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Viernes, 7 de febrero

Iglesia de San Francisco, Santiago de Compostela

A las 21:00h.

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El Sr. Arzobispo nos invitaba a todos los diocesanos a suplicar “al Buen Pastor por intercesión del Apóstol Santiago y de la Santísima Virgen que el ministerio episcopal del nuevo Obispo Auxiliar sea bendición y gracia para todos”. Por eso nos convoca a participar en la Vigilia de oración, pidiendo por el nuevo Obispo Auxiliar, D. Jesús.



Unámonos en la oración por el nuevo Obispo, que como él mismo se dirigió al Sr. Arzobispo al conocerse su nombramiento, pedía poner su futuro ministerio en las manos de María y del Apóstol Santiago. Al mismo tiempo, que lo encomendásemos en nuestras oraciones para poder ser un pastor fiel según el corazón y los deseos de Dios.




DESCÁRGATE EL CARTEL PARA IMPRIMIR AQUÍ


Una de las ideas que caracterizan el Magisterio de Benedicto XVI es que

no existe oposición entre razón y fe, sino que ambas se complementan.

Ahora la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma ha lanzado un

seminario de tres años sobre la investigación en la Ciencia y en la

Teología. El objetivo es encontrar cómo se ayudan y se entrelazan.

“Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos” (Mt 5, 14-16).Efectivamente ese ejemplo lo pone el Señor pues en aquella época para tener luz se utilizaban unas lámparas como la que aparece en la foto. Se mantenían con aceite, como también se cuenta en la parábola de las virgenes necias. Se ponían en lo alto de la casa para que alumbaran. Esta es una lámpara de la época. La pude fotografiar en Taybe que es el antiguo Efraín donde estuvo el Señor antes de la Pasión. Allí han hecho un museo que llaman de las parábolas. Hay todo tipo de objetos de la época del Señor. Entre ellos estaba esta lámpara de aceite de la época.

“Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos” (Mt 5, 14-16).Efectivamente ese ejemplo lo pone el Señor pues en aquella época para tener luz se utilizaban unas lámparas como la que aparece en la foto. Se mantenían con aceite, como también se cuenta en la parábola de las virgenes necias. Se ponían en lo alto de la casa para que alumbaran. Esta es una lámpara de la época. Se encuentra en Taybe que es el antiguo Efraín donde estuvo el Señor antes de la Pasión. Allí han hecho un museo que llaman de las parábolas, es muy ilustrativo visitarlo. Hay todo tipo de objetos de la época del Señor. Entre ellos estaba esta lámpara de aceite de la época.



En cambio no esta hecha para ponerla bajo un celemín, que es una vasija que se utiliza para medir cantidades de grano o de semillas. Es semejante a un cubilete, como se puede observar en la imagen. No tendría sentido poner la lámpara debajo de un celemín, pues quitaría toda la luz, cuando la función de la lámpara es precisamente iluminar.

La lampara se ponía sobre un candelero, con pie, para que alumbre la casa. En cambio no esta hecha para ponerla bajo un celemín, que es una vasija que se utiliza para medir cantidades de grano o de semillas. Es semejante a un cubilete, como se puede observar en la imagen. No tendría sentido poner la lámpara debajo de un celemín, pues quitaría toda la luz, cuando la función de la lámpara es precisamente iluminar.



1. (año II) 2 Samuel 7,18-19.24-29


a) Si ayer leíamos las palabras del profeta anunciando la fidelidad de Dios para con David y su descendencia, hoy escuchamos una hermosa oración de David, llena de humildad y confianza.


David muestra aquí su profundo sentido religioso, dando gracias a Dios, reconociendo su iniciativa y pidiéndole que le siga bendiciendo a él y a su familia. Lo que quiere el rey es que todos hablen bien de Dios, que reconozcan la grandeza y la fidelidad de Dios: «que tu nombre sea siempre famoso y que la casa de David permanezca en tu presencia».


b) Ojalá tuviéramos nosotros siempre estos sentimientos, reconociendo la actuación salvadora de Dios: «¿quién soy yo, mi Señor, para que me hayas hecho llegar hasta aquí?», «tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar», «dígnate bendecir a la casa de tu siervo, para que esté siempre en tu presencia».


