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Mi querida torre parroquial, que me da voz para convocar a mi feligresía, para rezar y para gozar y para llorar, según lo piden las necesidades y acontecimientos vitales de este singular rincón de La Rioja.

Eres austera, sencilla y entrañable y tus cigüeñas te hacen revivir cada año, dándote vuelos de altura, a los que ponen música tus cuatro sonoras campanas.

Mi vieja y querida torre tan bien plantada en el cielo!

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Acerca de

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En esta página trato de exprear lo que pienso, lo que aspiro a lograr y también mis mejores recuerdos, los paisajes y personas que añoro y mis deseos de crecimiento y amistad. Está abierta a todos los que aspiran al crecimiento personal y a la mejora del mundo

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11:39

Homilía para el XIII domingo durante el año A

Este evangelio es un poco desconcertante –como el Evangelio lo es a menudo. La segunda parte, sobre el recibir al otro, y en particular el recibir (acoger) el mensaje de Cristo, es tranquilizador y fácil de comprender. Este mensaje se puede poner en paralelo con la historia del Libro de los Reyes, que nos habla del profeta Eliseo, como primera lectura. La primera parte del texto, afirma: “Aquél que ama más a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”, esto es difícil de entender, es como si hubiese una competición entre dos amores. No es por tanto conforme a la imagen de Dios que Jesús nos revela habitualmente.

De hecho, entre el Evangelio del domingo pasado (Mt. 10, 26-33) y este de hoy (Mt. 10, 37-42), hay un pequeño pasaje que los autores del leccionario de la misa han dejado de lado, pero que es necesario para entender nuestra página de hoy. Se trata del pasaje donde Jesús dice: “No deben creer que he venido a traer paz a la tierra… Yo vine a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre… a poner por enemigos a los de la propia casa”. Es cierto que este texto tampoco es fácil, pero el sentido es claro. El sentido es que la paz que Jesús vino a traer al mundo no es una paz “a cualquier precio”. No es una paz como “la puede dar el mundo”. No es la paz que consiste en un compromiso con el orden establecido, aún cuando este orden hace injusticia con Dios, con los más pequeños y débiles. No es la paz anunciada por los falsos profetas que lo único que desean es ser aceptados y aplaudidos, sino más bien la paz anunciada por los verdaderos profetas, que es fruto del restablecimiento de un orden justo que tiene sus ecos en el Magnífica: “Derriba del trono a los poderosos, eleva a los humildes… llena de bienes a los hambrientos, despide a los ricos con las manos vacías”.

Cualquiera que haya elegido servir a Dios y no al Dinero –quien haya elegido vivir según los preceptos del Evangelio y de aceptar todas sus consecuencias- puede esperar que en ciertas circunstancias su elegir responsable lo enfrente a otros, inclusive, a su propio entorno, comprendido parientes y amigos.

Es entonces que siguen estas palabras de Jesús “si alguno ama más a su padre o a su madre que a mí, no es digno de mí”. Fuera de esta situación de conflicto entre elegir el Evangelio y aquello que es opuesto, es evidente que no pueda haber oposición ni siquiera tensión entre el amor de Dios (1er mandamiento) y el amor a los padres (4º mandamiento)

El Hijo de Dios se dio todo entero a su misión. Según la carta a los Filipenses, el no se quiso “atar” a su condición de Dios; sino que se anonadó (se vació); el renunció a todos sus derechos para hacerse uno de nosotros. Aquél que quiera guardar su vida, es decir aquél que se aferra a su vida como una propiedad privada y que está enroscado sobre sí mismo, ha ya perdido, en realidad, su vida, porque así la ha vaciado de sentido. Pero el que acepta la cruz, quién acepta vivir los conflictos nacidos de la fidelidad al Evangelio (no conflictos a causa de nuestra miseria), el que acepta conformar su vida al Evangelio aunque implique elegir entre Jesús y sus más próximos, ese posee ya en plenitud la vida –incluso, en el caso de los mártires, cuando elegir a Dios lo pueda llevar a la muerte física.

