagrosa de todo lo que existe. Orígenes, por ejemplo, afirmaba que cuando el libro del Génesis indica que, una vez consumada aquella desobediencia inaugural, “los ojos de ambos [Adán y Eva] se abrieron”, lo que se está significando es la introducción de una nueva y funesta manera de ver: la carnal. El demonio logra sembrar en el corazón de Adán la desconfianza respecto del plan divino para con él. Consigue, con ello, cerrar los ojos espirituales y a esta trágica clausura sucede inmediatamente la no menos trágica apertura de los ojos de la carne. Apertura en virtud de la cual Adán y Eva se perciben desnudos.

A la luz de esta idea, se nos antoja presentar la obra del poeta mendocino José Ferrari. Al adentrarnos en su lectura y al empaparnos, como de un agua fresca y revitalizante, de su visión limpia y entrañable de la niñez, no pudimos evitar –por ese odioso condicionamiento que trae consigo la formación disciplinar en psicología– una evocación cuyo franco contraste con la mirada poética de Ferrari, encuentra explicación, según creemos, en aquella idea origeniana. Se trata de la visión que del mismo tópico tuviera el psiquiatra vienés Sigmund Freud.Una evocación, como se ve, doblemente odiosa: no solo vino, como música de un vecino una tarde de domingo, a interrumpir una lectura gozosa, sino que lo hizo del peor modo, es decir, trayendo a la memoria al más conspicuo “refutador de leyendas” que el pensamiento occidental haya conocido… Y sin embargo, la vilipendiada evocación resulta, si bien se ve, harto sugerente. Nos permite, en principio, un revelador contrapunto.

La obra freudiana, en efecto, constituye en muchos sentidos un muestrario elocuente de la decadencia de la modernidad, y también un abstruso repertorio de premisas arbitrarias en el cual se puede descifrar mucho del contenido ideológico de eso que podemos llamar (anti)cultura posmoderna. Aquella remanida expresión, por ejemplo, que usa Freud para referirse al niño –a saber, la de “perverso polimorfo”– no es más que una cifra repulsiva de una visión oscura, carnal de la niñez. Y aunque el fundador del psicoanálisis quiera trascender los fenómenos observables intentando superar el positivismo, el suyo es un empirismo psicologista cerrado a toda instancia metafísica. Freud observa, como Ferrari, al niño. Pero no ve lo mismo que Ferrari. Para Freud, el atractivo que ejerce el niño procede de su irremediable narcicismo, de esa complacencia instintiva consigo mismo en la que el psiquiatra vienés encuentra la única felicidad posible al hombre. Ella, la egoísta complacencia, sería ese proverbial paraíso perdido al que el hombre adulto siempre quiere volver. Nunca como aquí resulta tan precisa la expresión, acuñada por Santo Tomás, de “bienaventuranza animal”, para designar esta visión del hombre y de la niñez tan brutalmente reduccionista.

Pero Ferrari, que también detiene su mirada en la niñez, ve, no obstante, muy otra cosa. Y esto es así porque su visión es espiritual. Es la mirada del poeta que, fiel a su vocación, mira en vertical “según la ley del ángel”. El autor mendocino ve y entiende que si el niño ejerce un atractivo natural sobre los adultos, no es porque éstos añoren un pasado áureo de plenitud instintiva, sino porque la existencia del niño “está sumida en un constante asombro” (p. 29). El niño no comete, como diría Pedroni, el pecado de ser triste “frente al milagro eterno de todo lo que existe”. Entre su inteligencia, su corazón y la realidad no se interpone ningún mediador distorsionante. El niño cree, con total certeza, en lo que ve y en lo que escucha. Para él todo tiene ese peso suave, contundente y sintonado al vibrar de sus entrañas, que lo configuró desde el vientre materno. “Ellos ya viven en la realidad” y “no necesitan de sucesos extraordinarios para caer [en ella]” (p. 27), nos dice Ferrari recordando aquello del origen del filosofar de Aristóteles y Jaspers. No está de más recordar aquí que fue, en efecto, el Estagirita quien afirmó que es el asombro lo que en todo tiempo mueve al hombre a filosofar. Jaspers, veinticinco siglos después, dirá que son las situaciones límites las que hacen posible tal “ejercicio”.

En cualquier caso lo cierto es que a nosotros, los hombres adultos de la modernidad en ruinas, Dios nos habla con el megáfono, como gustaba decir Lewis, de las situaciones límites. Son ellas las que limpian nuestros ojos y nos pueden volver a situar en esa atmósfera espiritual, cognitiva y afectiva de la niñez en la que recuperar el asombro y navegar mar adentro del misterio. Y ciertamente el lógos kalós tiene también una función esencial en dicho resituamiento, y es por ello que la misión del poeta es sagrada y su deber grave y urgente. Él es quien debe proferir la palabra bella que movilice el corazón recuperando en su latido aquel ritmo perdido del primer amanecer musical. Cuando allá lejos, en el país de la infancia, se consumó su desposamiento, inaugural y definitivo, con el misterio.