¿Son nuestros los éxitos que podamos tener? ¿son mérito nuestro los talentos que hemos recibido? Como David, deberíamos dar gracias a Dios porque todo nos lo da gratis.


Y sentir la preocupación de que su nombre sea conocido en todo el mundo. Que la gloria sea de Dios y no nuestra.


Marcos 4,21-25


a) Otras dos parábolas o comparaciones de Jesús nos ayudan a entender cómo es el Reino que él quiere instaurar.


La del candil, que está pensado para que ilumine, no para que quede escondido. Es él, Cristo Jesús, y su Reino, lo primero que no quedará oculto, sino aparecerá como manifestación de Dios. El que dijo «yo soy la Luz».


La de la medida: la misma medida que utilicemos será usada para nosotros y con creces.


Los que acojan en si mismos la semilla de la Palabra se verán llenos, generosamente llenos, de los dones de Dios. Sobre todo al final de los tiempos experimentarán cómo Dios recompensa con el ciento por uno lo que hayan hecho.


b) Esto tiene también aplicación a lo que se espera de nosotros, los seguidores de Cristo. Si él es la Luz y su Reino debe aparecer en el candelero para que todos puedan verlo, también a nosotros nos dijo: «vosotros sois la luz del mundo» y quiso que ilumináramos a los demás, comunicándoles su luz.


Creer en Cristo es aceptar en nosotros su luz y a la vez comunicar con nuestras palabras y nuestras obras esa misma luz a una humanidad que anda siempre a oscuras. Pero ¿somos en verdad luz? ¿iluminamos, comunicamos fe y esperanza a los que nos están cerca? ¿somos signos y sacramentos del Reino en nuestra familia o comunidad o sociedad? ¿o somos opacos, «malos conductores» de la luz y de la alegría de Cristo?


En la celebración del Bautismo, y luego en su anual renovación en la Vigilia Pascual, la vela de cada uno, encendida del Cirio Pascual, es un hermoso símbolo de la luz que es Cristo, que se nos comunica a nosotros y que se espera que luego se difunda a través nuestro a los demás. No podemos esconderla. Tenemos que dar la cara y testimoniar nuestra fe en Cristo.


«Tú eres el Dios verdadero, tus palabras son de fiar» (1ª lectura, II)


«La medida que uséis la usarán con vosotros» (evangelio).




“Dijo Jesús a la multitud: “¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de una caja o debajo de la cama, o para ponerla sobre el candelero? Si se esconde algo es para que se descubra; si algo se hace oculto, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír que oiga”. Les dijo también: “Atención a lo que están oyendo: la medida con que midan se usará con ustedes, y les dará más todavía. Porque al que tiene se le dará, pero al que no tiene, se le quitará lo que tiene”. (Mc 4,21-25)



Flickr: ZeHawk



Dos pequeñas parábolas o afirmaciones, para dos actitudes grandes.

La luz no es para esconderla.

La medida con que midáis seréis medidos.


El cristiano es luz del mundo.

Reconozco que soy un maniático de la luz.

Y esto me crea problemas en mi comunidad.

Siempre me parece que en la Iglesia hay poca luz.

Y me quejo

Pero otros parece que se dan por satisfechos.

¿Serás que yo veo mal o que los demás tienen mejor visión?


Sin embargo, hay algo de lo que me preocupo menos y que lo veo más importante:

Sé que por el Bautismo “soy luz del mundo”.

¿Pero alumbro de verdad?

Sé que como Sacerdote “soy luz del mundo”:

¿Pero mi sacerdocio alumbra de verdad?

Me preocupa que en torno a mí haya poca luz.

Y la culpa la tengo yo.

Me preocupa que los demás vean poco por falta de luz.

Y ¿no seré yo el culpable?


Es cierto que nos han enseñado una humildad que la veo poco evangélica.

No han enseñado de hacer el bien, pero que nosotros vivamos ocultos.

No han enseñado de hacer el bien, pero no nos han enseñado a que alumbremos.

Y el Evangelio de hoy como en otras partes nos dice bien claro:

Que la luz no es para meterla “debajo de una caja”.

Que la luz no es para meterla “debajo de la cama”.

Que la luz es para ponerla en “en candelero y que alumbre”.

Yo pienso que en la Iglesia, como dice el Papa Francisco “hay mucha santidad”.