Para aquellos que lo han seguido en este espíritu, a sus Apóstoles, Jesús dio el nombre cariñoso de “pequeños”. Es por eso que un vaso de agua a “uno de estos pequeños” no quedará sin recompensa. Este tendrá, dice Jesús, recompensa de profeta. La frase “recompensa de profeta” no significa la recompensa que se adapte a un profeta, sino más bien que uno recibe a un profeta – un verdadero profeta como Eliseo – que, donde quiera que vaya suscita la vida.   Así como una recompensa de hombre justo, significa que uno la recibe de un hombre justo.

Este Evangelio es muy exigente. Nos llama a la hospitalidad, a recibir, especialmente, a acoger a los pequeños, pero también a una hospitalidad ordenada, donde hay un orden importante, y elegir a Cristo cada vez que las circunstancias o las personas nos obliguen a elegir entre ellas o Él, es nuestro primer deber. ¿Qué sería del hombre sin Cristo? San Agustín señala: «Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no hubiera venido» (Sermón, 185,1). Entonces, ¿por qué no elegir a Cristo en nuestra vida?

Que María santísima nos ayuda siempre a elegir bien.

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06:30

7. Supuestas parejas homosexuales en la mitología e historia de Grecia

La mitología no es “historia” propiamente dicha; es más bien tipo de ella y es el modo en que en Grecia se catequizaba a las multitudes. Puesto que se han querido ver ejemplos homosexuales en ellos, repasemos sólo algunos en relación al tema que nos ocupa.

a. El caso de Aquiles y Patroclo

Aquiles vendando a Patroclo (500 a. C.), Staatliche Museen (Berlín)

Para ciertos adalides de la literatura griega sodomítica, Aquiles y Patroclo resulta la “pareja homosexual” más conocida del mundo griego. ¿Qué dice, en verdad, la literatura clásica al respecto?

Por empezar, la misma Ilíada, nos narra la cólera de Aquiles contra Agamenón, por haberle robado a Briseida, su esclava favorita (por cierto una cólera poco “homosexual”).En la misma obra de Homero (canto IX) se nos narra que el héroe aqueo durmió en lo más retirado de la sólida tienda con una mujer traída de Lesbos (Diomeda, hija de Forbante) mientras que su amigo Patroclo se acostaba junto a la pared opuesta, teniendo a su lado a Ifis, la de bella cintura, regalo de su propio amigo[1]. Ahora, ¿cómo podría defenderse así la supuesta homosexualidad de Aquiles y Patroclo? Si ambos eran amantes, ¿por qué se acostarían en el lado opuesto de la tienda y… con una mujer cada uno? 

Hay más. El comportamiento de Aquiles en toda la saga de Troya es el de un hombre hecho y derecho: se precia de haber tomado, arrasado y saqueado numerosas ciudades, de matar a infinidad de hombres y de esclavizar y poseer a sus mujeres y a sus hijas. Cuando los aqueos quieren que Aquiles vuelva a la lucha, no le tientan con jóvenes efebos (cosa que sería lo normal para un hombre que “se casa para procrear pero se lía con hombres para divertirse”, como reclaman los homosexuales), sino con infinidad de esclavas hermosas, vírgenes y “expertas en intachables labores”. Patroclo, mayor y más prudente que él, es meramente su maestro y su iniciador además de su amigo; nada más.

b. Zeus y Ganimedes 

Según ciertos círculos, Zeus y Ganímedes son otra de las “parejas homosexuales por excelencia” del panorama olímpico; veamos el mito detenidamente.

Ganimedes era un príncipe troyano que, recién salido de la adolescencia, vivía una transitoria etapa de cazador-recolector en un entorno salvaje, cosa común en la Grecia tradicional (Esparta también tenía esta costumbre) como ritual de tránsito para marcar la llegada de la hombría. Impresionado por su porte, Zeus en forma de águila, terminará raptándolo para llevarlo al Olimpo para ser el copero.  

