Recién llegado a casa después de cinco días dirigiendo ejercicios espirituales a un grupo de once sacerdotes de la diócesis de Lugo. Espero que les hayan servido para su bien.
El planteamiento fue simple. Desde el primer momento les hablé de que lo más importante para un sacerdote no es su trabajo y la programación de actividades, sino su propia vida, y que a eso iba a dedicar esencialmente los ejercicios. Unos ejercicios para orar, leer, descansar y fomentar la fraternidad y la vida sacerdotal. Comencé planteado la necesidad de que el sacerdote se cuide mucho en su vida espiritual y hasta física, para continuar por la llamada tan especial a la santidad que hemos recibido. Quise que una de las pláticas estuviese centrada en la adoración eucarística y acabé con una meditación que quizá cuelgue en la red un día de estos y que titule “Privilegio de ser cura de pueblo”.
Sacerdotes algunos muy mayores, activos, ilusionados, atendiendo sus aldeas con todo cariño. Sacerdotes que me han edificado con su vida, su ministerio, su disponibilidad, el cariño a la gente y su espíritu de servicio. Para mí han sido días que he vivido con mucha intensidad y que puedo decir que me han supuesto también unos ejercicios espirituales muy intensos.
Presidió la misa de clausura el obispo, monseñor Alfonso Carrasco, que después compartió la comida con nosotros. Y tras la comida, en la tarde, tuve la oportunidad de visitar tranquilamente la ciudad en un recorrido que comenzó en el seminario, gracias Miguel Ángel Álvarez, que es también casa residencia de algunos sacerdotes, y que siguió con un recorrido por las murallas y una detallada visita a la catedral que me ofreció D. DanielGarcía, canónigo penitenciario de la diócesis. Al caer la tarde, incorporado al grupo D. Miguel Asorey, nos esperaba el señor obispo en la sede del obispado para enseñarme el espléndido edificio y las oficinas de la curia. Terminamos la jornada con una cena compartida en un acogedor y estupendo restaurante.
Apenas había saludado alguna vez a D. Alfonso. Ayer me llevé un gratísimo recuerdo de él por su cordialidad, su sentido de Iglesia, su impresionante formación y la claridad para ver las cosas ahora y prever su futuro. Unos héroes esos curas de Lugo que tienen que atender nada menos que 1139 parroquias. Con una sonrisa te cuentan que tienen ocho, diez, doce, veinte parroquias, que hoy tienen cinco misas, mañana cuatro o que el día de difuntos celebraron ocho.
Hablamos de todo en la cena con el obispo. Con total confianza, con cordialidad, pero siempre desde un profundísimo amor a la Iglesia.
Me he ido de Lugo feliz de estos días. Sintiéndome Iglesia hasta en los más pequeños detalles. Cómo no agradecer los desvelos de las religiosas que atienden la casa de espiritualidad de la diócesis que aún esta mañana, antes de partir, me facilitaron celebrar misa en su capilla dentro de la casa de espiritualidad y que agradecí derramando sobre el mantel un poco de vino en el ofertorio. Encima del afecto, les dejo tarea. Gracias también a COPE Lugo por el extenso tiempo que me dedicó en el programa “El espejo de la Iglesia”.
Me acordaré mucho de Lugo. Por el afecto, por la cordialidad, por la espiritualidad de estos días. Me traigo el cariño, los folletos que me preparó D. Daniel, algunas publicaciones de monseñor Carrasco y qué narices, una botella de orujo especial regalo del restaurante, que quiso que este madrileño se llevara un buen recuerdo. Me ha faltado el lacón con grelos. Me dicen que fue a propósito, para que regrese pronto. Lo haré. A mí no se me asusta.
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