Pero todos mostramos más nuestros defectos.

Los periodistas hablan más de nuestros defectos que de nuestras virtudes.

La gente habla más de nuestros pecados que son otras tantas oscuridades, pero se fijan menos en nuestros nuestras bondades.


Las calles necesitan luz y tienen esos focos que iluminan.

Pero los cristianos aparecemos demasiado apagados.

No sé si nos escondemos debajo de la cama o tenemos miedo al candelero.

Hay que alumbrar.

El mundo tiene demasiada oscuridad.

No porque falte la luz sino porque nos escondemos demasiado.


La medida con que medimos

Somos demasiado exigentes con los demás.

Somos demasiado comprensivos con nosotros.

Somos demasiado críticos con los otros.

Somos demasiado condescendientes con nosotros mismos.


En el mundo y la misma Iglesia:

Hay demasiadas críticas.

Hay demasiados juicios condenatorios.

Hay demasiada poca comprensión con las debilidades de los otros.


Y donde no hay comprensión:

No es que demos razón a lo malo.

Pero lo malo que hacemos necesita sepamos comprender.

Alguien escribió: “Dios no ama la enfermedad, pero sí al enfermo”.

Yo estoy seguro que “Dios no ama al pecado, pero sí ama al pecador”.

¡Cuántos pecadores necesitan de comprensión!

¡Cuántos pecadores necesitan ser amados!

¡Cuántos pecadores necesitan ser perdonados!


Tenemos miedo al juicio de Dios.

Cuando en realidad somos nosotros los que señalamos cómo nos ha de juzgar Dios.

Dios me juzgará como yo juzgue al hermano.

Dios me juzgará como yo juzgue a los demás.

“La medida con que midan se usará para con ustedes”.

No tenemos disculpas, seremos juzgados como juzguemos.

Yo prefiero me juzguen por mi comprensión que por mi justicia.

Y ese es el pacto que hice con él.


Clemente Sobrado C. P.




Archivado en: Ciclo A, Tiempo ordinario Tagged: dones, juicio, luz, santidad, testimonio


CON OCASIÓN DEL 1200º ANIVERSARIO DE CARLOMAGNO (I)


RODOLFO VARGAS RUBIO


El 28 de enero se han cumplido 1.200 años de la muerte de Carlomagno, emperador de Occidente y rey de los Francos y los Lombardos. Después de Constantino el Grande es, sin duda, el hombre que más ha influido en la evolución de nuestra civilización y, desde luego, puede considerársele a justo título como el padre de Europa, a la que él contribuyó decisivamente a formar. Su obra fue continuación de la de su abuelo y la de su padre, pero su fama fue tan legendaria que de su nombre tomo el suyo no solamente la segunda dinastía franca, sino toda una época, que constituyó un auténtico renacimiento, antecedente de aquel más nombrado y conocido de los siglos XV y XVI. El término “carolingio” ha dejado una profunda huella en la Historia de nuestra civilización.


El que podemos llamar inicialmente Carlos de Austrasia nació en 742, sólo diez años después de la batalla de Poitiers, librada victoriosamente por su abuelo Carlos Martel contra los sarracenos y que libró a la Cristiandad de la conquista islámica (que ya había engullido a la España visigótica, después de sojuzgar al antiguo imperio sasánida de los persas, a todo el norte de África y a parte del Medio Oriente bizantino), haciéndolos retroceder al sur de los Pirineos. En una Europa en pañales, dicha gesta debe considerarse fundamental; ella había de marcar, además, el destino del niño que se convertiría con el tiempo en el forjador de esa misma Europa y protector de la Iglesia.


Carlos descendía de dos importantes familias de la nobleza franca: la de los pipínidas y la de los arnúlfidas. La primera traía su origen de Pipino de Landen y la segunda de san Arnulfo, obispo de Metz, ambos importantes personajes de la corte de Austrasia, cuyos hijos respectivos Begga y Ansegiso se casaron y tuvieron un hijo: Pipino de Heristal, padre de Carlos Martel, pertenecientes ambos a la línea de mayordomos de palacio de Austrasia. En este punto conviene hacer algunas precisiones sobre la monarquía franca, que no hay que confundir con Francia, la cual aún no existía como tal.


