Acabé de leer el precioso libro del médico de Franco sobre los últimos días del Caudillo. Qué libro tan humano. No es ninguna obra importante para la literatura, pero derramé mis lagrimitas. El alma del médico, el ser humano detrás de la bata, se trasluce totalmente: Vicente Pozuelo Escudero.
Después me asomé a la novela Neuromante. Esto sí que fue un cambio radical. Reconozco que es un gran libro, literatura con mayúsculas, aunque no me atrapó. Quizá porque ese género del cyber-punk ha sufrido una evolución y las obras posteriores han mejorado la obra inicial; siendo la obra inicial una obra magnífica, eso se echa de notar desde las primeras páginas. Tengo la idea de retomarla parcialmente más adelante. No es una novela que precise ser leída entera. La leeré para sumergirme un rato. Como el que se da un baño en otro mundo.
Leí el comienzo de Absalón, Absalón de Faulkner. Otro cambio radical de mundo. De nuevo reconozco en su pincel, el pincel de un escritor consumado, de un gran escritor. Eso se nota. Se nota cuando una página ha sido escrita por un Velázquez y cuando esa página ha sido escrita por un pintor de octava fila. Hay autores que son magníficos escribiendo, sea la obra que sea, y otros autores no tienen el don. Faulkner es Faulkner.
Por último, de momento, estoy leyendo Al sur de la frontera, al oeste del sol de Haruki Murakami, comienza en el Japón de los años 40. De todas es la que más me está gustando. Qué contraste entre la densidad angustiosa de la selva urbana del cyber-punk y la serenidad de un Japón bello y ordenado.
En cuanto a la televisión, he acabado de ver, por tercera vez, Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal, una magnífica película. Justo antes de esa había visto Sed de Mal, también por tercera vez. No pude pasar del primer cuarto de hora de La pesca del salmón en el Yemen. Vi un documental francés de una hora de duración sobre el patriarca de Moscú. El equipo le siguió durante muchos de sus eventos sociales. Otro documental sobre los orígenes del actual presidente de Siria y su familia. También vi otras cosas prescindibles que ni las recuerdo.
Cuando tienes cincuenta años, una cosa buena es que te acostumbras a dejar una película o un libro en cuanto te das cuenta de que no te está aportando nada. Eso hace que hojee mucho, pero que lea o vea solo lo que realmente pienso que vale la pena.
Lo mismo pasa con las personas, solo charlo y paseo con el que me interesa. Si no es así, con suma cordialidad, excuso mi presencia. A esta edad si paseo con alguien es porque me apetece. Ya no tengo ningún compromiso social que no me apetezca, ni uno solo.
Hoy me ha llamado por teléfono una persona para felicitarme por una entrevista mía que hay en mi canal de Youtube. Es de hace varios años. Aunque solo me llamaba para eso, me apetecía hablar con ella, me ha resultado interesante. En un momento dado, me ha dicho que no quería hacerme perder el tiempo. “Por favor, hágamelo perder”, le he dicho con otras palabras. No se lo he dicho tan claro porque podía pensar ella lo que no era. Pero lo cierto es que me interesaba la persona, con independencia de lo que me dijera. Se me ha hecho corta la conversación.
Hoy hace un día soleado, lleno de luz. Un día que respira optimismo y alegría. A ver si saco un rato para escribir sobre el infierno.

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