Ganimedes con el águila de Zeus, Bertel Thorvaldsen (1817),

Ahora, ¿qué significa “copero”?. Como su propio lo indica, significa el que sirve las copas. Sólo a un malintencionado o a un iluso se le podría ocurrir que se trataba de un stripperavant la lèttre dedicado a hacer shows eróticos… Que los dioses buscasen a un “camarero” físicamente bello es bastante comprensible en un pueblo en el que el patrón de belleza estaba dado por el físico masculino, según vimos. Los autores que le colocan rápidamente la etiqueta de homosexual al mito de Ganímedes incurren en juzgar un mito que tiene milenios de antigüedad con sus patrones psicológicos modernos.

Veamos, por si acaso, qué dice el mismo Homero sobre Ganimedes:

“…y éste dio el ser a tres hijos irreprensibles: Ilo, Asáraco y el deiforme Ganímedes, el más hermoso de los hombres, a quien arrebataron los dioses a causa de su belleza para que sirviera el néctar a Zeus y viviera con los inmortales”[2].

¡Si hasta el mismo Platón, en “Las Leyes”, criticaba una interpretación invertida!:

“Todo el mundo acusa a los cretenses de haber inventado la fábula de Ganimedes. Pasando Júpiter por el autor de sus leyes, ellos han imaginado esta fábula aplicándosela a él, a fin de poder disfrutar este placer a ejemplo de su dios; pero abandonemos esta ficción”[3].

Pues bien: debido a esto, y a pesar de la apabullante falta de evidencia literaria de que Zeus abusara de Ganimedes, una búsqueda rápida por internet revelará decenas de páginas donde señalan la “homosexualidad” y el “mito pederástico” en el Olimpo, olvidando que Zeus es un dios que raptaba y violaba docenas (por no decir cientos de miles) de diosas y mujeres luego de convertirse en toro, cisne, lluvia, rayo de sol, etc…, todo lo cual acarreaba los celos y la ira de Hera, su esposa y diosa del matrimonio monogámico, que no sabía cómo contener al poligámico y “pro-life” pater hominumque deumque (“padre de los dioses y de los hombres”),“extremadamente heterosexual”.

c. Apolo y Jacinto

“Apolo y Jacinto”, Alexander Kiselev (1838-1911)

En la mitología griega, Jacinto era un bello y fuerte príncipe espartano al que el dios Apolo había tomado bajo su protección. Según Filóstrato, Apolo enseñó a Jacinto a tirar con arco, a tocar la lira, a moverse y sobrevivir en bosques y montañas, y a destacarse en las diversas disciplinas deportivas y gimnásticas. Queda claro entonces su papel de maestro e iniciador, no sólo de Jacinto, sino de toda Esparta (el príncipe Jacinto fue transmitiendo los conocimientos adquiridos del dios a sus compatriotas).

¿Cómo es la historia? Durante una de estas prácticas, el dios y el muchacho estaban turnándose en el lanzamiento de disco. En un momento dado, Apolo lanzándolo con demasiada fuerza, hizo que, por accidente, el disco diera en la cabeza de su discípulo matándolo en el acto. Afligido, el dios no permitió que Hades reclamase al joven y con su sangre, creó una flor en honor de su discípulo: la flor de Jacinto. Pues bien: ¿alguien ha visto homosexualidad explícita en el mito? ¿Hay alguna intervención de Eros o de Cupido? ¿Hay algo que sugiera que entre Jacinto y Apolo mediaba otra cosa que el amor que puedan profesarse dos buenos hermanos o compañeros de fatigas? Después de leer lo que tienen que decir al respecto de Jacinto autores como Heródoto (“Historias”), Pausanias (“Descripción de Grecia”), Luciano (“Diálogos de los dioses”), Filóstrato (“Imágenes”) y algunos otros, no se puede encontrar absolutamente nada que dé a entender un amor erótico.