La monarquía franca


La Galia, conquistada por César, fue invadida por el norte (Bélgica) en el curso de los siglos IV y V, por tres tribus germánicas: los francos salios (originarios de Frisia), los francos renanos o ripuarios (procedentes del curso medio del Rin) y los alamanes (provenientes de los valles del Elba y del Meno). Otra tribu, la de los Burgundios (oriunda de Escandivia), ocupó pacíficamente el valle del Ródano como pueblo federado al Imperio Romano. A fines del siglo V, bajo Clodoveo I, los francos salios derrotaron a los alamanes en Tolbiac (496) y, a continuación, se expandieron rápidamente hacia el oeste, conquistando todas las tierras gálicas hasta Armórica (nombre romano de la Bretaña) y hacia el suroeste, arrebatando la Aquitania a los visigodos. La Galia quedó de este modo repartida entre el reino franco y el reino borgoñón. Los francos, gracias al bautizo de Clodoveo, se habían constituido en el primer reino de fe católica en una Europa mitad arriana y mitad pagana (éste es el origen del apelativo de Francia como “hija primogénita de la Iglesia”).


La costumbre germánica de dividir las heredades entre todos los hijos sin preferencia del primogénito determinó las sucesivas fracciones del reino franco bajo los merovingios (nombre de la primera dinastía franca, tomado de Meroveo, abuelo de Clodoveo). Los dos reinos más importantes surgidos de tales particiones fueron Neustria y Austrasia. El primero acabó ocupando el noroeste de la actual Francia, Aquitania y Borgoña; el segundo, el noreste, las cuencas del Mosa y del Mosela y la cuenca media e inferior del Rin. En ciertos períodos Neustria y Austrasia se unieron bajo la denominación de “regnum Francorum”, pero no fue hasta los carolingios cuando se unieron definitivamente.



Los reyes merovingios sucesores del gran Dagoberto I (632-639) –las más de las veces muy jóvenes y con una esperanza de vida muy corta– hicieron dejación del poder (por lo cual fueron llamados por Eginardo “reyes holgazanes”), poder que pasó a sus mayordomos de palacio. Éstos, en un principio, eran los intendentes reales, encargados –como su nombre lo indica– de la administración de palacio, pero fueron poco a poco adquiriendo una gran preponderancia, nombrando a obispos y oficiales del reino y decidiendo en los asuntos más diversos, hasta acabar ejerciendo de hecho las funciones regias. Finalmente, Pipino el Breve, mayordomo de palacio de Neustria, hijo del héroe franco Carlos Martel, se convirtió en rey en 751 con la anuencia del papa Zacarías. Este pontífice, a una pregunta del astuto Pipino, había declarado que merecía llevar la corona quien ya tenía el poder efectivo más que quien sólo tenía de rey el título. Con este parecer a su favor, Pipino depuso a Childerico III, el último merovingio, que reinaba en Neustria y Austrasia, y lo encerró en un convento, haciéndose a continuación elegir por una asamblea de nobles reunida en Soissons. Poco después, apartó del poder a su sobrino Drogón (hijo de su hermano mayor san Carlomán), mayordomo de palacio de Austrasia, concentrando en su persona todo el dominio sobre el “regnum Francorum”.


Relaciones de los francos y la Sede Apostólica


Ya Carlos Martel había sido mirado por Roma como el señor incontestable de la Galia franca, el mejor aliado para llevar a cabo el ambicioso proyecto de evangelización de la pagana Germania del papa Gregorio II (715-731), pues el mayordomo de palacio soñaba con la conquista de Sajonia y año tras año emprendía expediciones militares a este fin. El pontífice quería aprovechar esta acción armada como apoyo necesario a la predicación del cristianismo confiada al monje Winfrido de Wessex y lanzar así una especie de cruzada de los francos para la conversión de la Germania. En 723, Carlos, que había experimentado una transformación mística tras curarse de una enfermedad mortal, se hizo amigo del monje, a quien Gregorio II envió consagrado obispo y con el nuevo nombre de Bonifacio, el cual, bajo su protección logró lo imposible: allegar a Cristo las poblaciones de Hesse y Turingia. El héroe de Poitiers le ayudó asimismo en la reforma de la iglesia franca, que emprendió por mandato del papa Gregorio III (731-741). El propio Bonifacio, en carta a su amigo Daniel de Winchester, definió el papel desempeñado por Carlos Martel: “sin su apoyo no hubiera podido administrar su iglesia, defender su clero ni extirpar la idolatría”.