Por ello la obra de Ferrari tiene tanto que decirnos y por ello su palabra poética es, en parafraseo marechaliano, una zarza hostil en el campo de puerros del saber carnal variopinto de esta época de hierro.

El niño, entonces, en la mirada que Ferrari nos ofrece en esta obra, encanta al adulto no por su estado de complacencia instintiva sino porque en él el corazón ajado del hombre mayor adivina un paisaje espiritual, “escondido entre flores”, que en un tiempo inmemorial conoció y amó, que abandonó luego y al que siempre querrá regresar. No es extraño que Ferrari cierre el bello ensayo que compone la primera mitad de su libro, exhortándonos con el salmista a dejarnos llevar por la nostalgia, a “reconocer la herida del exilio y emprender presurosos el regreso” (p. 44).

El autor mendocino no ignora aquella intuición origeniana que mentáramos al inicio, y nos da, como en un trazo genealógico, la razón de fondo que está operando en extravíos ideológicos como el freudiano: “Los ojos carnales desconocen la cifra de lo que no se ve, se detienen esmeradamente en accidentes, números y apariencias” (p. 26). El error no es observar y registrar los accidentes. Por el contrario, una tal labor puede tener mucho de meritorio y necesario. El error está en no saber horadar la opacidad de los fenómenos, en reducir la realidad a lo que aparece. El autor nos advierte en este sentido que la suya no es una visión rousseauniana de la niñez. La herida del pecado original está presente también en los niños “y lo muestran tempranamente en su haber caprichoso, cruel, egoísta, ignorante y desasosegado” (p. 39). Pero quedarse allí es consagrar una mirada carnal, es ver la desnudez de la condición humana sin ojos para ver que la misma es, por esencia, carencia y, así, vocación. Es, en definitiva, incapacidad para reconocer que vivimos en una tierra de sombras, como gustaba decir platónicamente Lewis.

Pero si tuviéramos que subrayar una idea que atraviesa la obra del autor mendocino y que constituye acaso la melodía que queda sonando en el alma al finalizar su lectura, nos quedamos con una que tiene la virtud de abrir el bello y consolador panorama de significados que contiene la exhortación de nuestro Señor que recoge san Mateo: “Si no os hacéis como niños, no entraréis al Reino de los cielos” (Mt. 18, 3). Acaso el mayor mérito de la presente obra sea este: el de ser una exégesis quieta, sosegada, personal, entrañable, de estas graves palabras de nuestro Señor.

En este sentido, hay, decimos, una idea que -como esos tonos amables de una suite clásica que se repiten con modulaciones cada vez más vivas y conmovedoras- aparece y reaparece a lo largo del ensayo. Nos referimos a aquella que en la página diecinueve se expresa del siguiente modo: “De allí que nuestra infancia sea una santa insinuación de lo que Dios hará con nosotros cuando nos hayamos abandonado a Él”. Ser como niños, nos dice Ferrari gustando y rumiando las palabras de nuestro Señor, es vivir de una certeza hundida en las cisternas de nuestra alma: la de que dependemos absoluta y totalmente de nuestro Padre celestial, más de lo que un niño recién nacido depende de su madre. Mirar tiernamente a Dios y decirle “Abba (papá, padrecito)”, es actualizar un lenguaje arcano y cercano que “nace de un corazón niño” (p. 24), para quien la presencia protectora de su padre frente a todos los peligros es una realidad natural, habitual, evidente, axiomática. Las consecuencias educativas y la proyección explicativa del drama de los niños y del hombre de hoy, que estas ideas contienen, son de gran valor y Ferrari no las ignora. Ciertamente solo puede, en el contexto de su escrito, presentarlas a modo de sugerencia pues no son ellas el objeto de su reflexión. Digamos solamente que la idea que Ferrari, siguiendo la tradición espiritual, dice y repite en su ensayo, contiene en sí uno de los secretos mejor guardados de la sabiduría cristiana: vivir como hijos, al decir del Padre Horacio Bojorge. Como hijos pequeñísimos para quienes toda preocupación por su crecimiento está depositada en sus padres. La vista protectora de éstos mientras ellos juegan, está allí, permitiéndoles jugar sin miedos. Así lo expresa Ferrari: “Porque en su ligero andar [los niños] todo lo esperan de sus padres y nada de sí mismos […]. Allí descansa la niñez. Ella es la acuciante semilla de una realidad espiritual arrinconada en tiempos de tan convulsos voluntarismos: ‘separados de Mí, no podéis hacer nada’ (Jn. XV, 5).” (p. 39).