Pero para algunos que promueven la homosexualidad en la antigua Grecia, el mito de Jacinto no sólo demuestra irrefutablemente la homosexualidad pederástica y relaciones sexuales anales, sino también que toda Esparta practicaba la pedofilia homosexual… ¡sólo porque la festividad de Jacinto era importante en Esparta! Como ya hemos visto, Esparta estaba lejos de ser un paraíso gay. Mucho menos puede tildarse al dios Apolo de pro-sodomítico ¡justamente él! que había aplicado su maldición a Layo, según vimos.

Así y todo hay quienes se esfuerzan en ver aquí una relación invertida.

d. El caso de Alejandro Magno

Alejandro Magno es otra de las tantas figuras manipuladas hasta extremos inverosímiles. Cuando la película homónima de Oliver Stone vio la luz en 2004, un grupo de 25 abogados griegos amenazaron con denunciar a la Warner Bross y a su director por distorsionar la historia, al punto que el film en Grecia sólo estuvo en taquilla 4 días, siendo un completo fracaso.

Todas las fuentes coinciden en describir a Alejandro Magno como un hombre muy contenido sexualmente, y en modo alguno promiscuo. De hecho, Plutarco (“Vida de Alejandro”) nos explica cómo el gran general llegó a ofenderse al serle ofrecidos, por parte de un comerciante, jóvenes muchachos:

“Escribióle en una ocasión Filóxeno, general de la armada naval, hallarse a sus órdenes un tarentino llamado Teodoro, que tenía de venta dos mozuelos de una belleza sobresaliente, preguntándole si los compraría. Alejandro se ofendió tanto ante la proposición, que exclamó muchas veces ante sus amigos en tono de pregunta: ‘¿Qué puede haber visto en mí Filóxeno de indecente y deshonesto para hacerse corredor de semejante mercadería?’. E inmediatamente le respondió, con muchas injurias, que mandase al mercader tarentino al diablo, y su mercancía con él. Del mismo modo arremetió con severidad contra un joven llamado Hagnón, que le había escrito que quería comprar un muchacho llamado Cróbulo, famoso en la ciudad de Corinto por su belleza”[4].

En cuanto al supuesto affaire con su amigo Hefestión, de nuevo, no se encuentra absolutamente ninguna evidencia que haga suponer que los amigos de la infancia eran una pareja sodomítica; de hecho no existe historiador serio que afirme rotundamente que eran amantes. Es más: de regreso a Susa, capital del Imperio persa, Alejandro dio a Hefestión por esposa a la princesa Dripetis, y él mismo desposó a Estatira, la hija mayor de Darío y hermana de Dripetis. También mantuvo relaciones con Barsine (quien le dio un hijo, Heracles) y con Roxana (“la mujer más bella de Asia”), con quien tuvo descendencia.

Por lo que hace al famoso beso al eunuco Bagoas, que a menudo es citado como si constituyese una prueba de homosexualidad, de nuevo, nos encontramos con lo que pasa cuando se juzga una costumbre antigua con una vara moderna: malentendido asegurado.

Plutarco nos describe cómo Bagoas ganó un concurso de danza y baile, y cómo las tropas macedonias aclamaron pidiendo que Alejandro besase al muchacho (en la mejilla), a lo que el emperador accedió. Lo más importante es el significado del beso: en la antigua Persia, donde se encontraba Alejandro Magno, los hombres de rango similar se daban un beso en los labios, mientras que si había una diferencia de rango, el beso era en la mejilla. Por lo demás, para sonsacar una relación sexual de un simple beso en la mejilla, ni hace falta comentarlo.

[1] Homero, Ilíada, vv. 657-668.

[2] Homero, Ilíada, c. XX, vv 199 y ss.

[3] Platón, Las Leyes, 636c.