Los hijos y sucesores de Carlos –Carlomán, mayordomo de palacio de Austrasia, y Pipino, mayorodmo de palacio de Neustria– colaboraron también estrechamente con la Iglesia. Carlomán, el primogénito, continuó protegiendo a Bonifacio, organizó para él el importante Concilio Germánico de 742 (del que emanaron las directrices que gobernarían las iglesias del este del reino franco) e intervino decisivamente en la fundación en 744 de la abadía de Fulda, el mayor foco de irradiación del cristianismo y la civilización en la Alemania central. Más interesado en la devoción religiosa que en el poder político, Carlomán acabó renunciando a su cargo de mayordomo de palacio y entró en la vida monástica, siendo tonsurado en 747 por el papa Zacarías (741-752). Ya se vio cómo Pipino, mayordomo de palacio de Neustria, apartó del poder a Drogón, el hijo y sucesor de su hermano Carlomán, quedando como único señor de todo el reino franco.


Pipino el Breve (751-768) se mostró agradecido al Pontificado Romano por su reconocimiento como rey de los Francos, aunque más debido a conveniencia política que a la devoción que movía a su hermano Carlomán. A pesar de haber apoyado a Bonifacio (convertido en primer arzobispo de Maguncia) y a su reforma eclesiástica adoptando para Neustria las decisiones del Concilio Germánico, tuvo con él algunos desencuentros. Bonifacio, en efecto, quería mantenerse independiente de la tutela regia, designando obispos entre sus propios seguidores y no entre los hombres de Pipino. Antes de que se produjera una ruptura, el arzobispo de Maguncia fue martirizado en el curso de su misión entre los frisones en 754. Su inmensa evangelizadora, su celo por la reforma de la Iglesia y la observancia del clero y su prestigio como apóstol de Germania le hicieron acreedor a la gloria de los altares (su fiesta se celebra el 5 de junio).


Entretanto, el papa Esteban II (752-757), amenazado por los Longobardos –cuyo rey Astolfo había invadido el Exarcado de Rávena y pretendía hacerse reconocer como señor de toda la Italia romana– y nombrado negociador en su nombre por el emperador de Oriente Constantino V (demasiado lejano y ocupado en la querella de las imágenes), recurrió al rey de los francos como al único príncipe capaz de hacerles frente. El pontífice, invitado por Pipino, cruzó los Alpes y se entrevistó con él en el palacio de Ponthion, en el sur de Champaña. El rey franco mostró la máxima deferencia al papa, que, en una hábil maniobra política para ganarse su alianza, le propuso ungirlo nuevamente y ratificar así el cambio dinástico. El acuerdo definitivo se subscribió en Quierzy, cerca de Noyon, el 14 de abril –domingo de Pascua– de 754. Por él, Esteban II otorgaba su reconocimiento y a poyo espiritual a Pipino y éste se comprometía a ofrecer a la Santa Sede un dominio temporal lo suficientemente grande como para ponerla al abrigo de cualquier agresión, consistente en el Exarcado de Rávena, Córcega, Cerdeña y Sicilia.


El 28 de julio sucesivo, en la abadía real de Saint-Denis, el Papa consagraba a Pipino concediéndole los títulos de rey de los francos y patricio de los romanos (Patricius Romanorum) y ungía, además, a sus dos hijos y herederos: Carlomán y Carlos. Mediante este acto, Esteban II tomó sus distancias del emperador de Oriente y en adelante confió la seguridad de la Santa Sede a Pipino y a sus sucesores. El rey hubo de hacer honor a su parte del acuerdo y, tras fracasar una embajada enviada a Pavía ante Astolfo, emprendió, entre 756 y 758, tres campañas victoriosas contra los longobardos, a los que obligó a abandonar el Exarcado, entregando a continuación al Papa los territorios conquistados consistentes en Rávena, Emilia y la Pentápolis: nacían así, con la llamada “Donación de Pipino” los Estados Pontificios, sustento del poder temporal del Romano Pontífice.



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