He aquí algunos de los motivos por los que debe celebrarse la aparición de esta pequeña gran obra que mira y contempla con ojo espiritual la realidad de la niñez.

Digamos, por último, que la obra toda es poética. En el ensayo que compone la primera mitad, en efecto, el poeta aparece aquí y allá, ajustándose a los rigores del género, distintos por cierto a los del verso, pero no traicionando jamás esa visión fulgurante del aeda que escucha, que ve, que persigue y que canta la belleza. La reflexión con tonos musicales que nos regala en la primera mitad, se derrama, en la segunda, en versos que cantan el esplendor de formas concretas. “El filósofo que ha visto de cerca lo inefable, se ve en el tormento de no ser ni místico, ni músico, ni poeta”, decía el atormentado filósofo rumano Emil Cioran. Ferrari y sus lectores no saben de ese tormento.

Tenemos así, en la segunda mitad del libro, doce poemas de renovada belleza, seis de los cuales celebran realidades que aunque no conciernan propiamente a la niñez, abrevan en una idéntica fuente: el asombro y, como diría Pieter Van der Meer Walcheren, la nostalgia de Dios. Su inclusión aquí es, por ello, oportunísima y da un cierre perfecto a la obra. Por ellos el autor puede, por lo demás, rendir un justo homenaje a sus maestros, a quienes le enseñaron el significado de aquella palabra evangélica fuente.

De la piadosa evocación poética de los santos inocentes (p. 49), hasta la personalísima y entrañable celebración de la sonrisa de su hija (p. 57) o del martirio de José Sánchez del Río (p. 51), pasando por un itinerario sonético de chestertoniano sello que glorifica la vivencia infantil de un cuento de hadas (p. 61), Ferrari nos ofrece un conjunto de versos bellamente tejidos, sencillos, profundos y conmovedores. De ellos puede el presentador decir, parafraseando las introductorias palabras de León Bloy al libro de su ahijado Pieter, “ofrezco estos versos [y el conjunto de esta obra] a todo hombre capaz de emoción”.

Santiago Hernán Vázquez

Psicólogo – investigador CONICET

Lugares de venta (en España y Argentina)

EN ESPAÑA:

Librería Balmes

http://www.balmeslibreria.com/

EN ARGENTINA:

Editorial Vórtice (y sus librerías clientes de todo el país) 

http://www.vorticelibros.com.ar/libro.php?id=152

http://www.vorticelibros.com.ar/libro.php?id=133

 

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Si uno observa los vídeos de los amantes de las conspiraciones mundiales, hay varios temas que les resultan muy caros. Ciertamente, como buenos cristianos, aman mucho a la familia; eso se ve lo mucho que aparece en sus vídeos la familia Rothschild y la Rockefeller. 

Curiosamente, no deben tener tiempo para echar una hojeada a Forbes y aprender cuáles son las familias de los más ricos de nuestra época y no de hace un siglo. Deben pensar que los ricos guardan sus bolsas de monedas dentro de colchón y que los que aparecen en Forbes son para despistar. Les parecerá increíble, pero John Davison Rockefeller murió en 1937.

Otro tema muy querido para estos “especialistas” es el del microchip. Si me dieran un euro por cada vídeo que veo en el que me aseguran que en menos de cinco años lo llevaremos todos. No tienen ni idea de que el microchip como medio de identificación personal está totalmente superado por los modernos métodos de reconocimiento facial.

Otro asunto muy repetido es el del supuesto poder de la reina de Inglaterra, que se ha convertido en el perejil de todas las salsas masónicas. El uso de esta especia indispensable de toda buena receta conspiranoica olvida que la monarca inglesa es una verdadera creyente en Jesús. Es de todos bien conocido que conforme su país se ha vuelto más secular, sus mensajes de navidad se han convertido progresivamente en una ocasión donde afirmar tan breve como gloriosamente su fe en Cristo. No era así al principio, pero en los últimos 17 años, sus mensajes han incluido una explicación de su fe personal:


Otro tema que es un clásico es si el Papa apretó la mano a tal o cual persona, poniendo el dedo un poco más arriba o un poco más abajo, el índice algo separado del dedo corazón o, por el contrario, demasiado juntos. Este tema de los saludos masónicos me parece tan objetivo e indudable que no puedo excusarlo por más que me esfuerce: me parece la prueba definitiva para suspender toda obediencia a la sede de Pedro.

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