[4] Plutarco, Vidas paralelas, “Vida de Alejandro”, XXII.


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“Nos queremos, ganamos lo bastante para ser independientes… ¿qué más nos hace falta para casarnos?”. A quienes así razonan, antes que nada habría que preguntarles qué entienden con ese “nos queremos”.
Pues, en efecto, la de “amor” es una de las palabras más usadas… y de las que más se abusa. Se habla de amor entre dos novios o esposos, pero también de “hacer el amor”: algo que, en realidad reducido a pura fisiología, es como una mueca de amor, un falso jugar a quererse. Por eso es conveniente que quien se prepara para el matrimonio reflexione antes que nada sobre el amor humano y sobre esa plenitud suya que es el amor conyugal.
Suele comenzar el enamoramiento como un amor sentimental, como un amor estético y afectivo o de simpatía. A medida que los dos se van conociendo se instaura una sintonía de caracteres y aumenta el mutuo deseo de conocerse más y estar juntos. El amor sentimental tiene un carácter espontáneo, no voluntario. Nadie “decide” enamorarse de una persona, sino que, sin saber bien cómo y porqué, empieza a sentir afecto y ternura por ella. Y esto no es debido sólo a los aspectos atrayentes o agradables del otro, sino al surgir de una particular “congenialidad”.
De cualquier modo, se trata de un amor que el sujeto “padece” y que, por su índole prevalentemente pasiva, también es llamado “amor pasional”. Aun cuando a menudo se viva con gran fuerza, no deja de ser un sentimiento y, en cuanto tal, está sujeto a distintos factores inconstantes. En todo caso, ese amor es necesario, como también lo es una cierta “idealización” del novio o de la novia, que magnifica sus cualidades reales. Pero en esta fase inicial, y a pesar de que todo amor, lejos de ciego, resulta clarividente, el conocimiento recíproco entre varón y mujer es todavía muy reducido, pues deriva sobre todo de la atracción y el sentimiento.
El amor sentimental tiende a la plenitud que todo amor promete: en todos está presente, con más o menos conciencia, el imperativo de un amor duradero, eterno, que sólo la persona íntegra logra alcanzar. Semejante grado de amor únicamente puede obtenerse a través de la recíproca y plena donación, que no hay que confundir con el mero comercio de los cuerpos. Cabría ejemplificarlo con este diálogo hipotético entre dos enamorados:
-       Te quiero, y desearía demostrártelo regalándote lo mejor que tengo.
-       Pues lo mejor que tienes y podrías entregarme es tú misma.
-       Entonces de acuerdo: te doy mi vida, te doy todo lo que soy.
-       Pues yo también, durante toda mi existencia, seré todo y sólo tuyo.
También los regalos con que se obsequian los enamorados con un símbolo de la donación de ellos mismos. “¿Regalo, don, entrega?” ¡Símbolo puro, signo! de que me quiero dar”, escribió con acierto Salinas.
El amor de donación supone reconocer y querer el bien de la amada o del amado: su bien más real y concreto, no un bien genérico, difuminado y confuso en una nube de efluvios románticos. El amor esponsal es un acto de donación: ofrecerse uno mismo al otro con total gratuidad. No es sólo el placer, ni sólo el afecto; se trata de dar, pero de dar lo que el otro desea y necesita: no lo que deseamos y “necesitamos” darle nosotros. La alegría profunda y duradera, efecto del amor en su sentido más elevado, nace justo de este inmortal donarse gratuito; no con vistas a un determinado interés o al placer; siempre efímeros.
¿Cómo entender mejor la importancia de esta reflexión? Considerando que la nuestra es una sociedad teñida de individualismo egocéntrico y de utilitarismo, que engendra una civilización del “usar y tirar” o, como ha escrito el Papa, “una civilización de las cosas y no de las personas; una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas. En el contexto de la civilización del placer, la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una institución que dificulta la libertad de sus miembros” (Juan Pablo II, Carta a las familias, n.13).

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